Munich ★★★★

Crítica de la película Munich

Spielberg nos enseña la inutilidad de la venganza en una de sus mejores películas

En el año 2005 Steven Spielberg podía haberse retirado cómodamente tras haber dirigido algunas de las mejores y más entretenidas películas de la historia del cine como por ejemplo: Tiburón, Encuentros en la tercera fase, Indiana Jones, Regreso al futuro, los Goonies, El imperio del sol, Gremlins, E.T., Parque Jurásico, La Lista de Schindler, Salvar al Soldado Ryan, Minority Report… Lejos de acomodarse, ese año estrenó nada más y nada menos que tres películas: La Guerra de los Mundos, Memorias de una Geisha y Munich, de la que vamos a hablar hoy.

Cuando en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972 fueron asesinados once atletas del equipo israelí a manos de un grupo terrorista palestino denominado “Septiembre Negro”, el Mossad decidió dar un golpe de efecto para mostrar su fuerza a sus enemigos y acabar con los responsables de la masacre.

Se organiza un comando de cuatro personas lideradas por Avner (Eric Bana), un agente del Mossad al que sus superiores le encomiendan la misión de encontrar y asesinar a los responsables palestinos de la masacre de Múnich. Para ello, tiene que dejar de ser un agente del Mossad para que no haya ninguna vinculación con esta Agencia de Inteligencia y, además, tendrá que abandonar a su mujer, la cual está a punto de dar a luz.

La misión empieza alrededor de una mesa de comedor en la que el equipo de Avner se dispone a comer y sirve para presentarnos a cada participante del equipo: Steve (Daniel Craig) es el encargado de encontrar los transportes, Carl (Ciarán Hinds) se encarga de limpiar la escena del crimen para no dejar huellas, Hans (Hanns Zischler) es un experto falsificador y, por último, tenemos a Robert (Mathiu Kassovitz), un antiguo fabricante de juguetes que se convierte en fabricante de explosivos.

De esta manera empieza esta historia de venganza en la que unos agentes del Mossad, inexpertos en campo, tendrán que dar caza a una serie de hombres que formaban parte de un grupo terrorista y asesinarlos. Con esta película Spielberg pretendía influir y encender el debate de si la venganza debe ser la respuesta para resolver un conflicto o, por el contrario, sólo generaba más violencia.

Lo primero que hay que reconocerle a Spielberg es su valentía al hacer esta película ya que al principio del proyecto nadie se esperaba que el director judío más famoso de todos los tiempos se atreviera a meterle mano a un tema tan espinoso como era Oriente Medio. Muchos pensaron que se había metido en un jardín del que no sabían si iba a salir y prueba de ello fueron los duros ataques que recibió el director por parte de pueblo judío que le recriminaban que hubiera “humanizado” a los palestinos en el film.

Spielberg quería contar una historia humana, otorgando facetas humanas en ambos bandos del conflicto y para ello era necesario trasmitir que esos vengadores eran hombres, no superhéroes, haciéndolos reales con sus indecisiones y sus errores. Esto se ve perfectamente durante toda la película cuando dudan a la hora de apretar el gatillo, los conflictos morales a la hora de decidir hasta dónde llegar para conseguir matar a un objetivo, si aprovechar cualquier ocasión aunque haya que matar a algún civil o perder la ocasión y quién sabe si habrá otra… por ejemplo cuando uno de esos objetivos iba acompañado de sus guardaespaldas y Avner no quiso actuar ya que los tendría que haber matado también y eran civiles, a lo que el personaje de Daniel Craig, Steve, sentencia: “Si llevan armas, no son civiles, así que mátalos”.

El director sabía que esta película provocaría reacciones encontradas ya que desde el principio confesó que no podría ser imparcial en la historia debido a sus orígenes así que sería controvertido desde el principio y ese fue uno de los grandes retos a la hora de contar esta historia: “¿Cómo enfocar una película que da cabida a comprender por qué aquellos hombres mataron a los atletas sin que pareciera que los justificábamos sino, más bien, queriendo entenderlo?”.

