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Criticas

Océanos ****

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Los documentales están de moda. Más o menos. De un tiempo a esta parte el género documental ha visto incrementar no sólo el número de producciones estrenadas en la pantalla grande, sino el número de espectadores que acuden a verlas al cine o incluso a salas IMAX. En este caso, lo que genéricamente podríamos llamar documentales de “La 2”, haciendo referencia a la cadena televisiva que es famosa por la emisión de este tipo de producto desde hace muchos años. Documentales centrados en la naturaleza, el mundo que nos rodea, como Tierra, La Marcha de los Pingüinos, Nómadas del Viento o éste que nos ocupa aquí, Océanos.

No es de extrañar que los encargados de llevar a la pantalla esta colosal producción francesa, sean los mismos que pusieron en la gran pantalla hace ya nueve años Nómadas del Viento, una obra emotiva y visualmente cautivadora que estuvo nominada al Oscar y al Goya al mejor documental. No me extrañaría lo más mínimo que sucediese algo parecido con Océanos. De nuevo Jacques Perrin y Jacques Cluzaud combinan sus talentos para traernos una nueva fábula sobre nuestro planeta, esta vez acerca de los océanos y el universo que los rodea, incluido el ser humano.

Perrin es un actor con una enorme experiencia en el cine galo, al que hemos visto en El Pacto de los Lobos o Los Chicos del Coro, además de productor, director y guionista (la propia Los Chicos del Coro la produjo él). Cluzaud es un director experto en el arte de rodar documentales. Y juntos forman un equipo que puede dejarte con la boca abierta.

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Para empezar, Océanos ha sido publicitada como el documental más caro de la historia, con 50 millones de euros de presupuesto y cuatro años de trabajo, que implicaron el desarrollo de nuevas tecnologías que permitiesen mayor nitidez en el rodaje bajo el agua, además de asegurar que se descubrieron bastantes nuevas especies desconocidas para el hombre, en parte gracias a la idea de llevar el rodaje a sitios donde los submarinistas antes no se habían adentrado. Lo miren por donde lo miren, no hace falta vender tanto la mercancía, Océanos se vende por sí sola. Vamos, que lo de los 50 millones, se ve desde el primer minuto de proyección.

Las imágenes de la película poseen una fuerza sobrecogedora. En serio, no es una película para ver en casa o disfrutar en DVD. Océanos se merece una oportunidad como espectadores en una sala de cien con una gran pantalla y un sonido excelente. La belleza visual de lo que se despliega ante nuestros ojos es de un calibre que hace pensar que lo que vemos puede que nos ea real, que esté generado por ordenador. De hecho, varias películas que se estrenan cada fin de semana en nuestros cines, podrían tomar nota de ésta a la hora de desarrollar sus efectos especiales. El equipo de fotografía se merece el Oscar desde ya. Casi parece que los seres que pueblan los océanos siguiesen una suerte de extraño guión, de coreografía perfecta que embellece aún más el conjunto. Como si estuviesen esperando a ser filmados por el hombre. Parece de otro mundo.

Cinco masas de agua enormes en las que podremos ver cosas no sólo no vistas, a veces no imaginadas. Esa ballena haciendo una suerte de danza bajo el agua (y esa imagen del submarinista junto a la ballena, que de un vistazo te hace pensar lo pequeños que somos en el mundo, mucho más bajo el agua), esos bancos de peces brillando, el barco enfrentado a la tempestad, que ríete tú de La Tormenta Perfecta, las medusas nadando en formación (imagen a la vez inquietante y bellísima), la cámara atravesando el hielo... Vamos, que le han echado un par de narices y se han ido a rodar cosas que muchos otros no veríamos ni desde lejos. Y si no me creen atentos a lo de nadar con los tiburones.

Hay espacio también para imágenes de una extraña violencia, como las que atañen a los bebés tortuga, sin ir más lejos, que quizá entristezcan a los más pequeños de la casa. Y siempre la imagen del hombre como gran amenaza sobre la naturaleza, sobre los océanos en este caso. La pesca de tiburones crea un nudo en la garganta por cruel y despiadada.

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Uno de los “peros” que hay que ponerle a Océanos es, quizá, que no hayan arriesgado algo de la producción sobre tierra o hielo (playas, masas heladas...) para llegar a mayores profundidades. A lugares de esos que se encuentran en las simas del océano y que hubieran sido la guinda del pastel, porque escasean un poco (aunque en ese caso la cinta quizá habría pasado casi a película de terror). Pero no es un problema mayor. Ni siquiera un problema. El problema viene a través de la narración y de lo que nos cuentan.

Existe un aire de dogmatismo a lo largo de la cinta, de mensaje bienintencionado y bienpensante para el espectador, algo ingenuo a estas alturas de cuento. Las imágenes hablan por sí solas, no necesitan acompañamiento para saber que estamos destrozando el planeta. El mensaje en sí, es magnífico. Pero acaba cansando por reiteración, porque nos sobran las palabras del narrador. Son cosas que estamos viendo en pantalla. La crueldad del hombre, el daño a la naturaleza, la indefensión del ecosistema ante nuestro paso... A veces parece que los responsables de la cinta acabasen de descubrir lo que estamos haciendo al planeta y necesitasen recalcarlo cada medio minuto. Suena a ingenuo, sí.

Y sin embargo hay una práctica ausencia de información. De información de verdad, me refiero. Al estilo clásico del documental. A veces, por no saber, no sabemos ni en qué océano nos encontramos ni que especie es la que vemos. Eso le resta méritos y empaña el resultado final de una película que, sólo por lo que nos muestra, deberíamos ir a ver sí o sí. Alguno repite fijo.

Jesús Usero

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