Tu revista de cine y series

ACCIÓN. Tu revista de cine y series

Miércoles, 20 Febrero 2013 11:56

Revista ACCION nº 1303 Mes Marzo de 2013

Aquí tenéis los jugosos contenidos de este mes de Marzo.

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EN PORTADA:

HANSEL Y GRETEL. Cazadores de brujas
Dos hermanos pequeños son capturados por una hechicera cuando se hallan en el bosque. Encerrados por la maga, los infantes escapan antes de ser despedazados. Quine años después, los nenes regresan al pueblo en la piel de Jeremy Renner y Gemma Arterton.

ENTREVISTA:
Jason Statham
Su nombre se ha convertido en sinónimo de héroe de acción. Con Guy Ritchie se destacó en películas como Lock & Stock o Snatch: cerdos y diamantes, y desde entonces se ha consagrado en franquicias como Transporter o Crank. Hablamos con el británico Jason Statham sobre su último proyecto, Parker, su trabajo en el filme con el director Taylor Hackford y la cantante convertida en actriz Jennifer López y sobre esa especialización suya por interpretar a tíos duros con un código moral irreprochable.

OTROS ESTRENOS
Hermosas criaturas, Parker, Una bala en la cabeza, Los Croods, Abuelos al poder, Jack el cazagigantes, Oz. Un mundo de fantasía ...

CARTELMANÍA Sylvester Stallone. Un tipo duro a ambos lados de la ley
El estreno de Una bala en la cabeza propicia que le dediquemos un especial coleccionable a cuatro fichas de películas especialmente significativas en la carrera de Sylvester Stallone en lo que se refiere a su imagen como tipo duro dentro y fuera de la ley, un papel que vuelve a esgrimir en la película que ahora llega a nuestra cartelera.

CARTELMANÍA Alfred Hitchcock II. Etapa británica
En esta segunda entrega del coleccionable de carteles de las principales películas de Alfred Hitchcock hacemos un repaso a sus más significativas obras de la etapa británica de su filmografía, con las que acabó convirtiéndose en una auténtica institución en su país de origen.

SERIES TV.

Reportaje: JUEGO DE TRONOS. Tercera temporada
Winter’s coming. Se acerca el invierno. Con estas palabras cualquier seguidor de Juego de tronos comienza a babear con las posibilidades que la nueva temporada presenta. Sea como simple fan de la serie de HBO o como aficionado también a las novelas, Juego de tronos se ha convertido en una de las series más queridas por el público en todo el mundo. Referente ya de la televisión actual, se estrena en Estados Unidos el próximo 31 de marzo con su tercera temporada. Y como cada año, vamos a darle un repaso a lo que nos depara una de las producciones más esperadas del año. Starks, Targaryens, Lannisters, Baratheons y compañía regresan con otros diez fascinantes episodios. ¿Estamos preparados?

FICHAS ACTORES TV:
Emilia Clarke, Nikolaj Coster-Waldau, Kit Harrington, Natalia Tena

FICHA SERIES DE TV: One Three Hill

COLECCIONABLE ESTRELLAS DEL CINE
Spencer Tracy

Spencer Bonaventure Tracy es uno de los actores más queridos por los aficionados al cine de todo el mundo. En ese sentido juega en la misma liga de los James Stewart, Gregory Peck o Henry Fonda. Tipos que caen simpáticos. Que pueden ejercer como héroes o galanes, pero a los que los espectadores compran sobre todo como amigos cercanos infiltrados en las fábulas de Hollywood. De estos tres, Stewart habría sido el equivalente al hombre corriente metido en situaciones poco corrientes, Peck habría sido el galán humanista y Fonda habría sido el héroe ímprobo. ¿Y Tracy? Verán ustedes, queridos lectores, Tracy era sobre todo y para muchos de sus seguidores, si no para todos, un padre. A veces un padrazo. Basta pensar en cualquiera de los personajes que interpretó en la pantalla para darse cuenta de ello, pero para no aburrir al lector, llamo su atención solo sobre algunos de los más destacados.

SECCIONES FIJAS

16 FICHAS CRÍTICAS
Bestias del sur salvaje, Coriolanus, Despedida de soltera, El cuarteto, El último desafío, El vuelo, Gangster squad (Brigada de élite), Hitchcock, La banda Picasso, La noche más oscura, La trama, Las ventajas de ser un marginado, Mama, Movie 43, Nameless gangster, Volver a nacer

4 FICHAS CLÁSICAS
Close Harmony (1929), Envuelto en la sombra (1946), Me convirtieron en un criminal (1939), Mi amor brasileño (1954)

4 FICHAS SERIE B
El abominable Doctor Phibes (1971), El mas allá (1981), El misterio de Mister Wong (1939), El más allá (1981)

FICHA CLÁSICO: Lex Barker

PELÍCULA MÍTICA: La reina de África (1951)

OTRAS SECCIONES
Noticias, Bandas sonoras, Correo del lector, Mundo fantástico, Novedades DVD

4 POSTERS GIGANTES

Oz: Un mundo de fantasía, Supermán: Man of Steel, Spartacus, Oscars 85 Edición


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Viernes, 28 Diciembre 2012 02:16

The Master *****

The Master. Enormes Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman. Su pulso de actors recuerda Pozos de ambición.

Paul Thomas Anderson ha vuelto a hacerlo. The Master es una película que se sale de la norma. Una rara avis en la cartelera. Posiblemente no todo el mundo le saque el mismo jugo, el mismo disfrute. Pero como ya ocurrió con Pozos de ambición, es buena, muy buena. Otra cosa es que no le llegue igual a todo el mundo. La manera en la que este director cuenta su historia tiene todo el aroma de la buena literatura y en su cine no es difícil encontrar un amplio abanico de ecos que cubre todos los estilos, desde William Faulkner a William Burroughs, de John Fante o Jack Kerouac a Henry Miller o Charles Bukowski… Pero eso no debería despistarnos. No por ello su cine deja de ser cine. Tal y como ya ocurrió con Pozos de ambición. De hecho es imposible no pensar en esa otra película mientras estamos viendo ésta, porque de algún modo me parece que la fórmula de Pozos de ambición está mejorada en The Master. Pozos de ambición era un monólogo del gran Daniel Day Lewis, casi en solitario, sin ninguna otra presencia en el reparto que le hiciera de contrapeso o le diera la réplica de forma continuada en todo el relato. Desde ese punto de vista, creo que la composición de su personaje que hace Joaquin Phoenix es tan notable como la de Daniel Day Lewis en Pozos de ambición, pero él en lugar de desarrollar un monólogo interpretar un pulso con el jefe de la secta, personaje que da título a la película, interpretado por Philip Seymour Hoffman. De ese modo, estamos ante un pulso entre dos actores de enorme talento en el que indudablemente se advierte la inclinación literaria en el tratamiento de personajes y situaciones que siempre presentan las películas de Paul Thomas Anderson, pero donde la historia se construye también sobre influencias puramente cinematográficas.