En esta película hay una escena que destaca sobre todas las demás, demostrando el increíble talento que tiene Spielberg. Es la escena del teléfono bomba en la que convergen tres puntos de vista: 1) Steve, Hans y Robert en el coche con el detonador; 2) Carl en la cabina telefónica esperando la señal para llamar al piso de la víctima y así activar el dispositivo y; 3) Avner, quien se encarga de avisar a Carl cuando la mujer y la hija de la víctima hayan abandonado el edificio en coche.

Esos planos forman un triángulo visual con el que el espectador sabe perfectamente dónde están los personajes y pueden controlar todo lo que pasa en ese lugar. Cuando el camión estaciona delante del coche, rompe ese triángulo visual y Avner abandona su posición para verificar con Robert en el coche si el detonador puede sufrir alguna interferencia por culpa del camión. En ese momento, somos testigos de que el coche con la niña ha vuelto para recoger algo en la casa pero los protagonistas no pueden verlo, les tapa la visión el camión. El nivel de tensión y suspense en el espectador es máximo cuando vemos que la misión sigue adelante y Carl hace esa llamada, descubriendo que quien descuelga el teléfono es la niña, al mismo tiempo que Avner, quien está volviendo a su posición, descubre el coche en la puerta del edificio. En ese momento se inicia una carrera a contrarreloj de los protagonistas para evitar que Robert detone la bomba.

Me parece una escena con un ritmo y un montaje espectacular, que sólo un genio como Spielberg sabe rodar.

El montaje de esta película a manos de Michael Kahn es espectacular, metiéndonos desde el primer minuto en ese edificio en el que tiene lugar la masacre pero no nos muestra todo lo sucedido, nos cuenta una parte y el resto de información nos lo va dosificando durante toda la película para que, al final, tengamos completamente claro lo que sucedió en ese atentado. Es una decisión muy inteligente porque, aunque sabemos lo que ha ocurrido gracias a los noticiarios de televisión que se muestran en la película, al dosificarnos el atentado e ir mostrándonoslo por partes nos genera la necesidad de querer ver más, de completar la secuencia para, de alguna manera, comprender lo sucedido. Una genialidad.

Durante toda la película los personajes sufren una evolución desde esa convicción moral inicial con la que emprenden esta misión de venganza hasta que, al final, están completamente destruidos por dentro por todo lo que han hecho y por los compañeros que se han quedado por el camino. Ese desgaste emocional que sufren los protagonistas se refleja también cuando acaban con esos objetivos: al principio, al matar a su primer objetivo lo celebran pero, a medida que se suceden los asesinatos va desapareciendo esa alegría inicial hasta que al final no se celebra la muerte del enemigo, lo viven de manera muy sosegado.

Una vez que uno termina de ver esta película tiene la sensación de que todo lo que ha sucedido dentro de la historia durante los 164 minutos que dura la cinta no ha valido para nada ya que cada objetivo eliminado ha sido repuesto por otro mucho peor que el anterior y que el conflicto entre judíos y palestinos está más vivo que nunca.

No voy a desvelar el final para no hacer spoilers pero me parece muy inteligente que la escena final tenga lugar con las Torres Gemelas de fondo. Y esa es la mejor moraleja posible… ¿valió para algo?

En conclusión, estamos ante una de las mejores películas de Steven Spielberg sin ninguna duda. Un thriller dramático que funciona como un reloj gracias a ese trepidante montaje que hace que el ritmo nunca decaiga, con escenas de acción muy bien resueltas y con unos actores protagonistas que están sensacionales.

Rubén Arenal

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©accioncine 

Modificado por última vez en Miércoles, 30 Enero 2019 12:25
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Rubén Arenal

Nací en Cantabria en 1987 y uno de los primeros recuerdos de mi infancia es estar con cuatro años en la sala de cine viendo La bella y la Bestia (1991) con mi padre. Pasaron los años hasta que una noche vi en televisión Lawrence de Arabia y recuerdo que tras ver la película quedé extasiado. Desde entonces, el cine dejó de ser un entretenimiento y se convirtió en una herramienta con la que aprender y crecer como persona, ya que considero que una película tiene la capacidad de arañarte por dentro y dejarte cicatrices: algunas son superficiales y se curan con facilidad y, otras, te acompañan de por vida. Después de tantas “cicatrices”, decidí escribir sobre cine para contar mis experiencias tras ver una película y mostrar las “cicatrices” que me han dejado las mismas.

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