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Flying

Flying (37)

Flying, "volando", en inglés, tiene una clara connotación cinematográfica. El 6 de diciembre de 1982 se estrenó en España E.T. el Extraterrestre, la conocidísima película de Steven Spielberg que cautivó a millones de espectadores. Uno de ellos fue un niño de 7 años que vivió un momento decisivo en su vida aquella tarde-noche en la que por primera vez veía una película en una sala de cine. Para él aquel día empezó todo, comprendió que lo que estaba viviendo en ese momento era lo que quería vivir en su vida una y otra vez, y que quería dedicar todo el tiempo que pudiera a ver películas, en el cine, a ser posible. Mientras E.T. y su inseparable amigo Elliot surcaban los cielos aquel niño de 7 años asistía obnubilado a un momento único al que decisivamente contribuía la música del gran John Williams, en especial el tema Flying, el que sonaba en aquella maravillosa escena.

Aquel niño de 7 años tiene hoy 33, y soy yo. Me llamo Santiago Vázquez, y me gustaría, ante todo, agradecer a Héctor Alonso la oportunidad de contar con un blog en la página web de la revista que dirige, Acción Cine-Vídeo, de la que soy fiel lector desde su aparición en el mercado. En Flying hablaré sobre cine, no tan bien como el maestro

Miguel Juan Payán, a quien leo y sigo desde siempre en las páginas de la revista y con quien comparto espacio en la sección de blogs de la web. Pero lo haré lo mejor que pueda, y siempre con la pasión que quienes me conocen dicen que muestro al hablar sobre cine. El cine es mi vida, y a partir de ahora espero que este blog lo demuestre. Gracias a quien me lea.

Volemos....

Santiago Vázquez.



Todo el mundo sabe que el nuevo proyecto sobre Spider-Man lleva meses cociéndose en los despachos de Columbia y Warner, y que supone un reseteo de la historia cinematográfica del personaje, tras la decepcionante tercera película dirigida por Sam Raimi. Es cierto que las negociaciones se mantuvieron para que el director continuase como responsable de la cuarta, así como los protagonistas principales Tobey Maguire y Kirsten Dunst, pero en los desencuentros que provocaron el radical cambio de rumbo seguro que el mal sabor de boca general que aquella tercera película dejó tuvo mucho que ver.

Raimi ha sido un buen director para el Trepamuros. Hay que tener en cuenta que se hizo cargo del personaje de cómic maldito para el cine, el que parecía que nunca contaría con una adaptación cinematográfica memorable. Y es que cuando el proyecto de James Cameron, con Schwarzenegger como Dr. Octopus, se fue al traste, muchos creímos que no viviríamos para ver a nuestro amistoso vecino Peter Parker en el cine. Sam Raimi llegó y triunfó, aunque se despidiese de la franquicia sin la grandeza deseada. En 2002 estrenó la primera película, cuyas mayores virtudes residían en la presentación de personajes y, por supuesto, en los imponentes efectos especiales. Pero yo, que salí más que satisfecho del cine, percibí enseguida un problema importante, perfectamente solventado en la segunda película, sobre la que trata el presente artículo.

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Los superhéroes desarrollan sus aventuras bajo determinadas premisas inalterables. El protagonista empijamado ha de tener esa doble identidad que le permita desarrollar su vida “normal”, una chica a la que le cueste asumir los hábitos samaritanos de su media naranja, y, por supuesto, un antagonista carismático. Por lo que respecta a esta última característica, alguien dijo alguna vez que “un superhéroe es tan grande como grandes sean sus villanos...”. Spider-Man, la primera película, resultaba perfecta en el desarrollo de la dualidad Peter Parker/Spider-Man, y Kirsten Dunst supo hacer suyo un personaje muy alejado al de las viñetas, ya que su Mary Jane no era en el cómic el ser angelical que vimos en la gran pantalla. Pero, y ésta es sólo la opinión de quien esto escribe, resultó decepcionante desde el punto de vista del villano. Aquel Duende Verde encarnado por el gran Willem Dafoe era ridículo, desde su estrafalario traje más propio de una película de Power Rangers hasta la propia personalidad. Aún asumiendo que el diseño del villano debería de ajustarse a los tiempos modernos, uno hubiese preferido al Duende clásico, con menos aspecto de androide y lanzando calabazas explosivas en sus duelos aéreos con Spider-Man. Pero, con todo, me encanta esa primera película.

De hecho, no pude evitar emocionarme con el beso boca abajo entre Spidey y Mary Jane, o con la picadura de la araña genéticamente modificada, escenas que me remitieron a aquellos años 60 en los que Stan Lee y Steve Ditko presentaron al personaje en las viñetas, cómics que conservo como oro en paño (en una edición posterior y no en sus originales, que por supuesto valdrían una pasta en la actualidad...). El primer Spider-Man de Sam Raimi me gustó tanto que conté los días para la llegada de la segunda. Y la segunda fue increíble...

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Cuando en 2008 El Caballero Oscuro recibió las mejores críticas para una película de superhéroes en la historia del cine, pensé que se habían obviado algunas precisiones. La película de Nolan es una obra maestra, y puede que lo sea, precisamente, por haber llevado al personaje de Batman a un nivel impensable para un personaje de cómic. De hecho, muchos fans de las viñetas consideraron siempre que Batman no era un superhéroe, ya que carecía de los superpoderes inherentes a todo aquel que se considere como tal. Yo, que le tengo el lo más alto de mis preferencias, también lo creo así. El Caballero Oscuro no es, en mi opinión, una película de superhéroes, sino un thriller urbano con toques de cine negro, muy alejado de aquella película de Tim Burton que sí podría adscribirse, de algún modo, al género superheroico. Y además es evidente el carácter festivo y colorista de Marvel, frente a los ambientes oscuros y góticos del Murciélago de DC. Creo, firmemente que El Caballero Oscuro y Spider-Man II son dos de las mejores adaptaciones al cine de un personaje de cómic, superhéroe uno, sagaz detective y playboy millonario el otro.

En lo que sin duda coinciden ambas es en su grandeza como secuelas. Cojamos El Padrino II y El Imperio Contraataca y tendremos el póker de secuelas perfectas, aquellas que son capaces de mantener el espíritu de su predecesora y superarla en todos los aspectos, despojándose del manido tópico que dice que “segundas partes nunca fueron buenas”. Supongo que más de uno se escandalizará por situar a Spider-Man 2 a la altura de esas otras tres obras maestras, pero sostengo que, aún asumiendo que no es tan buena como ellas, sí merece acompañarlas en el ranking de mejores secuelas de la historia del cine.

No quiero que una cuestión de matices haga que me extienda demasiado, pero no puedo evitar pensar en el Batman de Nolan como una película prima-hermana de otras adaptaciones comiqueras, como Camino a la Perdición o Una Historia de Violencia...Cine cuyo origen reside en las viñetas, pero que se aparta de los superhéroes, y, en especial, de los superhéroes de Marvel.

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Porque, no podemos olvidarlo, Marvel es el universo superheroico por excelencia. Lo es por el importante número de personajes a los que podríamos calificar así, lo es además porque como editorial apenas se ha apartado de un género que le propició ser el conglomerado en el que se ha convertido, y, lo es, por supuesto, porque quiere serlo. Si DC, afortunadamente, bucea en otras posibilidades a través de líneas de publicación alternativas (Vertigo...), Marvel es personajes con superpoderes, por mucho que se cuele un Tony Stark o un Frank Castle.

Y Spider-Man siempre encabezó el asunto. Ni los desvaríos argumentales de los últimos tiempos, a cargo de un Joe Quedasa a quien muchos fans cesarían de sus múltiples funciones en la editorial, han podido desbancarle. Por mucho que se niegue, muchísima gente, cuando hace turismo por Nueva York, otea el horizonte esperando ver entre las fachadas de los edificios al amistoso vecino.

Ése fue, en mi opinión, el mayor acierto de Sam Raimi al adaptar al personaje en el cine. Pudimos ver a Spider-Man en todo su esplendor, luciendo como nunca en imagen real, entre los rascacielos de la gran urbe. Creo, firmemente, que la esencia de los superhéroes radica en su capacidad de mostrarse y exhibirse ante el pueblo, por las calles, por los tejados...Las tres películas de Raimi cumplían con esa exposición del superhéroe, en especial la segunda, con una escena a cara descubierta que provocó cierta polémica entre el fandom más acérrimo. A mi me gustó, pero más tarde volveré a ella...

Spider-Man II se estrenó en 2004, dos años después de la primera. Fue una secuela sobresaliente, básicamente porque supo mantener lo bueno y corregir lo menos bueno. Y, de propina, contó con novedades interesantes. Recordemos...

Como un guiño a todo aquel buen cine que contaba con memorables títulos de crédito, la película apareció ante nosotros en los cines con una apertura espectacular, que resumía la trama de la primera película a través de unos bocetos increíbles de Alex Ross, uno de los más aclamados dibujantes de cómic. La conjunción del trazo de Alex Ross con la música de Danny Elfman supuso un disfrute infinito y una sensación de expectación gigantesca ante lo que estábamos a punto de ver. Pocas películas modernas lograron lo mismo, aunque aquellos créditos de Watchmen, con la música de Bob Dylan y la historia alternativa no se quedaban atrás. Desde el gran Saul Bass no habíamos tenido aperturas de ese nivel.

Y a partir de ahí, una maravillosa historia de superhéroes. Spider-Man II se recreaba maravillosamente en el universo de un personaje de características conocidas. No es necesario ser Julián Clemente para saber cuáles han sido las señas de identidad. Si Superman es un extraterrestre que se esconde bajo otra personalidad y se refugia en la Fortaleza de la Soledad mientras evita la kryptonita, si Batman es un millonario seductor marcado por el asesinato de sus padres, Spider-Man es un chico maniatado por aquello del gran poder y la enorme responsabilidad que se columpia entre las fachadas neoyorquinas. Es cierto que, en buena parte, las premisas básicas estaban ya en la primera película, pero en la segunda se acentuaron, de manera magistral. No se trata de recordar toda la trama, pero esos problemas, esa consideración que Stan Lee se sacó de la chistera, de superhéroes con superproblemas, estaba presente. Y si no, pensemos en un chico que puede hacer cosas increíbles, que es capaz de saltar, de trepar por las paredes, que cuenta con sentido arácnido, que se balancea con sus telarañas...y al que le deja la chica a la que ama, que apenas llega a fin de mes y cuya tía, la entrañable anciana que le educó, atraviesa por un estado de salud más que delicado. Sin olvidar el enfado de su mejor amigo o las diatribas morales que le provocan sus superpoderes...De todo ello había en Spider-Man 2, a toneladas...

Contaba la película, además, con las virtudes que se le suponían. Escenas de acción, efectos especiales de primer orden y un ritmo vertiginoso. En ese sentido, poco se había avanzado en relación a la primera película, que ya contaba con momentos realmente espectaculares. John Dykstra, responsable de las cámaras encargadas de filmar las acrobacias del superhéroe, demostró de nuevo su competencia como director de efectos especiales.

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Pero volviendo al asunto fundamental, probablemente el que convirtió a la película en la maravilla que es, Spider-Man 2 contó con un villano excepcional. El Dr. Octopus llenó el vacío que habíamos tenido en la primera parte, en la que Willen Dafoe, sin disfraz de ningún tipo, se mostraba mucho más terrorífico que ataviado como el Duende. Alfred Molina, actor soberbio, fue un acierto de cásting enorme, y desde el anuncio de su contratación le vimos como el perfecto Dock Ock. No seré yo, de todos modos, quien reniegue de la ilusión que me hubiese hecho ver al bueno de Schwarzenegger interpretando al personaje en la versión de Cameron que no pudimos ver. Pero Alfred Molina, a quien todos recordamos como secundario en el prólogo de En Busca del Arca Perdida, se hizo con el personaje y se mostró temible con esos brazos mecánicos tan característicos. La cultura popular se ponía nuevamente de manifiesto , con ese papel tan típico de científico al que sus creaciones terminan manejando a su antojo. Pero, ¿qué son los cómics sino cultura popular? La escena de la conversación entre Peter y Mary Jane en el bar, cuando él está a punto de confesar sus sentimientos y se ve interrumpido por la aparición de Octopus, resultó icónica, y sería utilizada en los tráilers que nos pondrían los dientes largos meses antes del estreno.

La inclusión de un villano así fue la pieza que completó el puzzle, y que no habíamos tenido en 2002, con la primera película. Sam Raimi puso su pericia contando una historia de superhéroes típica, pero tremendamente efectiva. Spider-Man 2 no daba tregua, y ahondaba en lo que siempre quisimos ver en una película así. Un buen personaje protagonista, al que la técnica permite exhibirse en sus principales habilidades, un drama humano en forma de numerosos problemas vitales y un malo excepcional. Puro cómic en movimiento, para goce y disfrute de tantos y tantos seguidores.

La reiteración en la trama no afectó en absoluto a la película. Al hablar de reiteración me refiero a los lugares comunes por los que se adentraba una producción que ofrecía exactamente lo que muchos queríamos. El héroe y su chica, el malo que en el fondo no lo es tanto, aunque sus intenciones honestas le transformen en un ser psicótico...Sólo hubo un punto novedoso en la trama, y que generó cierta polémica en los foros más visitados sobre Spider-Man.

No hace mucho tiempo, en el Amazing Spider-Man 533, Spider-Man reveló su identidad. Fue un golpe de efecto monumental por parte de Marvel, y por primera vez en más de cuarenta años de viñetas, todo el mundo sabía que Peter Parker era Spider-Man. Fue a lo largo de la saga Civil War, en una conferencia de prensa  y debido a una ley que obligaba a todos los superhéroes a un registro de identidad. Fue un shock, semejante al que se había producido cuatro años antes en las pantallas de cine de todo el mundo...

Porque, efectivamente, en Spider-Man 2 nuestro héroe se despojaba de su máscara. Fue un pasaje bastante distinto al que habíamos visto en el cómic, y fruto, no de la voluntad del personaje, sino de sus azarosas aventuras. Tras una cruenta batalla con Octopus a bordo de un tren, el hasta entonces anónimo héroe se desmaya y varios pasajeros le quitan la máscara. Pero es Spider-Man, el ángel de la guarda de la ciudad de Nueva York, y los fieles ciudadanos que descubren su secreto prometen no revelarlo...

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Resultó bastante impactante, y, ciertamente, contribuyó a incrementar la épica tras una escena brutal. El duelo con Octopus había sido, probablemente, el momento más intenso de la trilogía arácnida de Raimi, y ese desenlace con el héroe a cara descubierta fue una manera de que los sufridos ciudadanos reconociesen la entrega de su amistoso vecino hacia ellos. A muchos no les gustó, pero yo he de reconocer que me emocioné. De repente, en Nueva York, una ciudad de más de ocho millones de habitantes, un puñado de ellos conocía la identidad de Spider-Man, y prometían no revelarla. El cine es capaz de eso, de encubrir las ambiciones y los más bajos instintos, los de un grupo de personas que podría haber hecho fortuna con su descubrimiento. Yo no pensé en ese patinazo de guión, porque, mientras contemplaba la escena, me lo estaba pasando demasiado bien...