Por ejemplo en el tema del arranque de la película con el protagonista viviendo los últimos tiempos de su participación en la Segunda Guerra Mundial, nos encontramos con una sucesión de escenas que tienen mucho en común con La delgada línea roja de Terrence Malick. No es la única huella del cine de Malick en The Master, que se presenta también en esa breve subtrama, casi poco más que un guiño, una especie de cameo argumental de Malas tierras que tiñe la relación entre el protagonista y su novia adolescente, Doris.

Junto a esos ecos del cine de Malick encontramos referencias que nos remiten a fuentes más clásicas. Si en Pozos de ambición había huellas del cine de King Vidor junto a ecos de El viento, de Victor Sjöström y Avaricia, de Erich von Stroheim, en The Master es casi imposible no pensar en el personaje de Charles Foster Kane y Orson Welles al ver la caracterización y la interpretación que hace Philip Seymour Hoffman del Maestro. La propia presentación de su personaje con características de hombre renacentista capaz de hacer varias cosas al mismo tiempo, ejerciendo como escritor, científico, pensador… encaja perfectamente con la megalomanía que tanto marcó y definió a los personajes creados y en muchos casos también interpretados por Orson Welles a lo largo de su carrera. El Maestro Lancaster Dodd podría haber sido interpretado por Welles, sin duda, y Paul Thomas Anderson introduce esa especie de guiño en una historia que tiene también en común las resonancias shakesperianas con el cine del director de Ciudadano Kane. Unas resonancias shakesperianas que se materializan esencialmente en esa especie de variante sectaria de Lady Macbeth que interpreta con notable talento a la altura de los dos protagonistas masculinos una igualmente enorme Amy Adams en el papel de la esposa de Lancaster Dodd. Pienso que tanto Joaquin Phoenix como Philip Seymour Hoffman como firmes candidatos al Oscar, y creo que Adams puede optar perfectamente a una nominación como mejor actriz de reparto.

Pero junto a estas claves de literatura, más cine clásico, más exploración de personajes y situaciones que miran al abismo de la locura y habitan en el disparate, lo que constituye la magia de The Master es no sólo un gran trabajo de dirección de actores o lo notable que resulte la composición de ese reparto, sino la forma absolutamente magistral con la que Paul Thomas Anderson mueve y encuadra a sus personajes, su planificación, el trabajo visual de composición que preside casi cada uno de los planos de la película, otorgándoles un significado de poesía visual que va desvelando las grandezas y miserias de sus personajes en un nivel de interés y profundidad que no resulta fácil ver en el cine.

The Master no es una película fácil. Incluso podría atreverme a calificarla de “marcianada”, de no ser por ese trabajo de narración visual que constituye el punto fuerte de la película. En su notable trabajo como director de actores Paul Thomas Anderson destaca por su cuidado de cada gesto y cada movimiento. Pero en su manera de componer cada plano de su película el director de The Master es aún más exigente, dueño de un talento como observador de la naturaleza humana que le convierte en uno de los mejores narradores visuales de nuestro tiempo. Un ejemplo de ello es esa secuencia final en la que Freddie Quill, el personaje interpretado por Joaquin Phoenix, repite con la mujer que se ha ligado en el bar la prueba del parpadeo que le aplicó a él Lancaster Dodd. Ese momento de emulación lo dice todo de manera muy sencilla no sólo sobre el propio personaje de Freddie, sino también sobre su relación con Dodd y por qué ésta se resuelve de la forma en la que nos muestra el director tras esa escena emotivamente intensa que nos desarma totalmente en la que el Maestro le canta a su protegido en un último intento por seducirle y retenerle a su lado. De manera sencilla, Paul Thomas Anderson nos dice mucho sobre las sectas y la forma de trabajar y seducir de sus líderes, y de paso explica claramente la mejor manera de escapar a su influencia.

Así, The Master se explica como un intenso paseo visual por un solo concepto que se repite durante toda la película: la libertad, y cómo no todos entendemos ese concepto de la misma manera e incluso elegimos engañarnos sobre el mismo. Para eso está precisamente la escena de la moto en el desierto y la distinta manera en que se desarrolla la misma para Lancaster Dodd y para Freddie Quill.

Bajo esa perspectiva, Freddie Quill se nos presenta finalmente, tal y como señala el propio Lancaster Dodd en uno de sus diálogos, como un auténtico héroe, quizá el mayor héroe que hemos visto este año en la pantalla grande.

De manera que no, ciertamente The Master no es una película fácil, pero es sin duda una de las mejores películas que quien esto escribe ha visto este año, de ésas que son capaces de aficionarnos a abrir nuevas puertas y ventanas a nuestra cinefilia, como siempre consigue hacer el cine de Paul Thomas Anderson incluso en sus momentos más extraños.

Miguel Juan Payán

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Sábado, 22 Diciembre 2012 15:16

Lincoln ****

Lincoln. Uno de los mejores y más difíciles trabajos de Steven Spielberg. Reparto brillante.

