Inteligencia Artificial ★★★

Crítica de la película Inteligencia Artificial

IA, La película que Kubrick nunca llegó a rodar

Cuando Stanley Kubrick compró en los años 70 los derechos de la novela Los juguetes duran todo el verano de Brian Aldiss para adaptarla al cine, se dio cuenta de que la tecnología de la época no había avanzado lo suficiente para ser fiel a la novela por lo que decidió guardar este proyecto en un cajón hasta que mediados de los años 90 decidió quedarse como productor de la película y ceder la dirección a Steven Spielberg.

Con el fallecimiento de Kubrick en el año 1999, Spielberg decidió terminar esta película lo antes posible, estrenándose finalmente en el año 2001, casi 30 años después de Kubrick fijase los ojos en este proyecto.

Aunque la película funcionó bien en taquilla consiguiendo recaudar 235,9 millones de dólares de los 90 que costó su presupuesto, lo cierto es la crítica quedó dividida entre aquellos que veían la mano de Kubrick en gran parte del metraje elevando la categoría de la misma y los que, por otro lado, consideraban que Spielberg había profanado el que fuera uno de los últimos proyectos de Stanley Kubrick.

La película nos sitúa en un futuro en el que el efecto invernadero ha ocasionado el deshielo de los casquetes polares, provocando que el nivel del mar ascienda hasta sepultar ciudades como Amsterdam, Venecia o Nueva York. Aunque este cambio climático supuso la muerte de cientos de millones personas en los países más pobres, en otros países se vivía de manera próspera gracias a estrictas medidas creadas por los gobiernos que controlaban la natalidad para asegurar la sostenibilidad de los seres humanos con respecto a los recursos existentes.

De esta manera, los robots de aspecto humanoide denominados Meca se convirtieron en elementos esenciales para el mantenimiento de la economía actual gracias a su autonomía y los pocos recursos que necesitaban para su mantenimiento.

Es entonces cuando el profesor Allen Hobby (William Hurt), que había perdido a su hijo David siendo este muy joven, decide crear un Meca a imagen y semejanza de su hijo con sentimientos reales entre los que esté la capacidad de amar sinceramente a sus padres. De esta manera lograría satisfacer a tantas parejas que no pueden tener hijos por problemas naturales o porque no se lo permite la ley.

Una de estas parejas son Henry (Sam Robards) y Monica (Frances O´Connor), quienes deciden adoptar a David (Haley Joel Osment) ya que su hijo biológico, Martin (Jake Thomas), sufrió un accidente hace cinco años, quedando en animación suspendida a la espera de una cura a su enfermedad. Al principio Monica no quiere aceptar a David pues siente que, si lo hace,  sería como aceptar que su verdadero hijo habría muerto, sustituyéndolo por un robot. Sin embargo, acaba encariñándose con David al que final acepta, activando su Protocolo de Impresión, el cual hace que David ame a Mónica como cualquier niño amaría a su madre.

Por suerte o por desgracia (para David), consiguen encontrar una cura para Martin, este vuelve a casa provocando la típica rivalidad entre hermanos. Cuando Martín descubre quién es en realidad David (a quien llama “el super juguete”) decide usarlo como si fuera un juguete, manipulándolo para hacer maldades hasta que una de ellas, a manos de sus amigos, casi acaba con la vida del propio Martin, provocando que Henry y Monica quieran deshacerse de él.

Durante la primera hora de película Spielberg consigue emocionarnos con escenas preciosas, llenas de detalles que nos permiten empatizar con esa madre que se niega a aceptar la pérdida de su hijo (la cual parece segura) y como poco a poco va aceptando a David, un robot sintético con el que es imposible no encariñarse.

Como en todas las casas, el comedor es el punto de reunión de la familia, el lugar en el que convergen las anécdotas del día a día durante la cena o la comida y es precisamente ahí, durante la cena, cuando David deja de ser un robot para convertirse en un miembro más de la familia, siendo por fin aceptado por Henry y Monica.

Es muy importante analizar quién es en realidad la persona que acepta a David en el núcleo familiar: Monica. Es ella quien decide activar el Protocolo de Impresión, aceptando que su hijo biológico, Martin, se ha ido. Se crea de esta manera un vínculo entre ellos que terminará cuando, tras el incidente de la piscina, abandona a David en el bosque.

