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Crítica ¿Tenía que ser él? **

El choque cultural entre un padre tradicionalista y un futuro yerno algo pasado de tuercas es el motor de esta historia ideada por Jonah Hill. Un argumento que el director John Hamburg resuelve de manera bastante rutinaria.

Los problemas familiares, cuando los hijos se vuelven adultos y abandonan el nido, han dado para kilómetros de fotogramas en la industria hollywoodiense. Una temática habitualmente manida y dada a los excesos, tanto interpretativos como escénicos. Mal del que no se libra esta obra firmada por John Hamburg, la cual parece facturada para exponer la vena satírica de James Franco y Bryan Cranston.

El libreto que sigue el realizador versa sobre un hombre chapado a la antigua, llamado Ned Fleming (Bryan Cranston). Este individuo es el dueño de una imprenta que se resiste a abandonar el papel, y que por ello se encuentra a punto de la quiebra. En semejante tesitura financiera, el protagonista recibe la invitación navideña de su hija Stephanie; quien pretende presentar a sus padres y a su hermano el chico con el que sale: un tipo del que Ned únicamente conoce su trasero.

Al llegar a Los Ángeles, los Fleming descubren que el hogar es una inmensa mansión, donde reside con soltura el millonario informático Laird Mayhew (James Franco). Sin embargo, el deslumbramiento provocado por el dinero del que dispone el churri de Stephanie se disipa rápidamente, cuando Ned y el resto de los parientes toman contacto con la faz neurótica de un empresario inmaduro y obsesionado con el sexo. A partir de ese instante, el impresor decide hacer lo posible para boicotear la relación de su pequeña con Laird.

La citada trama es la que lubrica esta película, cuyo diseño secuencial se encuentra sumido en un abismo de situaciones forzadas hasta el límite; y donde los personajes únicamente se dedican a exhibir los estereotipos más usados en este tipo de largometrajes. En medio de este esquema, Bryan Cranston y James Franco encajan de manera desigual en sus roles, siendo el primero el que se lleva la peor parte.

Cranston es un intérprete que sirve más para desarrollar un humor ácido y negro hasta en la mirada, y no se percibe cómodo en el cuerpo de alguien simplemente gracioso.

Por su lado, Franco está más creíble en la piel del excéntrico Laird; ya que este planea sobre su caracterización con el combustible de la incongruencia más absoluta. La profesionalidad del protagonista de Juerga hasta el fin le hace concebir su trabajo como si fuera una broma en formato de ficción cinematográfica; y así consigue mantener en alto su apuesta, hasta casi el desenlace de la movie.

Aunque si hubiera que destacar la labor de alguno de los componentes del elenco artístico, esta sería la de la excelente Megan Mullally, quien moldea una simpática visión de la matriarca de los Fleming: la desconcertante Barb.

Tópica y típica, ¿Tenía que ser él? goza de cierto crédito mientras se mantiene en la evolución del duelo de caracteres perpetrado por Cranston y Franco. Pero pierde cualquier punto de apoyo al abandonar su naturaleza destroyer, en favor de una moraleja muy del gusto de la industria estadounidense.

Por cierto, Hamburg hace un flaco favor a Kiss, al poner a sus dos miembros más míticos a cantar un villancico al estilo de María Jesús y Los pajaritos… Un apunte de cara a los que no desean perder el feeling cañonero de la formación setentera.

Jesús Martín

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©accioncine

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