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Buena muestra de cine de espías con aires de los setenta. La nueva colaboración de Francis Lawrence y Jennifer Lawrence, nos presenta una película única en estos días, imperfecta pero fascinante, como el laberinto en el que se introducen sus personajes, del que aparentemente es muy fácil escapar, pero que en realidad es el más complejo de todos, el que creamos nosotros mismos. A veces incluso parece que estemos viendo una versión alternativa de los inicios de La Viuda Negra, el popular personaje de Marvel, aunque en este caso sería más bien la versión moderna del mismo, la de Yelena Belova, pero pronto los parecidos se terminan porque, como mencionaba al principio de esta crítica, la película está más cerca del cine de género de los 70, no busca mostrarnos un vehículo de acción y suspense, sino sólo lo segundo, centrándose en las relaciones entre personajes, en su mundo interno y la creación de un mundo externo en el que todos son potenciales enemigos o víctimas, en un continuo juego del gato y el ratón en el que las armas principales que emplean los jugadores son las de la seducción, el miedo, el sexo, la manipulación y las mentiras. Una historia bien planteada desde el inicio que tiene más de un bache que superar pero que aprovecha a la perfección un detalle importantísimo, el de su protagonista. Una Jennifer Lawrence sin miedos ni complejos que se echa sobre sus hombros la película construyendo un personaje tan fascinante como diferente a lo que plantea al cine hoy día.

La historia, basada en la novela de Jason Matthews, nos presenta a una joven bailarina, Dominika, interpretada por Lawrence, que ve truncada su carrera por una gravísima lesión y que se encuentra en una situación precaria, con una madre enferma (Joely Richardson) y con el futuro cada vez más incierto. Cuando su tío (Matthias Schoenaerts) le ofrezca una salida como parte del programa de Gorriones, descubrir una traición la llevará a aceptar y a entrenarse en el arte de la seducción y la manipulación, el arma de los Gorriones, un grupo de jóvenes espías que usan el sexo para conseguir sus objetivos. Un entrenamiento ciertamente brutal liderado por Charlotte Rampling, que la llevará a intentar someter a Nate Nash (Joel Edgerton), un agente de la CIA con un topo en el gobierno ruso, al que los principales responsables militares intentan encontrar, interpretados por Ciaran Hinds y Jeremy Irons. ¿Será capaz de cumplir su misión y descubrir al topo? ¿O todo lo que ha sufrido será motivo para intentar escapar de las garras de quienes quieren dominar y controlar su vida? A todo eso hay que sumar nombres como Mary Louise Parker, que dan un enorme peso de acompañamiento al papel de Jennifer Lawrence, que pese a todos esos grandes nombres sigue siendo la única y completa protagonista de esta historia de espías tras el telón de acero, que puede parecer fuera de lugar en nuestra sociedad, pero que es tan actual como cuando existía la Unión Soviética.

Sí, lo mejor de la película sin duda es ese tono setentero, además de su protagonista que está aquí en uno de sus papeles más maduros y comprometidos. Un tono que se muestra en la calma con la que nos presenta la historia y lo que sucede, en el tiempo que se toma en presentar a los personajes y sus actos, como por ejemplo ese momento en los vestuarios del ballet cuando Dominika descubre cierta verdad, o la escena con el millonario. También en las localizaciones reales, desde Londres a Budapest, pasando por Viena o Bratislava en Eslovaquia. Evidentemente muchas de esas localizaciones tienen que pasar por Rusia, pero no suponen un problema. Incluso en versión original los actores protagonistas hacen un esfuerzo por imponer un acento ruso creíble, aunque siempre hablen en inglés. Es una barrera que no es sencilla de superar al inicio, pese al gran trabajo con el acento. Pero ese tipo de detalles, también juegan en contra de la historia. Por ejemplo en el tono de la primera parte del relato, que tiene momentos de auténtica serie B que juegan en contra de la madurez de lo que propone. Momentos como el entrenamiento de los Gorriones, el tono del romance en sus inicios, o la escena antes mencionada en la ducha. Durante la primera hora de relato no sabemos si el director quiere contar una película de explotation usando el sexo para vender la historia, o decantarse por algo más serio y comedido.

Finalmente opta por lo segundo y a partir de ese momento, algo antes de la mitad, la película se convierte en otra cosa, mucho más seria y coherente. Más madura, más violenta, incluso salvaje por momentos, donde se nos muestran escenas de tortura que son realmente espeluznantes, por poner un ejemplo. O momentos de crecimiento de los personajes, donde cada vez notamos cómo la protagonista poco a poco toma el control, como en esa escena que… bueno, no quiero revelar nada importante, pero tiene que ver con el personaje de su tío, un magnífico Matthias Schoenaerts que ofrece un punto siniestro y perverso (más aún) al relato. Así, cuando llegan los giros de guión, la historia es coherente perfectamente con lo que ha estado contando, con el mundo que ha presentado y la evolución, ante todo, de la protagonista, que cada vez es más consciente de que su papel en la historia es central y su destino está fijado desde hace mucho tiempo. Aunque ver cómo Hinds y Irons desarrollan sus arquetípicos personajes es una delicia, la verdad. Quizá en todo esto el personaje que resulta más plano es el de Edgerton. Una película distinta, sí. Imperfecta y con una duración excesiva que llega casi a las dos horas y media, pero que deja un buen sabor de boca si sabemos lo que vamos a ver, con un artesano tras las cámaras y una bestia parda delante de ellas. Una buena película de espías alejada de la pirotecnia del cine de género actual. Se agradece.

Jesús Usero

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Modificado por última vez en Lunes, 05 Marzo 2018 07:40
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