Rambo III ★★★

Crítica de la película Rambo III

Cuando el chicle ya no puede estirarse más, ocurren estas cosas

En el año 1988 vio la luz la tercera entrega de Rambo, una película dirigida por Peter MacDonald y que resultaba innecesaria dentro de la saga ya que no aportaba nada nuevo al universo de este super soldado americano, el cual llevaba dos películas tratando de dejar atrás lo vivido en la Guerra de Vietnam pero siempre encontraba la manera de volver a la acción.

Tras los sucesos vividos en la segunda película (Rambo: Acorralado parte 2), Rambo (Sylvester Stallone) vive en Tailandia ayudando a unos monjes a construir un Monasterio a la vez que participa en peleas con palos para ayudar a estos monjes económicamente. Es entonces cuando el coronel Trautman (Richard Crenna) se presenta en el Monasterio con un asesor militar (Kurtwood Smith) para pedirle que participe en una misión en Afganistán para suministrar misiles stinger a las fuerzas rebeldes que luchan contra los invasores soviéticos. A pesar de que el propio Trautman participará en la misión, Rambo declina la oferta alegando que “ya ha pagado su tributo y su guerra ha terminado”.

Sin embargo, cuando Trautman es capturado en plena misión por el coronel soviético Zaysen (Marc de Jonge), Rambo decide acudir en su ayuda, iniciando una misión de rescate por su cuenta a sabiendas de que si es capturado el Gobierno Americano negará cualquier relación con él, algo a lo que lamentablemente nuestro héroe ya está acostumbrado…

El inicio de la película es puro cine ochentero, con un Stallone aún más fuerte de lo que nos tenía acostumbrado en sus anteriores películas de Rambo o Rocky, preparándose en un embarcadero para un combate mientras vemos en otra escena cómo el coronel Trautman acude al espectáculo en busca de su soldado. Cuando Rambo está preparado, entra en el local con mirada fría mientras los espectadores del combate le ovacionan como si de un gladiador se tratase y, en realidad, eso es lo que es, un hombre con increíbles habilidades de combate que va a vérselas en la arena con su contrincante a cambio de una remuneración económica. Toda la escena del combate es sensacional y, aunque todo está coreografiado de tal manera que siempre haya un ángulo en el que se falsea el golpe para que parezca que se golpean de verdad, re-visionando la escena a cámara lenta estoy seguro que más de un palo se le escapa al contrincante de Rambo, calentándole la espalda a Stallone a base de bien. El final de esta escena cuando Rambo queda en pié amenazante esperando que su adversario se rinda, me recuerda a otra escena que tuvo lugar mucho después en la versión que hizo Stallone de Get Carter en la que repite esta misma pose pero en esa ocasión es Mickey Rourke quien está en el suelo mientras Stallone le amenaza con una pistola.

Toda la escena en el Monasterio, en especial la conversación entre Trautman y Rambo está muy bien porque ayuda a que sus personajes evolucionen poniendo las cartas sobre la mesa con respecto a seguir participando en más guerras que nunca cambian nada, asegurando Rambo que le gusta estar en ese lugar sagrado porque le hace sentir que forma parte de algo a lo que el coronel le responde “Eres parte de algo, pero no de esto… ¿cuándo vas a completar el circulo? Has dicho que tu guerra ha terminado, tal vez la de allí sí (Vietnam) pero no la que tiene lugar en tu interior”, instándole a que se acepte a sí mismo como lo que es, “un soldado de combate de pura sangre”. Nada de lo que dice Trautman consigue convencer a Rambo para que lo acompañe, mostrando el esfuerzo del protagonista por marcar una línea roja en el suelo que no quiere volver a cruzar. A pesar de ello, no duda en salir corriendo en auxilio de su amigo cuando este es capturado, pudiendo parecer incoherente con la decisión que había tomado anteriormente de no volver a participar en otra guerra pero más adelante explicará porqué ha decidido actuar: “porque él lo haría por mi”, lo hace por amistad pero sobre todo por lealtad a la única persona en la que confía y que siempre que lo ha necesitado ha estado ahí (como veríamos en Acorralado y en Rambo: Acorralado parte 2).

Hasta aquí todo bien gracias a la magnífica química que hay entre Rambo y Trautman (Stallone y Crenna) que hacen una pareja con mucho magnetismo para el espectador, con un guión bien construido que permite a los actores poder trabajar a un nivel muy similar al que teníamos en las anteriores películas en la que veíamos a un Rambo que no encajaba fuera de la guerra, siendo Trautman una especie de confesor con le ayudaba a exteriorizar sus sentimientos, su rabia contenida y eso vuelve a estar en esta parte de película en la que ambos actores ponen punto y final a su relación de Coronel/Soldado, en la que Rambo se despide de Trautman diciendo: “lo siento, he de poner fin en algún momento”. A partir de ese momento la intensidad entre ambos personajes no volverá a ser la misma, perdiendo ese magnetismo del que hablaba antes y dando lugar a frases más distendidas e incluso cómicas entre ambos en plan: que se note que hemos venido a pasárnoslo bien…

