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Braveheart ★★★★

Crítica de la película Braveheart

El héroe que buscaba venganza y encontró la libertad

Cuando en 1995 Mel Gibson (Mad Max, Arma Letal, El Patriota…) estrenaba la que sería su segunda película como director, nadie esperaba el tremendo éxito que esta alcanzaría, alzándose nada menos que con cinco Oscars a mejor película, mejor director, mejor fotografía, mejor edición de sonido y mejor maquillaje.

El inicio de la historia nos sitúa en el año 1280 cuando el rey Eduardo I (Patric McGoohan) invade y conquista Escocia. Cuando un joven William Wallace (James Robinson) descubre que su padre y hermano han sido asesinados a manos de traidores del rey, decide vengar sus muertes. Es entonces cuando su tío Argyle (Brian Cox) le explica que para usar una espada primero tiene que aprender a usar su cerebro, por lo que lo acoge y lo lleva por toda Europa para educarlo.

Mediante una elipsis vemos al Wallace (Mel Gibson) adulto volviendo a Escocia con su pueblo, cayendo rápidamente enamorado de su amiga de infancia, Murron (Catherine McCormack). La pareja decide casarse en secreto debido a que el rey Eduardo ha otorgado tierras y privilegios a sus nobles entre los que se encuentra el derecho de pernada. Cuando uno de los soldados ingleses descubre a la pareja, trata de violar a Murron pero Wallace consigue impedirlo, atacando a varios soldados. Al tratar de huir, Murron es capturada y degollada como castigo. En venganza, Wallace regresa a la aldea y mata a toda la guarnición inglesa con ayuda de sus vecinos. Hartos de los excesos de los ingleses, inician una rebelión encabezada por Wallace contra los invasores ingleses.

Desde su estreno, la película fue duramente criticada por historiadores debido a la enorme cantidad de gazapos históricos que se cometen en el film de manera deliberada, los cuales pasan desapercibidos para la mayoría del público al tratarse de una parte de la historia de Escocia, no demasiado conocida para el resto de los mortales. El poco rigor histórico no debería sorprendernos demasiado ya que el guionista, Randall Wallace (vaya coincidencia el apellido), aseguró que primero escribió el guión y luego investigó sobre la historia del héroe escocés para añadir los datos históricos a la trama, siempre y cuando remasen a favor de la historia… En otras palabras, lo importante era tener una buena historia aunque no se ajuste a la Historia o, como decía un profesor mío: “Una cosa es una cosa, y otra cosa son dos…”.

Siendo justos, no creo que la mayoría de espectadores seamos doctos en Historia como para hacernos el harakiri por que la película no se corresponda fielmente a la realidad. Estoy de acuerdo en que las cosas deben hacerse bien, por supuesto, pero seamos sinceros… ¿Quién había oído hablar de William Wallace antes de esta película? Gibson fue quien puso en el mapa a este héroe escocés y consiguió que todo el mundo sepa que luchó contra la ocupación inglesa en Escocia.

Una vez reconocido ese mérito a la película, me parece estupendo criticar el rigor histórico de cuanto sale en la cinta, como por ejemplo que no existiera en ese momento el derecho de pernada, que los ejércitos rebeldes no se pintaban la cara para la lucha, que el nombre de la esposa de Wallace en realidad era Marian, que la princesa Isabel nunca conoció a Wallace

Sea como sea, la película es una maravilla de principio a fin, con unos actores que están sensacionales, destacando sobre todo ese cuarteto formado por Mel Gibson, Brendan Gleeson, James Cosmo y David O´Hara. Otro que sale sensacional es Brian Cox haciendo de tío de Wallace… sale 5 minutos pero cuando sale la película pega un subidón gracias a su imponente presencia. Es uno de esos actores que llenan la pantalla.

Una curiosidad sobre esta película es que Mel Gibson no iba a protagonizar la misma, tan sólo la iba a dirigirla pero claro, cuando en Paramount Pictures vieron su currículum como director (sólo una película en su haber), le obligaron a protagonizar la cinta a cambio de financiar el proyecto. Al final, esta decisión acabó siendo muy acertada pues hoy en día sería muy complicado imaginar BraveHeart sin Mel Gibson de protagonista.

Las escenas bélicas están magistralmente rodadas, repletas de épica, de acción, con muchísima sangre y escenas gore como amputaciones… Gibson en esta película ya demuestra que cuando aborda un proyecto como director, se mete hasta el barro para contarlo todo y nos lo muestra en pantalla, no se ahorra ningún detalle y eso es, cuanto menos, admirable, sobre todo en este momento en el que todo tiene que ser políticamente correcto. Creo que ese uno de sus sellos de identidad como director, su valentía para contar una historia hasta sus últimas consecuencias como demostraría posteriormente en sus siguientes proyectos como director: en La pasión de Cristo (2004), en Apocalypto (2006) y Hasta el último hombre (2016).

Otro gran acierto de la película es su montaje a manos de Steven Rosenblum quien consigue darle un muy buen ritmo a la película haciéndola muy dinámica a pesar de sus casi tres horas de duración. Vista hoy en día, quizás se agradecería meter un poco de tijera en el metraje, sobre todo en las escenas románticas entre Wallace y la princesa Isabelle (Sophie Marceau) ya que es la parte que menos interesa de la película ya que no aporta nada a la trama.

Y claro, cómo no hacer mención a la banda sonora compuesta por James Horner (El nombre de la Rosa, Leyendas de Pasión, Apolo 13, Jumanji, Titanic, Una mente maravillosa…) que ya se ha convertido por derecho propio en una de las más hermosas bandas sonoras de la historia del cine.

En conclusión, tenemos una película muy entretenida, con una acción y unas batallas espectacularmente filmadas, una banda sonora que es una delicia y un Mel Gibson demostrando el inmenso talento que tiene delante y detrás de las cámaras. Una película de sobresaliente si no fuera por la falta de rigor histórico en muchos casos y por esa segunda trama romántica que está metida con calzador y que lo único que consigue es alargar el metraje de manera innecesaria.

Rubén Arenal

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Modificado por última vez en Sábado, 02 Febrero 2019 11:48
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Rubén Arenal

Nací en Cantabria en 1987 y uno de los primeros recuerdos de mi infancia es estar con cuatro años en la sala de cine viendo La bella y la Bestia (1991) con mi padre. Pasaron los años hasta que una noche vi en televisión Lawrence de Arabia y recuerdo que tras ver la película quedé extasiado. Desde entonces, el cine dejó de ser un entretenimiento y se convirtió en una herramienta con la que aprender y crecer como persona, ya que considero que una película tiene la capacidad de arañarte por dentro y dejarte cicatrices: algunas son superficiales y se curan con facilidad y, otras, te acompañan de por vida. Después de tantas “cicatrices”, decidí escribir sobre cine para contar mis experiencias tras ver una película y mostrar las “cicatrices” que me han dejado las mismas.

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