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Criticas

Baby Driver ****

Divertida, refrescante y sólida manera de abordar el cine de acción en clave musical.

Un musical de acción. Eso es Baby Driver. Dicho sea de paso, recomiendo al lector de estas líneas que se repase las entrevistas con el director y protagonista de la película que hemos publicado en esta misma página web porque en las mismas se dan muchas pistas, sin hacer spoiler, de cómo está concebido el largometraje. Quizá así se despejen algunas dudas generadas entre ese tipo de iluminado que se prodiga en estos tiempos en nuestra sociedad que, vaya usted a saber por qué y cómo, ha llegado a la conclusión de que viendo simplemente un tráiler tiene ya información suficiente para opinar sobre la película sin necesidad de verla completa, y habitualmente opina lo peor, reparte etiquetadas y la pone a parir en las redes sociales en la creencia de que de ese modo le van a salir más palmeros que le rían la gracia.

No señores, los críticos y la gente que la ha visto de verdad completa –no sólo el tráiler- no nos hemos vuelto locos cuando decimos que Baby Driver es una película muy curiosa e interesante por su manera de abordar el género de acción, persecución, atracos a bancos y demás. Su acierto está en renovar unas estructuras genéricas muy utilizadas desde un punto de vista original, o al menos diferente de lo que estamos viendo en los últimos años en la cartelera. No se trata de que hayan descubierto el santo grial de la originalidad narrativa en el cine. Tampoco es eso. Pero sí han elaborado una película que consigue mantenernos interesados en lo que ocurre en la pantalla a pesar de que en esencia eso que ocurre en la pantalla lo hemos visto ya muchas veces. Y eso tiene mucho mérito.

No es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta, señor escéptico iluminado con la sabiduría derivada de mirar –que por otra parte no es lo mismo que ver- el tráiler.

Lo que cuenta es la historia de un joven que se dedica a conducir el coche en distintos atracos y acaba enfrentado al golpe más arriesgado de su carrera. Naturalmente señor escéptico iluminado que si rebuscamos en la historia del cine, quienes realmente hemos visto una buena pila de películas porque tenemos ya mucha mili echa en este cuartel, vamos a encontrar argumentos similares, posiblemente remontándonos hasta los primeros compases del cine de gánster o del cine negro. En su esqueleto, la fórmula argumental está trazada desde hace años.

Pero la clave, señor escéptico iluminado, está precisamente en los compases. Más concretamente en la música. Y en cómo se utiliza esa música, porque, tampoco nos engañemos, son muchas las películas que intentan el cruce de géneros y muy pocas las que llegan a conseguir que esa hibridación funcione. Baby Driver consigue que su propuesta de musical de acción policíaca (ojo al matiz, no acción policíaca musical, no es lo mismo), funcione perfectamente, con un ritmo fluido envidiable, con una coreografía de planos clavada a lo que necesita el relato, y con otros elementos igualmente bien ajustados. Y así es como su original forma de abordar el género de acción y persecución y las historias de atracos introduciendo la música como reina del relato permite que el director saque el máximo partido a la mezcla completándola con pinceladas de comedia que dan como resultado una de las películas más destacadas de este verano.

Baby Driver cuenta con su propia y con un reparto perfectamente ajustado como el cuerpo de ballet más exigente de cualquier musical. Considerados como colectivo constituyen el grupo más competente y mejor conjuntado que hemos visto en el género en los últimos tiempos, porque además el director, siguiendo en cierto modo la huella de Quentin Tarantino, ha sabido poner el acento narrativo y dramático de su película sobre los actores y no sobre el efectismo de las escenas de acción, aunque éstas están muy bien resueltas y funcionan a la perfección precisamente porque la música está marcando la puesta en escena y el propio ritmo trepidante del montaje. Hay que llamar la atención sobre el protagonista, Ansel Elgort, capaz de plantarse ante la cámara con el aplomo de un actor de mayor edad y ejercer como astro del cine de acción acción en clave clásica. Además no pierde terreno cuando se mide a sus compañeros más veteranos y el director ha sabido confiar en él para ponerle en situación de mantener varios pulsos en sus secuencias con pesos pesados como Kevin Spacey, Jon Hamm o Jamie Foxx. Si añadimos a eso la contribución a la acción de Eiza González dando su propia versión de la mujer fatal en clave Bonnie Parker, tenemos un detalle que define cómo maneja el director ese reparto para reactivar el interés del espectador en los momentos en que la amenaza de la fórmula, de la repetición del esquema narrativo o de los lugares comunes podría haber frenado la historia o meterla en un bucle de algo ya reconocido por el espectador. En lo narrativo, bajo ese musical de acción policial habita en el reparto un esquema de carrera de relevos que se produce entre los miembros de las distintas bandas criminales con las que trabaja el protagonista, de manera que distintos personajes tarantinescos se van pasando el testigo uno a otro a medida que la trama progresa. Así Jon Bernthal pasa el testigo a Jamie Foxx, Jamie Foxx a Jon Hamm y Eiza González, bajo la mirada del corredor principal, Kevin Spacey, y con pinceladas de comedias que forman otro acorde esencial para esta especie de ópera bufa que homenajea y al mismo tiempo es capaz de parodiar el cine de acción a la vez que todos estos actores se parodian a sí mismos.

Eso es lo que mejor funciona de toda las historia. La parte más floja y tópica es la subtrama romántica. La buena noticia es que en ningún momento usurpa protagonismo ni personalidad a la propuesta de acción. Pero incluso en esa subtrama, el director se las ingenia, ya desde el guión, para mostrar la coherencia y la manera inteligente y madura en que ha construido su historia. Reparen que en esos momentos son los únicos en los que los personajes del protagonista y la camarera tararean las canciones, rompiendo así la magia en la que nos ha envuelto el director con los temas musicales. Y reparen en cómo se soluciona esa parte de la trama, y en lo que significa realmente la asociación de la ensoñación en blanco y negro del protagonista que vemos a mitad de la película y el desenlace igualmente de ensoñación que vemos en el desenlace de la misma, que se constituye así en un final abierto, no necesariamente feliz o infeliz.

De paso, y eso es lo mejor, esa resolución le permite al director seguir rindiendo tributo al musical, cerrando el círculo de su relato con coherencia.

Miguel Juan Payán

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©accioncine

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