Crítica de la película Bailando con lobos  

La ópera prima de Kevin Costner como director y, a su vez, su gran obra maestra

En 1990 se estrenó Bailando con Lobos, la opera prima como director de Kevin Costner y lo que nadie se esperaba en ese momento es que esta película fuera tan rematadamente buena, consiguiendo nada menos que siete Oscars de la Academia a mejor película, director, guión, montaje, banda sonora, sonido y fotografía… Esto sí que es entrar en el Olimpo de los directores por la puerta grande!

Cuando Michael Blake, quien era amigo de Costner, le paso un día unas páginas con un western con tintes crepusculares y con una historia atípica, Costner quedó encantado, instando a su amigo a escribir una novela que vería la luz en 1988 y sobre la cual se basó esta película. Una de los cosas que llamaban la atención de este film en su momento es que los indios eran tratados como héroes, cargados de innumerables valores y, sin embargo, los americanos no dejaban de ser esos invasores blancos que arrasaban con todo allí por donde pasaban, siendo totalmente irrespetuosos y desalmados (tomen como ejemplo lo que pasa al final de la película con el diario del teniente Dumbar… y no es un spoiler).

A finales de la Guerra de Secesión (1861 – 1865), el teniente John Dumbar (Kevin Costner) no está en su mejor momento, con una apariencia muy dejada y con una pierna herida, que está empezando a gangrenarse, motivo por el cual el doctor del campamento decide que hay que cortarle la pierna pese a las suplicas del teniente de no hacerlo. Aprovechando que el doctor ha salido a descansar unos minutos, Dumbar decide morir antes de que le corten la pierna, así que se sube su caballo y empieza a hacer varias carreras delante de las filas enemigas, provocando que todos le disparen y que sus compañeros, su ejército, se animen de nuevo a combatir por el acto heroico de Dumbar, consiguiendo ganar esa batalla. Cuando el General lo felicita por su hazaña, Dumbar le pide que por favor no le corten la pierna.

Crítica de la película Open Range (2003)

El gran regreso de Costner como director

En 2003 se estrenaba la cuarta película de Kevin Costner como director tras haber dirigido dos películas fallidas: Waterworld y Mensajero del futuro. En esta ocasión, se atrevía con un western, un género muy querido por él ya que desde muy pequeño leía novelas de vaqueros y fue así como decidió adaptar una de esas novelas en las que un grupo de cowboys que evitaban el uso de la violencia, finalmente hacían uso de ella para impartir justicia.

Esta es una idea muy “de western” y Costner consigue hacer de ella una película muy entretenida que, sin ser lo mejor del género, es muy honesta en su propuesta y no pretende ser más de lo que puede ser, lo cual no quiere decir que no nos ofrezcan un entretenimiento de calidad con un Robert Duvall que se come la pantalla y con algunas escenas memorables, como veremos posteriormente.

La historia comienza con un grupo de cuatro vaqueros encabezados por Boss Spearman (Robert Duvall) y Charley Waite (Kevin Costner), quienes van conduciendo sus reses a través de las inmensas praderas de las Montañas Rocosas junto a sus fieles ayudantes Mose Harrison (Abraham Benrubi) y el joven Button (Diego Luna). Estamos aún en una época (1882) en la que las reses pueden pastar libremente por cualquier campo (de ahí el nombre de la cinta, Open Range o Tierras Libres) pero ya empiezan a haber terratenientes que ven con recelo que cualquiera pueda atravesar por sus campos, arrasando el terreno por el que pasan.

Uno de estos terratenientes es Denton Baxter (Michael Gambon, los más jóvenes lo conocerán por su papel de Dumbledore en la saga de Harry Potter), quien controla el pueblo de Harmonville y tiene en nómina a su sheriff, el marshal Poole (James Russo).

Cuando Spearman envía a  Mose al pueblo para comprar suministros, los esbirros de Baxter le dan una brutal paliza y lo encierran en la cárcel. Al ver que Mose no regresa, Spearman y Waite deciden acudir en su busca, conociendo al déspota de Baxter, quien les advierte de que si no abandonan su pueblo y sus tierras sufrirán un accidente.

Crítica de la película 3 días para matar

Entretenida recuperación de Kevin Costner como protagonista, pero con lastre sentimentaloide.

