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No voy a quejarme del retraso con el que aparece en nuestros cines la japonesa 13 Asesinos porque, en este caso, me alegro de que haya aparecido al menos, algo cada vez más extraño cuando se trata de películas que no proceden de Estados Unidos o Europa, y que en el caso de esta película habría sido una considerable pérdida para los amantes del buen cine. Podemos decir así que la espera ha merecido la pena para poder disfrutar en la gran pantalla de un espectáculo como la última producción de Takashi Miike, uno de los nombres más fuertes del cine nipón.

La filmografía de este director bien puede considerarse ecléctica, pasando del terror al western o la comedia sin despeinarse lo más mínimo, pero siempre con una impronta visual de lo más personal y única, dejando en el camino películas que han llegado a nosotros de una u otra forma, como Llamada Perdida o su episodio para Masters of Horror, o Zebraman o Sukiyaki Western Django. Eso sin nombrar Audition, la trilogía Dead or Alive, Ichi the Killer y Crows y su secuela. Vamos, que hemos tenido la suerte de poder acceder a algunas de sus películas con cierta regularidad, lo que esperamos también suceda con Ichimei, que fue la primera película que se presentó en 3D en Cannes.

Pero con el ritmo que lleva este señor de dos películas por año, la verdad es que es complicado que llegue todo. La suerte que hemos tenido al recibir 13 Asesinos es doble. Por un lado tenemos una película japonesa en cartelera y de un director de culto. Por otro nos encontramos ante una de las mejores piezas cinematográficas de su extensa filmografía y una obra que puede figurar perfectamente entre lo mejor de 2010, que es cuando se produjo. Y es que 13 Asesinos es una muy buena película.

Claro que tenemos que adaptarnos. Primero, la versión que llega es la reducida de poco más de dos horas, no la original de dos horas y veinte minutos. Segundo, las claves del cine japonés no son las mismas que las del cine occidental, ni siquiera que las del cine chino o de Hong Kong, mucho más comercial de cara al mercado internacional. Es una película sobre samuráis, sí, pero no es El último Samurai, ni esto es una sucesión de postales para turistas, ni hay batallas cada quince minutos. Eso sí, cuando hay una batalla, la hay a lo bestia. 13 Asesinos cuenta con la que es una de las más largas y efectivas escenas de acción presentadas en una película. Pero no nos adelantemos.

La historia gira en torno a un samurái que ve cómo va a ascender a consejero del Shogun su hermanastro, un mal nacido de mucho cuidado que asesina, tortura y arrasa sin la menor piedad a cualquiera que se oponga a su opinión. Por eso reúne a un grupo de ronins que deberán enfrentarse al pequeño ejército de ese señor y acabar con su vida antes de que el Shogun pueda escuchar sus pobres consejos que traerían la miseria y la desgracia a una tierra que vive en paz. Eso los convierte en asesinos. Han dejado de lado el honor, servir a un señor, para acabar con un mal mayor. Traicionan aquello que son para luchar por aquello en lo que creen.

Y pese al metraje y los muchos personajes, la película hace un brillante trabajo para presentarnos a los personajes principales, no sólo a los 13 asesinos (ojo al que pide dinero para luchar, porque ni debe nada a los señores ni es familiar de ellos. Cree en su causa, pero para luchar necesita dinero), sino también al jefe de la guardia del señor, antiguo amigo del líder de los asesinos, o el propio villano de la historia, presentado con sus actos (asesinando a una familia que está atada a flechazos) o las consecuencias de estos (la mujer desnuda y desmembrada, simplemente sobrecogedor). O con uno de los mejores diálogos de la película, cuando cerca del final pregunta si lo que está viviendo es lo que se vive en tiempos de guerra. El tipo es un iluminado de mucho cuidado que se cree inmortal y omnipotente.

Durante la primera hora de película, más o menos, aprendemos de estas gentes, de sus costumbres, de sus historias, con elementos que mezclan las historias clásicas de samuráis, el teatro kabuki y el western que tanto admira el director. La última hora de proyección nos encontramos con una batalla campal en una pequeña villa, con los 200 guardias del señor feudal enfrentándose a los 13 hombres protagonistas. Una batalla violenta, terrible, suicida, real, trágica y a la vez llena de poesía y belleza.

Parece que el mundo de los señores feudales y los shoguns le ha hecho un gran favor al cine de Miike, dotándolo de consistencia, de un ritmo pausado y consecuente, de una belleza triste y mesurada que nos lleva desde la portentosa fotografía a las interpretaciones (muy del teatro antes mencionado) o el sonido, donde cada choque de espadas cuenta y te llega. Lo sientes además de verlo. Con un trágico final que además supone el final de una era y unos ideales. Con momentos terribles como ese pequeño estanque al que cae un cuerpo y por las salpicaduras descubrimos que allí ya queda poca agua, sólo sangre. Con una cámara pausada, tranquila, señorial y épica. Como en el duelo final, digno del mejor western, o si lo quieren de películas como Los 7 Samurais, Los Siete Magníficos o incluso Doce del patíbulo, de las que tanto bebe y a las que tanto debe. O de la película original de los 60 de la que esta es un remake o mejor, una revisitación de la novela original.

A veces puede parecer localista, o en momentos puntuales sus batallas pueden pecar de un exceso de gente que no ataca a los protas pese a que el sentido común pide a gritos que lo hagan. Los típicos extras parados por orden del director. Pero son gestos que ayudan a la belleza del conjunto. A una película diferente, especial, entretenidísima (repito, la batalla final dura una hora) y única. Cualquier aficionado al buen cine, debería darle una oportunidad.

Y el resto también.

Jesús Usero

Modificado por última vez en Viernes, 26 Agosto 2011 23:45
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