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Martes, 11 Diciembre 2012 13:52

Los miserables *****

Escrito por Miguel Juan Payán
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Los miserables adapta el musical con personalidad cinematográfica y despliegue visual. Oscar fijo para Anne Hathaway.

En primer lugar debo advertir que no me gusta el cine musical. Tampoco los musicales. En ninguna de sus formas o estilos. Y no soy consumidor de óperas. Todo lo anterior hace que Los miserables tenga para mí aún más mérito del que tendrá para cualquier aficionado a la ópera, el musical y el cine musical. El motivo es que me ha enganchado en casi todo su metraje a pesar de mi escasa simpatía por este género. No recuerdo en este año interpretación más intensa y demoledora que el solo de Anne Hathaway como Fantine, punto final de su descenso al infierno, que en aproximadamente diez minutos de metraje es capaz de construir una interpretación de Oscar. En mi opinión, y con todos mis respetos para el resto de posibles nominadas a estos galardones, la Academia de Hollywood será muy injusta si no le otorga el Oscar a la actriz por dejarnos emocionalmente despellejados con uno de los momentos más desgarradores que recuerdo haber visto en el cine. Para recordar un momento cinematográfico que me haya provocado la misma impresión y me haya dejado tan noqueado tengo que remontarme a Robert De Niro golpeando como Jake La Motta las paredes de una celda y gritando: “Yo no soy un animal, yo no soy un animal… ¿Por qué me tratan así? Yo no soy tan malo”. Y no debo ser el único, porque al final del pase previo para la prensa estalló un aplauso espontáneo entre el público, algo que no es habitual en este tipo de sesiones habitadas por críticos y periodistas.

Junto al trabajo de Anne Hathaway, el otro punto fuerte de la película es la construcción del personaje del perseguido Jean Valjean que hace Hugh Jackman. El actor consigue tomar las riendas de su personaje y de toda la película en tiempo récord, desde su primera intervención, que viene precedida por el poderos arranque visual que el director le ha dado a esta adaptación del célebre musical.

Esa apuesta por la épica cinematográfica desde el primer momento es el tercer punto fuerte de Los miserables. Tom Hooper tomó la decisión de imponer la interpretación de las canciones durante el rodaje en lugar de grabarlas previamente en estudio, lo cual es un espectáculo en sí mismo por lo que tiene de reproducción del momento único de la interpretación actoral y musical de los actores que replica esa misma circunstancia que se da en los escenarios y esa característica es una de las más comentadas y aplaudidas por la prensa. Pero creo que es preciso prestar también atención al planteamiento visual del director para con su versión del musical Los miserables, que rescata y respeta el espíritu de gran evocador visual que tenía Victor Hugo, autor de la novela en la que se inspira el musical.

Hooper no renuncia en ningún momento a imponer planteamientos visuales eminentemente cinematográficos a su película. Dos ejemplos sencillos, además de esa imagen del barco arrastrado por los presos con la que se abre la película. El primero es la asociación de cada momento de “muerte” y “renacimiento” del protagonista, cada secuencia que nos muestra a Jean Valjean reinventándose a sí mismo, con imágenes de cruces y de cementerios. Cementerio representando a la muerte física. Cruces representando esa idea de trascendencia del personaje más allá de lo material que lo marca en su continuo sacrificio por el prójimo hasta llevarlo al desenlace de su vida y su redención. Esa idea de la redención por el sacrificio, tema central de Los miserables, queda explicada visualmente a la perfección con esos planos de corte poético e intimista pero al mismo tiempo de resolución espectacular que le aplica Hooper a la trayectoria de muertes y resurrecciones de Jean Valjean.

El segundo ejemplo es la manera en la que utiliza el primer plano, una herramienta puramente cinematográfica, no teatral, para sacarle el máximo partido a la interpretación de Anne Hathaway en el solo de Fantine. El trabajo con la luz, con el primer plano y con la propia dirección de actores en ese fragmento es demoledoramente sencillo y bello, su belleza radica en esa sencillez que se traduce en verdad. Y es además la reivindicación perfecta de la naturaleza eminentemente cinematográfica de Los miserables.

Hay otros momentos destacados que también son puro cine, como la presentación del personaje de Gavroche, que es también la de París, o los dos solos de Javert con la ciudad a sus pies. Pero junto a estos, es aún más interesante cómo decide Hooper pagar la deuda de su película con el musical original en el último tercio del largometraje, abordando la rebelión con una escenografía voluntariamente teatral. En ese momento culminante, nudo final en el que convergen todas las historias de los personajes que han ido alternándose en el protagonismo del relato, Tom Hooper paga su tributo al musical recreando en la pantalla un decorado de corte más teatral que envuelve a los protagonistas como si quisiera protegerlos. Es una decisión arriesgada pero de notable talento y valor. Podría sin duda haber persistido en el tono épico y hacer un despliegue puramente cinematográfico, pero elige trabajar en esa clave más teatral de la escenografía para regalarles a los personajes esa intimidad en el momento del sacrificio supremo. Una elección brillante.

Cierto es que hay otros momentos en los que, a mi parecer, la película se hace más previsible, menos interesante, y son los relacionados con el triángulo sentimental de los jóvenes, más tópico y previsible porque su contenido es claramente menos interesante que el tema de la redención de Jean Valjean y el pulso que mantiene con Javert, pero afortunadamente incluso esos momentos más sensibleros encuentran un factor de equilibrio e interés en el despliegue brillante digno de auténtico vodevil que presenta la historia del matrimonio Thénardier, los otros villanos de la trama, auténticas figuras de farsa, un paréntesis de gran guiñol que permite el lucimiento de Sacha Baron Coen y Helena Bonham Carter en clave de picaresca disparatada.

Miguel Juan Payán

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