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Zamora, una ciudad en formato de celuloide gracias a los recuerdos de José Arroyo

 

Probablemente, a más de uno os sorprenderá saber que este enclave castellano-leonés (conocido sobre todo por sus iglesias románicas y por su modernismo acuciante) acogió en su seno el invento de los hermanos Lumière (es decir, el cinematógrafo) solamente dos años después de su presentación en sociedad en la cosmopolita París. Pues, sí. Tal hecho aconteció un 11 de septiembre de 1897, en el ilustre inmueble nominado El Teatro Principal: un dato que reproduce con todo lujo de detalles y contextualización el libro Un siglo de cine en Zamora (1897-2011). Sin censura previa, obra editada, elaborada y presentada en el circuito literario por el periodista y critico de cine José Arroyo Gago.

Autor del texto

Cuando uno se pierde por los márgenes impresos del citado texto -atrapado por la brújula sabia materializada por el fogueado informador-, resulta sumamente fácil comprender que la antigua Ocellum Duri (Ojos del Duero, según los romanos) no redujera su relación con el Séptimo Arte al mero alojamiento del invento de los brothers franceses a finales del XIX; sino que alargara su amor de alcoba añorada por cerca de 25 lustros más (justo hasta la actualidad), animados con visitas de glamuroso porte, como la de Orson Welles, ocurrida en 1965 (precisamente, esta es una de las efemérides mejor evaluadas por el creador zamorano, aunque los motivos del viaje del responsable de Ciudadano Kane fueran más por intereses taurinos que enteramente fílmicos).

Orson Welles

En este sentido, y para pintar al figurado y milenario galán urbanístico en busca de sus musas con carne de fotograma, el volumen explica cómo las calles de la city reconstruida por Fernando I de León sirvieron para retratar paisajísticamente un sinfín de películas y series de televisión. Así, por las arterias empedradas de la hija soberana de la “seña bermeja” paseó con gesto compungido Raquel Meller, en Violetas imperiales (Henry Roussel, 1932). Unas décadas más tarde, escondidos en los boscosos contornos del castillo de Villalonso, se juraron amor eterno los otoñales Audrey Hepburn y Sean Connery, en Robin y Marian (Richard Lester, 1976). A la vez, y amparado por semejantes horizontes en plena época ochentera, uno de los presos más conocidos de la época franquista -bautizado como Eleuterio Sánchez- se las hizo pasar canutas a la Guardia Civil enquistado en el rostro de Imanol Arias, en El Lute, camina o revienta (Vicente Aranda, 1984). Y, ya más recientemente, un perdonavidas apodado Malamadre se amotinó en la antigua cárcel del monumental y amurallado recinto con calor a Reconquista, para dotar de imagen a la premiada cinta Celda 211 (Daniel Monzón, 2009).

 

Todos estos datos y muchos más, con sus bien elegidas ilustraciones y fotografías, componen las doscientas sesenta y seis páginas de Un siglo y pico de cine en Zamora (1897-2011). Sin censura previa, en las que Gago ha invertido sangre, sudor y lágrimas, con el fin de ver su producto en las manos de los lectores ávidos de un tipo de conocimiento nunca difundido con anterioridad; sobre todo si el cliente se atiene al celebrado rigor que exhibe este amable arquitecto de las palabras.

Con un estilo ameno, y alejado de la manía de algunos autores de lo audiovisual por listar constantemente los contenidos con una precisión más matemática que emocional, Arroyo asume su papel de narrador como si contara un cuento, cual si esgrimiera el verbo berlanguiano de una España de fábula y chirigota, siempre entre el sueño y la realidad.

La capacidad del antiguo y premiado plumilla para concitar personajes famosos y situaciones hilarantes rememoran una cierta atmósfera felliniana, espolvoreada en capítulos como el dedicado a la censura franquista o el que se apresta a relatar las zancadillas oficialistas que han puesto a José algunos políticos y colegas profesionales de su provincia, ansiosos por colgarse medallas que (en caso de haber existido) solamente le pertenecían -única y totalmente- a él.

En definitiva, un book que me atrevo a sugeriros por lo que tiene de descubrimiento, y que entra por la retina sin necesidad de que el receptor sea un experto en la materia cinematográfica ni nada por el estilo… Eso sí, para disfrutarlo al máximo, recomiendo el esfuerzo de sumar dos ingredientes previos: un sano sentido del humor y el innato deseo de aprender.

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