Lo primero que quiero aclarar a los lectores es que esta película no es sobre la vida de Abraham Lincoln. Lo segundo es que no es un fresco épico sobre la Guerra Civil entre la Unión y la Confederación, a pesar de que comience con un momento de batalla particularmente brutal. Lincoln no es una película bélica sino una película de corte político. Está muy lejos del clásico de John Huston La roja insignia del valor (1951) y también de Días de gloria (1989), de Edward Zwick. No esperen ver una versión de Salvar al soldado Ryan en la Guerra Civil americana, principalmente porque ese conflicto no es grato en la memoria épica del director y como todo enfrentamiento fratricida está teñido de tragedia. Aún conteniendo épica por ambas partes, le falta el tono de “guerra justa” que sí se le ha otorgado a la Segunda Guerra Mundial. Esa repulsa instintiva del director por el tinte fratricida de la guerra civil es lavada por Spielberg otorgándole a dicho conflicto un papel protagonista en la lucha contra la esclavitud, que finalmente es el epicentro real de su semblanza de los últimos años de Lincoln. Eso es lo que hace que la película en lugar de titularse Lincoln bien podría haberse titulado La enmienda número 13, que es la que el presidente que da título a la película intenta aprobar por todos los medios antes de que acabe la guerra, e incluso haciendo lo posible por prolongarla, con el fin de utilizar el conflicto como elemento de presión ante los demócratas y los republicanos conservadores opuestos a votar la enmienda que otorga la igualdad ante la ley a los habitantes negros de lo que quiere llegar a ser los Estados Unidos de América.

En ese relato, eminentemente político, encontramos uno de los mejores trabajos de dirección de Steven Spielberg, en el cual su brillantez como planificador visual adquiere una consistencia con el objetivo que se ha fijado argumentalmente ciertamente notable.

El problema es que lucha con demasiados elementos en contra para pretender que Lincoln sea una de sus películas más taquilleras, aunque para quien esto escribe es sin duda una de sus mejores películas, ejercicio impecable e incluso me atrevería a decir que implacable de madurez como director.

El director de Tiburón, Encuentros en la tercera fase, E.T., En busca del Arca perdida… lleva tiempo caminando hacia esa madurez, que en mi opinión inició con El color púrpura y El imperio del sol, prosiguió con La lista de Schindler y bordó en una de sus mejores películas, Munich. A ese segundo grupo de creaciones, menos comerciales y alejadas de los ejercicios de mitomanía cinéfila a los que se entrega en títulos como Para siempre (guiñando al cine de Frank Capra), Hook (guiñando a Disney), Amistad (guiñando a Robert Mulligan, Matar un ruiseñor en un cóctel complementado con algo de la épica visual del cine de época de su admirado David Lean), A.I. Inteligencia artificial (guiñando Kubrick), La terminal (otra vez Capra), o War Horse, caballo de batalla (un sentido y brillante homenaje al cine “irlandés” de John Ford y más concretamente a El hombre tranquilo , con planos que nos recordaban el desenlace de La legión invencible y nos dieron una visión diferente de las películas de caballería del director de Centauros del desierto). De manera que no busquen en Lincoln al soldado Ryan ni esperen tropezarse con Indiana Jones o con un dinosaurio. La advertencia puede parece muy obvia, pero considero que es necesaria porque creo que está en el epicentro del desencuentro con los seguidores de la “marca” Spielberg que se arriesgan a afrontar en la taquilla algunas de estas obras de madurez, las mejores que han salido del talento de este director. Lo que ocurre es que no todo en Spielberg es, ni puede, ni debe ser Indiana Jones a la caza de un nuevo tesoro, un tiburón asesino, un trío de velocirraptores afilándose los dientes o Tom Cruise dándose paseos por el futuro en clave de ciencia ficción. Spielberg, que es un icono de la taquilla y el cine de evasión más comercial, no duda en sumergirse en piscinas cinematográficas y argumentales más arriesgadas en proyectos menos fáciles para el público como Lincoln. Pero conviene prestarles atención, porque el talento que le ha caracterizado como narrador visual, y que nunca le he discutido, aunque su lado Capra-Disney me molesta bastante, brilla notablemente a veces en sus proyectos menos obvios y previsibles.

En Lincoln por ejemplo Spielberg se enfrenta con las expectativas que pueden llevar a algunos espectadores a esperar una biografía más amplia y centrada en el personaje del presidente interpretado brillantemente por Daniel Day Lewis, pero no es el caso. Otros esperarán un fresco épico de la guerra civil, que tampoco está presente en la película. Su tono me ha recordado más el de Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) con algo de la intriga de Siete días de mayo (John Frankenheimer, 1964) y un punto de El último hurra (John Ford, 1958) y Caballero sin espada (Frank Capra, 1939) que no me molesta tanto como otros paseos del director por los universos “caprianos”.

Queda claro que por tanto Lincoln, aún siendo una película política, no sigue el ritmo trepidante de esa especie de biblia del género que es la serie El ala oeste de la Casa Blanca, ni en Spielberg anida tampoco la faceta más crítica de forense del imperio americano de la que suele hacer gala el cine político de Oliver Stone.

Lincoln tiene además la dificultad añadida de que Steven Spielberg se entrega a un ejercicio de triple salto mortal, intentando abordar en la misma película por un lado la totémica y posiblemente inabarcable figura de Abraham Lincoln junto al tema que realmente le interesa y es el epicentro de su película, la enmienda numero 13 de la Constitución sobre la igualdad de los negros, y finalmente el fresco épico del final de la guerra civil americana. Son tres frentes en los que tiene que luchar al mismo tiempo y de los que sale mejor parado en unos aspectos que en otros. Por ejemplo el intento de mostrar un lado humano en el icónico Lincoln incluye algunas escenas interesantes entre las que destaca ese personaje del hijo mayor del presidente interpretado por Joseph Gordon Levitt, que con poco metraje deja una impronta en la película merced a la secuencia de la fosa de miembros y enfrentamiento con el padre que viene a ser una reedición de la secuencia de la niña del abrigo rojo en La lista de Schindler. Ocurre lo mismo con el fragmento de Lincoln discutiendo con su esposa, Sally Field, el alistamiento del hijo en el ejército, en la recepción, en el teatro o en ese paseo en coche donde ella reflexiona sobre cómo la verá la historia. Creo que esos momentos, aunque breves y episódicos, secundarios en la trama principal, funcionan bastante bien como ligeras pinceladas de la vida íntima de Lincoln, aunque la película falle en ese frente en la más obvia y tópica relación de Lincoln con su hijo menor.