Ése fue, sin duda, el momento álgido de una película que hace justicia a cuatro décadas de cómics. La historia básica del superhéroe y el villano, sus peleas, la acción, el drama de quien ve cómo todo se tambalea a pesar de sus habilidades infrahumanas...Spider-Man 2 dejaba un regusto inigualable y unas ganas infinitas por llegar a casa y disfrutar con los tebeos. Era un entretenimiento de primer orden, frenético y entrañable, con ajustadas dosis de acción, drama y comedia...Y, por supuesto, con los inevitables cameos de Stan Lee y Bruce Campbell...

Los guiños a los fans del cómic eran evidentes. Y el final de la película provocaba una sonrisa de plena satisfacción entre quienes hubiesen crecido con las aventuras del héroe en las viñetas. Es evidente que la principal diferencia entre el Spider-Man cinematográfico del siglo XXI y el del cómic reside en Mary Jane. Y es que las dos chicas sólo coinciden en el nombre. Sam Raimi y sus guionistas no se cortaron un pelo, y en el final de la película su Mary Jane Watson pronuncia el calificativo por el que había pasado a la historia en el cómic: “a por ellos, tigre...” le espeta a Peter cuando éste se dispone a saltar por la ventana para capturar a los malos. En el Amazing Spider-Man 42, de 1966, una Mary Jane radicalmente distinta a la encarnada por Kirsten Dunst, mucho más exhuberante y deslenguada, es presentada a Peter y le dice...”admítelo, tigre, te ha tocado la lotería...”. Qué fácil es contentar a los devotos con perlas como éstas...

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Spider-Man 2 se estrenó el 30 de junio de 2004 en los Estados Unidos, y el 14 de julio de ese mismo año en nuestro país. Logró una recaudación de 783 millones de dólares a nivel mundial, y de 88 millones en su primer fin de semana. Es la tercera adaptación de un cómic más taquillera de la historia, superada por El Caballero Oscuro y por la primera película, Spider-Man. En 2006 se estrenó la tercera, un desastre absoluto para quien esto escribe, un desperdicio de medios carente de todas las virtudes de las dos primeras, y cuyo fracaso (más crítico que económico) provocó finalmente el cambio de rumbo que el personaje sufrirá en los cines.

Y en esas estamos. En 2012 veremos al nuevo Spider-Man, con el rostro de Andrew Garfield, con Emma Stone como Gwen Stacy y Marc Webb como director. Y en 3D, para las nuevas generaciones...Yo dudo mucho que superen lo logrado en esta segunda película de Sam Raimi, sin olvidarme de la primera, también notable en casi todo. Pero en Hollywood se te considera por lo último, y la última fue un bochorno, que ha provocado el anunciado reseteo en el que Peter volverá al instituto. Miedo me da.

Este cinéfilo bloguero os desea a todos un feliz 2011, año en el que las noticias sobre el nuevo Spider-Man cinematográfico abundarán, y en el que se estrenará, al fin, en Nueva York, el ambicioso musical sobre el personaje, con un presupuesto de 50 millones de euros...Suerte, tigre...

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Cuando el cine es tan importante en la vida de alguien, hay fechas que le resultan inolvidables. Y ese recuerdo se instala en la memoria de una manera mucho más perpetua cuando se trata de un niño que encuentra en las salas oscuras de los cines la mejor forma de evadirse de una realidad que no siempre le satisface. A ello contribuye, lógicamente, la inherente condición de cinéfilo ingenuo e inocente que tiene alguien de tan corta edad, todavía vírgen de ese cine de calidad adscrito a otros géneros que sólo el tiempo permite disfrutar. Porque, admitámoslo, cuando tienes trece años y vas al cine siempre que puedes, sólo buscas algo que se resume en una palabra: aventura.

Porque eso precisamente es lo que buscan los niños en su abundante tiempo de ocio. Lo que ofrecen los cómics, los videojuegos y las películas que se consumen con esa edad es siempre lo mismo, distintas variaciones de un mismo concepto, aventuras que sólo se diferencian en los personajes que las protagonizan, y en los medios mediante las que los críos las disfrutan. La aventura supone héroes, villanos, el bien contra el mal y tantos tópicos que en la edad adulta se pierden entre inquietudes supuestamente más serias. Pero cuando eres un niño, sólo importa la aventura.

Y esa estrechez de miras tiene sus cosas buenas. De hecho, en mi caso, lo comprobé enseguida. Resulta evidente que si uno “debuta” en esto de ir al cine con una maravilla como E.T., sitúa, inconscientemente, el listón muy arriba. La película de Spielberg era una oda a la aventura, que además logró un enorme reconocimiento por parte de la crítica, la misma, reconozcámoslo, que casi siempre trata con un desprecio lamentable a ese género aventurero. Esa iniciación al mundo del cine me hizo, por un lado, consumir todo producto cinematográfico de intenciones parecidas, y, por el otro, me permitió, a muy tierna edad, tener cierto criterio, saber separar el grano de la paja, ventaja que a su vez implicaba un mayor disfrute de las películas de aventuras realmente buenas, que salían airosas de la comparación con tantos y tantos bodrios.

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Retrocedamos hasta 1989. En aquel año se estrenó una de aventuras buena, buenísima, que suponía la tercera entrega de las andanzas de un tipo genial ataviado con un látigo y un sombrero. Esa película era exactamente lo que yo entonces buscaba y ansiaba cuando iba al cine. Pero además se estrenó otra, también de pretensiones aventureras, aunque de características muy distintas... Quien esto escribe tenía ya entonces, con trece años, un amplio bagaje como asiduo a las salas, además de los generosos maratones caseros gracias al entrañable vídeo VHS. Y, como decía antes, sólo buscaba la adrenalina, la emoción, la evasión, la aventura...Lo mismo, por otro lado, que había encontrado pocos años atrás en otro medio de expresión igualmente apasionante: el cómic. Las viñetas que devoraba se correspondían con héroes patrios como Mortadelo y Filemón o Zipi y Zape, pero también tenía tiempo para el cómic americano de DC, sobre todo para Batman. Y, en aquel 1989, Batman llegó a los cines. Recordemos cómo lo hizo y que consecuencias tuvo su llegada...

Los 80 estuvieron bien...Reconozco que mi generación siente una nostalgia infinita de esa década por cuestiones meramente relacionadas con nuestra edad. Quienes hoy estamos en la treintena, tuvimos una infancia feliz, en buena parte, gracias a las increíbles películas que Hollywood facturó en aquellos años. Supongo que los niños de hoy recordarán la actual década con el mismo cariño dentro de veinte años, de la misma forma que los cuarentones derraman una lagrimita cuando se remontan a los 70. Pero, francamente, tengo la sensación de que fue mucho más divertido ser niño en los 80...

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El último año de la década fue especialmente bueno. Para mi fue, sencillamente, inolvidable. Veníamos de disfrutar en los cines con Jungla de Cristal o ¿Quién engañó a Roger Rabbit? en 1988, dos cintas encuadradas a la perfección en esos gustos típicamente infantes. Por no hablar de todo lo que habíamos disfrutado durante el primer lustro de la década, con Indiana Jones, E.T. y las dos secuelas de La Guerra de las Galaxias, todas ellas susceptibles de permanecer en las retinas cinéfilas de cualquier niño independientemente del año en el que se estrenasen. 1989 nos trajo dos películas grandes, geniales, dos regalos para todos los públicos, pero especialmente para quienes entonces estábamos en la EGB. Y llegaron tan juntitas que no tuvimos tiempo de asimilarlas por separado. Hoy me toca hablar de la segunda, pero algún día lo haré, encantado, de la primera. El 1 de septiembre de 1989 se estrenó en España Indiana Jones y la Última Cruzada. El 29 de septiembre lo haría Batman...

Ahora hay que remontarse algo más atrás. Porque Batman es, ante todo, un personaje de cómic, perteneciente a la editorial DC, que sería comprada en 1976 por una de las todopoderosas majors de Hollywood, Time Warner (entonces Warner Communications). Los señores trajeados de Warner tardaron poco en amortizar la compra de DC, y en 1978 estrenaron la primera adaptación de un personaje de la editorial, produciendo el Superman de Richard Donner. La película fue un éxito rotundo, que dio lugar a tres secuelas, de las que sólo la segunda merece ser recordada. El caso es que Superman fue tan exitosa que el empeño en facturar secuelas por parte de Warner retrasó los planes para llevar al cine a otros personajes de DC. Hubo que esperar once años para que al, fin, Warner produjese una película sobre Batman.

Era un proyecto difícil, fundamentalmente porque el personaje había conocido un éxito espectacular en la tele con la serie producida por Fox Televisión a finales de los años 60, y cuyo enfoque distaba de las intenciones del estudio, que quería presentar una película seria como lo había sido la de El Hombre de Acero. Y el Batman televisivo, que aquí pudimos ver precisamente en los 80 (al menos yo la disfruté en el canal autonómico), era de todo, menos serio...Se trataba, como todo el mundo sabe, de un vodevil casi paródico, repleto de tramas ingenuas, onomatopeyas que trataban de justificar el origen tebeístico del personaje (y que acabarían convirtiéndose en una de las señas de identidad de la serie) y situaciones grotescas. Pero era divertidísima, y su éxito podría perjudicar a un proyecto futuro sobre el personaje que pretendiese un punto de vista radicalmente diferente.

Para olvidar la frivolidad de aquel Batman, hacía falta talento y dinero. Lo segundo no era un problema. Para lograr lo primero, había que afinar en el equipo técnico y artístico. Y Warner lo hizo. Hubo riesgos, pero la cosa salió bien. De hecho, todo lo acertado que estuvieron los ejecutivos por aquel entonces contrasta con los despropósitos perpetrados durante la segunda mitad de los 90, a la hora de planificar la tercera y cuarta películas sobre Batman. Pero ésa es otra historia...

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Tim Burton era un joven cineasta que había logrado un éxito importante, distribuído por Warner, en 1988. Bitelchús triunfó en todo el mundo y dejó a las claras el estilo y la personalidad del director. Era una comedia fantástica oscura, repleta de personajes estrafalarios, y contaba en el reparto con Alec Baldwin, Geena Davis, Winona Ryder y Michael Keaton. Era la segunda película del director, tras la personal ópera prima La gran aventura de Pee-Wee y el genial corto Frankenweenie. Esos trabajos habían mostrado la impronta de un tipo que había salido de Disney buscando acomodo en producciones góticas y oscuras, alejadas del colorido de esa compañía. Hoy todos pensamos en Tim Burton como un cineasta consagrado y talentoso, uno cuya filmografía sobresale por una mezcla afortunada de estilo propio y comercialidad, probablemente lo más difícil de lograr cuando se está inserto de lleno en el sistema de producción de los grandes estudios. Pero en 1989 todo era muy distinto, y Burton era sólo un director que había logrado un éxito, el primero de una carrera incipiente. Bitelchús fue la décima película más taquillera de 1988, y en Warner se la jugaron. Pero estaban acostumbrados. Richard Donner había sido el elegido para dirigir Superman tras un único éxito, La Profecía, aunque su experiencia en el medio televisivo sí era importante.

Y, una vez más, les salió bien. El Batman de Tim Burton terminó siendo un fiel reflejo de la personalidad del director, algo que sólo comprobaríamos con el paso de los años, viendo las constantes de su filmografía. Pero había sido un enorme acierto poner un proyecto así en manos de alguien con un estilo tan peculiar, con su atmósfera gótica, sus planos oscuros y sus personajes excesivos. El Batman de las viñetas encajaba a la perfección con el que el cineasta plasmó en imágenes, aunque ciertos aspectos de la trama, que comentaré más adelante, resultaban muy diferentes. Tras haber estrenado la secuela, Batman Vuelve, en 1991, Burton declararía que ése era su verdadero Batman, y que en el primero se había visto encorsetado por determinadas intenciones del estudio, que aún no se había permitido el lujo de darle total libertad. Yo tengo muy claro que, vistas las dos películas, la primera encaja mejor en el espíritu que imprimieron Bob Kane y Bill Finger en los cómics, mientras que la segunda resulta excesiva, repleta de freaks y, eso sí, absolutamente burtoniana, a pesar de ser también una estupenda obra que sólo pierde, en mi opinión, cuando se la compara con la primera. Pero es sólo una cuestión de gustos.

Antes de hablar del reparto, no quiero olvidarme de un tipo cuyo trabajo resultó decisivo para que la película adquiriese la relevancia que tuvo. Anton Furst es, quizás, el gran olvidado cuando nos acordamos del Batman de Tim Burton. Él fue el diseñador de producción, galardonado con un Óscar por su increíble trabajo, que nos permitió contemplar una Gotham City imponente, tétrica, moderna y, por supuesto, deliciosamente gótica. Y suyo fue el diseño del batmóvil, sin duda una de las versiones más celebradas por los fans. Furst se suicidó en 1991, tres meses después del comienzo del rodaje de Batman Vuelve, para el que no había sido contratado.

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Y llegamos al reparto. Todo lo que se coció en las oficinas de Warner cuando llegaba la hora de decidir acerca de la composición del cásting nos remite directamente a la actualidad y a lo que internet ha supuesto como medio de presión para los grandes estudios. En 1989 no existían los correos electrónicos ni los foros, y los fans no podían expresarse con la facilidad con la que pueden hacerlo actualmente. Pero lo hacían, vaya si lo hacían…Hubo, de hecho, una corriente negativa cuando se anunció el nombre de Tim Burton como director. Pero la que se montó cuando éste se decidió por Michael Keaton para interpretar al enmascarado justiciero fue inigualable.

Hay que pensar en lo que supone para mucha gente la adaptación al cine de determinados personajes. Volviendo a la red de redes, basta comprobar la cantidad de páginas webs que existen dedicadas a los principales héroes del cómic, en todos los idiomas, con distintos contenidos, pero con un evidente aspecto común: la adoración y el fanatismo con los que se venera a esos seres de papel que de vez en cuando se asoman a las pantallas de cine. Y no estamos muy desencaminados si afirmamos que buena parte de los responsables de esas webs son gente adulta que llevan décadas siguiendo las aventuras de sus personajes favoritos. Gente que desarrolló su vida entre cómics, y que cuando llegó internet buscó tiempo para dedicar páginas a un elemento esencial de su infancia. Ese tipo de gente ya existía a finales de los 80, sobre todo teniendo en cuenta que Batman había iniciado sus aventuras en los tebeos cuarenta años antes…

Michael Keaton no fue aceptado por esa amplia comunidad de aficionados. Batman, en los cómics, era un hombre de mucha más presencia física que la de Keaton, quien había sido Bitelchús en la anterior película de Burton. El director defendió a capa y espada su decisión, y se enfrentó al malestar de la comunidad de fans, que presionaron al estudio de la forma en la que podían hacerlo, con ingentes cantidades de cartas. Pero, afortunadamente, no hubo vuelta atrás. Y tuvimos un Batman, en mi opinión, memorable, gracias al trabajo de un gran intérprete que impregnó al personaje de un importante perfil humano, oscuro, traumatizado por un pasado cruel, que lograba disimular sus carencias físicas cuando se vestía con el traje negro. Michael Keaton era bajito para ser Batman, tampoco era un hombre musculoso experto en todo tipo de lucha, pero hablaba como Batman, miraba como Batman y sentía como Batman…

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Keaton fue un acierto. Pero daba igual. Aún asumiendo que podría no ser el Batman perfecto (como Bruce Wayne sí era, en mi opinión, inmejorable), cualquier otra elección a priori más adecuada no hubiese impedido que el supuesto protagonista quedase relegado a un segundo plano, a favor de un antagonista legendario. De nuevo hay que remontarse a aquel Superman de Richard Donner. Si Marlon Brando firmó un contrato histórico por interpretar al padre del superhéroe, Jack Nicholson hizo lo propio por encarnar al Joker, el archienemigo por excelencia de Batman. Los dos, Brando y Nicholson, se embolsaron una cantidad astronómica cuyo número de ceros se vería aumentado en función del rendimiento en taquilla. Y todos sabemos que las dos fueron películas muy taquilleras...Con todo, justo es reconocer que Jack Nicholson realizó más méritos para ganar tanto dinero, ya que su Joker tenía mucha más presencia e importancia en Batman que Jor-El en Superman.

