Espartaco ★★★★★

Crítica de la película Espartaco

La película que acabó con las listas negras en Hollywood

Hoy analizamos una película muy interesante no sólo por lo que nos cuenta delante de la pantalla, esa rebelión liderada por el gladiador más famoso de todos los tiempos parar conseguir la libertad de sus semejantes que estaban siendo sometido a la esclavitud por la República Romana, sino también por la lucha que tuvo lugar detrás de las cámaras en uno de los momentos más oscuros de la historia de América y de Hollywood en la tristemente conocida como “La caza de brujas de McCarthy”. Por ello, en esta ocasión se hace especialmente necesario explicar el contexto en el que se fraguó la película para que entendamos por qué estamos ante una de las películas más valientes de la historia del cine.

La película empieza con unos magníficos títulos de crédito realizados por Saul Bass que acaban introduciéndonos en una cantera de Libia y, mediante una voz en off, nos presentan brevemente a Espartaco (Kirk Douglas), uno de los esclavos al que vemos picando enormes piedras para luego transportar las mismas en mochilas de mimbre cargadas hasta los topes. Es en ese momento cuando Espartaco acude al auxilio de otro esclavo que ha desfallecido por el esfuerzo, siendo reprendido por un romano que lo azota para que vuelva al trabajo. Es entonces cuando no duda en atacar al soldado, mordiéndole en el tobillo, lo que provoca que sea castigado a morir de hambre.

Cuando llega a la cantera el comerciante de esclavos Léntulo Batiato (Peter Ustinov), quien está buscando nuevos gladiadores para su escuela (ludus), encuentra atado a Espartaco y al comprobar su buen estado físico y la fiereza en su mirada decide comprarlo para llevarlo a Capua en donde Batiato tiene su escuela de gladiadores.

Al llegar a la escuela, Batiato le indica a Marcelo (Charles McGraw), un antiguo gladiador que fue liberado y que se ha convertido en doctore, que vigile a Espartaco porque “tiene posibilidades pero también tiene un pronto muy malo”… motivo por el cual Marcelo no para de provocar a Espartaco.

Nuestro protagonista rápidamente se enamora de Varinia (Jean Simmons), una esclava que junto a sus compañeras, hacen las labores de la casa a la vez que son utilizadas como prostitutas para premiar a estos gladiadores. Es precisamente en ese primer “vis a vis” entre Espartaco y Varinia cuando vemos a nuestro protagonista intentando tratar con sensibilidad a Varinia, acariciándola el cuello con un gesto que casi parece que la quiere ahogar… Toda esa escena está rodada con una elegancia espectacular, con unos actores que lo dicen todo sólo con miradas y un Kubrick sensacional que juega con las luces y las sombras de la habitación para que, con ayuda de la música de Alex North, crear la que considero una de las escenas más románticas de la historia del cine. Cuando Espartaco descubre que Varinia también es una esclava, recoge su ropa y se la entrega diciendo: “no te quiero como esclava”.

Y toda la magia de esa escena se rompe cuando, desde el techo de la habitación, Marcelo y Batiato le observan y se ríen de él, llamándolo “poco hombre” al ver cómo desaprovecha el encuentro con Varinia.

Cuando los patricios Craso (Laurence Olivier) y Glabro (John Dall) llegan de visita a la escuela junto a sus esposas, estos solicitan a Batiato presenciar un combate a muerte, el cual termina con Espartaco derrotado a manos de  Draba (Woody Strode). Sin embargo, este gladiador decide perdonarle la vida e intenta asesinar a los patricios pero fracasa, siendo asesinado por Craso, quien acaba con la cara manchada de sangre en una escena bastante gore para la época.

Cuando Espartaco descubre que Varinia ha sido vendida a Craso, inicia una revuelta que termina uniendo a todos los gladiadores para destruir la escuela. De esta manera comienza una rebelión contra el imperio Romano que a medida que Espartaco va ganando batallas, aumentaba su reputación, haciendo que cada vez más esclavos quieran unirse a su causa, convirtiéndose en el mayor enemigo de la República Romana.

Tal y como comentaba al principio de la crítica, es imprescindible hablar del contexto histórico en el que se rodó la película para comprender lo mucho que se jugó Kirk Douglas con este proyecto.

Entre mediados de los años 1940 y 1950 las relaciones entre EEUU y la Unión Soviética estaban en su máximo nivel de tensión, momento en el que decir la palabra comunista era poco más que invocar al diablo. Fue en ese contexto en el que el senador Joseph McCarthy denunció una supuesta conspiración comunista dentro del Departamento de Estado, provocando que grupos anticomunistas empezasen a señalar con el dedo a cualquiera que no remara a favor suyo.

