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Lunes, 13 Mayo 2013 15:41

The Lords of Salem ****

Escrito por Miguel Juan Payán
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The Lords of Salem, perturbadora propuesta de Rob Zombie que homenajea y recupera lo más inquietante del terror.

Rob Zombie (Robert Straker) ha sacado nuevo disco y nueva película casi al mismo tiempo, y como suele suceder lo que hace en el cine como director tiene mucho que ver con sus trabajos musicales. Según escribo esto y para ambientarme estoy escuchando su impagable contribución al disparate gamberro en el mundo del remix discográfico, American Made Music to Strip By, editado en 1999 porque además creo que es la definición perfecta de la idea del pastiche, la mezcla gamberra, la provocación y el exorcismo del miedo por la vía del disparate que preside The Lords of Salem… En ese disco había aportaciones del grupo Rammstein y gente de Nine Inch Nails, además de la impagable imagen de gancho en la portada de la demoledoramente atractiva Sheri Moon Zombie, que además de compañera sentimental del músico y director se ha convertido en una diva del terror merced a sus apariciones en la filmografía de su marido y en The Lords of Salem ocupa finalmente el protagonismo absoluto siendo el epicentro de toda la trama, lo cual agradecerán las córneas de los espectadores interesados por la belleza femenina. Junto a todo ello el disco estaba repleto de dibujos de Rob Zombie y referentes sonoros en forma de diálogo acompañando a algunas canciones que como digo me parecen la definición perfecta del estilo provocador, gamberro y de fantasía en su acepción como término e arte, esto es: “Obra que no se sujeta a cánones, eminentemente imaginativa y personalista”.

Todo ello podría aplicarse a The Lords of Salem, que es eminentemente un disparate y una pictografía en la que Zombie dibuja con trazo grueso y sencillo una serie de pictogramas o signos destinados a representar esquemáticamente una serie de conceptos sobre el miedo y la desorientación de ser humano en un mundo eminentemente inexplicable. El resultado es desolador si se toma en serio cien por cien, pero ¿qué ocurre si entramos en el juego de Rob Zombie y lo miramos como una sátira con alma de pinacoteca perversa que rinde además homenaje a los clásicos del cine de terror entendido como provocación y concebido con vocación de crear verdadera inquietud en el espectador. Las referencias visuales incluidas por el director en su película concebida para provocar una sensación de molestia en el espectador se multiplican a lo largo del metraje, comenzando por esa imagen que la protagonista tiene a la cabecera de su cama, la luna con el ojo goteando tras recibir el impacto directo de la nave del profesor Barbaenrredada y sus protoastronautas en Viaje a la Luna, dirigida por George Méliès en 1902, imagen mítica del cine de lo extraño capaz de producirnos un ligero picor en el ojo, pero no tan doloroso como el corte de navaja del ojo de Un perro andaluz de Luis Buñuel, lo cual a su modo da también una pista de cómo gradúa Rob Zombie la capacidad de inquietar y molestar de su película.