Pero todo estaba justificado. De nuevo el acierto en Warner era evidente. Nicholson era un actor del que cualquier aficionado al cine hubiese esperado una interpretación antológica como Joker. Al contrario de lo que ocurrió en 2008 con Heath Ledger, que terminó realizando un papel increíble a pesar de las dudas generadas cuando se anunció su contratación, todo el mundo daba por hecho que la decisión era la idónea. Si Joker era la locura y la anarquía, Nicholson estaría a la altura, sobre todo con el precedente de El Resplandor, la película de Kubrick que tan buenos dividendos había logrado también para Warner. Joker era un loco muy distinto a aquel Jack Torrance, pero el personaje, desde su primera aparición en los cómics en 1940, parecía haber sido creado para que Jack Nicholson le pusiese rostro en el cine. El resultado fue impresionante, y todos, en aquel 1989, bailamos con el diablo a la luz de la luna...

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Todos los secundarios hicieron honor a esa condición. Si el mismísimo Batman había tenido que ceder protagonismo y relevancia a favor del villano estrella, los demás personajes tendrían que encontrar su lugar fuera de los focos y los primeros planos. Kim Basinger fue Vicky Vale, la chica de la función, quizás demasiado rubia y angelical para el tono de la película. Sean Young, la escogida en primer lugar, hubiese sido, quizás, idónea, pero una caída de un caballo poco antes de iniciar el rodaje provocó la sustitución por Basinger, quien no obstante supo estar a la altura. Billy Dee Williams, el Lando Calrissian de Star Wars, fue el fiscal del distrito Harvey Dent, quien debería de haberse convertido en Dos Caras en futuras secuelas, y que sería indemnizado cuando el papel fue adjudicado a Tommy Lee Jones en Batman Forever. Finalmente, dos actores estupendos y entrañables, Michael Gough y Pat Hingle, fueron el Comisario Gordon (en una versión mucho más bonachona que la que conocemos en los tebeos) y Alfred, éste sí perfecto en su papel, mejor, incluso, en mi opinión, que el encarnado por el gran Michael Caine en las geniales películas de Christopher Nolan.

Ésos fueron los mimbres, y el cesto resultó ser una auténtica maravilla. Batman era, desde el principio, una película que te atrapaba en la butaca, auténtico cine de superhéroes en una época, no lo olvidemos, en la que apenas se veía a estos personajes en los cines. Los títulos de crédito, a un crío como yo era entonces, te cortaban la respiración. La magistral música de Danny Elfman nos situaba en un mundo de fantasía oscuro, estremecedor, mientras los nombres de los equipos técnico y artístico aparecían con un surco de fondo que finalmente identificábamos como el inolvidable logotipo de Batman. Esos 2 minutos y 17 segundos fueron suficientes para que cualquier aficionado sintiese que estaba a punto de ver una película especial, pero sobre todo para que quienes habíamos crecido con el personaje nos quedásemos agazapados, embobados, sin ser capaces de apartar la mirada de una pantalla de la que estaba a punto de surgir la mejor versión posible de nuestro querido héroe. Y, como en el póster de la peli, el nombre de Jack Nicholson aparecía antes que el de Michael Keaton. Cuestión de prestigio.

Tras esos inolvidables créditos empezaba la acción, con un plano general de Gotham que dejaba claro el ambiente oscuro y tétrico en el que nos moveríamos. Comenzaba una historia que resultaba perfecta como presentación de personajes. El guión de Sam Hamm y Warren Skaaren era ágil, y se servía de oportunos flashbacks para ponernos en antecedentes acerca de la conversión de un multimillonario en un héroe nocturno. Y aquí reside el detalle por el que muchos fans se enfadaron: si en los cómics el asesino de los padres de Bruce era un  maleante llamado Joe Chill, en la película era el propio Joker, antes de existir como tal y bajo la personalidad de Jack Napier, quien los mataba. La película se convertía así en una historia de venganza, un mano a mano entre el bien y el mal, sin dejar que tramas paralelas copasen protagonismo. Yo asumí ese cambio con satisfacción, y es que a veces la inquebrantable fidelidad al original puede lastrar el resultado final de una adaptación. No me importó que el Joker fuese responsable del asesinato del matrimonio Wayne, porque, a pesar de la licencia, la obra mostraba una solidez apabullante desde el punto de vista argumental, y convertía al villano en una potencia del mal inigualable. Para mi lo importante, desde el punto de vista de la adaptación, era que la película tenía las convenientes dosis de oscuridad, emoción y espectacularidad, y que los aspectos fundamentales del cómic estaban allí. Batman, Alfred, la batcueva, el batmóvil, la batseñal, Joker, Gotham...todo me gustaba.

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Tras verla por primera vez, aquel 29 de septiembre, me reafirmé, como no podía ser de otra manera, en las inolvidables sensaciones que me provocaba el cine. Como aquel día cuando había ido por vez primera a ver E.T., el mero hecho de comprar una entrada para ver una película trascendía hasta quedar para siempre en mi memoria. Lo que para muchos niños era un acto divertido e ilusionante, para mi era mucho más, y el mérito no residía en ver una película, algo ya de por si apasionante, sino en la propia película. Porque cuando superas la treintena y recuerdas perfectamente el día en el que viste una peli en el cine con trece años, te das cuenta de que ya nunca se te olvidará. Hoy podemos conservar las entradas, porque llevan impresas la información detallada del evento: la fecha, la sesión, la película...Antes eran un minúsculo trocito de papel, lo que se veía compensado por esa cantidad de sensaciones inolvidables.

Salí del cine y mi madre me esperaba. Con ella recorrí, ya de noche, varias calles de mi ciudad, mientras miraba al cielo buscando la batseñal reflejada. Pensaba en ese mundo que Tim Burton había creado para llevar al cine a uno de mis personajes favoritos. Volví al cine a ver la película un par de veces más, y conté los días para que saliese en el mercado de alquiler en vídeo, hecho que tampoco se me olvidará porque fue la primera vez que una cinta era adquirida por los videoclubs de mi ciudad en cantidades ingentes, ocupando buena parte de las estanterías destinadas a las novedades.

Batman logró una recaudación mundial de 411 millones de dólares. Fue la más taquillera en aquel 1989, superando a Indiana Jones y La Última Cruzada, y actualmente ocupa el puesto 122 en la lista de películas más taquilleras de la historia. Pero, más allá de esas cifras, la película logró algo sin duda perseguido por Warner y DC: desató la bat-manía. De repente Batman estaba presente en casi todo, desde juguetes hasta videojuegos, y la banda sonora ocupó lugares importantes en las listas de éxitos, gracias a un disco compuesto por canciones de Prince, mucho menos interesante que el que se editaría unos años después, con la maravillosa música de Danny Elfman. El añorado Anton Furst y Peter Young lograron el Óscar por su diseño de producción y la película trascendió tanto que el estudio anunció pronto el rodaje de la secuela, también a cargo de Tim Burton. Batman Vuelve se estrenaría en 1991, y sería la última película decente sobre el personaje hasta el desembarco de Christopher Nolan en 2005.

Curiosamente, en 2008 volví a tener sensaciones de ilusión y nerviosismo como hacía años que no las tenía. Diecinueve años después Batman e Indy volvían a los cines, como si se hubiesen puesto de acuerdo en reverdecer glorias pasadas. Batman lo logró, Pero Indy no. El Caballero Oscuro, la segunda película de Nolan sobre el personaje se convirtió en un clásico, y demostró que más allá de estilos, cuando unos personajes son buenos y se les hace vivir una buena historia, no importa que se trate de una versión más o menos realista o fantasiosa. Las diferencias entre las obras de Burton y Nolan son evidentes, y si la primera es un gótico cuento de superhéroes, la segunda es un thriller urbano apasionante. Las dos comparten personajes, situaciones y repartos extraordinarios, de los que sobresalen esos dos genios que son Jack Nicholson y Heath Ledger, quienes pusieron rostro a uno de los villanos más emblemáticos de la historia del noveno arte.

Me niego a creer que una película de superhéroes no puede ser una obra maestra. Y, aunque ciertamente no lo sea, las obras maestras sólo lo son, en última instancia, en el corazón de quienes acudimos al cine buscándolas. Yo encontré una en 1989, una película muy especial que me hizo bailar con el diablo a la luz de la luna...

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Santiago Vázquez Gómez.



Temía escribir sobre Pulp Fiction, básicamente porque resulta difícil escribir sobre una película a la que tantos escritos y análisis se  han dedicado. Pero éste es un blog que recoge las inquietudes de un cinéfilo, y sentiría que tendría una cuenta pendiente con quien me lea si no hablo de una de mis películas favoritas de siempre. Y cuando hablo de “película favorita” me refiero a una que entraría en una lista muy pequeña, no a una película que metería en el típico listado de veinte o cincuenta. Efectivamente, Pulp Fiction, la recordada maravilla de Quentin Tarantino, está entre mis tres o cinco películas favoritas de todos los tiempos.

Y como este artículo trata sobre una obra tan sobada por los críticos y analistas, tan desmenuzada analíticamente, estudiada y milimétrica y exhaustivamente considerada, me limitaré a hacer, una vez más, lo que llevo haciendo desde que los responsables de la revista Acción me cedieron un blog en su web, es decir, comentar desde un punto de vista meramente personal qué significó para mi la película, y por qué se convirtió en uno de mis referentes cinematográficos fundamentales. Porque si el cine tiene mucho de personal, en cuanto a gustos y opiniones, no podía dejar pasar la oportunidad de explayarme aquí acerca de las sensaciones que me produjo asistir a la definitiva consolidación de quien es, en mi opinión, el mayor talento que ha surgido en el cine en los últimos veinte años.

La historia es conocida. Pulp Fiction fue el segundo largometraje de Quentin Tarantino, quien había revolucionado el panorama cinematográfico en 1992 con Reservoir Dogs, una película que se convirtió en protagonista de los corrillos cinematográficos más elitistas, la obra de la que hablaban todos los chalados del cine que rebuscan más allá de los productos comerciales, siempre con la intención de encontrar fuera de los circuitos convencionales películas distintas y estimulantes. Yo, ya por aquel entonces, encajaba a la perfección en ese perfil de cinéfilo inquieto, a pesar de que, como muy bien supondrán quienes sigan con asiduidad este blog, nunca he hecho ascos a las propuestas más palomiteras. Pero, en aquel lejano 1992, y, sobre todo en 1993 (ya que la película se estrenaría en España en octubre del 92 en un reducido número de salas y tendría especial relevancia en los videoclubs al año siguiente), todo apasionado del cine hablaba sobre Reservoir Dogs. Y los medios especializados, la prensa, las revistas, comentaban el impacto que había tenido la obra, sobre todo desde su estreno en el Festival de Sitges, en el que Tarantino logró los premios como mejor director y guionista, cediendo en el de mejor película ante Ocurrió cerca de su casa, aquel falso documental de terror belga que, al contrario que Reservoir Dogs, caería en el olvido a los pocos años. No sería la única vez que a Tarantino le birlasen premios en favor de obras mucho peores, y en contiendas de mucha más enjundia que nuestro querido Festival Internacional de Cine de Cataluña.

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Reservoir Dogs era una película sobre robos y atracos, género recurrente cuyos cimientos tambalearon con el huracán Tarantino. La película no asombraba desde el punto de vista argumental, sino como absoluta rompedora en cuanto a personajes y diálogos, aspectos en los que residía su verdadero valor. Nunca hasta ese momento habíamos conocido a una panda de ladrones que debatían acerca de la interpretación de canciones de Madonna (anticipo, quizás, del profundo apego del director a la cultura popular, la misma que estaría presente en su segunda película), o que cantaban pegadizas canciones mientras rebanaban una oreja a un secuaz. Las frases que soltaban los personajes eran contundentes y, en muchos casos, violentas. Con el paso de los años, Tarantino se ha confirmado como un director violento, ya no desde el punto de vista físico o estético, sino también dialéctico, con sentencias repletas de mal gusto, tacos, blasfemias y frases desgarradas. Pero, lejos de ser algo reprochable, es imposible rendirse ante la habilidad del tipo para encontrar su estilo en lo soez y en la violencia, componiendo a lo largo de su filmografía escenas memorables con abundantes diálogos que en manos de otro director hubiesen sido calificados como ejemplos de mal gusto.

Pero volviendo a lo personal, quien esto escribe empezó a leer y a oír cosas sobre la película tras su paso por Sitges, con lo que el interés fue aumentando por momentos. Como no podía ser de otra manera, sobre todo viviendo en una ciudad pequeña de escasa oferta cinematográfica, pude ver Reservoir Dogs gracias al videoclub, en donde la película se convirtió en objeto de deseo y adoración por parte de todo buen cinéfilo. Ignoro la cuantía de los ingresos que produjo por su alquiler, pero seguro que, en relación a su promoción, resultó un excelente negocio para los regentes de esos locales, hoy en vías de extinción por el auge de internet.

Como no podía ser de otra manera, Reservoir Dogs me impactó, me impresionó por esa vuelta de tuerca a un género siempre interesante, pero al que Tarantino había impregnado de tantas cosas que hasta podías olvidar que estabas viendo una peli de atracos. Me reí con los diálogos, y la acertada selección de canciones hacía que por momentos te evadieses de la trama que contaba la película, como si asistiese a un festival de referencias populares mientras unos gángsters urdían un plan.

Y, como no podía ser de otra manera, me quedé con ese nombre de fonética llamativa y contundente. Quentin Tarantino se había convertido en alguien a tener en cuenta, vista su ópera prima, pero no podía imaginarme la relevancia que alcanzaría sobre el cine en general, y sobre mi, como cinéfilo, en particular. Cuando empezó a surgir información acerca de su nueva película, ahí estuve, pendiente de todo lo que se iba conociendo. Pero ese interés no se acercaba al que despertaba en mi cada nuevo proyecto de cineastas más consagrados por aquel entonces, los Spielberg, Burton, Cameron y compañía. La verdad es que, tras ver Reservoir Dogs, no podía imaginarme que el cine de Tarantino ocuparía en mis preferencias un lugar tan elevado, superando incluso a alguno de aquellos a quienes tanto admiraba.

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No proliferaban las noticias sobre lo nuevo del director. Porque, no nos engañemos, el triunfo de su ópera prima no había sido, precisamente un fenómeno de masas. Como tantas y tantas pequeñas películas, Reservoir Dogs había calado en quienes consideran que el cine es algo más que una (maravillosa) actividad de ocio. Yo me fijé en que dos de los estrenos posteriores más notorios tenían un guión firmado por Quentin. Amor a Quemarropa estuvo dirigida por Tony Scott, y era una historia de delincuentes y traficantes que, como se comprobaría posteriormente, destilaba el particular estilo del creador por todos sus poros, aunque el tratamiento de Scott no satisfizo a Tarantino, en especial la manera de rodar el frenético desenlace. Pero más sangrante fue lo que hizo Oliver Stone con Asesinos Natos, una versión moderna de Bonnie & Clyde, en la que el director, inexplicablemente, usó el mismo montaje cargante que tan buen resultado le había dado en JFK, con constantes imágenes oníricas y brevísimos planos que no pegaban en una cinta de acción bastante más convencional que casi todos los libretos firmados por Tarantino.

