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Jueves, 25 Octubre 2012 19:38

Skyfall *****

Escrito por Miguel Juan Payán
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Skyfall, el mejor Bond de Daniel Craig, Bardem mejor villano de toda la saga. Un reebot del reebot que fue Casino Royale.

Muerte y resurrección. Ese es tema central que aborda la tercera entrega de Daniel Craig como James Bond, completando una trilogía, poniendo fin a un ciclo, haciendo un original y complejo ejercicio de reboot del reboot. Me explico: Casino Royale era ya un reboot o relanzamiento del personaje de 007. Y ahora esta película no sólo le pone punto final a ese relanzamiento, sino que plantea un nuevo punto de partida para el personaje, configurándose como un fin de ciclo para la reescritura de las aventuras del agente con licencia para matar.

De ahí que la película pueda dividirse fácilmente en dos partes bien diferenciadas y que se complementan. En la primera, desde el trepidante principio de persecución hasta el encuentro de Bond con el villano interpretado por Javier Bardem, tenemos la historia habitual de 007 en la era Daniel Craig: persecuciones, acción tajante y resolutiva, peleas cuerpo a cuerpo que transmiten brutalidad, chicas bond con las que acostarse, y el resto de los condimentos de esa mezcla de cine de aventuras e intriga que siempre ha caracterizado el periplo cinematográfico del personaje. Incluso hay viaje exótico a Shangai, Macao, etcétera. Propio de la saga. Pero a partir del momento en que Bardem, que no aparece en esa primera parte, hace acto de presencia, la película inicia su giro hacia algo distinto con un tono claramente más siniestro y más serio en el que no habrá lugar ya sólo para la aventura. La entrada en ese otro territorio narrativo, que no es habitual en la saga de 007, en el que no hay ya chicas Bond sino una historia de “madre-hijo” muy interesante entre el agente y su superior, M (Judi Dench) se produce tras la secuencia en la que se da resolución a una de las “chicas Bond” de esta entrega poniéndole sobre la cabeza un vaso de whisky… Se cumple así con una seña de identidad de toda la saga cinematográfica del agente con licencia para matar, y al mismo tiempo se abre la puerta a otra cosa. Dicho sea de paso, la manera en que Bond repasa la vida de la chica en un monólogo que es un flashback verbal para presentarnos ese personaje femenino en tiempo récord y con la máxima economía de metraje y medios narrativos, plano contra plano, es una lección de buen uso de los recursos del guión.

La primera secuencia del villano interpretado por Bardem en el cuartel general del MI6, además de hacerse eco astutamente del estilo de algunas de las producciones que han marcado el género de espionaje en la ficción en los últimos años en series como Alias o Nikita, culmina con una transformación física posible, no fantástica, y precisamente por ello mucho más terrorífica, del antagonista, completando la presentación del mismo con unos tonos que recuerdan tanto a Hannibal Lecter como al Joker de El caballero oscuro, película con la cual Skyfall tiene mucho en común por su ritmo de narración y giros constantes en los puntos de agotamiento de la narración capaces de renovar la misma y mantener impecablemente el interés del espectador en los momentos clave. No es casualidad que este cambio de tono se produzca en Londres, en lugar de en una localización más exótica y lejana, y que uno de sus puntos álgidos sea una persecución en el metro de la capital británica que es una especie de versión 007 de la persecución que propusiera William Friedkin para The French Connection. Más tarde la película nos reserva aún una nueva sorpresa, pasando de esa clave de cine de acción urbanita a un planteamiento de western en Escocia con el que el arco argumental camina hacia su desenlace, y llegando a unas escenas en el páramo que enlazan directamente con las propuestas visuales de los títulos de crédito iniciales con la canción de Adele, que se cuentan entre los mejores de toda la serie Bond. Las secuencias en el páramo iluminado por las llamas son la materialización de la promesa de viaje al inframundo del protagonista que ya estaba en dichos títulos de crédito y constituyen un ejemplo perfecto de la cuidadosa y estilizada resolución visual y propuesta estética que acompaña a 007 en esta aventura y brilla especialmente en otras secuencias que parecen estallar visualmente para contrastar con los tonos más realistas del resto del relato, como la pelea cuerpo a cuerpo en Shangai, con las siluetas recortándose en el anuncio luminoso de neón, o esa isla abandonada en la que habita el villano, una especie de Chernóbil en el lejano oriente, entorno monumental que recuerda también las creaciones oníricas del desenlace de origen y de algún modo rinde homenaje a la isla de Scaramanga, el villano de El hombre de la pistola de oro. Eso me lleva a destacar que los guiños de homenaje al pasado del personaje a través de objetos y referencias varias a otras entregas de la serie muestran también la elegancia y la estilización de esta entrega que celebra el 50 aniversario de James Bond, sin entorpecer la narración, antes al contrario: sirven como oportuno refuerzo de la misma. La pistola Walter PPK, el Martini agitado, la Beretta, el Aston Martin, la señorita Moneypenny… son ecos de otras entregas, pero al mismo tiempo reafirman esa declaración de principios a favor de la supervivencia del personaje de Bond como icono de la cultura popular y el cine de acción, así como de la propia saga. Es una declaración de principios que puede resumirse en una frase de guión: “perro viejo, trucos nuevos”, pero también está en ese guiño al pasado estableciendo los cuarteles del MI6 en el que fuera cuartel general de Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial, en el poema de Tennyson que recita M en la vista sobre su competencia como directora del MI6 y también, por qué no, en esa figura de perro bulldog con la bandera británica que adorna la mesa de la jefa de 007 y contiene un mensaje final muy claro para el agente. Todo ello alude a otro elemento esencial de esta nueva entrega de la saga de 007 junto a la muerte y la resurrección: la memoria.

O lo que es lo mismo: muerte y resurrección de Bond, reboot del reboot.

He dejado para el final un rotundo aplauso y una advertencia.

El aplauso es para Javier Bardem, que con todos mis respetos para quienes le han precedido en el azaroso empeño de ser un villano de la serie Bond, ha puesto el listón muy alto en este terreno. Tan alto que me atrevo a calificarle como el mejor villano de toda la serie. Es difícil encontrar los matices que Bardem le ha dado a este tipo de personaje con tendencia a caer en el tópico y la fórmula en otros antagonistas anteriores de la saga, no obstante haber contado ésta con notables actores dedicados a esta parcela. Lo que ocurre es que Bardem vuelve a demostrar y lucir su curiosa mezcla de arrollador talento, pura animalidad cinematográfica liberada que no entiende de tópicos y fórmulas y vuelve a desarrollar un trabajo de todoterreno muy complejo, aunque él lo haga fluir con una aparente facilidad de fluidos gestos e indicaciones mínimas, pequeños detalles en situaciones aparentemente tan convencionales y tópicas como lanzar una granada dentro de un edificio.

Jamás tuvo James Bond enfrente un villano más competente e inquietante que éste.

El aviso está relacionado también con el papel de Bardem: hay que ver la película en versión original para apreciar el trabajo del actor. Yo la he visto así en el pase de prensa. Desconozco qué va a ocurrir con la voz de Bardem en la copia doblada al castellano, pero aviso que si es la misma del tráiler, no tiene nada que ver con el original. Así que no se dejen guiar por ese tráiler.

En conclusión: una entrega de cinco estrellas en el seno de la saga de 007.

Miguel Juan Payán

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