No digo que la película pegue un giro y se vuelva cómica ni mucho menos, sigue siendo fiel al estilo que ya había predominado en Rambo 2 en la que la espectacularidad de las escenas de acción distaban mucho del realismo que habían conseguido en su primera película: Acorralado, pero es cierto que los héroes de acción más queridos por el público en aquel momento tenían un toque chulesco y cómico como por ejemplo John Matrix (Arnold Schwarzenegger, en Comando de 1985), Martin Riggs (Mel Gibson en Arma Letal, 1987) o John McClaine (Bruce Willis en Jungla de Cristal, 1988). Rambo no era así y aquí tampoco lo es de manera tan exagerada, pero tiene diálogos a partir de mitad de película que cuesta reconocerlos en boca de este personaje.

Las escenas de acción son increíbles como cabía esperar en esta producción que contó con el presupuesto más elevado hasta aquel momento con nada menos que 63 millones de dólares, factura que luce en pantalla pero que lamentablemente carece de épica durante toda la cinta, es decir, es un gran espectáculo pero nada más, a pesar de que tenemos dos duelos que de por sí ya deberían haber sido épicos pero no lo consiguen: hablo del enfrentamiento entre un tanque soviético y Rambo montado a caballo; y el otro duelo entre Rambo conduciendo un tanque y el helicóptero pilotado por Zaysen. Entre todo ello, la escena que más me llama la atención es en la que nuestro héroe es alcanzado por una explosión y una astilla se le clava en el vientre y vemos cómo introduce el dedo por su espalda para sacar la astilla (la cual vemos cómo sale de su vientre) y vemos una escena que luego se repetiría en infinidad de películas que es echarse la pólvora de una bala dentro de la herida para prenderla fuego y así cauterice la herida. Evidentemente, es un truco, pero me fascina lo bien hecho que está, al igual que me pasó en Acorralado cuando se cose la herida del brazo y cada vez que introduce la aguja en su piel brota sangre.

Respecto al villano (Zaysen) no hay mucho que decir salvo que es un bruto, un loco que no para de gritar en ruso, en inglés, con los ojos que se le salen de las órbitas y que tiene más peligro con un gatillo que Iron Man en una ferretería… Sinceramente, cuesta creer que alguien en la Unión Soviética haya nombrado coronel a ese hombre y le haya puesto al mando de un ejército porque es el primero que pierde el control en cuanto las cosas no van como él quiere, se enrabieta y empieza a patalear con una cara de loco… No creo que sea culpa del actor (Marc de Jonge), creo que han querido exagerar demasiado los rasgos de una persona que es capaz de cometer genocidio por el simple hecho de que puede hacerlo y al final les ha salido una caricatura.

Con respecto a los rebeldes y su lucha justa contra los soviéticos, pues me parece muy bien hasta que sufren ese primer ataque de Zaysen tras el cual Rambo asegura de que “ahora esta es mi guerra” pero luego se le olvida de ello, es decir, el va a lo suyo que es rescatar a Trautman y el acabar con los soviéticos es una anécdota de última hora porque, recordemos, que Rambo y Trautman ha escapado y pretenden cruzar la frontera cuando Zaysen les bloquea el paso, es decir, es el enemigo el que planta cara y nuestros protagonistas se defienden, pero ese no es su objetivo ni su misión, sino huir antes de que les vuelvan a capturar y, seguramente, les maten. Me da la sensación de que después de los primeros 15 minutos de película, todo se precipita sin mucho sentido, al principio con un Rambo demasiado intenso, con mirada fría y con una cara que no trasmite nada para luego, hacia el final de la película, hacer incluso chascarrillos con Trautman, liándola parda allí por donde pasa…

En conclusión, estamos ante una película de acción ochentera muy entretenida pero que no aporta nada nuevo a la saga y se distancia a pasos agigantados no sólo de su predecesora, que también, sino de la película original del 82: Acorralado. Una pena como desaprovechan los estupendos primeros 15 minutos de película para luego ofrecer sólo escenas de acción con cierta espectacularidad pero sin épica, carentes de contenido, sólo explosiones a todos lados, demostrando que el chicle ya no daba más de sí, al menos con esta fórmula.

Rubén Arenal

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Revista ACCION

Modificado por última vez en Sábado, 30 Marzo 2019 15:39
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Rubén Arenal

Nací en Cantabria en 1987 y uno de los primeros recuerdos de mi infancia es estar con cuatro años en la sala de cine viendo La bella y la Bestia (1991) con mi padre. Pasaron los años hasta que una noche vi en televisión Lawrence de Arabia y recuerdo que tras ver la película quedé extasiado. Desde entonces, el cine dejó de ser un entretenimiento y se convirtió en una herramienta con la que aprender y crecer como persona, ya que considero que una película tiene la capacidad de arañarte por dentro y dejarte cicatrices: algunas son superficiales y se curan con facilidad y, otras, te acompañan de por vida. Después de tantas “cicatrices”, decidí escribir sobre cine para contar mis experiencias tras ver una película y mostrar las “cicatrices” que me han dejado las mismas.

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