Crítica de la película Las aventuras de Tintín, el secreto del Unicornio

Aventura con mayúsculas. Recuerdo que cuando se estrenó En busca del Arca perdida, película con la que Las aventuras de Tintín, el secreto del Unicornio tiene mucho en común, la frase promocional era: el retorno de la gran aventura. Pues bien, eso es precisamente lo que Steven Spielberg nos propone ahora con esta traducción al cine de la obra de Hergé, brillante tanto por su técnica como por su ejecución, y con algunos momentos de auténtica épica cinematográfica que hacen de la película un auténtico acontecimiento cinematográfico. Y cuando digo acontecimiento, me refiero principalmente a que se trata de uno de esos títulos que todo aficionado al cine quiere ver como una especie de fenómeno, algo que ya fueron otras películas de este mismo director, como Tiburón, Encuentros en la tercera fase, E.T., el ciclo de peripecias de Indiana Jones, Parque jurásico

De manera que de la mano de Tintín vuelve al cine por un lado el Spielberg que llena los cines, el más popular, el que llega a mayor número de público. Y por otro regresa el Spielberg que precisamente por lo anterior, se puede permitir el lujo de experimentar, con notable éxito desde el punto de vista expresivo, narrativo y sobre todo en clave muy cinematográfica, con una de las novedades tecnológicas incorporada hace varios años a la panoplia de herramientas del cine de animación, pero nunca ejecutada con el instinto de cine puro, la cuidada planificación de movimientos de cámara, el cuidado encuadre y la planificación y el uso de la luz que nos ofrece Las aventuras de Tintín, el secreto del Unicornio. Me refiero al sistema de motion capture. Pero olvídense del acartonamiento con el que se aplicó a intentos anteriores, de Polar Express, Beowulf, Cuento de Navidad… Aquellos primeros pasos era una interesante novedad tecnológica con algo de cine, pero lo que hace Spielberg con Tintín es cine puro, con todos sus elementos, incluidos los actores, porque al contrario de lo que ocurría en ocasiones anteriores, el astuto director ha descubierto en un alarde de sutileza que le honra, que este procedimiento de animación saca más partido a la interpretación de los actores sobre los personajes precisamente si en lugar de mirar hacia el avance tecnológico y la animación en 3D se recuperan algunas de las claves expresivas de la animación tradicional en 2D. Es algo que le ha permitido esa especie de videoteca gigante que Spielberg lleva en la cabeza, esas muchas horas de ver y disfrutar cine que es lo que principalmente le permiten tener el recurso apropiado en la memoria para cada cosa, y por otra parte estar adaptando una historieta de cómic que nació en dos dimensiones, y a la que rinde homenaje con ese plano al principio de la película en el que un caricaturista dibuja una versión bidimensional de Tintín exacta al de las viñetas de Hergé que se enfrenta, cara a cara, con la versión realizada para el cine con motion capture en 3D y el actor Jamie Bell bajo el pellejo del personaje. Es un gran momento de declaración de principios en el que el cine toma el relevo de los cómics. Puede convertirse en una de las escenas más vistas del cine del presente año, de ésas que salen en los resúmenes de prensa cuando en plenas navidades se pasa revista al año que terminó en cada uno de los campos de interés informativo.

De manera que Spielberg, además de devolvernos la gran aventura de pantalla grande para todos los públicos (hayas sido o no seguidor del personaje de Tintín en los cómics), consigue que los actores habiten más y mejor que nunca bajo el pellejo de los personajes de la motion capture retomando las claves y la herencia de la animación tradicional previa al 3D, donde el actor no se adapta tanto a la novedad tecnológica como a la fisonomía del personaje de ficción, lo que le permite respetar el diseño de las criaturas de Hergé al mismo tiempo que el implemento tecnológico de última hornada sirve para reforzar la huella de la interpretación humana en y con el personaje, alejándolos así de esa especie de espectáculo de títeres de alta tecnología que ofrecían intentos anteriores de motion capture.