Cuando esta caza de brujas llegó a Hollywood, numerosas personalidades empezaron a acusar a sus compañeros de oficio de ser comunistas. Curioso fue el caso del actor Adolphe Menjou, uno de los que más se enorgullecía de ser uno de esos “testigos amistosos” que acusaban a sus propios compañeros de ser comunistas y que en 1947 declaró lo siguiente ante el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso (HUAC, presidido por McCarthy): “Soy un hostigador de rojos, me gustaría verlos a todos de vuelta en Rusia”. Fue curioso porque diez años después, en 1957, lo contrató Kirk Douglas para hacer un papel en la maravillosa película Senderos de Gloria (primera colaboración entre Stanley Kubrick y Douglas), sin saber que Douglas en realidad se llamaba Issur Danielovitch, hijo de una mujer rusa llamada Bryna, en honor a la cual el actor nombró su productora: Bryna Productions. Los honorarios del personal en la película Senderos de Gloria se pagaron a través de esta productora, cosa que a Menjou no pareció importarle, olvidándose de sus convicciones morales a la hora de cobrar su cheque… Como decía Quevedo, “poderoso caballero es Don Dinero”.

Cuando un grupo de nueve guionistas y un director (Edward Dmytryk) fueron acusados de ser comunistas y se negaron a declarar ante esa comisión (HUAC) e incluso la consideraron como anticonstitucional, fueron inmediatamente despedidos y encarcelados de manera indefinida hasta que declarasen y demostrasen que no eran comunistas, dando lugar al que sería conocido como el grupo de los “Diez de Hollywood”. Esta Comisión era tan absurda (visto hoy en día) que bastaba con declarar: “Que ya no soy comunista” para que te dejaran en paz…

Pero claro, había mucha gente interesada en que esta situación se mantuviese en el tiempo porque en este grupo estaban algunos de los mejores guionistas de la época (como p.e., Dalton Trumbo) y mientras siguiesen repudiados por las autoridades, se verían obligados a escribir guiones sin poder firmarlos por su nombre y cobrando auténticas miserias para poder sobrevivir. Y de eso se aprovecharon grandes productoras y directores en aquellos años, dando como resultado situaciones absurdas como la que se vivió en los Oscars de 1957 en el que se concedió el Oscar al Mejor Guión por la película El Bravo a Robert Rich, que era el seudónimo con el que había firmado el guión Dalton Trumbo, quien evidentemente no recogió el premio.

En este sentido, es muy recomendable ver la película La Tapadera (1976, de Martin Ritt) con Woody Allen en la que habla de esto precisamente, de un guionista que al ser condenado en esa caza de brujas necesita firmar sus obras con el nombre de un ex-compañero de colegio y así poder sobrevivir.

Cuando en 1958 Douglas termina de rodar Los Vikingos, esta se convierte en un éxito brutal y el actor busca hacer una película parecida. Es entonces cuando compra los derechos de la novela Espartaco escrita por Howard Fast, quien escribió la novela estando encarcelado e impuso ser también el guionista de la película a lo que Douglas dijo que sí para hacerse con la novela y, por detrás, le pidió a Dalton Trumbo que escribiera el guión de la película.

Una vez estuvo terminado el guión por parte de Trumbo, empezó a dirigir el film Anthony Mann (Horizontes lejanos, Cazador de forajidos, El Cid, La caída del Imperio Romano…) quien fue una imposición de los estudios, y que rápidamente empezó a chocar con Douglas (que además de ser el protagonista era el productor ejecutivo), quién lo veía con más talento técnico que artístico y acabó despidiéndolo.

Fue entonces cuando entró en el proyecto Stanley Kubrick con quien Douglas ya había trabajado años antes en Senderos de Gloria (1957). Las primeras escenas de la película que tienen lugar en esa cantera están rodadas por Anthony Mann y Kubrick, que no las reconocía como suyas, las quiso eliminar pero Douglas le paró los pies alegando que estaban fantásticamente filmadas. Aquí empezarían las primeras diferencias entre el director y el protagonista, en un rodaje muy complicado, lleno de egos por todas las grandes estrellas que había en el proyecto y con auténticas batallas entre Douglas y Kubrick que darían pié a la ya mítica frase de Kirk Douglas: “Se puede ser un hijo de puta y tener talento. Stanley Kubrick era un hijo de puta con talento”.

