Crítica de la película El último samurái

El día en que Tom Cruise encontró el camino del Guerrero

Corría el año 2003 cuando Tom Cruise decidió cambiar el traje de super espía del FMI por el traje de samurái en una historia en la que su personaje no era el típico héroe al que nos tenía acostumbrados en anteriores películas. En esta ocasión interpreta de manera magistral a un capitán que tras haber luchado en la Guerra de Secesión Americana (1861 – 1865) no es capaz de superar las barbaridades cometidas en el campo de batalla bajo el lema de “todo vale mientras ganemos la guerra”.

El director, Edward Zwick, que recientemente ha vuelto a trabajar con Cruise en Jack Reacher: Never go back, ha reconocido que era admirador de la cultura japonesa mucho antes de dirigir esta película que se estrenó en 2003 y produjo Warner Bros Picture. Esa admiración y respeto se refleja perfectamente en la cinta, tomándose el tiempo necesario, sin prisas, para mostrarnos con todo lujo de detalles esa sociedad feudal japonesa, cerrada al cambio y con férreas convicciones morales que chocaban con el pragmatismo de Occidente.

Mucho tiempo ha pasado desde que en 1954 viera la luz la que es considerada por la crítica la mejor película de samuráis de la historia del cine: Siete Samuráis. En aquella ocasión, el maestro Akira Kurosawa nos mostraba como un grupo de guerreros samuráis se unen para defender a los campesinos de una aldea que, hartos de ser asaltados periódicamente por un grupo de bandidos, deciden  contratar a estos guerreros para que luchen por ellos a cambio de lo único que tienen: comida.

Menos honrosas son las motivaciones de este capitán Nathan Algren (Tom Cruise) que tras la Guerra de Secesión americana sobrevive a base de espectáculos que rememoran y ensalzan sus hazañas bélicas llevadas a cabo en las campañas contra los indios.

Incapaz de adaptarse a un mundo cada vez más cambiante en el que palabras como valor, honor, lealtad o sacrificio ya no tienen cabida, Algren pasa los días consumido por el alcohol… atormentado por los fantasmas de la guerra sin comprender para qué sirvieron todos esos esfuerzos y sacrificios, ya lejanos en la memoria.

Cuando el antiguo superior de Algren, el coronel Bagley (Tony Goldwyn), le ofrece un trabajo para adiestrar al inexperto ejército japonés lleno de reclutas y campesinos, no duda en aceptarlo por la suculenta suma de dinero que le ofrecen y por poder volver al campo de batalla, único lugar en el que cree poder olvidar esos fantasmas.

Al llegar a Japón, Algren se encuentra con un país en plena revolución industrial, política y social que busca el cambio de la sociedad feudal japonesa a una sociedad más moderna. Este cambio estaba siendo liderado por el joven e inexperto emperador Meiji (Shichinosuke Nakamura) quien se encontraba influenciado por un grupo de codiciosos consejeros encabezados por el empresario Omura (Masato Harada) quien no tiene reparo en pisar las costumbres y tradiciones ancestrales de su pueblo a cambio del beneficio personal que puede obtener de los provechosos acuerdos comerciales con Occidente.

Sin embargo, otro consejero, Katsumoto (Ken Watanabe), samurái y antiguo maestro del emperador, se niega a aceptar la perversión de la cultura japonesa en pro de los intereses de los empresarios y, por ende, de Occidente. Junto a un grupo de samuráis afines a su causa, se levanta en armas contra el emperador y el ejército al que Algren está adiestrando, pasando a convertirse en ronin.

Es entonces cuando convergen en el campo de batalla los caminos de estos dos guerreros. Aunque son superiores en número y utilizan armas de fuego, el ejército de Algren no es capaz de superar a estos ronin que, a pesar de luchar con espadas, arcos y lanzas, su experiencia y entrenamiento se muestra determinante para vencer a los inexpertos soldados del ejército japonés. Tras la derrota, el victorioso Katsumoto decide capturar y mantener con vida a Algren en reconocimiento al valor mostrado en batalla, llevándolo a su aldea en las montañas.

Es en este momento cuando el director da un paso hacia delante y nos muestra a este capitán que hasta entonces sólo pensaba en sobrevivir como un mero mercenario (recordemos que vino por dinero, no por principios ni creencias) y que inicia un viaje de redención con su propio pasado mediante el respeto y admiración por una cultura que, hasta entonces, Algren consideraba salvaje y bárbara.

A la vez que nuestro protagonista busca esa paz consigo mismo, tendrá que esforzarse para demostrar su valía a ese grupo de samuráis que le miran por encima del hombro ya que, al considerarlo un mercenario, lo convierte directamente en un guerrero indigno que, a la vez, coincide que es su enemigo.

Durante los 144 minutos que dura la cinta, el director consigue que nos sintamos atrapados por esta maravillosa historia que en muchas escenas nos recuerda a películas como Los siete samuráis y Kagemusha del maestro Kurosawa, películas en las que valores como el respeto, la lealtad, el honor, el valor… eran representados en su sentido más superlativo, consiguiendo que como espectadores sintiéramos admiración por esos personajes que en un determinado momento marcaban una línea roja en el suelo y decían: “pues hasta aquí hemos llegado” y tiraban hasta el final con todas sus consecuencias.

Por esto último, la película no me parece sobresaliente, ya que al final se desdice de todo lo que nos han contado hasta ese último momento, sin que lleguemos a entender por qué en los últimos 7/8 minutos el director nos deja con la sensación de que todo ha sido una broma o un malentendido por parte del emperador en plan: “pero hombre, haber venido a hablar conmigo, alma de cántaro… anda que la que habéis liao…”.

En conclusión, tenemos una película muy entretenida, con una historia muy bien contada, con un guión bastante sólido (salvo el final), con una fotografía sensacional a cargo de John Toll que nos recuerda al mejor Kurosawa (que se dice pronto) y una banda sonora compuesta por Hans Zimmer que, sin ser una de sus mejores obras, tiene un sabor oriental que nos introduce de lleno en esa cultura. Para terminar sólo me queda alabar las brillantes interpretaciones encabezadas por Tom Cruise y Ken Watanabe.

Rubén Arenal

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Modificado por última vez en Lunes, 21 Enero 2019 22:35
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Rubén Arenal

Nací en Cantabria en 1987 y uno de los primeros recuerdos de mi infancia es estar con cuatro años en la sala de cine viendo La bella y la Bestia (1991) con mi padre. Pasaron los años hasta que una noche vi en televisión Lawrence de Arabia y recuerdo que tras ver la película quedé extasiado. Desde entonces, el cine dejó de ser un entretenimiento y se convirtió en una herramienta con la que aprender y crecer como persona, ya que considero que una película tiene la capacidad de arañarte por dentro y dejarte cicatrices: algunas son superficiales y se curan con facilidad y, otras, te acompañan de por vida. Después de tantas “cicatrices”, decidí escribir sobre cine para contar mis experiencias tras ver una película y mostrar las “cicatrices” que me han dejado las mismas.

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