Por lo referido al tercer frente, la del fresco épico de época, abunda más en interiores que en exteriores y tiene cierta tendencia a la postal histórica, como demuestra ese plano de Lincoln reunido con su gabinete mostrando en primer plano y perfil de estatua el rostro del presidente, y tras él sus asesores en perspectiva

La mejor parte de la película la encontramos en su frente político, donde se produce la intriga, se incluye la conspiración para conseguir votos, se plantea el dilema de prolongar la guerra para lograr el apoyo necesario para aprobar la enmienda, y surge un personaje y un actor capaz de disputarle el protagonismo al propio Lincoln de Daniel Day Lewis: el congresista Thaddeus Stevens interpretado por Tommy Lee Jones. Desde ese personaje, Spielberg nos hace pensar que bien podría haber simplificado su propuesta prescindiendo del retrato de Lincoln y dejando al presidente en un segundo plano para centrarse sólo en la Enmienda número 13 y narrar el relato desde el punto de vista de Stevens, al que otorga además en los momentos más intensamente dramáticos del relato cuando con el duelo frente a la “señora presidenta” en la recepción, cuando tiene que renunciar en el Congreso a sus verdaderos objetivos de igualdad total para los negros y en el desenlace con esa explicación genial del personaje desde lo íntimo y lo cotidiano mediante esa escena de cama que es ejemplo perfecto de la superioridad de la sencillez y lo visual sobre la complejidad y lo textual en la narración cinematográfica.

Es en el lado político del relato donde se multiplica la aparición de pequeñas perlas de interpretación en manos de actores que hacen casi un cameo pero aportan esa familiaridad necesaria para allanar la identificación del espectador con el amplio abanico de personajes implicados en esa fase de la historia, gentes como James Spader David Strathairn, Robert Latham, Jared Harris, Walton Goggins, Hal Holbrook, Jackie Earle Haley…

En conclusión: un buen trabajo de Spielberg desde la madurez en una película difícil que se entrega a la adoración de Lincoln con menos pasión de púlpito de la que yo me temía pensando en la parte más Capra del director.

Miguel Juan Payán

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Martes, 11 Diciembre 2012 13:52

Los miserables *****

Los miserables adapta el musical con personalidad cinematográfica y despliegue visual. Oscar fijo para Anne Hathaway.

En primer lugar debo advertir que no me gusta el cine musical. Tampoco los musicales. En ninguna de sus formas o estilos. Y no soy consumidor de óperas. Todo lo anterior hace que Los miserables tenga para mí aún más mérito del que tendrá para cualquier aficionado a la ópera, el musical y el cine musical. El motivo es que me ha enganchado en casi todo su metraje a pesar de mi escasa simpatía por este género. No recuerdo en este año interpretación más intensa y demoledora que el solo de Anne Hathaway como Fantine, punto final de su descenso al infierno, que en aproximadamente diez minutos de metraje es capaz de construir una interpretación de Oscar. En mi opinión, y con todos mis respetos para el resto de posibles nominadas a estos galardones, la Academia de Hollywood será muy injusta si no le otorga el Oscar a la actriz por dejarnos emocionalmente despellejados con uno de los momentos más desgarradores que recuerdo haber visto en el cine. Para recordar un momento cinematográfico que me haya provocado la misma impresión y me haya dejado tan noqueado tengo que remontarme a Robert De Niro golpeando como Jake La Motta las paredes de una celda y gritando: “Yo no soy un animal, yo no soy un animal… ¿Por qué me tratan así? Yo no soy tan malo”. Y no debo ser el único, porque al final del pase previo para la prensa estalló un aplauso espontáneo entre el público, algo que no es habitual en este tipo de sesiones habitadas por críticos y periodistas.

Junto al trabajo de Anne Hathaway, el otro punto fuerte de la película es la construcción del personaje del perseguido Jean Valjean que hace Hugh Jackman. El actor consigue tomar las riendas de su personaje y de toda la película en tiempo récord, desde su primera intervención, que viene precedida por el poderos arranque visual que el director le ha dado a esta adaptación del célebre musical.

Esa apuesta por la épica cinematográfica desde el primer momento es el tercer punto fuerte de Los miserables. Tom Hooper tomó la decisión de imponer la interpretación de las canciones durante el rodaje en lugar de grabarlas previamente en estudio, lo cual es un espectáculo en sí mismo por lo que tiene de reproducción del momento único de la interpretación actoral y musical de los actores que replica esa misma circunstancia que se da en los escenarios y esa característica es una de las más comentadas y aplaudidas por la prensa. Pero creo que es preciso prestar también atención al planteamiento visual del director para con su versión del musical Los miserables, que rescata y respeta el espíritu de gran evocador visual que tenía Victor Hugo, autor de la novela en la que se inspira el musical.

Hooper no renuncia en ningún momento a imponer planteamientos visuales eminentemente cinematográficos a su película. Dos ejemplos sencillos, además de esa imagen del barco arrastrado por los presos con la que se abre la película. El primero es la asociación de cada momento de “muerte” y “renacimiento” del protagonista, cada secuencia que nos muestra a Jean Valjean reinventándose a sí mismo, con imágenes de cruces y de cementerios. Cementerio representando a la muerte física. Cruces representando esa idea de trascendencia del personaje más allá de lo material que lo marca en su continuo sacrificio por el prójimo hasta llevarlo al desenlace de su vida y su redención. Esa idea de la redención por el sacrificio, tema central de Los miserables, queda explicada visualmente a la perfección con esos planos de corte poético e intimista pero al mismo tiempo de resolución espectacular que le aplica Hooper a la trayectoria de muertes y resurrecciones de Jean Valjean.

El segundo ejemplo es la manera en la que utiliza el primer plano, una herramienta puramente cinematográfica, no teatral, para sacarle el máximo partido a la interpretación de Anne Hathaway en el solo de Fantine. El trabajo con la luz, con el primer plano y con la propia dirección de actores en ese fragmento es demoledoramente sencillo y bello, su belleza radica en esa sencillez que se traduce en verdad. Y es además la reivindicación perfecta de la naturaleza eminentemente cinematográfica de Los miserables.

Hay otros momentos destacados que también son puro cine, como la presentación del personaje de Gavroche, que es también la de París, o los dos solos de Javert con la ciudad a sus pies. Pero junto a estos, es aún más interesante cómo decide Hooper pagar la deuda de su película con el musical original en el último tercio del largometraje, abordando la rebelión con una escenografía voluntariamente teatral. En ese momento culminante, nudo final en el que convergen todas las historias de los personajes que han ido alternándose en el protagonismo del relato, Tom Hooper paga su tributo al musical recreando en la pantalla un decorado de corte más teatral que envuelve a los protagonistas como si quisiera protegerlos. Es una decisión arriesgada pero de notable talento y valor. Podría sin duda haber persistido en el tono épico y hacer un despliegue puramente cinematográfico, pero elige trabajar en esa clave más teatral de la escenografía para regalarles a los personajes esa intimidad en el momento del sacrificio supremo. Una elección brillante.

