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Viernes, 20 Julio 2012 02:25

Prometheus *****

Escrito por Miguel Juan Payán
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Prometheus no es Alien, no lo pretende y no lo necesita porque es una muy buena película de ciencia ficción.

Me mojo. Podría haberle puesto cuatro estrellas, nadar y guardar la ropa, quedar bien con casi todo el mundo, reconociéndole al trabajo de Scott el mérito que creo que tiene y de paso dándole cierta vela en el entierro, en plan tibio, a los que dicen que no les gusta. Pero no. Con ésta hay que mojarse porque va a crecer con el tiempo, como en su momento ocurrió con Blade Runner, que en su estreno muchos no entendieron y luego acabó convirtiéndose en títlo de culto.

Le pongo cinco estrellas porque es lo que me piden las tripas. Porque me ha gustado. Porque son las dos de la mañana y sigo pensando en la película, y la película va creciendo cada vez que rememoro alguna escena. Y eso me pasa muy pocas veces y suele estar asociado a las películas que más me gustan, que son las que puedes volver a ver descubriéndoles nuevos méritos en cada nuevo visionado.

No dudo que quizá no sea la película que algunos, o muchos, no lo sé, esperaban, especialmente si estaban pensando en Alien. Pero les propongo un ejercicio: destierren Alien del asunto e intenten mirar Prometheus en solitario, por sí misma, sin compararla con nada.

Hay bichos, pero no es una película de bichos. Hay apuntes del mundo de Alien, pero no es Alien, ni lo necesita.

La primera clave que quiero dejar clara es que me he empeñado en dos cosas con esta película. Primera: no dejar que me llegara más información de la estrictamente necesaria, mantenerme tan virgen como fuera posible para no destripármela con anticipos. Ir a verla sin expectativas y sin prejuicios. Segunda: he esquivado el pase de prensa en sala para poder verla en pantalla grandota, a toda pastilla y en 3D. Y he dado en el blanco en ambas cosas.

Las primeras secuencias dejan ya claro que no podemos esperar ver Alien… otra vez. Que Ridley Scott tiene el pulso firme como narrador visual. Más firme que nunca. Que ha sacado buen partido de la aplicación del 3D en lo referido a planificación de algunas secuencias. Y que busca contarnos algo distinto a una precuela o un remake de Alien. De manera que no esperen nada de lo visto hasta ahora en la saga, porque esta película no va por ahí.

Si despejamos de la ecuación el parentesco con Alien y nos quitamos de la cabeza las comparaciones, esto es: si conseguimos liberarnos del prejuicio, lo que queda es una fábula de ciencia ficción muy interesante que tiene un comienzo inquietante con ese prólogo del alienígena que nos habla de la creación como un acto de extinción. Después de eso en mi opinión queda claro que a Scott no se le ha pasado por la cabeza enchufarnos una precuela de Alien, ni un spinoff, ni cualquiera otra de las vainas que hoy se estilan para sacarnos los cuartos con la producción en cadena del ocio audiovisual. Si hubiera hecho un remake de Alien ahora estaría la gente reprochándole que nos ha dado más de lo mismo, y le caerían palos por eso. No lo ha hecho y algunos de los palos que le han atizado a la película incluyen arrebatos nostálgicos afirmando lo obvio: que Noomi Rapace no es Sigourney Weaver y que Scott está más mayor, etcétera.

¿En qué quedamos? Seamos serios. Scott ha hecho justo lo que siempre se le suele pedir a los directores: algo nuevo, distinto. Y como no nos ha llenado la pantalla con una réplica de Alien y un montón de bichos atacando al personal, se le reprocha.

En cuanto a si está más mayor, un respeto: Akira Kurosawa y John Huston dirigieron pura magia cinematográfica al final de sus días. En contra de lo que puedan decirnos los balidos y rebuznos de la publicidad, la veteranía sigue siendo un grado, sabe más el diablo por viejo que por diablo y ser joven no es un valor creativo en sí mismo. Lo dicho: repasen filmografías de los grandes maestros en cualquier disciplina.

Eso sí, insisto: esencial ver la película en pantalla grande para disfrutar del brillante despliegue visual que nos sirve Scott con el talento que acostumbra, como obertura a este viaje a la ciencia ficción que aborda temas centrales de dicho género: ¿Quiénes sómos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? A Scott le interesan esas preguntas lo suficiente como para haberlas convertido en el epicentro de su película y la motivación esencial de la búsqueda de sus personajes. Y el resultado es una elegante y estilizada pesadilla sobre la creación y los creadores que tiene mucho para reflexionar por qué, como ocurriera en los relatos del Antiguo Testamento, la creación viene acompañada de la extinción. Y que nadie me diga que eso no lo ha pillado porque la película deja muy claro que el tema de la religión es una pieza básica de la fábula materializada en la cruz que lleva en el cuello la protagonista.

Esa primera secuencia que asocia la belleza de las imágenes del recorrido por el paisaje de una Tierra virgen con ese momento terrible de creación y extinción pone la primera piedra de una trama que de no existir previamente Alien habría sido juzgada con mayor objetividad y sin duda más positivamente. Es la asociación de la belleza de la vida y la fealdad de la muerte.