Y llegó 1994. Las primeras noticias sobre Pulp Fiction decían que la cinta había sido seleccionada para competir en el Festival de Cannes. Yo lo asumí con una sensación extraña: Cannes era la pasarela del cine de qualité, y, aunque, en mi opinión, Reservoir poco o nada tenía que ver con el cine de los grandes estudios, toda esa sensación de apego de la película a la cultura popular la situaba, creía yo, lejos del cine que frecuentemente compite por la Palma de Oro. Llegué a pensar que quizás Tarantino era realmente un director de arte y ensayo, estilo que habría confirmado en su segunda película. No disminuyó mi deseo por verla, pero me cambió un poco la perspectiva, aunque a medida que se aproximaba el estreno aumentaba mi deseo por comprobar qué tipo de cine era Pulp Fiction, ¿cultura popular? ¿celuloide de prestigio al nivel de Antonioni, Chen Kaige o David Lynch?

Y, claro, el interés se multiplicó cuando Pulp Fiction se alzó con la Palma de Oro. El jurado, presidido por Clint Eastwood, la había considerado como la mejor película a competición, por delante de los trabajos de cineastas como Nanni Moretti, Krzysztof Kieslowski, Nikita Mikhalkov, Patrice Chéreau, Atom Egoyan, Abbas Kiarostami o Zhang Yimou, típicos directores del gusto de Cannes. Y por si hubiera pocos motivos para desear verla, los críticos desplazados a la ciudad francesa hablaban maravillas de la película, y, lo que era aún más estimulante, la definían como una estupenda cinta de gánsgters, que homenajeaba a las viejas historietas publicadas en las revistas de papel de pulpa, baratas, pero de sencillas pretensiones de evasión...Es cierto que su estructura coral y de tramas paralelas no había convencido a algunos, pero en su mayoría, la crítica estaba encantada. No dejaba de sorprender que una obra con semejante argumento triunfase en Cannes...¿sería la presión de Lalo Schifrin, compositor de bandas sonoras tan populares como la de la serie Misión Imposible o de las de películas como Operación Dragón, y miembro del jurado?

Sea como fuere, por la afortunada presencia de Schifrin o Eastwood en el jurado (sin olvidar a Guillermo Cabrera Infante, quien en su libro autobiográfico Cine o Sardina decidió situar en portada a Indiana Jones, demostrando sus populares gustos), el caso es que Pulp Fiction había gustado a un amplio abanico de inquietas mentes cinéfilas. Más motivos para desear verla.

El estreno en los Estados Unidos tuvo lugar el 14 de octubre de 1994, aunque un poco antes, el 23 de septiembre, se había podido ver la película en el Festival de Nueva York. En España se estrenó el 13 de enero de 1995, una fecha idónea, justo después de las empalagosas fiestas navideñas, cuando el almíbar y el buenismo de esas fechas comienzan a evaporarse, y un producto tan rompedor y políticamente incorrecto sirve para desengrasar. Si Disney suele ser una de las compañías que copan las salas de cine en Navidad, con sus cintas animadas y sus películas de imagen real para toda la familia, una filial suya, Miramax, la compañía de los polémicos hermanos Weisntein, sería la encargada de animar la cartelera post-navideña.

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Esos hermanos Weinstein jugaron un papel fundamental. Un poco más adelante hablaré de otros nombres decisivos en el impulso final de la película, pero antes es importante descubrir a estos dos tipos de personalidades tan marcadas e infinita ambición. Ellos fueron los fundadores de una de las compañías más presentes durante los 90 y en los primeros años del nuevo siglo en las ceremonias de los Óscars. Crearon Miramax para producir cine de evidentes intenciones rompedoras, tratando de competir con las majors mediante proyectos arriesgados, apostando por jóvenes talentos. Pero en 1994 la situación económica de la empresa era delicada. Sólo puntuales éxitos anteriores, como El Cuervo o Clerks, habían supuesto un pequeño respiro, pero la amenaza de quiebra estaba latente. Los hermanos tuvieron el olfato suficiente como para apostar por Pulp Fiction, y los 217 millones de dólares de recaudación salvaron a la empresa. Años más tarde, los Weinstein serían considerados como el azote de los grandes estudios, por sus agresivas campañas a favor de sus películas susceptibles de acaparar nominaciones al Óscar. Y no les fue mal, ya que triunfadoras como El Paciente InglésEl Indomable Will Hunting, Shakespeare in Love o No es país para viejos llevaron su sello. Pero los problemas económicos volverían a hacer mella, y Disney, que había adquirido Miramax en 1993, la vendió a un grupo de inversores privados. Pero el inconfundible logo de Miramax sería una de las primeras imágenes que los espectadores de Pulp Fiction contemplasen.

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Roger Avary también tuvo mucho que ver en el jaleo. Había colaborado con Tarantino en el libreto de Reservoir Dogs, y su trabajo conjunto para escribir Pulp Fiction acabaría enemistándoles. Los dos recogerían el Óscar al mejor guión, pero Avary reclamaría la atención mediática asegurando que había sido mucho más importante en la creación de la película que los que los créditos de ésta señalaban. Y es que Pulp Fiction fue presentada como una película “escrita y dirigida por Quentin Tarantino”. El cineasta se excusó afirmando que Avary sólo era responsable de unas pocas escenas sueltas, y que prácticamente toda la historia era cosa suya. Pasados los años, los dos han coincidido en que el segmento del reloj (la increíble escena protagonizada por Christopher Walken) corresponde a Roger Avary, y éste, además, sigue asegurando que otros pasajes importantes fueron escritos por él. Sea como fuere, y ya que estamos hablando de cultura popular, el asunto recuerda a los problemas que tuvieron Bob Kane y Bill Finger acerca de la autoría de Batman.

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De esta forma, Tarantino, Avary y los Weinstein sacaron adelante una película tan legendaria como original. Yo la vi, por primera vez, en un pequeño cine de mi ciudad, el 17 de enero de aquel 1995. Y las sensaciones que me produjo fueron indescriptibles. Lo primero que apreciaba es que la película desprendía una sensación de adicción única. Cada escena transmitía unos deseos inmensos por ver la siguiente, cada plano sobrepasaba la pantalla para hacerme partícipe de unos escenarios y una atmósfera totalmente diferentes a lo que había visto antes. Todo era tan novedoso y llamativo que si te fijabas en los lugares por los que se movían los personajes temías perderte parte de los increíbles diálogos que pronunciaban. De repente unos gángsters vestidos elegantemente hablaban de hamburguesas de McDonald`s, de masajes en los pies de la novia de su jefe y se movían con una seguridad y una gestualidad insólitas. Todo era nuevo, bonito y entretenido, tremendamente entretenido...

A medida que avanzaba el metraje, una pregunta me invadía. ¿Qué estaba viendo? ¿Una comedia? ¿Cine de gánsgters y mafiosos? ¿Cine negro? ¿Cine de acción? Pulp Fiction era un soplo de aire tan fresco que resultaba inclasificable. Te reías con gags insertos en una trama nada cómica a priori (lo que ocurre dentro del coche cuando a Vincent Vega se le dispara el arma es sencillamente antológico), y asistías a tiroteos y escenas de acción. Y para aumentar la sensación de despiste, pronto aparecían nuevos personajes y tramas, que terminarían confluyendo de una manera magistral.

Como no podía ser de otra manera, Pulp Fiction requería más de un visionado para disfrutarla plenamente. Pocos días después de verla por primera vez, y ya habiendo asimilado la trascendencia que sin duda iba a adquirir, volví a verla en el mismo cine, en la misma sala y en la misma butaca. En una época en la que no se disponía de internet para complementar un visionado, el hecho de verla con tranquilidad y tratando de asimilar todo lo que mostraba me hizo comprender lo que significaba Pulp Fiction. Tarantino había logrado imprimir a una película barata, pequeña y sin efectos especiales, toda la adrenalina y la potencia narrativa del mejor de los blockbusters. Y lo había hecho con los dogmas que décadas atrás había hecho grande al cine: historia, diálogos y actores. Esos tres elementos eran suficientes para engancharte en la butaca y para que no mirases el reloj durante 154 minutos, ya que si lo hacías corrías el riesgo de perderte algún detalle, algún diálogo, algún gesto o mirada de alguno de los inolvidables personajes. Era cine añejo, en cuanto a los instrumentos que utilizaba para ganarse el favor del espectador, pero embutido en un halo de modernidad apabullante...

Supongo que resultará absurdo hablar de la trama. Todo el mundo ha visto Pulp Fiction, y sabe que se compone de tres historias que confluyen a medida que avanza el metraje, protagonizadas por personajes que se mueven, en su mayoría, al márgen de la ley. Son mafiosos, ladrones, asesinos, traficantes, boxeadores corruptos y gángsters, que pululan por escenarios de inequívoco diseño pop, escupiendo frases y diálogos memorables. E interpretados por un amplísimo grupo de actores y actrices en estado de gracia...

Son tantos que me dejaré a alguno. Como no podía ser de otra manera, John Travolta, Samuel L. Jackson y Uma Thurman se llevaron un importante pedazo de la tarta en forma de gloria. Los tres fueron candidatos al Óscar, Travolta como actor principal, pero ninguno resultó vencedor. De hecho, Samuel L. Jackson maldijo el momento en el que Martín Landau le arrebató la estatuilla al mejor actor de reparto, murmurando la palabra “sheet”, que las cámaras recogieron con claridad, como si siguiese metido en su inolvidable personaje de Jules Winfeld.

Travolta fue, sin duda, el gran beneficiado del éxito de la película. Su carrera se había desinflado hacía tiempo, resignado en los años precedentes a poner la voz al bebé en Mira quién habla y sus secuelas, y Tarantino le volvió a poner en el candelero. Nunca había sido un actor especialmente dotado, pero su Vincent Vega resultó imponente, carismático, e incluso entrañable. Y, aunque llevaba más de una década sin hacerlo (desde Fiebre del Sábado Noche), volvió a bailar en el cine, en la genial escena en la que se mueve a ritmo de twist con Uma Thurman.

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Fue, sin duda, una de las escenas míticas de la película, y el Jack Rabbit Slim, el local en el que bailan, se convirtió sin duda en uno de nuestros lugares de cine más queridos. Era cool, sexy y moderno, y podías encontrarte a un gángster que baila con la novia de su jefe mientras disfrutabas de un delicioso batido.

Más allá de ese triunvirato, encontramos rostros intrínsecamente tarantinianos. Gente como Tim Roth, Harvey Keitel o Steve Buscemi ya habían formado parte de Reservoir Dogs, e intérpretes como Eric Stolz, Amanda Plummer, Ving Rhames, Maria de Medeiros o Rosanna Arquette encontraron en la película los mejores papeles de sus carreras. Bruce Willis, fue, quizás, la única concesión al star system, y no defraudaría en su papel de boxeador. El propio Tarantino se reservó un papel, compartiendo plano con el hilarante Harvey Keitel, quien volvió a asumir el rol de “limpiador”, el mismo que había tenido un año antes en La Asesina, el remake americano de la película francesa Nikita. Como no podía ser de otra manera, la versión desenfadada y jocosa del personaje que limpia las consecuencias de un crimen mal ejecutado caló mucho más que la seria y psicótica que había encarnado poco antes.

Todos estaban geniales. Y componían un mosaico de caras y personalidades que encajaba a la perfección en el universo que Tarantino pretendía mostrar. Cuando ves la película, das por hecho que en algún lugar de los Estados Unidos pululan personajes así, con esos rostros y fisonomías. No te extrañaría cruzarte con gángsters parecidos a Travolta y Jackson, cuyo jefe te imaginarías con los rasgos de Ving Rhames, quien a su vez podría tener perfectamente una novia tan alocada y drogadicta como la que encarnó Uma Thurman. Y qué mejor boxeador que ese Bruce Willis, arrebatador cuando habla en portugués con su novia María de Mediros, y al que recoge esa taxista con el sensual aspecto de Angela Jones.

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La trascendencia de la película se demuestra, en mi opinión, por la cantidad de cosas que se han quedado en nuestra memoria. Cosas que han perdurado, que se han convertido en iconos cinematográficos. Escenas como el baile de Vincent Verga y Mia Wallace en el Jack Rabbit Slim, el juego de seducción de esos dos mismos personajes en la sofisticada casa de Marsellus Wallace, el flashback del boxeador Butch cuando recuerda la conversación con su padre siendo niño, la pistola que se dispara por accidente en el coche, el trocito de la víctima de ese accidente en el pelo de Jules, el pasaje bíblico del Libro de Ezequiel que éste pronuncia justo antes de cargarse a alguien, la conversación sobre hamburguesas, el mcguffin presente en el maletero del coche...Pocas películas han proporcionado tantos motivos para que se queden fijadas en nuestras retinas cinéfilas. Empezando, por supuesto, por el precioso póster, ése en el que Uma Thurman nos mira con displicencia mientras hojea una revista pulpa, y que ocupa una importante parte en una pared del salón de mi casa...

Es de sobra conocido lo que vino después. Siete nominaciones al Óscar, con premio para el guión de Tarantino y Roger Avary. Forrest Gump fue la principal culpable de que no hubiese más estatuíllas, algo entendible para la conservadora Academia, que prefirió la estupenda y particular revisión de la reciente historia de los Estados Unidos, vista a través de los ojos del deficiente Forrest encarnado por Tom Hanks. Pero, aunque las dos películas han superado la difícil prueba del paso del tiempo, y la de Zemeckis aún se puede disfrutar en la actualidad, palidece en comparación con el empaque y la consolidación que ha obtenido Pulp Fiction con el paso de los años. Y no quiero olvidarme de la banda sonora, una deliciosa selección de canciones escogidas por el propio Tarantino, que encajan a la perfección en cada secuencia.

Hubo muchos más premios, reconocimientos por parte de los críticos más afamados, y la absoluta confirmación de Quentin Tarantino como la personalidad más impactante del espectro cinematográfico mundial. Empezaron a conocerse esos detalles biográficos que hoy todo el mundo conoce, su bagaje como devorador del cine más olvidado gracias a su trabajo en un videoclub, su inabarcable conocimiento cinematográfico, sus aplaudidas y a veces polémicas declaraciones e incluso las acusaciones de plagio de Reservoir Dogs, cuyo final recordaba demasiado al de la película City of Fire, de Ringo Lam...

Y seguiría con su carrera, con la fallida pero interesante Jackie Brown (su primera película que adaptaba material ajeno, en este caso la novela de Elmore Leonard), el maravilloso díptico Kill Bill, la desconcertante Death Proof y la magnífica Malditos Bastardos, sin olvidar sus gamberras colaboraciones con su socio y amigo Robert Rodríguez. Lo que ha demostrado el cineasta con su carrera posterior a Pulp Fiction, es que es el director más personal, rompedor y moderno del cine actual, y, posiblemente, el único capaz de encandilar a la crítica más sesuda y al espectador menos exigente. Hace cine para la gente asidua a la ComicCon, pero con el talento y los recursos narrativos de los más grandes directores de la historia...