Cierto es que hay otros momentos en los que, a mi parecer, la película se hace más previsible, menos interesante, y son los relacionados con el triángulo sentimental de los jóvenes, más tópico y previsible porque su contenido es claramente menos interesante que el tema de la redención de Jean Valjean y el pulso que mantiene con Javert, pero afortunadamente incluso esos momentos más sensibleros encuentran un factor de equilibrio e interés en el despliegue brillante digno de auténtico vodevil que presenta la historia del matrimonio Thénardier, los otros villanos de la trama, auténticas figuras de farsa, un paréntesis de gran guiñol que permite el lucimiento de Sacha Baron Coen y Helena Bonham Carter en clave de picaresca disparatada.

Miguel Juan Payán

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Lunes, 10 Diciembre 2012 22:19

El Hobbit, un viaje inesperado *****

El Hobbit, un viaje inesperado, me ha gustado más que El señor de los anillos. Peter Jackson le ha pillado el truco a Tolkien.

La sensación agridulce que me invadió cuando salí de ver la primera entrega de El señor de los anillos no se ha producido esta tarde cuando he salido de ver El Hobbit, un viaje inesperado. Todo lo contrario. En la primera película de los Anillos sólo advertí el tono familiar épico, legendario y fantástico de las novelas de Tolkien en su prólogo de batalla, en las Minas de Moria y en el paso de la barca por las gigantescas estatuas de los Argonath. El resto no me transmitía el aliento épico y legendario del original.

Sin embargo en esta primera película de El Hobbit me ha ocurrido todo lo contrario. Diría que cada una de sus secuencias es un reflejo notablemente fiel de la novela de Tolkien, y no tiene los altibajos de ritmo que la trilogía de El señor de los anillos presenta. Toda la película tiene el ritmo y la carga de espectáculo visual de las secuencias en las minas de Moria de La comunidad del anillo. Hay una explicación lógica para que me haya gustado más esta adaptación que la trilogía anterior de Jackson.

Primero es pura acción y aventura. En segundo lugar juega con ventaja respecto a los Anillos, porque el planteamiento argumental de la novela El Hobbit es mucho más sencillo: es en definitiva el relato de una reunión de profesionales en lo suyo que se disponen a cumplir una peligrosa misión. No existen los giros y complejidades aplicados por Tolkien en la trilogía de El señor de los anillos. Lo que tenemos aquí es la versión Tierra Media del clásico relato de viaje del héroe que expusiera Joseph Campbell en su libro Las máscaras del héroe: psicoanálisis del mito. O si ustedes lo prefieren, la versión Tierra Media del argumento clásico de míticas joyas del cine como Doce del patíbulo, Los cañones de Navarone o Los siete magníficos. Salvo que aquí los protagonistas no son comandos de la Segunda Guerra Mundial o pistoleros del lejano y salvaje oeste (aunque hay muchas claves de western, tanto visuales como argumentales, esparcidas por esta primera entrega de la trilogía de El Hobbit), sino una compañía de guerreros enanos dirigidos por el mago Gandalf, el Gris.

Otro punto a favor en esta ocasión el emulador del héroe de Joseph Campbell es Bilbo Bolsón, no Frodo. Bilbo incorpora unas claves de humor donde Frodo era presa de un sentimiento trágico de su vida. Bilbo sale a correr una aventura. Es un héroe donde Frodo era más una víctima del destino o la fatalidad. Bilbo bromea y nos hace sonreír donde Frodo nos hacía sentirnos apesadumbrados. Al menos en esta primera entrega. Esas características del personaje juegan a favor de la película y de paso hacen que el trabajo del actor encargado de dar vida a este mediano, Martin Freeman, pueda desplegar su talento con más riqueza de matices y libertad para crear empatía con el público de la que tuviera Elijah Wood en El señor de los anillos. Como consecuencia de todo lo anterior, simpatizamos más con Bilbo que con Frodo. Y como ejemplo basta con pensar en el encuentro con Gollum, que es aquí más siniestro que en los Anillos y al mismo tiempo resulta más divertido e incluso te hace reír en algún momento. Dicho sea de paso, el tono más distendido, más aventurero, menos denso y trágico que el de la visita anterior de Peter Jackson a la Tierra Media, permite también un juego más rico y con más matices en la interpretación de Andy Serkis como Gollum.

La estructura argumental de la novela El Hobbit, que como digo permite centrar más la trama sobre la idea del viaje y la misión de todo el grupo de enanos, aporta además otra diferencia esencial: la materialización o personalización del enemigo del grupo en esta trama de persecución en la figura de Azog, el Pálido Orco, montando su temible Wargo albino, y que tiene una participación como antagonista más clara y con más metraje y protagonismo de la más dispersa y volátil que tuviera en El señor de los anillos: la Comunidad del Anillo el propio Sauron.

Añadan a todo lo anterior batallas con trolls en una espectacular escena en las cavernas que emula y en mi opinión supera el enfrentamiento en las Minas de Moria en la primera entrega de El señor de los anillos, además del prólogo con el ataque de Smaug a la fortalza de los enanos, la pelea de los gigantes de piedra en las montañas, la persecución de los trolls en las praderas, la llegada de las águilas gigantes…

Creo que en El Hobbit Peter Jackson aplica todo lo que aprendió y descubrió rodando la trilogía de El señor de los anillos, y ha mejorado mucho la propuesta final. Un ejemplo: sus planos aéreos, que tanto me molestaban porque me sacaban de la película en la trilogía de los Anillos, aquí incluso encuentran una utilización práctica y una razón de ser y les saca el máximo partido en la secuencia de la persecución de los orcos y los wargos tras la compañía de enanos.

El resultado de todo lo anterior es puro espectáculo visual, una película de Navidad en toda regla, el retorno de la fantasía a la pantalla grande en todo su esplendor.

Diría que está entre las tres mejores películas de este año.

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Miércoles, 17 Octubre 2012 16:20

Óscar Jaenada nos habla de ¡Atraco!