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Superado el escollo tecnológico, que no era cosa fácil (conste que como espectador yo siempre echa de menos a los actores de carne y hueso, y quien pretenda que este tipo de alardes técnicos van a acabar con su imprescindible presencia en la pantalla  está para que lo aten con una camisa de fuerza: el día que los actores dejen de aparecer en pantalla, simplemente se acabó el cine), Spielberg se permite además el lujo de recrearse como cineasta y como autor, rescatando las claves esenciales de su manera de concebir el cine, introduciendo planos secuencia, rodando persecuciones superiores a algunas de las que nos ofreciera en su última entrega de Indiana Jones, y que por su ritmo vertiginoso y su fuerza nos recuerdan al mejor Spielberg de En busca del Arca perdida (con el perro Milú ejerciendo como Indiana Jones, salvo que en lugar de perseguir cestas persigue la furgoneta en la que va el cajón con su amo secuestrado), trabajando con la luz, como por ejemplo en la escena de la entrada de Tintín en la mansión durante la noche y la sombra en paralelo que se revela como otro personaje, o haciendo transiciones visualmente estimulantes de una escena a otra. Hay muchas, pero me quedo con las de la gota de agua o el capitán remando en la barca en medio de un charco que pisa otro personaje, simplemente genial como encadenado de la acción, y esenciales para marcar el ritmo trepidante que no cesa en todo el relato, con lo que el director consigue mantenernos totalmente atrapados dentro de la trama, sin que podamos pensar si estamos viendo dibujos animados o personajes de carne y hueso.

A eso hay que añadir una batalla épica en el mar que respeta en su  división del flashback utilizando el recurso de los recuerdos interrumpidos del capitán todo el espíritu de la manera de fabular de Hergé, y al mismo tiempo ofrece un espectáculo  visual impresionante al público cinematográfico, o la persecución en la ciudad árabe, como digo mejor que muchas de las peleas y persecuciones que vemos en imagen real en los cines en los últimos tiempos, incluyendo alguna rodada por el propio Spielberg para Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal.

En mi opinión no hay modo de sacarle pegas importantes a la película, salvo algunas menores. Por ejemplo como lector europeo de las peripecias de Tintín, escuchar en la versión original en inglés cómo llama al perro Milú con el nombre que le pusieron en Estados Unidos, Snowy, me resulta desconcertante, y quizá hacia el final, con la pelea de las grúas, se hace evidente que en lo referido a ritmo trepidante continuo, se le va la mano y se acerca a algo que le criticaron en Indiana Jones y el templo maldito, ese encadenado de acción pura y dura propio del serial, en el que las escenas de diálogo ocupan forzosamente un segundo plano frente a las acciones. Pero considerando que personalmente me gustó, y mucho, Indiana Jones y el templo maldito, me reconozco incapaz de verle algo negativo a ese ritmo trepidante, como de persecución ininterrumpida, que marca toda la película.

Resumiendo: Spielberg abre nuevas perspectivas y horizontes para la motion capture con la que, en mi opinión, es uno de los grandes acontecimientos cinematográficos de la cartelera de este año.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Super 8 de de JJ Abrams y Steven Spielberg

¡Valores de producción! ¡Valores de producción! Ese podría ser el grito para definir el último trabajo de J.J. Abrams para la pantalla grande, Super 8, un cuento de hadas que mezcla lo mejor de las estrategias narrativas del cine de los ochenta, con el estilo Spielberg a la cabeza, y al mismo tiempo consigue contarnos una historia realmente muy entretenida, con un envidiable ritmo que nos mantiene pegados a sus intrigas.