Es, sin duda, una de mis películas favoritas de siempre. Lo único malo que puedo achacarle es que me resulta imposible creer que  alguien pueda volver a hacer una película así. Cuando voy al cine y disfruto, por ejemplo, con una película del admirado Guy Ritchie, me viene a la mente la distancia sideral que le separa del cineasta que sin duda más le ha influído, y que se ha convertido en el referente para una nueva generación de directores.

Mientras terminaba este artículo me han entrado ganas de volverla a ver. Esta noche volveré a empaparme de cultura popular, y, aunque me la sepa de memoria, volveré a meterme de lleno en un mundo de ficción pulpa, uno de esos que sólo el cine es capaz de engendrar, gracias al talento de tipos como Quentin Tarantino.…

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Vale, es muy probable que no lo sea, sobre todo cuando en la comparación entran aquellas maravillosas películas en glorioso blanco y negro. Y al final uno trata de llamar la atención con los títulos de sus artículos, de ahí la contundencia en la calificación. Pero Pretty Woman es una delicia y, de lo que sí estoy convencido, es de que es la mejor comedia romántica en color hecha nunca. Y el público así lo entendió desde su estreno, lo que se demostró ya no sólo por el increíble respaldo en forma de mastodóntica taquilla sino ateniéndonos además a la cifra de copias vendidas de la película en vídeo y dvd, y, sobre todo, por las más que generosas audiencias televisivas obtenidas con cada emisión. Efectivamente, Pretty Woman es eso que muchas aspiran a lograr y sólo unas pocas consiguen: un clásico.

Yo creo que es una obra maestra, pero ésa es sólo mi opinión. Sí creo que es un hecho cierto que estamos hablando de una de esas obras en las que multitud de factores coinciden para dotar al conjunto de una trascendencia infinita. Ha ocurrido varias veces a lo largo de la historia del cine. Me refiero a películas que uno nunca metería en una lista con las que considerase las mejores películas de la historia, pero que, sin embargo, transmiten algo que las convierte en únicas e inolvidables: magia. Porque cuando las ves, a mi al menos ésa es la sensación que me invade, la de que estoy viendo una película mágica. El cine tiene mucho de personal, y cada uno puede sentir algo parecido con películas muy diversas, pero yo creo que obras como ésta, o como E.T., o como La Princesa Prometida impregnan de ese sentimiento a prácticamente todo el que las ve. Y podemos remontarnos hasta una película como Casablanca, a la que muy pocos críticos situaron en aquellas listas que proliferaron hace unos lustros con motivo del centenario del cine, y que recogían las que en su opinión eran las mejores películas de siempre. Pero resulta evidente que Casablanca pareció, desde el principio, tocada por la varita de un mago, que le dio el don de perdurar y trascender. Como Pretty Woman...

Los factores que propiciaron el éxito resultan evidentes, sobre todo cuando han pasado veinte años desde su estreno. A nadie escapa que el cásting resultó perfecto, a pesar de que ni Julia Roberts ni Richard Gere fueron las primeras opciones consideradas. Y podría ocupar párrafos y párrafos hablando sobre el guión y la dirección. Pero yo estoy convencido de que antes y después se rodaron películas con idénticas virtudes, que no alcanzaron ni de lejos el mismo éxito. Y ahí es cuando entra el juego esa conjunción astral en la que yo, ingenuo, creo firmemente. ¿Por qué una comedia romántica, un género no precisamente rompedor de taquillas, logró semejante éxito? ¿Por qué lo logró con un protagonista masculino cuya carrera declinaba y con una chica de escasa trayectoria? ¿Qué importancia tuvo la presencia tras las cámaras de un tipo que no contaba hasta entonces con ningún éxito destacable? ¿Cómo una historia mil veces contada, basada en los típicos gags sobre los distintos modos de vida de clases sociales antagónicas con toques de La Cenicienta se ganó el fervor de todo tipo de público? Yo no encuentro respuestas racionales y me limito a creer que, como tantas cosas en la vida, simplemente ocurrió. Serían los astros, sería el destino...pero, afortunadamente, ocurrió.

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Pretty Woman contó con prácticamente todos los elementos que posteriormente serían considerados como la seña de identidad del género. Rasgos inequívocos como el proceso de enamoramiento de los protagonistas (que sí, que no, que sí...), los secundarios entrañables y de enorme importancia cómica y, sobre todo, la perfecta conjunción de comedia y drama. En donde sí logró la película sentar cátedra, hasta niveles inalcanzables posteriormente, fue en el tono general de la cinta. Para entendernos, Pretty Woman es una increíble historia de amor que no empalaga, que no resulta vomitiva para quienes escapamos de frases cursis y ñoñas. Yo, que tenía catorce años cuando la vi en el cine, quedé fascinado por esa expresión de sentimientos tan pura y al mismo tiempo, apta para todos los públicos. Con una edad en la que se suele estar más cerca, por ejemplo, de Jungla de Cristal que de Pretty Woman (la segunda entrega de la saga protagonizada por Bruce Willis se estrenaría también en aquel 1990), yo, adolescente aún virgen de amoríos desatados, caí rendido con la historia de amor de Vivian y Edward...

Había química, toneladas de química...Había tanta que yo a veces tengo la impresión de que el concepto de “química” referido a la relación entre dos protagonistas de una película se inventó con ellos. Richard Gere y Julia Roberts magnetizaban el patio de butacas con cada escena que compartían. Nunca, ninguno de los dos, encontró semejante complicidad con otro compañero de reparto. Y nunca ninguno estuvo tan bien. Gere era un actor de renombre que no atravesaba precisamente su mejor momento. Había gozado de prestigio en la década anterior, gracias a sus trabajos con Terrence Malick en Días del Cielo, con Paul Schrader en American Gigoló y con Coppola en Cotton Club, pero llevaba más de un lustro sin enganchar un éxito destacable. 1990 sería el año decisivo en su carrera, porque logró su mayor éxito con Pretty Woman, pero porque además estrenó también Asuntos Sucios, un estupendo thriller policíaco dirigido por Mike Figgis en el que Gere estaba genial, y que debió de merecer más suerte. Nunca fue Gere un dechado de talento y sus interpretaciones destacables han sido pocas. Además de estas dos, Chicago y El Dr. T y las Mujeres pueden rescatarse de su filmografía.

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Lo de Julia Roberts fue tremendo. Es cierto que había sido nominada al Óscar un año antes por su papel de reparto en el drama romántico Magnolias de Acero, pero la relevancia que logró con su papel de Vivian fue abrumadora. De hecho, si repasamos los nombres de las actrices que han sido nominadas en los últimos cinco años al Óscar a la mejor actriz de reparto, encontraremos muchas que han pasado al más absoluto olvido. Viola Davis, Ruby Dee, Taraji P. Henson o Adriana Barraza, por citar solamente a algunas, no tuvieron su Pretty Woman después de haber sido nominadas. Julia sí, y de ahí al cielo. Había nacido la novia de América.

Y esa condición rompió moldes además porque se trataba de una prostituta. Vale, ya sabemos que el poderoso Edward Lewis sacó a Vivian de la calle, pero el personaje que nos enamoró a todos, el que se ganó nuestros corazones era una prostituta. Hollywood había asaltado las taquillas de todo el mundo con una historia de amor entre un millonario y una chica de vida alegre, y, lo que resulta más increíble, Touchstone Pictures, la productora del invento, era una filial de Disney. Por increíble que parezca, la puritana compañía del ratón Mickey se forró gracias a una prostituta...

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“!Bienvenidos a Hollywood! ¿Cuál es su sueño? Todo el mundo tiene uno...” Esas son las primeras frases que pronuncian en la película. La chica que nos conquistó soñaba con una vida mejor que la que tenía, y su sueño se hizo realidad. Ahí Hollywood fue más Hollywood que nunca y en ese aspecto no defraudó. El mismo personaje que pronunciaba esas frases al principio, un homeless dicharachero, las repetiría al final, como si le tocase a otro ver cumplidos sus deseos. ¿A él quizás?

Los secundarios jugaron un papel fundamental. Y representaron unos roles marcados, decisivos en el devenir de la trama. Inolvidable resulta la Kit encarnada por Laura San Giacomo, auténtico motor cómico de la historia y fundamental para compensar la candidez de su inseparable compañera de trabajo Vivian. Las mejores frases de la película salen de su boca, y los gags más recordados suceden con ella en pantalla. La actriz había logrado cierta relevancia con el debut tras las cámaras de Steven Soderbergh, Sexo, mentiras y cintas de vídeo, pero nunca alcanzó un status importante. En la televisión encontró la estabilidad laboral, gracias a las series Dame un respiro y Saving Grace.

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Jason Alexander fue Philip, el malo de la película. Una comedia romántica no suele dar cabida a villanos al uso, pero quizás la necesidad de acentuar la integridad del protagonista masculino provocó ese perfil desagradable del personaje. Philip Stuckey era el socio de Edward, un tiburón de los negocios sin escrúpulos, que trata de torpedear la historia de amor de su compañero para poder mantenerle activo en sus intereses empresariales. Jason Alexander sólo contaba con un papel importante en la serie Urgencias, pero demostró ser un actor excelente, alcanzando notoriedad al lado de Seinfeld. Yo le recuerdo, sobre todo, como el soez Mauricio, amigo de Jack Black en esa maravilla incomprendida que es Amor Ciego, la escatológica comedia de los hermanos Farrelly.

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Otro de los aciertos mayúsculos fue contar con Hector Elizondo como gerente del majestuoso Hotel Regent Beverly Wilshire, en donde se alojaba Edward, y que se veía sacudido por el terremoto Vivian, a la que Elizondo adiestraba en las artes del protocolo y el buen gusto, con el objetivo de no desentonar en las reuniones de negocios a las que debía de asistir con su “cliente” Edward. Elizondo protagonizó, junto a Julia Roberts, varias escenas memorables, y sin duda hubiese merecido una nominación al Óscar al mejor actor de reparto.

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Y una mención merece también Ralph Bellamy, fallecido un año después del estreno de la película, actor extraordinario y representante de la edad dorada de Hollywood, visto en obras memorables como Luna Nueva o El Hombre Lobo. Bellamy se despidió del cine con el papel de James Morse, un empresario de buen corazón que apela a la bondad de Edward para que salvaguarde los intereses económicos de su familia.

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El reparto proporcionó, en su trabajo conjunto, un resultado mucho mejor que el que a priori podríamos esperar de las individualidades. O dicho de otro modo, nadie contaba que con semejantes mimbres se fuera a hacer un cesto tan bonito. De hecho es muy probable que si cada toma se hubiese rodado en un día diferente, ninguno de los actores hubiese estado tan bien. Insisto, cosas del destino.

Todos sabíamos que el hombre de negocios seductor y misterioso terminaría por llevarse a la chica de la calle. Lo que transmitían cuando compartían escena no podía quedar en una mera transacción comercial, en forma de servicio de compañía. Richard Gere fue capaz de expresar a la perfección ese sentimiento de incredulidad por haber encontrado a la chica de su vida en una esquina de una calle de Los Angeles. Y Julia Roberts fue lo más parecido a Audrey Hepburn, en escenas tan increíbles como aquella en la que negociaba la tarifa mientras se daba un baño de espuma escuchando música con unos enormes auriculares. La reencarnación de la inolvidable protagonista de Charada, uno de los seres más angelicales de la historia del cine, se dedicaba al oficio más antiguo del mundo...

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El trabajo de director y guionista sí que nos dejó pasmados a todos. Pocas veces dos profesionales tan poco reconocidos dieron en el clavo con tanta rotundidad. Garry Marshall es un hombre de cine, un tipo que conocía los resortes de la profesión, en la que había trabajado como actor, guionista y director. Pero en ninguna de las tres facetas había destacado especialmente, o al menos no como para llegar con ninguno de sus trabajos a un público masivo. Como director se había especializado en comedias amables e insulsas, hasta que logró cierta relevancia con el drama Eternamente Amigas. En Pretty Woman mostró una destreza como sólo antes se había visto en los más grandes del género, manejando los tiempos y la cámara como en su momento habían hecho Lubitsch, Capra o Wilder. No parecía el cineasta de aquellas comedias olvidables, al servicio de unos jóvenes Tom Hanks (Nada en Común) , Kurt Russell (Un mar de líos) o Sean Young (Los locos del bisturí).

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Pero si lo del director fue sorprendente, lo del guionista fue ya de traca. El libreto de Pretty Woman estaba firmado por J.F.Lawton, entonces un treintañero que sólo contaba con un guión convertido en película, y cuyo título no puede ser más redundante: Cannibal Women in the Avocado Jungle, una “comedia de acción selvática” en la que también ejerció como director. Pero viendo lo que hizo después de Pretty Woman, guiones como los de Presa de la Secta, Alerta Máxima o Reacción en Cadena, a uno sólo le queda pensar aquello que siempre afirmaba el entrañable Carlos Pumares cuando un director firmaba una buena peli tras haber hecho siempre bodrios: “se la hizo un primo”. Pues el primo de J. F. Lawton escribió un guión magnífico...

Pretty Woman se estrenó en los Estados Unidos el 23 de marzo de 1990. Obtuvo una recaudación en su primer fin de semana de 11 millones de dólares, pero el boca a oreja fue implacable y la cinta terminó recaudando 178 millones, para un total de 463 en todo el mundo, cifras astronómicas teniendo en cuenta que estamos hablando de una comedia romántica. Dentro de ese género, es la cuarta película más taquillera de la historia, y ciertamente resulta triste comprobar que ha sido superada por cosas tan olvidables como Hitch, Lo que piensan las mujeres y Mi Gran Boda Griega. Fue también la cuarta película más taquillera de aquel año 1990, clasificación que lideró otra comedia, ésta de características muy diferentes, Sólo en Casa. El amor triunfó en las taquillas aquel año, ya que la segunda fue Ghost, mientras que la gran triunfadora del año en cuanto a premios, Bailando con Lobos, fue la tercera. El auténtico mérito de Pretty Woman fue superar a cintas como La Caza del Octubre rojo, La Jungla 2, Desafío Total o Dick Tracy, todas ellas adscritas a géneros mucho más susceptibles de arrasar las taquillas. En España ha sido emitida catorce veces en televisión, liderando siempre los ránkings de audiencia, que nunca ha sido inferior a los 3 millones de espectadores.

La crítica también se rindió, y la premió con opiniones, cuanto menos benévolas. Y por supuesto hubo muchas que la destacaron como lo mejor del año. Julia Roberts fue nominada al Óscar como mejor actriz, y la banda sonora de la película se vendió como rosquillas, gracias a una serie de canciones que encajaban perfectamente en la película. Especialmente destacable fue el éxito del tema It must have been love, del dúo Roxette, que se convirtió sin duda en lo único empalagoso de la película.

Garry Marshall volvió a juntar a buena parte del equipo en 1999 en Novia a la Fuga, para la que reclutó otra vez a la pareja protagonista, sin olvidarse de su inseparable Hector Elizondo, habitual en buena parte de su filmografía. La película contaba con un guión original y divertido, pero el éxito no fue, ni mucho menos, el mismo. Hace muy poquito pudimos ver Historias de San Valentín, otra comedia romántica del director, con un amplísimo reparto repleto de caras conocidas entre las que estaba Julia Roberts. También resultó entretenida, pero la magia, lo que convirtió a Pretty Woman en una película inolvidable, se había acabado.

