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Soy el número cuatro **

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Los extraterrestres vuelven a invadirnos, pero esta semana con un registro que les acerca más a Crepúsculo que a lo que vimos en Invasión a la Tierra. Soy el número cuatro es ciencia ficción que pinta bien al principio, o por lo menos resulta  casi entretenida, pero luego se enreda en el típico ceremonial de replicación de los relatos para adolescentes con personajes inadaptados y patina dándole más cancha a los enredos sentimentales y estudiantiles del prota de turno que a la leña fantástica, equivocadamente aplazada para la última media hora de metraje. Eso hace que resulte menos distraída y eficaz de lo que podría haber sido organizándose mejor para contar una historia que por otra parte está clonada casi paso por paso de las aventuras de Supermán…

Aquí el alienígena con superpoderes no viene del planeta Krypton, pero debe venir de un planeta vecino, porque se parece mucho a Kal-El, alias Supermán (o a lo mejor no es el de Tierra 1, sino el de Tierra 2, Kal-L, si me permiten el desvarío friki). No he leído las novelas en las que se basa esta nueva franquicia cinematográfica de Soy el número cuatro, pero mientras veía la película no podía evitar que me sonara en la cabeza el tema musical de la serie Smallville, “saaave meeee…”, etcétera.

Cierto es que este tipo de sagas literarias cocinadas para el consumo de la juventud, nacidas en muchos casos a la sombra del éxito de Harry Potter, manejan ya en su versión de negro sobre blanco una muy limitada gama de ideas originales, o por decirlo de forma menos fina: saquean a diestro y siniestro cualquier tipo de personaje, situación o referencia que les salga al paso y cuadre con el boceto de su línea argumental. Dicha línea argumental tampoco suele ser precisamente una tragedia de Shakespeare o un paseo por el existencialismo de Sartre, y con seguridad no lo necesita para conseguirse un nicho y un público. Pero lo cierto es que cuando pasan al cine esa rapacidad para tomar prestados elementos de todas las mitologías conocidas, ya sean éstas clásicas como la griega o más modernas como los cómics y las series de televisión, se manifiesta de manera aún más radical si cabe. Y en Soy el número cuatro se les ha ido un poco la mano en lo de ser una especie de eco de las aventuras de Supermán, cruzadas con algo del rollito “soy el hijo de Zeus” de Percy Jackson, su puntito mesiánico del Nuevo Testamento, que siempre es muy resultón, y el enredo sentimentaloide y algo babillas cuando no inaguantablemente moñas de “chico nuevo en el insti” con pinta de malote marginado que hace furor entre las ávidas coleccionistas de peripecias románticas que implican a vampiros, licántropos, ángeles caídos y cualquier otro bicho sobrenatural. Si me permiten el exabrupto, en una historia para tíos estos personajes serían bestezuelas a exterminar a la mayor brevedad y con la más sangrienta contundencia posible, pero en las fábulas que toman como objetivo a las féminas y levantan todo un castillo argumental en torno a la temida pérdida de la virginidad acaban siendo algo así como peluches cedidos en adopción que se convierten en altamente improbables e increíbles guías de la protagonista camino de la primera cópula.

Hay mucho tajo en el análisis de todas estas historias para los antropólogos que se atrevan a tirarse a la piscina y lidiar con el análisis científico de las mismas, porque explican mucho más sobre lo que realmente está ocurriendo en los bajos de nuestra sociedad que los titulares de prensa, pero en este caso no me pagan por internarme en tan procelosas aguas y dejo el pantano de las fantasías erótico-festivas para adolescentes de nuestros días a un lado al efecto de centrarme en la versión cinematográfica de Soy el número cuatro propiamente dicha.

Y una vez centrado, tengo que confesar que con todos sus tópicos, el principio en plan Predator mosqueado cazando primos me atrajo, que luego me desfondé al ver al típico prota surfista haciendo el chulángano con su moto acuática, que recuperé algo de esperanza al aparecer Timothy Olyphant, protagonista de las series Deadwood y Justified, en plan clon de Obi-Wan Kenobi, y que casi me animé cuando entreví al personaje de la rubia con superpoderes y moto… pero luego me metieron de cabeza en el instituto y durante más tiempo de metraje del que quiero recordar me atraparon en una soporífera repetición de la travesía habitual en plan “Rebelde sin causa y sin pausa”, pero sin James Dean ni Natalie Wood. Esa exhibición de hormonas revueltas me apartó más de lo debido de la parte fantástica del relato, que llega al final y me hizo preguntar: ¿esto no lo podían haber metido antes y haber tirado por ahí? Percy Jackson y el ladrón del rayo gestionó mejor sus contenidos, manteniendo en todo momento la peripecia en una clave fantástica que tampoco era nada del otro mundo, pero por lo menos me resultó más entretenida que ésta.

Ni Olyphant-Kenobi salvó la cuestión.

Y, bueno, el enredo con el friki de los ovnis ya ni les cuento cómo contribuye a que lo que está ocurriendo en la pantalla resulte menos verosímil todavía.

Flojillo, muy flojillo este número cuatro que me recordó aquella otra de Jumper, pero me hizo menos gracia, porque aquella por lo menos no me mezclaba las ovejas churras con las ovejas merinas y me metía de clavo y por la puerta de atrás el rollete romántico de instituto sin venir a cuento.

Lo dicho: “¡Saaaave meeee!”

Miguel Juan Payán

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