De esta manera Spielberg nos saca de ese cuento de hadas, recordándonos que David ha sido para esos padres un “juguete” con el que pasar página y que, una vez han recuperado a su verdadero hijo, no dudan en deshacerse de él cuando surgen los primeros incidentes que, por otra parte, no dejan de ser normales entre hermanos, entre niños… pero claro, ¿es realmente David un niño?

Es imposible no ver similitudes entre la relación de Monica y David con la que, por desgracia, tantas y tantas veces hemos visto entre algunos dueños y sus mascotas. En un momento determinado, una familia adopta un cachorro como si fuera un juguete con el que entretenerse sin aceptar ni entender la responsabilidad que ello conlleva para que luego, cuando se aburren de él o surge algún accidente como por ejemplo que el perro muerde a alguien por accidente mientras juega, acaben abandonándolo en una carretera… Os suena, ¿no?

Hasta este momento del metraje, la película ha ido in crescendo gracias a la sensacional interpretación de los actores, sobre todo la de Haley Joel Osment que destaca por encima de todos sus compañeros. Fue el mismo quien propuso a Spielberg que su personaje (David) no debía pestañear, además de que todos los días se rasuraba las partes del cuerpo que iban a quedar desnudas ante la cámara para darle un aspecto más plástico, más sintético: manos, brazos, cara…

Otra de las cosas que hacen que la película funcione como un reloj en esos primeros sesenta minutos es su guión, el cual fue retocado y finalizado por Steven Spielberg e Ian Watson, quien había estado trabajando en el mismo durante nueve meses junto a Kubrick.

Es a partir de este punto, tras el abandono de David, donde empiezan los problemas ya que la película va a la deriva cuando esa extraña pareja formada por David y Gigolo Joe (Jude Law, que a pesar de ser un robot prostituto no deja de ser también una especie de Pepito Grillo del niño) buscan sin dando bandazos a la Hada Azul para que David la pida que lo convierta en un niño de verdad y así Monica, su madre,  vuelva aceptarlo.

La inspiración del personaje de David con Pinocho es más que evidente, pero también nos recuerda en muchos aspectos a El hombre bicentenario (Chris Columbus, 1999) en la que un androide (Robin Williams) luchaba por convertirse en un ser humano.

Otro de los problemas que arrastran la cinta es su excesiva duración ya que si quitamos esa primera hora que ya hemos dicho que es sensacional, nos quedan aún 85 minutos de metraje (en total 145 minutos) en la que no sabemos muy bien hacia dónde vamos y perdemos el interés por esos personas que tan bien nos habían presentado.

La iluminación y la fotografía son dos de las cosas que más sobresalen durante toda la película y no es de extrañar ya que, una vez más, Spielberg vuelve a contar con quien ha sido su director de fotografía en todas sus películas, Janusz Kaminski.

La banda sonora de la película estuvo a cargo de John Williams, el compositor fetiche de Spielberg, que aunque está bien, no consigue dejar en nuestro recuerdo ninguna melodía memorable como si consiguiera con otras muchas de sus composiciones: Indiana Jones, Tiburón, Parque Jurásico, La Lista de Schindler, Star Wars, Harry Potter, Superman…

Para terminar, una de las anécdotas del rodaje es que, para ahorrar dinero, Spielberg contó con personas discapacitadas a quienes les faltaban algunas partes del cuerpo para las escenas del vertedero de robots.

En definitiva, tenemos una película que a nivel efectos especiales está muy bien, con una primera hora de metraje sensacional a nivel de guió y presentación de personajes, con una historia que es muy interesante pero que, a mitad de la película, empieza a hundirse como esa ciudad de Nueva York sin que hayamos traído los flotadores. Una pena.

Rubén Arenal

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Modificado por última vez en Sábado, 26 Enero 2019 14:24
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Rubén Arenal

Nací en Cantabria en 1987 y uno de los primeros recuerdos de mi infancia es estar con cuatro años en la sala de cine viendo La bella y la Bestia (1991) con mi padre. Pasaron los años hasta que una noche vi en televisión Lawrence de Arabia y recuerdo que tras ver la película quedé extasiado. Desde entonces, el cine dejó de ser un entretenimiento y se convirtió en una herramienta con la que aprender y crecer como persona, ya que considero que una película tiene la capacidad de arañarte por dentro y dejarte cicatrices: algunas son superficiales y se curan con facilidad y, otras, te acompañan de por vida. Después de tantas “cicatrices”, decidí escribir sobre cine para contar mis experiencias tras ver una película y mostrar las “cicatrices” que me han dejado las mismas.

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