Quizás todo fue fruto de un sueño, ése del que hablaba el desconocido que salía al principio y al final de la película. Quizás fue el sueño de un director que soñaba con un gran éxito, o el de un actor en declive, o el de una joven promesa de sonrisa inabarcable, o el del primo de un guionista de escaso talento. Pero, afortunadamente para todos, el sueño se hizo realidad.

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No es la primera vez que un director de cine ve como su muy correcta ópera prima es descubierta cuando su segunda película se convierte en un éxito. Es entonces cuando el espectador seducido por ese segundo trabajo indaga en la filmografía del responsable, y descubre que el talento demostrado ahora estaba ya presente en su debut, en esa pequeña película que en su momento pasó desapercibida o que, en muchas ocasiones, ni siquiera tuvo un estreno en las salas de cine, sino que fue directamente al mercado del vídeo o dvd.

Algo parecido ocurrió, sin ir más lejos, con el responsable de la saga cinematográfica más famosa de la historia del cine. George Lucas se convirtió en leyenda con Star Wars, en 1977, y, aunque su anterior película American Graffiti había sido un moderado éxito y había recibido cinco nominaciones al los Óscar en 1974, muchos fueron los que rescataron del olvido la perturbadora THX 1138, una película de ciencia ficción sencilla, minimalista y que sin duda apuntaba las intenciones cinematográficas de quien pocos años después nos regalaría la space opera más maravillosa del cine.

En 1995 el reputado director Richard Donner estrenaba Asesinos, una película que en nuestro país alcanzó una notable repercusión al tratarse de la primera producción ambiciosa que nuestro Antonio Banderas rodaba en Hollywood. Se trataba de una cinta de acción en la que Sylvester Stallone mantenía un intenso duelo con Banderas, los dos como asesinos profesionales que se vendían al mejor postor. La cinta se alejaba de estos productos de tiros al uso, y presentaba una historia más trabajada e interesante que la mayor parte de obras semejantes. No fue un taquillazo, pero la crítica, la misma que habitualmente destroza cualquier propuesta de este tipo, destacó el intento de la película por sacudirse los estereotipos y clichés más manidos.

Detrás del guión de Asesinos se encontraban dos hermanos, Andy y Larry Wachowski, quienes habían debutado con el libreto. Su tercer guión se convirtió en una de las películas más rompedoras, taquilleras y recordadas de la historia, y ellos serían los encargados de dirigirla, pero antes debutaron en la dirección con un proyecto muy diferente. Si Matrix era ambiciosa y se adscribía a las movedizas arenas de la ciencia ficción, Lazos Ardientes era una novedosa vuelta de tuerca al cine negro más seductor, casi una versión moderna de las aventuras de Sam Spade o de Phillip Marlowe, aunque, eso sí, con ingredientes suficientes para alejarse de todo convencionalismo, empezando, cómo no, por una pareja de protagonistas rompedora y capaz de transmitir un magnetismo inolvidable.

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Efectivamente, antes de Matrix los hermanos Wachowski fueron responsables de una de las películas más injustamente ninguneadas e infravaloradas de los últimos tiempos. Y dicha falta de consideración hacia la película no se deriva de las malas opiniones, sino de un motivo mucho más evidente y comprensible: muy poca gente la vio. Lazos Ardientes se estrenó en los Estados Unidos el 4 de octubre de 1996, el mismo año en el que tres blockbusters irrumpieron en la taquilla con fiereza: Independence Day, Twister y Misión Imposible impidieron cualquier incursión en el box office, aunque, realmente las intenciones de los hermanos no eran liderar semejante clasificación. Eso lo aplazarían unos años. Con Lazos Ardientes trataron, simplemente, de aprender un oficio, de añadir a su condición de guionistas la de cineastas. Y realmente aprendieron rápido, vistos los excelentes resultados artísticos de su ópera prima.

Bound, que así es el título original de la película, es un thriller en el que tristemente la única escena de sexo terminó por eclipsar las muchas virtudes de la obra. Cierto es que en España el título no ayudó, ya que esos lazos ardientes y el sensual póster desviaron la atención y convirtieron a la película en un producto poco atractivo, algo así como un telefilm al que se habían agregado unas connotaciones sexuales para atraer al espectador menos exigente. A ello contribuyó, además, el hecho de que ningún gran estudio estuviese detrás de la cinta, y que el prolífico Dino de Laurentiis desechó cualquier posibilidad de promocionarla como se hubiese merecido.

Y con semejante falta de pretensiones se presentó la película en los cines. Los pocos que la vimos disfrutamos de una historia que sorprendía por su falta de pudor, su trama sorprendente y el espíritu de film noir que destilaba. Mezclaba el suspense con el cine de mafiosos, y contaba como mayor atractivo con un reparto tan efectivo como ajustado a los papeles. Gina Gershon, Jennifer Tilly y Joe Pantoliano conformaron un trío memorable, en el que los tres sobresalían por igual, y sin duda, podemos afirmar que sus trabajos son los mejores en sus carreras, teniendo en cuenta que ninguno de los tres ha logrado convertirse en una estrella destacada. Pero sus roles en Lazos Ardientes no son los menos malos de sus carreras, sino la demostración de que a veces los buenos actores no sólo dependen de su talento, sino de la capacidad para escoger bien, o, simplemente de estar en el lugar adecuado en el momento indicado.

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Corky (Gershon) es una ladrona profesional, ex - convicta, solitaria y desconfiada, que se muda a un bloque de apartamentos en donde conoce a Violet (Tilly), novia de un mafioso. Las dos chicas inician una relación que las llevará de la pasión al gran golpe, al planear el robo de parte de la fortuna manchada de sangre que César, el mafioso encarnado por Joe Pantoliano, guarda en una caja fuerte de su apartamento.

Pocos personajes, pocas localizaciones y una sensación de austeridad típica de las primeras películas, cuando el dinero no abunda y ningún productor invierte grandes cantidades por muy prometedoras que sean las intenciones de los debutantes. Los Wachowski ofrecieron un guión ajustado, coherente y emocionante, y sólo su inexperiencia como directores podría echar el freno al encargado de la financiación. Pero Lazos Ardientes pronto se reveló como un proyecto sin fisuras, porque los hermanos trasladaron su magnífico guión a la pantalla como si de un curtido cineasta se tratara, logrando eso tan difícil y que en muchas ocasiones distingue a los grandes de los mediocres: la atmósfera, la sensación de que una película te atrapa y de que sientes el humo de los cigarrillos y el sabor de las cervezas que las chicas fuman y beben mientras dan forma a su plan.

Precisamente esa atmósfera de cine negro es la gran baza de los Wachowski como narradores. Son capaces de presentarnos a dos lesbianas como la típica pareja envuelta en las historias de ambición, pasión y corrupción que popularizaron Dashiel Hammett o Raymond Chandler. Que nadie busque en Lazos Ardientes las tramas rebuscadas y por momentos confusas de los maestros del género. La película es mucho más directa y sencilla, y se aprovecha de los interesantes personajes encarnados por dos chicas que hubiesen merecido mucha más relevancia.

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Gina Gershon venía de interpretar a una ambiciosa lesbiana en la polémica Showgirls, la cinta con la que Paul Verhoeven y su guionista Joe Estherzas trataron de seguir alimentando el morbo tras triunfar con Instinto Básico. No le importó repetir con un personaje homosexual, algo que todos le agradeceremos eternamente. Logró componer una interpretación magnífica, una chica infinitamente alejada de la Cristal de Showgirls, y el perfecto contrapunto a la ingenuidad de Violet. Gershon nunca desarrolló una prolífica carrera en el cine, aunque pudimos verla en alguna ambiciosa producción como la genial Cara a Cara, de John Woo. La televisión ha sido en los últimos tiempos el medio en el que más ha trabajado, y a mi me sedujo especialmente su voz como Catwoman en la serie animada The Batman.

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Jennifer Tilly era el complemento ideal. La sobriedad y racionalidad de la Corky encarnada por Gina Gershon encontró en la Violet de Tilly a su antítesis necesaria para que la película funcionase. Violet era una chica inocente, ingenua, casi bobalicona, aspectos que en parte se repiten en alguno de los papeles más destacados de su filmografía, como la Tiffany de La Novia de Chucky o la Olive de Balas sobre Broadway, sin duda su mejor trabajo, por el que fue nominada al Óscar a la mejor actriz de reparto en 1995. Su peculiar y voluptuoso físico ayudó, sin duda, al encasillamiento de la actriz en esos papeles de chica tonta.

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Joe Pantoliano compuso, por su parte, un extraordinario villano, un mafioso que ve tambalearse en su status por culpa de su novia y la amante de ésta, lo que le llevará a la más absoluta esquizofrenia. Pantoliano fue el único del reparto de Lazos Ardientes que repitió con los hermanos, quienes le adjudicaron el decisivo papel de Cypher en Matrix. Su talento tampoco ha obtenido el merecido reconocimiento, aunque fue contratado por el gran Christopher Nolan en la estupenda Memento.

Historia, reparto y dirección fueron los tres ingredientes decisivos para que Lazos Ardientes se convirtiese en una buena película. No es una obra maestra, y probablemente quien esto escribe se deje llevar por su predilección por el género negro, ya sea en forma de película o novela. Tampoco descarto la posibilidad de que más de uno se lleve una decepción si decide verla tras leer este artículo, pero estoy seguro de que se trata de una película injustamente considerada. Es cierto que Matrix hubiese eclipsado a cualquier película anterior de los Wachowski, teniendo en cuenta lo que supuso de revolución técnica y de replanteamiento de los postulados fundamentales de la ciencia ficción. Pero si repasamos la carrera de los hermanos comprobaremos que es su segunda mejor obra, en dura competencia con Matrix, teniendo en cuenta lo horrendas que eran las dos secuelas de ésta y el desastre que fue Speed Racer.

Han pasado catorce años desde el estreno de Lazos Ardientes, y muchas cosas han cambiado en las vidas y en las carreras de los hermanos Wachowski. Se convirtieron en los cineastas más importantes de Hollywood tras la repercusión de Matrix, y Larry se ha cambiado de sexo, pasando a llamarse Lana. Puede que el desmedido éxito haya pasado factura en las mentes de dos tipos que conquistaron al sistema y que ahora son víctimas del egocentrismo. Pero debemos de confiar en el talento de unos cineastas que fueron capaces de crear dos maravillas tan distintas como esas dos primeras películas. Si la segunda es un hito en la historia de la ciencia ficcón, la segunda es una pequeña joya oculta...

Si queréis disfrutar del mejor thriller, del suspense y la pasión de los bajos fondos, ved Lazos Ardientes, y a quien no le guste, que me sacuda con sus comentarios, que serán bien recibidos.

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1993 fue un año extraordinario cinematográficamente hablando. Disfrutamos en los cines de maravillas como La Lista de Schindler, Philadelphia, Lo que queda del día o El Piano, que acapararon premios y nominaciones , y tuvimos además una buena ración de éxitos veraniegos que mantenían la tradición iniciada por Spielberg con su Tiburón a finales de los 70, precisamente la que dio lugar al término “blockbuster”: cintas taquilleras pero buenas, cuidadísimas en todos sus aspectos, y, por supuesto, increíblemente entretenidas. Disfrutamos de Jurassic Park, El Fugitivo y de la que es, en mi opinión, la mejor película protagonizada por ese icono del cine de acción de los 80 que responde al nombre de Sylvester Stallone. Máximo Riesgo fue una enorme sorpresa, que nos dio mucho más de lo que uno podría esperar de una película con semejante protagonista. Y la clave, como casi siempre, estuvo en lo bien que se rodeó a la estrella, profesionales que bordaron sus trabajos y que demostraron, una vez más, que el buen cine surge de un acertado trabajo en equipo.

Ésa fue la clave que permitió olvidarnos de las evidentes limitaciones de Stallone como actor. Uno nunca espera verle en legendarias intepretaciones ni en películas sesudas y pretenciosas. Stallone es lo que es, un tío cachas que, sorprendentemente, encontró su lugar en el olimpo del cine con una de las películas más premiadas de 1976. Y es que, no lo olvidemos, Sly fue nominado al Óscar al mejor actor por Rocky, película que obtuvo otras nueve nominaciones y que logró el premio a la mejor película del año. Como no podía ser de otra manera, la realidad se abrió paso y nuestro entrañable púgil terminó siendo un Chuck Norris que contó siempre con mayores presupuestos que el Texas Ranger, en dura competencia con un Schwarzenegger que tuvo la fortuna de contar en muchas ocasiones con cineastas más talentosos.

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Y durante esa carrera pródiga en golpes, puñetazos y anabolizantes, el bueno de Stallone nos regaló cosas francamente divertidas. La que más, sin duda, Máximo Riesgo, una apasionante película de aventuras ambientada en montañas nevadas, con buenos, malos malísimos y, sobre todo, un despliegue técnico de primer nivel, fruto, como decía un poco más arriba, de los competentes profesionales contratados en la producción. Pero, como decía Jack el Destripador, vayamos por partes...

Renny Harlin es un director finlandés que se abrió hueco en Hollywood como director de una de las muchas secuelas que tuvo Pesadilla en Elm Street, y que posteriormente triunfó de manera rotunda con otra secuela, ésta de mucho más nivel: La Jungla 2, Alerta Roja nos mostró a un cineasta excelente, un perfecto dominador de los más importantes códigos del cine de acción, que manejaba los tiempos como nadie y que rodaba de manera contundente cada escena. Su pericia le llevó a mejorar, cuando parecía imposible, el genial trabajo de John McTiernan en la primera de las aventuras de John McClane. Sí, yo soy de los pocos que prefiere La Jungla 2 a La Jungla 1, aunque reconozca que son dos de las mejores pelis de acción que se han hecho nunca.

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Después de triunfar con La Jungla 2, Harlin se dio el gustazo de embarcarse en un proyecto mucho más modesto y distinto en sus pretensiones. Las Aventuras de Ford Fairlane era una comedia policíaca protagonizada por un singular personaje, un pintoresco detective interpretado por Andrew Dice Clay, un cómico muy de moda en los Estados Unidos por entonces. La cinta es hoy defendida en multitud de foros de internet, considerada como obra de culto, aunque a mi me parece una bobada mayúscula, muy al estilo del Ace Ventura de Jim Carrey. Pero, afortunadamente, Renny Harlin volvió al cine con el que había logrado sus mejores trabajos.

Y ese cine no era otro que el de alto voltaje, el de historias repletas de adrenalina y acción sin mayor pretensión que la de evadirse durante un rato en una sala de cine disfrutando de aventuras, explosiones y peleas. Pero, eso sí, con un guión mínimamente cuidado y una producción a cargo de gente competente.

El guión de Máximo Riesgo fue escrito a cuatro manos por el propio Stallone y por Michael France, quien debutaba como guionista y que tras la trascendencia de su ópera prima fue contratado para escribir el regreso de James Bond al cine tras muchos años de ausencia. Goldeneye fue otro destacado éxito, al que seguirían libretos para tres producciones que adaptaban personajes de Marvel: Hulk, Punisher y Los 4 Fantásticos. Aunque Goldeneye y el Hulk de Ang Lee son dos meritorias producciones, Máximo Riesgo sigue siendo, sin duda, el mejor de sus guiones, en el que desconocemos la importancia que tuvo la presencia del cachas protagonista: pero, al César lo que es del César, y si aparece acreditado habrá que otorgarle su parte de mérito. Stallone y France escribieron una trepidante aventura ideal para pasar un buen rato en una tarde de verano.