Es posiblemente uno de los actores más versátiles de nuestro país, y ese talento que tiene, ese empatizar como él mismo lo llama, le ha llevado a Hollywood con éxito. Pero ahora regresa a nuestro país para presentar ¡Atraco!, película hispano-argentina dirigida por Eduard Cortés en la que tiene un papel muy difícil, según sus propias palabras. Y nos habla de la película, de Cortés, de política… de todo un poco en esta interesantísima entrevista.

Publicado en Entrevistas
Sábado, 15 Septiembre 2012 14:12

El artista y la modelo *****

El artista y la modelo, es la película más bella de este año. Una obra maestra que devuelve la poesía al cine.

Dirigida por Fernando Trueba, El artista y la modelo es la candidata más firme y lógica para representar a España en la próxima entrega de los Oscar de la Academia de Hollywood. Las otras dos candidatas, Grupo Siete y Blancanieves, son muy buenas películas que contribuyen a un año de cine español notablemente interesante y merecen tener su propio recorrido internacional en el apartado de festivales y galardones, y sobre todo el gran premio para el cine que es encontrarse con el público con buenos resultados de taquilla. Reconozco incluso mi personal inclinación por Grupo 7, una gran película de género policial que está entre lo mejor que he visto este año. Grupo 7 es además el tipo de película que creo que necesita el cine español para reencontrarse con su público, una impecable producción de género con gran calidad y reparto notable que consigue interesar al espectador desde su primera imagen y desde ahí construye un producto de evasión en el que tienen también cabida las características del cine de autor. Además, es exportable al extranjero, más si cabe que otras muestras de cine de autor, porque el lenguaje de los géneros cinematográficos es universal. En cuanto a Blancanieves, es otra de las piezas a tener muy en cuenta en la producción del cine español, desde el lado de la exploración y el riesgo, tan imprescindibles para crear una cinematografía con personalidad propia capaz de llegar a cubrir todo el espectro de oferta cinematográfica posible. Junto con la película de Trueba, ambas forman un triunvirato que ejemplifica muy bien las distintas vías por las que cabe desarrollar el cine español en el futuro. Así que a los gestores del cine del país, sean cuales sean sus luces o inclinaciones personales o amistades en el negocio audiovisual, este trío de películas les pone las cosas bastante fáciles a la hora de tomar las decisiones oportunas para no sumir a la producción audiovisual española en una crisis más profunda, y quizá irreversible, de la que sufre de forma endémica casi desde el mismo momento en que se rodó la primera película de producción nacional, allá en los tiempos en que el cine ni siquiera había empezado todavía a hablar. Por si dichos gestores del cine español están más desorientados de lo que suele ser habitual, ahí van unas pistas: las tres películas son producción de calidad, no son localistas y sí perfectamente exportables y ninguna de ellas ofende al espectador con un panfleto político, lo cual no quiere decir que carezcan de valores o sus artífices hayan prescindido de intentar dar una visión digna y éticamente viable de la vida.

Sin embargo, hay que ser realistas. Frente a Grupo 7 y Blancanieves, la película dirigida por Fernando Trueba reúne muchas más características necesarias para ser seleccionada como finalista a los premios de la Academia de Hollywood. Y no me refiero sólo al hecho de que el director haya subido ya a recoger un Oscar a la mejor película de lengua no inglesa que le entregó Anthony Hopkins por Belle Époque (1992), circunstancia que sin duda tiene su importancia, o a la experiencia que Trueba haya podido adquirir en las complicadas maniobras de táctica y estrategia necesarias para moverse en lo que algunos denominan la “carrera hacia el Oscar”, sino fundamentalmente a los méritos exclusivamente cinematográficos que reúne El artista y la modelo.

Después de ver la película dan ganas de salir de la sala y ponerse a pensar y esculpir, pero sobre todo, de saborear con más cuidado y más interés la propia vida. La alianza de Trueba en la dirección y Jean-Claude Carrière en el guión saca el máximo partido a la arcilla del cine, esculpiendo una película repleta de momentos mágicos en los que buena parte de esa magia llega también de sus actores. La aparición de Claudia Cardinale en el papel de la esposa del artista que siendo más joven fue su modelo más bella tiene la magia de los ecos del pasado glorioso que se reflejan en el personaje de Aida Folch, en un trabajo brillante de interpretación. Un trabajo tremendamente complejo y difícil al que Folch le da un aspecto de sencillez y fragilidad impresionantes que en algunos momentos nos remiten a la memoria de los primeros tiempos del cine, los gloriosos tiempos de la etapa muda que alcanzó altas cotas de expresión eminentemente visual antes de que la palabra se impusiera como novedad llevando a las películas a mantener una relación distinta con el espectador. El trabajo de Aida Folch, la modelo que debe permanecer en silencio y expresarse simplemente con su cuerpo inmóvil, encaja a la perfección con la igualmente notable interpretación del artista al que da vida Jean Rochefort aportando a su personaje una poesía del ocaso de la existencia que es al mismo tiempo celebración de la vida que a los espectadores más receptivos les va a ser difícil olvidar como motivación personal a la hora de enfrentar sus propios paseos por este mundo.

La arcilla de Trueba en esta película es la notable química entre Folch y Rochefort en esas circunstancias tan especiales y en una película donde la imagen, las miradas y los gestos dominan absolutamente sobre las palabras. Una película donde el silencio es un protagonista esencial y el tiempo parece congelarse en un puñado de momentos mágicos, de forma que en algún momento el cine se convierte en pintura y escultura, y nuestra percepción del mismo se modifica en ese mismo sentido, ayudados por un trabajo de fotografía igualmente notable de Daniel Vilar con un blanco y negro que no es fruto del capricho o del alarde visual, sino coherencia esencial con el tema de la película.