He oído alguna opinión en contra pretextando de que la primera hora es lenta y luego no tiene tanta acción como debiera. Otra contradicción. Especialmente porque eso llega en muchos casos desde opinantes o críticos que por sistema se pronuncian en contra de la acción por la acción. Y lo dicen además recordando Alien como ejemplo de lo contrario, lo cual no es muy justo, porque si hacemos memoria es fácil reconocer que Alien era una película de desarrollo muy pausado, incluso muy lenta en sus primeros treinta minutos. Lo que ocurre es que en aquella, Scott estaba construyendo sobre el terror como género básico y dominante, asociado a la ciencia ficción. Y aquí el juego de hibridación genérica es completamente diferente. En Prometheus se ha invertido la fórmula de protagonismo genérico: prima la ciencia ficción, que se adorna con algunos momentos muy conseguidos e inquietantes de terror. Hablamos por tanto de dos películas completamente diferentes, imposibles de comparar, aunque por encontrarse en el seno del mismo universo creativo de Alien es inevitable que el espíritu de aquella impregne, por otra parte de forma brillante, algunas secuencias clave de tensión creciente en Prometheus, como los ataques en el templo o la brillante escena en la enfermería protagonizada por Noomi Rapace. Lo que ocurre es que, al contrario que en Alien, aquí Scott no busca construir la historia sobre la base del susto –aunque hay varios sustos y he visto a gente a mi alrededor saltar un par de veces en la butaca-, sino que maneja otras claves para edificar su pesadilla, algunas tan brillantes como la forma en la que narra visualmente ese flashback que le cuenta a los protagonistas y también a los espectadores lo ocurrido 2000 años atrás en los túneles, con un juego de fantasmagoría ejemplar.

Otro detalle para percibir la elegancia sutil con la que Scott nos invita a zambullirnos en esta fábula de ciencia ficción lo encontramos en la manera en que expresa la obsesión cinéfila del androide David interpretado por Michael Fassbender por Peter O´Toole en Lawrence de Arabia. A Scott le habría resultado fácil caer en el tópico de incluir las secuencias de la película de David Lean en las que se nos muestra a Lawrence en el desierto… pero en lugar de eso incluye secuencias en las que Lawrence está con sus compañeros del ejército y les explica cuál es la clave de su truco (que no te importe que te duela), consiguiendo así reforzar la soledad que define al personaje de David y se materializa casi físicamente en sus paseos por la nave mientras sus compañeros permanecen sometidos al sueño el viaje espacial. Lo que me pregunto es por qué algunos de los que aplaudieron el ritmo pausado de arranque de la independiente Moon (Duncan Jones, 2009), se quejan de que Ridley Scott haga lo propio. Por cierto, sobre ritmo pausado y ciencia ficción recomiendo echarle un vistazo a clásicos del género como 2001: una odisea del espacio, de Kubrick o Naves misteriosas, de Douglas Trumbull.

En resumen y para no alargar más el asunto: Prometheus me ha sorprendido gratamente por las agallas y la personalidad de su director para apartarse de lo obvio y lo previsible (el refrito, el remake, el más de lo mismo… de Alien) y su intrepidez en la búsqueda de nuevos caminos que en el desenlace viajero de la historia abren unas emocionantes posibilidades de desarrollo. Me ha gustado por su empeño en imponer la ciencia ficción como género central en la historia, sin ceder a la tentación de convertirla nuevamente en un envoltorio para el terror. Y me ha convencido por su habilidad para manejar con elegancia tanto los momentos épicos de gran plano general como los pequeños detalles de un gran detallista como es Ridley Scott, que sigue siendo un maestro de las tramas futuristas y sigue pintando poesía visual con casi cada plano de sus películas.

Eso sí: hay que verla en pantalla grande. Y hay que zambullirse de cabeza en sus imágenes sin prejuicios o nostalgia simplona. Alien es Alien. Prometheus es Prometheus. Las dos son una gozada, cada una en su línea. La primera como ejercicio de terror envuelto en ciencia ficción, la segunda como ejercicio de ciencia ficción adornado con algunos momentos de terror. Ambas, cada una a su manera, son profundamente inquietantes.

Creo que es una película que ganará con el paso del tiempo. Para mí ha sido una gran noche de ciencia ficción que además confirma que no pueden desaparecer los cines ni las pantallas grandes. Necesitamos los cines. No pueden morir. Son el alma de esta forma de ocio.

Finalmente, una nota para los amigos y seguidores de las novelas y los juegos de Warhammer 40.000: ¡Los Adeptus Astartes son viables en el cine! Basta con ver a los gigantes de Prometheus para darse cuenta de que una adaptación al cine del universo Warhammer 40.000 podría ser espectacular y debería ser dirigida por Ridley Scott.

¡Ridley pon en marcha ya la franquicia cinematográfica de Warhammer 40.000! ¡Por el Trono!

Miguel Juan Payán

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