Otra de las míticas peleas entre estos dos genios tuvo lugar cuando, estando ya Douglas subido en el caballo para ir a rodar, se le ocurre la mítica escena de “Yo soy Espartaco” (la cual se ha acabado convirtiendo en parte de la historia del cine) y Kubrick le dice que esa escena no la va a rodar porque “le parece una idea estúpida”, a lo que Douglas le echa un broncazo de tres pares de narices delante de todo el mundo, recriminándole que él le ha apoyado en todas sus decisiones (reconociendo que habían sido acertadas) y que por sus narices esa escena se va a rodar, a lo que Kubrick acabó cediendo. Douglas aprovechó la ocasión para pedir a Kubrick que se cambiase de ropa, ya que la gente empezaba a hablar de su mal olor, terminando la discusión con el director diciendo: “Y cámbiate de ropa!”. Posteriormente Douglas aseguró que mientras se iba a caballo tras la discusión escuchó aplausos por parte del equipo.

Cuando tuvieron lugar los primeros visionados de la película sobre los que había que ir introduciendo cambios en el guión, Dalton Trumbo acudía disfrazado a las sesiones para que nadie lo reconociera porque eso hubiera provocado la cancelación inmediata del proyecto. Sin embargo, un día Kirk Douglas , con la película ya muy avanzada, decide arriesgarlo todo incluyendo el nombre de Dalton Trumbo como guionista en los títulos de crédito y lo invita a comer en el comedor de la productora delante de todo el mundo y, de esta manera, normalizó una situación que bien pudo costarle la carrera a Kirk Douglas. Finalmente, el público respaldó la película convirtiéndola en un éxito de taquilla, recaudando 60 millones de dólares sobre los 12 que costó su presupuesto.

El elenco de actores en esta película es impresionante: Laurence Olivier, Peter Ustinov, Charles Laughton, Jean Simmons, Tony Curtis… Una curiosidad sobre el reparto es que los romanos lo interpretaron actores ingleses y los esclavos, actores americanos, que en versión original es donde de verdad tiene sentido pues querían que los romanos tuvieran una pronunciación exquisita y los esclavos un poco más ruda, más llano, diferenciado de esa manera las clases sociales.

La película tuvo muchas escenas mutiladas por culpa de la censura siendo la más célebre de ellas la escena de los baños en la que Craso (Laurence Olivier) trata de convencer a su esclavo Antonino (Tony Curtis) para mantener una relación homosexual usando para ello la analogía de comer ostras y comer caracoles. Evidentemente, esta escena fue eliminada de inmediato antes de su estreno. Cuando en 1991 la película fue restaurada, encontraron esta escena y decidieron incluirla en la cinta pero no estaba el audio original por lo que tuvo que redoblarse de nuevo. La parte del diálogo de Tony Curtis se pudo hacer ya que el actor aún seguía vivo pero, en el caso de Laurence Olivier, quien ya había muerto hacía dos años, hizo falta que alguien doblase su parte… ¿Sabéis quién fue? Nada más y nada menos que Anthony Hopkins ya que según la mujer de Olivier, era el actor que mejor imitaba a su difunto marido.

Para terminar, os recomiendo que leáis un libro que es muy entretenido y que cuenta con todo lujo de detalles todo el drama que tuvo lugar durante el rodaje de esta maravillosa película: YO SOY ESPARTACO, escrito por Kirk Douglas y con prólogo de George Clooney. Es una joya.

En conclusión, estamos ante una de las mejores películas de la historia del cine que consiguió poner fin a las listas negras de Hollywood y salir airosa del encuentro, ganando nada menos que de cuatro Oscars de la academia: mejor actor secundario (Peter Ustinov), fotografía, vestuario y dirección artística. Con unos actores en estado de gracias y un Kubrick que, a pesar de renegar de esta película porque no le dejaron hacer lo que le daba la gana, es innegable que consiguió hacer una película de las más destacables de su carrera.

Rubén Arenal

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Modificado por última vez en Martes, 19 Marzo 2019 18:19
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Rubén Arenal

Nací en Cantabria en 1987 y uno de los primeros recuerdos de mi infancia es estar con cuatro años en la sala de cine viendo La bella y la Bestia (1991) con mi padre. Pasaron los años hasta que una noche vi en televisión Lawrence de Arabia y recuerdo que tras ver la película quedé extasiado. Desde entonces, el cine dejó de ser un entretenimiento y se convirtió en una herramienta con la que aprender y crecer como persona, ya que considero que una película tiene la capacidad de arañarte por dentro y dejarte cicatrices: algunas son superficiales y se curan con facilidad y, otras, te acompañan de por vida. Después de tantas “cicatrices”, decidí escribir sobre cine para contar mis experiencias tras ver una película y mostrar las “cicatrices” que me han dejado las mismas.

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