La química entre Rochefort y Folch, entre el artista y la modelo del título, nos trae de vuelta esa magia del cine mudo sin dejar de ser plenamente actual, porque las obras maestras no entienden del paso del tiempo. Y esta película es una obra maestra. Una bella historia sobre la belleza cuyo corazón bien podría estar en esa secuencia en la que el artista le explica a su modelo el dibujo de Rembrandt, y que no por casualidad da paso en la trama central a esa subtrama de la Resistencia en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Dentro de la magia que convocan para esta película, Trueba y Carrière consiguen mantener un pulso notable en el relato que es plenamente coherente con el tema del mismo: el arte intenta mantener fuera de su mundo la guerra, que es la muerte, durante casi todo el metraje, aunque esporádicamente se filtren en su mundo, cada vez con mayor frecuencia, pinceladas del horror que está allí fuera, como el uniforme del alumno alemán del artista que acude a visitarle, o el miembro de la resistencia al que acoge y ayuda la modelo. Al final, la guerra se impone y los personajes son lanzados a su mundo devastado cuando el dique que fuera el artista para mantener ese río de muerte lejos de su isla de belleza acaba quebrándose en una de las secuencias más bellas y al mismo tiempo más inquietantes de la película que encaja a la perfección con las primeras imágenes de este relato, con el artista paseando por el bosque y recogiendo el cráneo del pajarillo.

Cine en estado puro. Gran cine. Cine convertido en poesía visual que se basa en el único elemento que necesita desesperadamente toda obra maestra para poder seguir respirando: verdad. Una película que merece un Oscar.

Miguel Juan Payán

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Entrevista con Daniel Avilés. Óscar Ladoire, Gracia Olayo y Priscila Delgado nos hablan de la tercera temporada de Los protegidos que se estrena el 8 de Marzo

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Viernes, 01 Abril 2011 08:20

En un mundo mejor ****

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Si faltaba por estrenarse en España una película importante de la temporada de premios que tanto incordia a mi compañero Miguel Juan Payán, ésta es sin duda, En un mundo mejor, la película danesa ganadora del Globo de Oro y el Oscar a mejor película de habla no inglesa, una película a ratos brillante que nos devuelve a los dramas más clásicos, pero sin dejar de lado una narrativa acorde con los tiempos que corren y con unos actores que viven su papel con mucha inteligencia. Aunque de ahí a merecer el Oscar, bueno, pues cada cuál que decida qué le parece.

Porque si algo es cierto es que hay ciertas películas que crean a su alrededor un halo de cine especial, que a todo el mundo le encanta (al parecer) y que nadie es capaz de criticar demasiado no vaya a ser que digan que no apreciamos la calidad de una ganadora o que no somos capaces de entender el cine elegante que nos llega de los países nórdicos. O que no llegamos a conocer la profundidad de un drama social acerca de la violencia como el que nos plante En un Mundo Mejor. Vayan ustedes a saber.

Pero se crea ese halo de misticismo entorno a ciertas películas, como si fuesen intocables o como si opinar que no son perfectas, fuese delito. Subiéndose todos al carro de los más moderno o actual, sin darse cuenta de que a veces, y sólo a veces, hay que destacarse un poquito y dejar claro lo que realmente opinamos de una película. Es decir, que muy mal estaría haciendo mi trabajo, si en lugar de señalar al lector los pros y los contras de esta película me dedicase a alabarla por decreto como una obra maestra. Tampoco es eso, ¿no creen?

Porque En un Mundo Mejor ante todo es una muy buena película, que atrapa no sólo por su temática comprometida y adulta, centrando la historia en dos niños que se conocen en la escuela y se convierten en amigos, entrelazando las historias de sus dos familias de un modo peculiar y no exento de tristeza. La primera, la familia de Christian, acaba de mudarse de Londres a Dinamarca, donde el niño tiene que lidiar con la muerte de su madre y con un padre que no sabe cómo enfrentarse a los problemas que sufre su hijo. La otra familia es la de Elias, otro joven que es atacado continuamente en la escuela, cuyos padres están separados y pensando en divorciarse, con un padre que divide su vida entre su familia y su trabajo como médico en África.

Es una película dura, seca, que a veces se hace incómoda de ver por cómo trata la violencia, con honestidad y sinceridad, sin edulcorarla, sin una banda sonora rimbombante, casi como un documental, con una cámara que se sitúa casi siempre a la altura de los personajes, cara a cara con ellos, al hombro, haciendo todo más cercano, más real, más visceral. Pero a veces también demasiado extremo. Consiguiendo que nos sintamos molestos con lo que estamos viendo, con la sensación de que la violencia no trae más que violencia. Que el odio genera odio. Su directora es valiente, y se agradece el trabajo de Susanne Bier.

Esta apuesta por una dirección tan cercana es una de las mejores bazas de la película y una de las cosas que siempre se agradecen, las agallas a la hora de contar la película y sus situaciones. La fuerza de una imagen temblorosa en compañía de unos personajes bien definidos y perfectamente interpretados, con un reparto que seguramente nos suene a chino, a excepción de Ulrich Thomsen, el padre de Christian, a quien hemos visto en películas como Hitman, En Tiempo de Brujas o Centurión. Es el único rostro que al común espectador puede resultarle familiar. Pero eso no quita que el resto del reparto esté magnífico en sus complejos papeles.

Desde el inicio la película tiene algo especial. Algo único, que te puede hacer engancharte a su historia o dejar de lado la trama para navegar por otros lugares. Su ritmo es cadencioso, lento, tranquilo. Quien espere un tipo de drama más cercano a las claves de Hollywood se va a llevar un gran chasco. Quien sepa aceptar que se trata de una película danesa, con el ritmo y las claves del cine nórdico, no se va a llevar ninguna decepción. Ni tampoco va a asustarse porque el detonante final, la clave de la historia se lleve a cabo cuando llevamos casi una hora y media de metraje.

Una espiral de violencia contenida y soterrada por parte de todos los personajes hasta que, tarde o temprano estallan, que tiene momentos brillantes y cautivadores como la pelea en el cuarto de baño, el enfrentamiento en el taller de coches por parte del padre de Elias, Christian y su padre discutiendo por primera vez la muerte de la madre, o el de la madre de Elias y Christian en el hospital. Esa violencia que tarde o temprano nos ataca a todos, o que todos acabamos generando.

Le sobra ese tono moralista que tiene la película en algunos momentos. Ese “la violencia es mala, la violencia sólo engendra violencia”, esa mezcla paternalista de lo que debemos hacer por nuestro bien y lo que acabamos haciendo. No se trata de que la película juzgue, no llega a eso, pero sí enseña claramente el camino que quiere que sigamos, sin dejarnos a nosotros decidirlo.