La elección del reparto estuvo plagada de aciertos. Eran tantos los buenos intérpretes que hasta Stallone se contagió y logró mostrarse convincente en determinadas escenas en las que muy pocos apostarían por él. No es que fuera Máximo Riesgo una película de emociones desatadas, pero el hecho de que se tratase de una cinta de acción con muertas, dramas y tragedias, provocaba que el hombre tuviese que abarcar ciertos registros impropios de un mamporrero como él. Y lo hizo muy bien. Pero, como todos sabemos, toda peli de este estilo ha de contar con un villano de altura. Y aquí lo había. Qualen, el despiadado ladrón y asesino que se las hace pasar canutas a nuestro héroe fue interpretado por uno de los actores de mayor nivel y carrera más injusta que uno recuerda: John Lithgow compuso un malo cruel, sanguinario y carismático, de ésos que elevan un peldaño el nivel de la película, y que se incrustan en tu memoria cinéfila para siempre. La escena en la que asesina a su compañera con la intención de quedarse él como único piloto del helicóptero resulta impactante y extraordinaria. Lithgow, nominado al Óscar al mejor actor de reparto en 1983 y 1984 por El Mundo según Garp y La Fuerza del Cariño, nunca tuvo la relevancia merecida, aunque últimamente ha logrado cierto reconocimiento gracias a su participación en la serie de televisión Dexter.

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El resto del reparto eran secundarios que no desentonaron. La chica de la función era Janine Turner, quien gozaba de cierto prestigio gracias a su participación en la estupenda serie Doctor en Alaska, y que nunca pudo desarrollar una exitosa carrera en cine. Y la auténtica revelación fue Rex Linn, encargado de poner rostro a Travers, secuaz de Qualen e igualmente pérfido. Linn ha sido siempre un secundario desconocido, y repetiría posteriormente con Harlin en La Isla de las Cabezas Cortadas y Memoria Letal. Por último, Michael Rooker era quizás el menos entonado, en su papel de amigo del protagonista a quien responsabiliza de la muerte de su novia en una impactante escena inicial.

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Y no sería justo olvidarnos del excelente equipo técnico, responsable de la impecable factura de la película. Los especialistas en sonido, efectos visuales y montaje de sonido, vieron recompensados sus excelentes trabajos con una nominación al Óscar, premio al que muy bien podría haber optado también el compositor Trevor Jones, quien se sacó de la manga un tema soberbio, épico y que se te pega desde los primeros acordes. La música de Máximo Riesgo nos hace soñar con aventuras en la nieve y escaladas en altas montañas, justo lo que evoca la película.

La trama, como no podía ser de otra manera en este tipo de cine, no resultaba especialmente complicada. Stallone era Gabe Walker, un veterano alpinista marcado por la muerte de la novia de su compañero, que decide abandonar su trabajo justo en el momento en el que un avión se estrella cerca de su puesto de mando. Los pasajeros resultan ser una banda de despiadados ladrones y asesinos, que harán que Gabe decida aplazar su decisión de retirarse para tratar de liberar a sus compañeros de la hostil compañía...

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Otro de los indudables puntos fuertes de la película fue la ambientación. Los Dolomitas italianos se convirtieron gracias a la magia del cine en las montañas de Colorado, y la cinta mostraba espectaculares planos y escenas en montañas nevadas que servían como contexto geográfico de una historia que en determinados momentos nos provocaba un nudo en la garganta. El vértigo se apoderaba del espectador desde la espectacular escena inicial, que te atrapaba en la butaca y te advertía de que estabas a punto de asistir a una aventura mayúscula.

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Máximo Riesgo se estrenó en los Estados Unidos el 28 de mayo de 1993, fecha que delataba sus evidentes intenciones de blockbuster palomitero. Pudimos verla en España en 17 de septiembre, precisamente el día en el que yo la disfruté en un pequeño cine de mi ciudad. Logró una recaudación de 84 millones de dólares en su país, para un total de 255 en todo el mundo, convirtiéndose en la décima película más taquillera de su año y la de mayor éxito en la carrera de Stallone, si exceptuamos Rocky, Rambo y alguna de sus secuelas. Yo lo tuve muy claro desde que la vi: nunca Sly había estado tan bien, y probablemente nunca lo estaría en el futuro. Y ciertamente, hoy en día, ese Rocky que logró tres Óscars en 1977, entre ellos el de mejor película, resulta mucho más plúmbea que esta estupenda película de aventuras. A modo de anécdota, cabe recordar que la cinta “logró” en su año cuatro nominaciones a los premios Razzie, que recogen lo peor de cada año. Incomprensiblemente, John Lithgow, Janine Turner, el guión y la película se vieron acompañados en la terna por productos tan olvidables como Una Proposicón Indecente, Sliver (Acosada) o El Cuerpo del Delito...

Existen en la historia del cine centenares, probablemente miles de películas mejores que Máximo Riesgo. Pero hoy a mi me apetecía recordar en el blog una olvidada maravilla que demuestra que el cine de acción, el más frívolo e inofensivo, puede a veces hacer que te olvides del reloj y de tu realidad durante un buen rato. Concretamente, durante 113 minutos, aquel 17 de septiembre de 1993 yo viví una inolvidable aventura en lo alto de unos picos nevados, y acompañé a Stallone en una peripecia memorable. Y me pregunto, ¿se puede obtener mayor satisfacción de una película? Afortunadamente, el cine también es esto...

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En estos tiempos en los que los vampiros vuelven a triunfar en los ámbitos cinematográfico y televisivo, conviene recordar que estos chupasangres tuvieron muchos momentos de esplendor en el pasado. Los últimos años de la añorada década de los 80 fueron uno de esos momentos, gracias a Jóvenes Ocultos, una pequeña producción de Warner que se convirtió en uno de los éxitos más rotundos del lejano 1987, más por lo que supuso de revelación que por una taquilla verdaderamente llamativa. Se trató, en definitiva, de una peli de vampiros enormemente rentable...

Y es que no fue un proyecto ambicioso desde su concepción. Esa falta de contundencia presupuestaria se intuye desde el primer minuto de metraje, en una puesta en escena sencilla y, sobre todo, en un reparto compuesto por jóvenes estrellas y absolutos desconocidos. Pero todos ellos, y el propio director Joel Schumacher, que merece una mención especial, verían sus carreras impulsadas gracias al éxito de una película por la que pocos apostaban.

Puede que todos hayamos sido injustos con Joel Schumacher. Es cierto que se mereció todos y cada uno de los palos que le llovieron cuando decidió marcar los pezones de Batman y Robin en sus dos entregas de la saga, pero los árboles no han de impedirnos ver el bosque. Y lo digo yo, que tengo al personaje de DC entre mis debilidades más destacadas. Pero Schumacher había hecho antes e hizo después de Batman & Robin cosas que realmente merecen la pena, desde adaptar con solvencia obras de John Grisham como Tiempo de Matar o El Cliente, hasta divertimentos de lo más simplones como Ultima Llamada. Con Jóvenes Ocultos logró imponer su criterio en cuanto a la producción frente a opiniones diversas del estudio, que sin embargo se plegó a sus deseos con resultados más que satisfactorios. Esos resultados le convirtieron en un asalariado privilegiado en Warner, el estudio que le acogió en su seno produciéndole la mayor parte de sus obras, y el mismo que maldeciría la decisión de hacerle responsable de Batman Forever y, sobre todo, de Batman & Robin.

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Pero hasta aquel fatídico 1996, en el que se estrenó su última y doliente peli sobre Batman, Schumacher era un cineasta muy considerado. Muchas de sus cintas habían sido moderados éxitos, había seducido a toda una generación de treintañeros con St. Elmo, Punto de Encuentro y, lo que es más importante, parecía sobradamente capacitado para saber cuáles eran los deseos del público en cada momento. A mediados de los 80, un guión sobre un grupo de niños vampiros rondaba por los despachos de Warner, y parecía convertirse en el inmediato proyecto de otro de los protegidos del estudio, Richard Donner, artífice de uno de los mayores éxitos de la historia de la major, Superman. Pero Donner estaba centrado en seguir proporcionando dólares al estudio con su Arma Letal, y los productores Mark Damon y Harvey Bernhard pensaron el Schumacher, quien había logrado excelentes respuestas de crítica y público con la mencionada St. Elmo. El cineasta aceptó la tarea con la condición de darle un lavado de cara absoluto al guión, apostando por cambios importantes como otorgar protagonismo a jóvenes y no a niños (aunque éstos estuviesen representados por personajes amables y siempre del lado de los buenos), y, sobre todo, haciendo de Jóvenes Ocultos una legítima hija de su tiempo. Efectivamente, la película acogería en su seno muchas de las tendencias estilísticas de una década, los ochenta, marcada por los vaqueros ceñidos, el pop desenfadado y los peinados voluminosos.

Semejantes intenciones de Joel Schumacher no se apartan mucho de lo que a mediados de los 90 trató de hacer con la saga de Batman que había iniciado Tim Burton. Y es que lo que vimos en los cines en 1995 y 1997 no fue sino la adaptación (nefasta) del personaje a esos años de colorido y fanfarria del momento, sin dejar de lado el toque inequívocamente gay. Schumacher, quien hace tiempo reconoció públicamente su homosexualidad, llevó a un icono de las viñetas a su terreno, y salió trasquilado.

Sin embargo con  Jóvenes Ocultos todo le salió mejor. Evitó que el estudio facturase otro producto infantiloide al rebufo de éxitos de la época como Los Goonies, y puso su experiencia en el mundo de la moda (al que se había dedicado antes de ser director de cine) al servicio de una película que sin su presencia (o simplemente con Richard Donner como responsable) hubiese sido muy distinta, y, sobre todo, menos rentable.

Sus acertadas decisiones se extendieron además al reparto. Logró la participación de un par de críos que estaban en boca de todos, el recientemente fallecido Corey Haim y su tocayo Corey Feldman, con lo que se garantizaba el interés del espectador más joven. Consiguió asimismo la participación de una actriz del nivel de Dianne Wiest, que venía de ganar un Óscar como mejor actriz de reparto por Hannah y sus Hermanas, y se la jugó con un joven actor llamado Kiefer Shuterland, hijo del genial Donald Shuterland, que apenas contaba entonces con varios papeles secundarios. No acertó, sin embargo, con Jason Patric, limitadísimo actor de carrera intermitente que mostró enormes carencias y una gran escasez de recursos interpretativos.

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Pero en conjunto, el reparto de la película resultaba interesante y competente . Y barato, porque en absoluto suponía alejarse de las pautas de austeridad que en Warner se habían planteado. Y dicha austeridad se manifestaría en todos los aspectos.

¿Alguien conoce alguna película de vampiros en la que se tarde una hora en ver un colmillo? En Jóvenes Ocultos sí ocurría. En un alarde de ingenio y contención presupuestaria, los guionistas James Jeremias y Janice Fischer escribieron un libreto en el que se ocultaba el verdadero aspecto de los vampiros durante buena parte del metraje, sin que el interés por la historia se resintiera. Las primeras fechorías de los chupasangres se nos muestran con una cámara voladora que simulaba a estos seres en pleno vuelo para atacar a sus víctimas. Conocemos el lado tenebroso de la pandilla de Kiefer Shuterland gracias a las interpretaciones de los actores y a sus intenciones, pero tenemos que esperar al minuto 60 de metraje cuando el propio Shuterland (a quien hoy nos cuesta reconocer en otro papel que no sea el de Jack Bauer) muestra su verdadera condición de criatura de la noche. Justo es reconocer que, a partir de entonces, Jóvenes Ocultos se convierte en una peli de vampiros mucho más cercana a lo que podemos ver en la actualidad.

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La historia era muy sencilla. Una mujer divorciada, Lucy (Dianne Wiest), se traslada con sus hijos Michael y Sam (Jason Patric y Corey Haim) a Santa Carla, una pequeña localidad en donde reside su padre, y en la que han estado ocurriendo extraños sucesos en los últimos tiempos. Los hermanos Frog (Corey Feldam y Jamison Newlander), entablan amistad con Sam y le advierten de la presencia en el pueblo de vampiros, responsables de todos esos sucesos extraños. Comienza así la lucha de nuestros protagonistas contra esos no-muertos, que tratarán de que Michael se vea seducido por el lado oscuro.

Estamos, por tanto, ante una trama típica de la época, la redundante historia de unas personas que se enfrentan a lo desconocido en un emplazamiento también desconocido para ellos. Vista hoy, Jóvenes Ocultos resulta ciertamente aburrida en su primera parte, y, justo es reconocer que hasta ridícula en algunos momentos. Pero debemos de tener en cuenta el contexto en el que se estrenó, su condición de película ochentera por antonomasia y de auténtica hija de su tiempo. Refleja las inquietudes del momento, el look y las tendencias de una época quizás extrema en sus manifestaciones estilísticas. Pero cuando la cosa se desmadra y la sangre empieza a brotar, se disfruta como el mejor de los episodios de Buffy, o como la típica peli de vampiros que podemos ver en la actualidad. Y además supone un divertido homenaje a la cultura popular, con referencias comiqueras a cargo de esos hermanos Frog, de nombres Edgar y Alan...

Jóvenes Ocultos se estrenó el 31 de julio de 1987 en los Estados Unidos, constituyéndose como una entrañable y divertida película veraniega. Logró una recaudación en su primer fin de semana de más de 5 millones de dólares, para un total de 33 en su país, todo un éxito teniendo en cuenta su modesto presupuesto. Es la decimoquinta película de vampiros más taquillera de la historia, en una clasificación encabezada por las mucho más ambiciosas sagas de Crepúsculo, Blade, o las estupendas Drácula de Bram Stoker y Entrevista con el Vampiro. Y en aquel 1987 se peleó con taquillazos como Tres Hombres y un Bebé, Atracción Fatal o Los Intocables.

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Warner siempre la consideró una pequeña joya de su catálogo,  y el rumor de una posible secuela estuvo en el aire desde el principio. Finalmente se decidió rodarla para estrenarla directamente en dvd. En 21 de julio de 2008, casi veintiún años después del estreno de Jóvenes Ocultos, se estrenó en Estados Unidos The Lost Boys, The Tribe, que aquí recibimos como Jóvenes Ocultos 2; Vampiros del Surf, una producción de escaso interés que sin embargo triunfó por todo lo alto en el mercado videográfico, y que trató de rescatar a un Corey Haim ya destinado al trágico final que tuvo.

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No es una maravillosa película, pero sí representa lo más recordado de una década, los 80, que proporcionó, cinematográficamente hablando, innumerables momentos de diversión para mi generación. En tiempos de Crepúsculo y de True Blood, conviene recordar a aquellos vampiros ochenteros que se hicieron con un merecido hueco en nuestra memoria cinéfila...



Uno creía que el nombre de Roger Corman no aparecería nunca escrito al lado de la palabra “Oscar”, pero tras 389 películas como productor y 90 como director (faceta de la que lleva apartado desde 1990), la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas tuvo el enorme acierto de premiarle este año con el Óscar honorífico, galardón que también tuvieron el honor de recibir la maravillosa Lauren Bacall y el director de fotografía Gordon Willis. De esta forma, Corman, el rey de la serie B, el factótum de la rentabilidad cinematográfica, obtuvo su estatuilla. Y yo me alegré mucho...