Las primeras escenas de aquelarre y las posteriores de ejecución de las brujas son el particular homenaje del director a un cine bizarro ya desaparecido. Bizarro en su acepción en castellano, no en la anglosajona, esto es, no como sinónimo de extraño sino como sinónimo de valiente, gallardo, generoso, espléndido… Rob Zombie recoje estéticamente en esos planos tanto la herencia de las pinturas negras de Goya como la de las perturbadoras recreaciones de aquelarres y ajusticiamiento de brujas que llenan un clásico del género de terror puro: Haxan, la brujería a través de los tiempos, dirigido por Benjamin Christensen en 1922. Y con esos elementos elabora su visión siniestra y truculenta del arranque visual de otro clásico del género, La máscara del demonio, dirigida por Mario Bava en 1960. Ese mosaico de referencias nos remite a un cine de miedo que quería producir miedo o inquietud en el espectador, ante cuyas imágenes perturbadoras el público no podía sentirse ajeno o ausente porque era un cine vocacionalmente provocador y que buscaba molestar, como si metiera el dedo en el ojo de su audiencia para motivarla a sentirse ligeramente indispuesta ante lo que estaba ocurriendo en la pantalla. Esa es una cualidad que el cine ha perdido por la banalización y comercialización a modo de producción en cadena del terror por los grandes estudios, algo que comenzó a ocurrir desde el momento en que Alfred Hitchcock sembró las bases de la salida del terror del gueto de la serie B cosechando el mayor éxito de su carrera con Psicosis y que se confirmó con el arrollador paso por las taquillas de todo el mundo de El exorcista de William Friedkin. Al salir del territorio de la serie B y la serie Z, de ese tipo de cine que he calificado como cine de mazmorra, el cine de terror tuvo que maquillarse y ponerse guapo, aseando su imagen para poder lidiar con el público mayoritario y la explotación de sus propuestas a gran escala, convirtiéndose en el equivalente cinematográfico del Welcher Stil, el estilo tierno de la pintura y la escultura germana de comienzos del siglo XV, suave, mórbido, de vírgenes hermosas con cara de luna y angelotes rubicundos, dando lugar a unos terrores domesticados, bañados por la luz de la producción en cadena más que por la necesaria oscuridad de nuestro miedo al abismo de lo terrible.

Para equilibrar su propuesta de retorno al miedo cinematográfico realmente perturbador, Rob Zombie completa el mosaico de imágenes terribles de su película con guiños visuales que introducen secuencias e imágenes de seriales y películas de serie B en blanco y negro y añade un homenaje final al que asumo debe ser uno de sus directores favoritos, John Carpenter, en el ritmo setentero de su propuesta. Tiene The Lords of Salem también algunos puntos de contacto estético con ese cine de pesadilla gestado en Europa en los años sesenta y setenta por directores como Dario Argento o Lucio Fulci, y no se priva de incluir alguna pincelada más esporádica propia de la etapa canadiense de David Cronenberg o el “parto” de Alien de Ridley Scott por aquello de completar su puzle de terror provocador y un puntito gamberro.

Así que The Lords of Salem más que un manifiesto satánico, como algunos podrían pensar, es una broma salvaje y gamberra con la que Rob Zombie se ríe del cine de terror serial, domesticado y comercializado como producción de serie A por los grandes estudios, se carcajea de esas imágenes dóciles y blandas de las brujas propiciadas por series como Embrujadas o películas como Prácticamente magia, se parte el pecho por la domesticación de las criaturas y los monstruos del terror para vendérselos a los adolescentes como mascotas de peluche, y sobre todo nos muestra su añoranza por ese horror inquietante y perverso del cine de otros tiempos que murió definitivamente en los años setenta cuando esa bestia parda y surrealista que era el cine de miedo fue capturada por los grandes estudios para hacer negocio y contarnos el embarazo satánico de Rosemary con colores pastel en La semilla del diablo, de la que en cierto modo The Lords of Salem es una variante siniestra y disparatada cuya verdadera naturaleza como broma se encuentra en ese momento de posesión con Sheri Moon Zombi reconvertida en bailarina gogó montando a la cabra satánica con movimientos dignos de stripper, lo que nos lleva de vuelta al disco American Made Music to Strip By que antes mencionaba.

De manera que no se preocupen, no tienen que ir a confesarse después de ver este aquelarre visual que es The Lords of Salem porque lo que está en peligro no es tanto nuestra alma como nuestra capacidad para recuperar la verdadera identidad del cine de terror como exorcismos de los miedos cotidianos y el trato con lo sobrenatural, totalmente desvirtuada por los mercaderes de la producción en cadena de Hollywood.

Así que la recomendación de posibles compañeras de viaje de esta película no puede ser otra que la de todas las películas citadas en el texto, especialmente Haxan, la brujería a través de los tiempos y La máscara del diablo, acompañadas por un paseo por lo satánico dirigido por John Carpenter en 1987, El príncipe de las tinieblas, además de la posibilidad de montarse un festival Rob Zombie añadiendo al menú La casa de los mil cadáveres y Los renegados del diablo.

Miguel Juan Payán

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