Cine danés estrenado en nuestro país. Inteligente, sobrio, muy bien contado, con una preciosa fotografía, que pasa de los ocres de África a los fríos colores de Dinamarca. Que habla de la violencia, el dolor, la pena, los abusos y el miedo, pero también de la esperanza, la amistad y la redención. Por mucho que lo digan no es una película perfecta, y si merece o no el Oscar no es cosa nuestra decidirlo. Es una muy buena película que podía incluso ser mejor. Ni vamos a defenderla ni a atacarla sin motivo. Si el espectador es paciente y aguanta su peculiar ritmo, acabará con un muy buen sabor de boca. Si no, es posible que abandone la sala antes del final. Cuestión de gustos.

Jesús Usero

 

 

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Viernes, 24 Diciembre 2010 07:05

El discurso del rey ****

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Hace no mucho tiempo, los hermanos Weinstein eran una especie de pequeños diosecillos dentro del mercado del cine independiente americano. Bajo el sello Miramax y su filial, Dimension Films, dieron salida a películas que acabaron convirtiéndose en grandes éxitos de taquilla y de crítica, además de arrasar en más de una entrega de premios. Eran los años noventa y películas como Shakespeare in Love, El Indomable Will Hunting o El Paciente Inglés eran parte del pequeño estudio, que además sabía apañárselas para que la taquilla respondiese, no sólo con producciones indies, sino también con el cine de terror que Dimension llevaba a las salas, como la saga Scream.

Fueron los mejores momentos de un par de hermanos productores que hasta bien entrado el nuevo siglo eran los reyes del mercado independiente. Haced una lista, Gangs of New York, Chocolat, Master and Commander, Cold Mountain, Chicago o El Aviador, son solo algunos de los títulos que Miramax sacó al mercado y que funcionaron muy bien en taquilla y en las temporadas de premios.

Hay que decir, claro está, que lo de independientes era muy subjetivo, porque manejaban presupuestos de clase A, pero al margen de las majors, independientes del circuito principal de cine. Todo eso cambió cuando la empresa acabó por desaparecer y ser vendida, mientras los Weinstein pensaron que una nueva compañía tendría el mismo éxito que la anterior. Llaménlo crisis, mala suerte, mal momento o tiempo pasado. El caso es que desde entonces no sólo los premios parecen ignorarles, sino que salvo contadas excepciones, la taquilla también.

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Aunque puede que con El Discurso del Rey esa tendencia cambie. O al menos se disimule un poco. Si Nine y El Lector fueron intentos fallidos de recuperar el prestigio perdido, este año la película protagonizada por Colin Firth y Geoffrey Rush intenta consolidar esa imagen de estudio al margen de los grandes, de calidad y prestigio. Y mimbres no le faltan para ser una de las películas de la temporada cuando comiencen a caer los premios de verdad.

Para quien desconozca la trama de la película, esta versa sobre la vida del rey Jorge VI, aquejado desde niño de un serio problema que le hacía tartamudear. Siendo una figura de carácter público su problema no pasaría de mera anécdota si no fuese porque tras renunciar al trono su hermano, tuvo que convertirse en monarca justo al inicio de la segunda guerra Mundial. Y en un momento así, los discursos radiofónicos de un dirigente podían dar alas o hundir a una nación. De ahí su intención de curarse de su problema, para lo que acaba acudiendo a un muy peculiar experto en la materia.

Una de las muchas virtudes de la película es el tono jocoso e irreverente en muchas ocasiones que toma. La presencia de Rush como el susodicho experto, un australiano que deseaba ser actor, que no comprende o no quiere comprender la etiqueta y la importancia de los títulos nobiliarios incluso en presencia del Rey de Inglaterra (brillante el momento en el que le dice a Jorge VI que en su consulta le llamará por su nombre. La reacción de Firth no tiene precio). Esta mezcla de comedia con drama de época, permite hacer mucho más llevadera la historia que en otras manos podría haberse convertido en un tostón muy serio.

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De hecho, la mezcla de drama y comedia se intuye desde los primeros minutos, con dos secuencias que nos llevan de un lado al otro de la cancha para que nos vayamos habituando. La primera es ese discurso en Wembley que debe dar Firth cuando aún no es rey, mucho antes de la guerra, terrible, catastrófico. Dejando clara la impotencia de su personaje y de los que le rodean. La segunda es la supuesta cura que propone otro médico, con canicas en la boca… Simplemente demencial.

Si de algo peca en ese sentido la película es de que, pese al excelente ritmo, lo interesante de la trama y los personajes, el sentido del humor genial (ojo a las pruebas de actor del personaje de Rush), a veces el tono, como en muchas producciones británicas, se asemeja demasiado al teatro. Vamos que en vez de ver personas paseando por sus imágenes, son actores declamando. Y eso no le sienta bien. Acaba por restarle méritos a tan notable obra.

Pero claro, si una película de este estilo, basada en hechos reales, no tiene un reparto ajustado, nos encontramos con muchas papeletas de ver un telefilm al uso. Para eso, damas y caballeros, permítanme presentarle al más que probable ganador del Oscar al mejor actor de este año (si James Franco lo permite), Colin Firth. Su aproximación al personaje está tan llena de fuerza que no tiene precio. Desde los momentos íntimos con su esposa e hijas, a su trabajo con el logopeda, al magnífico discurso final que da título a la película, ver moverse y hablar (ojo a la versión original) al actor, es una de esas experiencias para las que el cine ha nacido. Brillante se queda corto.

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Claro que Firth no está solo. A su lado el genial Geoffrey Rush, como contrapunto de un peculiar dúo, que a veces resulta cómico, y otras dramático. Aguantarle el plano al protagonista es complicado, robárselo como hace a veces el actor australiano, casi un milagro. No es el único. Helena Bonham-Carter, Timothy Spall, Michael Gambon, Guy Pearce o Derek Jacobi están sensacionales también y son un motivo más que suficiente para ver la película.

No importa si uno no soporta a la realeza o si la historia le importa bien poco. Para cualquier cinéfilo El Discurso del Rey es una de las citas obligadas de la cartelera del año. Seguro que además se lleva una sorpresa por ese sentido del humor tan peculiar y tan efectivo, que acompaña a una historia de amistad y superación emotiva y entretenida. Y que eleva a Colin Firth a la categoría de monstruo de la interpretación. Si es que antes no lo era.

Jesús Usero

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