El cine producido y/o dirigido por Luc Besson peca siempre de un exceso de formulismo comercial y tópicos de explotación que vuelven a repetirse en esta ocasión en la que además ejerce como co-guionista. La acción está bien. La intriga de partida tiene interés. La estrategia de rodear al protagonista de personajes y situaciones que se salen de los tópicos (en este caso los ocupas de su piso, la bicicleta color púrpura, el antagonista y al mismo tiempo confidente de sus problemas como padre Mitat), es acertada y funciona, presta solidez a la propuesta. Y sin duda Kevin Costner tiene la misma solvencia para manejar, resolver y darle entidad a personajes tópicos y más bien bidimensionales que Liam Neeson. De manera que esa es la parte positiva.

Lo malo es que, como ocurre siempre en el cine de Besson, la película parece servir a dos amos a la vez. Y junto a la trama de intriga, bien llevada con esos elementos que he mencionado, nos encontramos un paquete sentimentaloide de propaganda familiar que es habitual en las propuestas de este productor, guionista y director. Y servir a dos amos es la mejor manera de cargarse el invento. En la parte más moñas y simplona, de mensaje tradicionalista tontorrón, vemos al asesino de la CIA interpretado por Costner enseñando a montar en bicicleta a su hija, que por otra parte es ya demasiado zángana para dedicarse a tal menester. Además le vemos enseñándola a bailar para. Y finalmente el moribundo agente acaba por estar más vivo cuando se está muriendo y hasta le tira los tejos a su mujer, dicho sea de paso una espectacular Connie Nielsen. Rematando la faena nos tropezamos una imagen de pasteleo turístico con el protagonista destacado en la noche parisina con la torre Eiffel iluminándose al fondo del plano que casi me hace salir disparado camino del retrete para vomitar.

Esa parte, la peor de la película, convive y es un lastre para la intriga. Hay un momento concreto en la que  3 días para matar pierde todas las posibilidades de desarrollarse como una variante de Venganza, otra producción de Besson bastante mejor. Es el momento en el que el protagonista rescata a su hija de una violación en grupo, muy tópica, con un plano de salida de esa situación que parece sacado de la parte más vomitiva de El guardaespaldas, con la moza en brazos y todo. A partir de ese momento el pastelón familiar devora la intriga y lastra la acción. De hecho la película parece perder el contacto con otro de sus personajes interesantes, la maquiavélica y curvilínea Vivi interpretada por Amber Heard, personaje desaprovechado para dejarle sitio a los paseos de Costner con su niña y su bicicleta, que no nos importan absolutamente nada.

El problema es que por servir a dos amos, algo que también se observaba en la otra producción de Besson estrenada en los últimos meses, Malavita, la película acaba peleándose consigo misma, buscando una alianza imposible entre la acción y las babas. La idea de partida es prometedora, pero se frustra con un tramo final de la narración en la que la acción se convierte en un recurso manido para darle vida a una intriga que ha muerto estancada en lo sentimentaloide. Una pena, porque Costner defiende muy bien su papel y consigue hacer sobrevivir el interés y el entretenimiento incluso en el tramo final del relato, hasta el último plano de la película, un pastelón que sin su presencia habría sido intragable. A pesar de que en la resolución de las secuencias de acción abusen tanto de la imagen de Costner sufriendo los efectos alucinatorios de su enfermedad.

Podría haber sido una película mucho mejor jugando una baza más seria en el tratamiento de la familia perdida y la enfermedad. No era preciso llegar a las claves mucho más interesantes y dramáticas de, por ejemplo, El amigo americano, de Wim Wenders, pero al menos le hace falta más solidez y sobriedad en sus excesos sentimentales, las lecciones de bicicleta y demás, simplones y moñas.

Lo mejor es Costner recuperando un papel protagonista en clave de acción y demostrando que merece más oportunidades de estar encabezando el reparto en lugar de ser sólo un secundario estrella como en la última peripecia de Jack Ryan.

De hecho, después de ver la película, creo que alguien debería empezar a plantearse en serio hacer algo para poner a Liam Neeson y Costner frente a frente. Podrían saltar chispas.

Miguel Juan Payán

©accioncine

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