Es curioso el tema de cómo la ficción de la película dentro de la película contiene su propia colección de guiños para ponernos en situación, pero también para hacer la crítica pertinente al cine de la era de blockbuster, en el que los “¡Valores de producción!”, esto es, el tren que aparece, consiguen ponerse por encima de la magia de la interpretación de la chica que les ha emocionado a todos. Los “efectos” por encima de la verdad de las interpretaciones. Es ahí, en ese momento, donde encontramos una especie de declaración de principios del director, que entona de ese modo una especie de réquiem por el cine de los setenta y ochenta y la manera en que contaba sus historias sobre los personajes, y no sobre los efectos visuales o la espectacularidad de sus escenas. De hecho conviene reparar en cómo administra las apariciones del monstruo, del mismo modo que lo hizo Spielberg con su tiburón, o Ridley Scott con su alien: la criatura apena se nos desvela al principio, y realmente no la vemos hasta la fase final del relato, el tercer acto. En ningún momento resta protagonismo a los chavales, que son las verdaderas estrella del asunto, ni a las tramas de intriga entre los personajes, que es lo que realmente nos interesa. La historia manda sobre la pirotecnia, las interpretaciones sobre los efectos visuales. Lo dicho: un cine como se hacía en los setenta y los ochenta.

Hay un ejercicio muy interesante de homenaje al cine de los ochenta en general, y a la manera de contar de Spielberg en particular, hasta el punto de que la escena inmediatamente después del accidente del tren, cuando los chavales descubren al profesor y salen huyendo de los militares, está contada exactamente igual, plano por plano, que con el estilo Spielberg, y por supuesto con la misma clave de utilización de la música, lo mismo que en el momento en que el niño busca a su perro, cuelga el aviso en el panel y descubre que todos los perros se han largado… Luego está ese plano general de noche, tras la escena del protagonista en la bañera, mostrando la localidad, que es también Spielberg cien por cien, no ya sólo como director, sino incluso como productor (hay un plano similar sobre la ciudad de Los Angeles en Poltergeist

Abrams celebra el cine de los ochenta en esta película, no sólo homenajea a las películas que han influido en toda una generación de cineastas, sino que las sigue como un mapa de carreteras para contar su historia, pero no se limita a copiar momentos, a mimetizar el ritmo y los planteamientos visuales de películas como E.T., Poltergeist, Cuenta conmigo, Los Goonies, Gremlins, etcétera, sino que además modifica esas influencias para darles sentido en su propia trama y dentro de su propio estilo. Ese plano estilo Poltergeist le sirve para marcar la amenaza con el avance del monstruo, porque en el cine y la televisión de Abrams siempre nos encontramos una vuelta de tuerca más hacia la oscuridad de los modelos que utiliza de partida, en definitiva de sus influencias. El guiño vale como adorno (por ejemplo el de Corazón de cristal del grupo Blondie sonando en el walkman del chaval de la gasolinera) siempre y cuando además aporte algo a la trama, y en el caso de Super 8 es así con cada uno de sus guiños.  Tomemos por ejemplo el papel del padre del chico, un homenaje al sheriff Brodie encarnado por Roy Scheider en Tiburón. Es un guiño, pero al mismo tiempo cumple perfectamente su función en la trama y con ese lado más oscuro que comentaba antes en las series y películas de J.J. Abrams respecto a las fábulas cinematográficas de los ochenta que aquí está homenajeando. La relación entre el padre y el hijo (tema por otra parte recurrente en las películas y series del director), y la intriga que rodea la relación del padre con el padre de la chica, van por ese camino. La incomunicación padre-hijo marca los personajes y la historia. Lástima que al final haya preferido ser fiel del modelo Spielberg y tirar por el camino de lo más ñoño, en lugar de meterle caña a ese lado más oscuro que se insinuaba, pero por otra parte es lógico, incluso coherente con el tono general de la película que haya querido cerrarla con un “momento cien por cien Spielberg”, musiquita incluida. No teman, dura poco y además luego en los títulos de crédito tienen el temita de la Electric Light Orchestra para recuperarse del estallido final almibarado.

Más espectacular aún que el muy currado momento del descarrilamiento del tren es el grupo de jóvenes a través de cuyos ojos vamos desvelando la historia, que aún contando con un final más de cuento de hadas estilo Spielberg que de las sinuosas historias que J.J. Abrams ha venido creando para la televisión en series como Alias, Perdidos, Fringe…, consigue mantenernos en la butaca y hasta hace que el perdonemos el almíbar del desenlace, demasiado dulzón para mi gusto.

