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Buen entretenimiento familiar. Una pequeña pieza de orfebrería visual que pierde parte del ritmo y la aventura de su predecesora en favor del drama y la comedia más azucarada.

Ataviado con su característico sombrero rojo y su trenca azul, el oso Paddington sigue desprendiendo la misma ternura, bondad e ingenuidad que en su anterior aventura. En esta ocasión, el úrsido protagonista ya está plenamente integrado en la sociedad londinense y es feliz con la peculiar familia Brown. La llegada del centésimo cumpleaños de su tía Lucy es inminente, por lo que decide sorprenderla comprándole un libro pop-up de Londres, con el fin de que sienta parte de la magia que se respira en cada rincón de la ciudad. Esa inocencia inherente al personaje, y que forma parte de todas las historias de Paddington surgidas de la prodigiosa mente del escritor Michael Bond, inspira al director para construir un Londres que parece fruto de la imaginación de un niño. Las referencias son evidentes y no cabe la menor duda de que el mundo idealizado de Paddington, con su estilo kitsch, imaginería visual desbordante, meticulosa puesta en escena, maquetas y colores saturados, recuerda más que nunca al universo de Wes Anderson.

La película no solo vive del estilo visual, pues el realizador Paul King vuelve a acertar en la construcción de los gags que, por la inocencia que despliega su protagonista frente a una sociedad tan despiadada y su dificultad para afrontar las vicisitudes de la vida moderna, recuerdan al humor de otra institución británica como Mr. Bean (sin ir más lejos, la escena de la peluquería). Durante su periplo, el oso protagonista también se permite homenajear la comedia clásica y el slapstick, desde Harold Lloyd (atención a la escena como limpiacristales) a Buster Keaton (no, no es casualidad que su clímax tenga lugar en un tren), pasando por Charles Chaplin, en una cárcel donde se dan cita Charlot y su uniforme de presidiario y los complejos engranajes de Tiempos modernos. La película va bien servida de comedia y aventuras, pero es menos trepidante y fluida que su predecesora, debido, sobre todo, a la pausa narrativa que suponen los pasajes en la prisión. La relación de la familia Brown con Paddington y la vis cómica de Hugh Bonneville, que tan bien funcionaban en la primera entrega, se pierden al separar al protagonista de la familia y potenciar el drama carcelario y el tono almibarado. También se echa de menos la elegancia de la villana interpretada por Nicole Kidman en la primera parte, ya que Hugh Grant funciona bien en clave autoparódica interpretando a Phoenix Buchanan, un actor narcisista y venido a menos, pero también aporta todos sus tics y un histrionismo que termina resultando cargante.

Paddington 2 es inferior a la primera, pero es mejor que la mayoría de películas que mezclan imagen real con personajes animados, desde Stuart Little a Un chihuahua en Beberly Hills. El film no solo entretiene y provoca la carcajada, sino que debajo de su pelaje reside una gran sensibilidad, tan dulce y necesaria en estos tiempos como la mermelada que cocina su protagonista. Como buena fábula, se preocupa en lanzar acertados mensajes en contra del Brexit y en pos del civismo y la acogida a los inmigrantes, otorgándole a Paddington una humanidad mayor que la de los propios seres humanos. Con su particular lenguaje visual y su protagonista cálido y afable, la película es un libro pop-up ilustrado que haría las delicias de Michael Bond. Ahora solo queda esperar una tercera entrega.

Alejandro Gómez

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Modificado por última vez en Viernes, 08 Diciembre 2017 21:49
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