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Al salir del pase de prensa

LOS MUNDOS DE CORALINE

  El cine de animación ha adquirido en los últimos años un prestigio artístico que va de la mano de sus buenos rendimientos comerciales.  Por una vez y supongo que sin que sirva de precedente, crítica y público están de acuerdo en algo: que el cine de animación es una forma de expresión y reflexión interesante a la par que divertida. Hay quien además le otorga la cualidad de servir como herramienta pedagógica o camino de formación y perfeccionamiento del carácter desde la más tierna infancia, cosa que me temo es un tanto generalizadora, ingenua, un puntito manipuladora, optimista y por ende antropológicamente muy arriesgada. No puede echarse el fardo de ser herramienta formativa sobre las espaldas de la variada gama de propuestas de animación, que va desde el tradicional dibujo animado de las princesas Disney –por cierto, curiosa polémica la que se ha montado porque la última de estas criaturas de ficción del estudio del ratón orejudo es negra, a pesar de que el proyecto era muy anterior a la obamamanía-, hasta un hentai cargado de sexo y erotismo producido en Japón. El cine de animación puede ser para niños, pero también puede ser “sólo para adultos”, y me viene precisamente ahora a la memoria la estampida de padres arrastrando a sus hijos fuera del cine en un pase del largometraje de South Park, concretamente cuando Satán consiguió finalmente conquistar a Saddam Hussein.  Y si alguien sigue albergando dudas sobre la capacidad del cine de animación para comportarse como producción exclusivamente para adultos basta con que le eche un vistazo a Fritz, el gato caliente, de Ralph Bakshi.

El asunto viene a cuento porque esta misma mañana he asistido al pase de prensa de Los mundos de Coraline, la primera película de animación stop-motion concebida y fotografíada en 3-D. Dirigida por Henry Selick, que se ocupó de esa misma función en Pesadilla antes de Navidad, podría conformar perfectamente una trilogía con ésta y con La novia cadáver, dicho sea a título de orientación del tipo de material con el que nos hemos topado. Personalmente, y con todos mis respetos para los incondicionales de Tim Burton, me ha gustado más que las dos citadas, quizá porque la imaginación de Neil Gaiman, autor de la novela en la que se basa este largometraje, cuadra mejor con mis intereses e inquietudes y se mueve a caballo entre la fantasía y el terror creando personajes y situaciones ciertamente originales (un ejemplo: los perros disecados con alitas de ángel… impagables).

            Está claro por otra parte que este tipo de planteamientos de fantasía, reforzados por la proyección en tres dimensiones, no son necesariamente o sólo aptos para niños. Pueden ser incluso demasiado inquietantes para los más pequeños, mientras que con ellos el cine de animación gana adeptos entre los adolescentes y los adultos que pueden apreciar más y mejor sus sugerentes planteamientos. Y es ahí donde pienso que Gaiman y Selick, o Selick y Gaiman, tanto monta, monta tanto, han dado en el clavo, haciendo de su película una digna heredera de las cualidades inquietantes, a veces de auténtico relato de terror, que siempre han acompañado a los cuentos infantiles.  Caperucita Roja, La casita de chocolate, Pulgarcito y demás fauna de las fantasías supuestamente para niños tienen tantas dobles lecturas terroríficas y psicológicas como la propia Alicia en el país de las maravillas, de la que Los mundos de Coraline es también, a su manera, una digna heredera. Walt Disney supo reflejar ese carácter terrorífico en los cuentos infantiles con personajes de brujas, madrastras, manzanas y zapatos perdidos en algunas de sus obras maestras, y siempre pensaré que mi película favorita entre todos sus clásicos sigue siendo Pinocho por su segunda naturaleza como impecable relato de terror avecinado con el Frankenstein de Mary W. Shelley. En cuanto a los cuentos infantiles en su faceta más terrorífica, simplemente una sugerencia para ver con otros ojos la historia de Caperucita Roja: En compañía de lobos, dirigida por Neil Jordan en 1984.

            Los mundos de Coraline juega en esa liga de historias temibles, fábulas próximas al género de terror y sugerentes propuestas visuales en sus paisajes y personajes, al tiempo que recrea a través de las peripecias de su protagonista miedos que van más allá de la infancia y nos siguen acompañando en la edad adulta, disfrazados compasivamente de historias fantásticas para niños o de pesadillas recurrentes que ahora se nos muestran en esta película tejidas con la siempre eficaz baza de la sencillez.

 

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