Un impecable ejercicio de cine y de memoria de cómo se rodaba el cine que tiene todo el atractivo de ser además un baile con la nostalgia y los guiños y nos trae de nuevo a la cartelera una forma de contar historias que le vendría muy bien recuperar al cine comercial de nuestros días, simplemente porque aventajaba en calidad, coherencia y equilibrio a buena parte de la producción que estamos viendo en la cartelera en los últimos años…

Miguel Juan Payán

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Contando con un presupuesto estimado en unos 145 millones de dólares la cuarta entrega de las aventuras de Indiana Jones es ya la película más esperada de la historia desde que se estrenó Star Wars, episodio 1: la amenaza fantasma. Se calcula que el primer teaser trailer de la película se vio 200 millones de veces en todo el mundo. Además la película revive el duelo de La última cruzada con el Batman de Tim Burton y el hombre del látigo volverá a medir sus fuerzas en la taquilla con el nuevo Hombre Murciélago de El caballero oscuro.


AVANCE: 007: Quantum of Solace
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Steven Spielberg
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REPORTAJE:
Speed Racer
Tras más de cinco años sin saber nada de ellos como directores, los hermanos Wachowski retornan con esta producción pensada para toda la familia en la que hay acción y efectos especiales a raudales.

Hace apenas un año pudimos visitar el set de rodaje de Speed Racer en los legendarios estudios Babelsberg en Potsdam, y aquello que era un complejo repleto de decorados kitschs y coloristas representando la vivienda de los Racer o diseños de la brillante ciudad de Cosmópolis, creada, lo mismo que la mayoría del metraje, con efectos especiales de Digital Domain, ILM o Sony Pictures Imageworks, se ha convertido en una de las superproducciones más esperadas del año, acompañada, cómo no de sus correspondientes videojuegos, de una nueva serie animada, Speed Racer: The Next Generation o de los comics de Speed Racer: Chronicles of the Racer. Y es que la mítica serie Meteoro que se emitió en la televisión de los años 70 (y que muchos creímos que era originalmente en blanco y negro, porque nuestros televisores lo eran también) llega a los cines en forma de coproducción de imagen real entre Estados Unidos, Inglaterra y Alemania con un abultado presupuesto que supera los 100 millones de dólares.

COLECCIONABLE HISTORIA DEL CINE
Capítulo XLI
LOS DIRECTORES ESPAÑOLES (II parte)
Los años 50 fueron para el cine español una etapa de transición o frontera, de paso de la dura posguerra de los 40 a una nueva etapa que en lo referido al cine seguía manteniendo el control del Estado sobre la producción (no en vano en 1952 se creó la Junta de Clasificación y de Censura, llamada a evaluar el contenido moral y político de las películas que aquí se producían), pero empezó a experimentar un desarrollo industrial de incremento de la producción. En 1951 se produjeron 41 películas, cifra que en 1962 alcanzó los 88 títulos. En la década de los 50 se creó también el Festival de San Sebastián (1953), UniEspaña, cuyo objetivo era la promoción del cine español en el extranjero, y la Filmoteca Nacional (1953). Además el neorrealismo empezó a manifestar su influencia en el cine español a través de una serie de películas que manifestaban el intento de volver a enlazar las películas que aquí se producían con la realidad, ya fuera a través de la comedia, el cine negro producido sobre todo en Barcelona con algunas muestras también en Madrid, o el drama. Además en 1957 Juan De Orduña estrena la que sería durante décadas la película española más taquillera: El último cuplé, con Sara Montiel como protagonista.
El cine y los cineastas españoles de esa época serían la base para los de las décadas siguientes.

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88 minutos, Algo pasa en Las Vegas, Cobardes, Como locos... a por el oro...

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21: Blackjack, Casi 300, Como la vida misma, Despierto, El menor de los males, El ultimo gran mago, Horton, La familia Savages, La noche es nuestra, Llamada perdida, Los falsificadores, Love and honor, Rastro oculto, Seda, The contract, Visiones

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Duelo en la alta Sierra (1962)
El retorno del hombr e lobo (1981)
Jane Eyre (1944)
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