El cine siempre ha estado ligado a la dualidad arte-industria. Corman se cargó la primera de las consideraciones, lo cual siempre podrá ser discutido dado el carácter subjetivo del término “arte”. Pero, ante todo, el cine siempre fue, para Roger Corman, una fabulosa industria, un lego caótico en el que él situaba las piezas a su manera, de forma que siempre existía un espectador contento con el edifico de piezas desmontables que el productor había creado, aunque dicho edificio fuese muchas veces de dudosa condición artística. Pero un tipo que escribe un libro titulado Cómo hice 100 films en Hollywood y nunca perdí un céntimo tiene que ser ineludiblemente un tipo interesante. La concesión del Óscar, a sus 84 años, me ha animado a hablar en este blog de la película que a mi más me gusta de las muchísimas que componen su filmografía. El Hombre con Rayos X en los Ojos es, quizás, la mejor muestra de las intenciones de Roger Corman, la que mejor refleja el espíritu con el que este entrañable hombre hace cine: cine, por supuesto, de género, con pocos recursos pero infinita ambición, cine de sobremesa, o de noches de Halloween, cine para no pensar, para soñar entre monstruos, científicos locos, mutaciones genéticas y, claro, personajes de Edgar Allan Poe que cobran vida cinematográfica gracias a nuestro hombre. El maestro de ceremonias Corman nos invita a una sesión de cine que se puede calificar de todo menos de pretencioso. Se abre el telón, y comienza una función tan divertida como barata...

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El Hombre con Rayos X en los Ojos se estrenó en 1963, en los años en los que Roger Corman encandilaba a los amantes del fantástico con aquellas intrépidas adaptaciones de los libros de Edgan Allan Poe. Películas como El Cuervo, La caída de la casa de los Usher, La Obsesión o El Pozo y el Péndulo, constituyen, sin duda, los mejores trabajos del productor, que en estos casos se colocó también detrás de las cámaras. Y, al lado de estas pequeñas maravillas, se sitúa, en mi opinión, la película que nos ocupa, protagonizada por un Ray Milland que ya había trabajado con Corman precisamente en La Obsesión. Milland es la película, carga con todo el peso de una historia tan simple como efectiva, en la que interpreta a uno de los estereotipos más clásicos de las historias de terror y aventuras que se podían disfrutar en los cómics y las películas de los 40, 50 y 60: el mad doctor, el sabio transtornado que se enfrenta a su gran descubrimiento rebosante de poder y ambición, aunque las primeras intenciones de nuestro doctor James Xavier sean de lo más loables...Pero, como en tantas y tantas historias, la incomprensión de sus colegas ante el progreso, y la consideración (no del todo injusta) del científico como un absoluto chiflado, le llevarán a un interesante lado oscuro...

Como el propio título indica, nuestro protagonista es capaz de ver a través de los objetos, gracias al preparado que se echa en los ojos, fruto de su condición de oftalmólogo. Ver a Milland con la bata blanca, celebrando el éxito de su audaz experimento, nos remite, como dije antes, a ese personaje recurrente en la ficción de aquellas décadas de buenos y malos. Y resulta emocionante ver a un actor de su talla comprometerse con semejante locura de proyecto, tan alejado, por ejemplo, de la película con la que le descubrí en mi infancia, el Crimen Perfecto de Hitchcock en la que Ray Milland interpretaba al pérfido Tony Wendice, que preparaba un astuto plan para asesinar a su encantadora esposa, la dulce Grace Kelly. Pero antes, cuando un actor era bueno, no entendía de trabajos alimenticios, ésos que tanto aceptan sin pestañear los mejores de hoy en día. Milland estaba espléndido en Crimen Perfecto, pero no lo estaba menos en un papel mucho más frívolo como el del doctor James Xavier.

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Todo es “mínimo” en la película. No sólo el presupuesto, sino la sensación que se desprende del visionado de una producción que aprovecha al máximo lo interesante de su propuesta argumental, y, por supuesto, el buen trabajo de un actor grandioso. Mínimo es el metraje, con 79 minutos aprovechados, eso sí, al máximo. Mínima es la historia, mil veces vista y mil veces contada en el cine de género. Pero todo ese minimalismo contrasta con la máxima satisfacción que produce ver una película deudora de alguno de los más importantes movimientos vanguardistas de la época, con esos coloridos que remiten a Andy Warhol, y esa ingenuidad propia del cine virgen, liberado de presiones y pretensiones artísticas e industriales, al tratarse de un proyecto alejado de los grandes estudios. Y es que Roger Corman, era, ante todo, independiente. Los buenos momentos no sólo nos llegan con las desventuras de Ray Milland, sino con escenas tan locas y bizarras como ese guateque en el que el protagonista asiste a los efectos de su pócima que le permiten ver desnudos a todos los asistentes. Y mención especial para el final, tan sorprendente como desgarrador…

Algo tiene el cine fantástico que cuando te llega, te deja un halo de satisfacción incomparable. No es alto el porcentaje de películas que lo consigue, y menos en una época como la nuestra en la que las vísceras, el gore y los redundantes argumentos echan por tierra cualquier posibilidad de disfrute. Pero por eso resulta tan gratificante recuperar ese cine que tan buenos momentos hizo pasar décadas atrás. Corman, como la Hammer y antes los monstruos de la Universal, forma parte de mi imaginario cinéfilo, y logró fascinarme con aquellas películas que me hicieron leer compulsivamente a Poe. Y, entre medias, me regaló algún caramelo como El Hombre con Rayos X en los Ojos, una película repleta de encanto y enormemente entretenida.

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Junto a Ray Milland, aparecen en el reparto varios rostros desconocidos, y uno que a los de mi generación nos hace esbozar una sonrisa entrañable. Dick Miller es uno de los asistentes al show de barraca que el doctor James Xavier, huído ya de su vida como médico, ofrece para recaudar dinero mostrando sus “poderes”. Miller es uno de esos secundarios que se te quedan en la retina cuando les ves en producciones que te marcan en la infancia. Era un habitual del cine fantástico de los 80, con participaciones pequeñas pero recordadas en Gremlins, Exploradores, Terminator o El Chip Prodigioso, además de aparecer en un par de episodios de la mítica serie V.

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Sirva este artículo para homenajear y recordar a una de las personalidades más fascinantes de la historia del cine. Roger Corman hizo siempre lo que le dio la gana, proporcionó diversión y entretenimiento a todos los que disfrutaron alguna vez con alguna de sus películas, y además ganó dinero. Hizo bodrios, muchos, pero también pequeñas maravillas como ésta. Y ahora, además, tiene un Óscar. Se lo merece.

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No hace mucho se produjo un anuncio por parte de Warner en el que se daba a conocer la noticia de que el equipo responsable de la actual franquicia cinematográfica de Batman, es decir, los hermanos Christopher y Jonathan Nolan y David S. Goyer, se implicarían (de una manera no especificada) en el nuevo intento de la compañía por hacer de Superman una exitosa y rentable saga cinematográfica. Más allá de la conveniencia de dicha decisión, celebrada por numerosos fans del personaje de DC (yo no las tengo todas conmigo pero profundizaré en párrafos posteriores sobre los motivos), lo que supone la misma es enterrar definitivamente la película de 2006 dirigida por Bryan Singer, aquel Superman Returns que nos devolvió al Hombre de Acero a la pantalla grande tras casi dos décadas de ausencia, y que se ha de conformar de esta forma con ser un eslabón perdido en la historia del personaje, un intento fallido por hacer de Superman esa baza segura que actualmente es Batman para Warner Bros.

Pongámonos en antecedentes. En 1987 se estrenó en los cines Superman VI; En Busca de la Paz, la última película estrenada sobre el famoso superhéroe hasta 2006. Aquella horrenda película supuso el cierre definitivo de la saga de películas que había iniciado Richard Donner con su excelente película de 1978. En aquel año todos creímos que un hombre podía volar, como rezaba el eslogan promocional en los pósters en los que podíamos ver al añorado Christopher Reeve. El Superman de Donner fue un absoluto éxito de crítica, y, sobre todo, de público, y puede ser considerada como la precursora del cine de superhéroes de calidad, la que abrió la puerta a que a finales de los 80 Warner se decidiese a invertir importantes cantidades de dólares en llevar a Batman al cine. El Superman de 1978 tuvo una secuela igualmente disfrutable, aunque Donner fuese sustituído por su tocayo Richard Lester (con motivo del lanzamiento en dvd de Superman Returns en 2006 tuvimos la oportunidad de ver el montaje de Superman II que Donner había pensado antes de ser despedido, y comprobamos que las mínimas diferencias no afectaban al buen resultado que vimos en los cines en 1980, cuando se estrenó la versión de Lester), y la cosa se empezó a torcer en 1983, cuando se estrenó una flojísima tercera película, también con Lester como director. Finalmente, en 1987, tuvimos una cuarta película para cuya producción Warner se alió con la nefasta compañía Golan-Globus, responsable de importantes bodrios en los 80 y 90, todos ellos impregnados de un toque de cutre serie B y protagonizados por cachas habituales del cine de acción de la época, como Chuck Norris, Michael Dudikoff o el mismísimo Sylvester Stallone. Superman IV resultó ser una vomitiva película que llevó al personaje al olvido cinematográfico.

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La trayectoria del personaje de DC Cómics en el cine se repitió exactamente en la década de los 90 con su buen amigo Batman. Tim Burton había triunfado con dos soberbias películas, y en 1995 la cosa se torció cuando se apartó de la dirección y se situó como productor de Joel Schumacher, responsable de Batman Forever, que amasó una buena taquilla y permitió que aquel bodrio llamado Batman & Robin fuese perpetrado. De esta forma, Superman y Batman, los dos iconos de DC y grandes apuestas en Warner para contar con rentables franquicias en el cine, habían visto truncadas sus carreras cinematográficas por culpa de dos películas indignas de su grandeza. Chris Nolan llegó en 2005 para salvar al murciélago. Bryan Singer trató de hacer lo mismo con el Súper. No pudo ser…

Superman Returns supuso un acontecimiento desde el mismo momento en el que fue concebida. Los fans celebraron el fichaje de Bryan Singer, quien venía de adaptar al cine de manera soberbia las aventuras de los X-Men de Marvel, y que se traía de la mano a su buen amigo Kevin Spacey para interpretar a Lex Luthor. Pero Singer era además uno de esos cineastas predilectos en Hollywood, de los considerados capaces de lograr buenos resultados en taquilla y críticas más que decentes. Era joven, había triunfado con su segunda película, Sospechosos Habituales (ganadora de los Óscars al mejor guión original y al mejor actor de reparto para Spacey en 1996), y se había mostrado, desde su confirmación como director, especialmente respetuoso con las películas de Richard Donner y Richard Lester, afirmando que la nueva continuaría la historia que la tercera y cuarta películas habían destrozado. Y semejante declaración de intenciones fue acogida con entusiasmo por una comunidad de fanáticos que habían despreciado, como no podía ser de otra manera, aquellos dos espantos. Se confirmó a Kate Bosworth como Lois Lane. La elección de Brandon Routh como encargado de ponerse el traje de Supermán también fue acogida con respeto y expectación, a pesar de tratarse de un absoluto desconocido.

El rodaje comenzó en abril de 2005, y en Warner se encargaron de blindarlo todo para que la expectación fuese máxima hasta el momento del estreno. Bryan Singer abrió un diario on-line en el que iba expresando sus sensaciones sobre el rodaje, y que servía de aperitivo para todos a quienes se les ponían los dientes largos. Estábamos ante una de las películas más esperadas en mucho tiempo, el regreso a la pantalla grande de un icono, de un personaje mitológico, que había estado presente en los sueños y las fantasías de millones de espectadores, que habían conocido sus aventuras en las viñetas, o a través de las películas protagonizadas por Christopher Reeve. Y para atraer la atención de todos, se hablaba desde el estudio de cierta conexión entre la película y la serie de televisión Smallville, que relataba las andanzas de un Clark Kent adolescente, y que había acercado al personaje a una nueva generación de espectadores.

Durante ese mes de abril de 2005 fue publicada la primera foto de Brandon Routh como Superman. El traje era algo más oscuro que el que había lucido Reeve, pero el desconocido actor lo portaba a la perfección. La pose era la de un héroe firme y decidido, casi desafiante, una manera de dejar claro que el Hombre de Acero había vuelto. No tardamos en ver a Kevin Spacey como Luthor, con esa alopecia carismática. La cosa, realmente, pintaba bien…

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Pasaron los meses, y llegaron los tráilers. El primero pudo ser visto (y disfrutado) en los cines con las copias de Harry Potter y El Cáliz de Fuego. Se trataba de un teaser de apenas 90 segundos de duración que adelantaba algunas imágenes de la película y confirmaba dos excelentes noticias: se respetaba y mantenía el tema original del maestro Johhn Williams, arreglado por John Ottman, y se contaba con la voz y la imagen de Marlon Brando, encargado de interpretar a Jor-El, el padre de Superman, en aquellas dos primeras películas. El tráiler, para quienes crecimos con el Superman de Christopher Reeve, era sencillamente antológico. Yo, que contaba con dos años cuando se estrenó la primera película, pero que había disfrutado de sesiones caseras interminables gracias a los viejos vídeos VHS, no pude evitar derramar una lágrima cuando disfruté en el cine de aquel adelanto. Tras los logos de Warner, Legendary Pictures y DC, la voz de Brando (aquí convenientemente doblada), pronunciaba unas emocionantes palabras: “Aunque te has criado como un ser humano, no eres uno de ellos..” Tras un plano de un joven Clark a punto de estrellarse contra el suelo antes de flotar en el aire, vemos una imagen de un buzón de correos típico de las casas americanas, con el nombre de “Kent”, mientras los acordes de la majestuosa música vuelven a resonar en nuestros oídos, aunque no el leit-motiv que John Williams había compuesto y que servía para acompañar a los créditos en las primeras películas, sino aquel tema introductorio titulado The Final Journey, tan emocionante como bonito. Diversas imágenes de la película acompañaban a las siguientes palabras de Jor-El: “Podrían ser seres excepcionales Kal-El, es lo que anhelan, pero les falta una luz que les ilumine en el camino, por esta razón, a pesar de su capacidad para hacer el bien, les he enviado a mi único hijo…”

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Ignoro la razón por la cual, en mi caso, sólo el cine es capaz de conmoverme de esta manera. Ni la música, ni la literatura, ni ninguna otra expresión artística pueden hacerme sentir cosas como las que sentí aquella tarde de noviembre de 2005 cuando vi en el cine ese primer tráiler de Superman Returns. Tópicos como “se me puso la piel de gallina” o “me quedé sin respirar ni pestañear” pueden parecer ñoños, pero tampoco voy a maquillar en este blog las sensaciones que el cine me produce. Llegué a casa y busqué como un loco el tráiler por Internet, y aún hoy lo veo de vez en cuando.

Superman Returns se estrenó en los Estados Unidos el 28 de junio de 2006. Pronto llegaron las primeras opiniones, no precisamente entusiastas. En los foros y páginas dedicadas al personaje se intuía una satisfacción contenida, algo semejante a lo ocurrido con el Episodio I de Star Wars: la película casi había gustado más por la expectación y el personaje protagonista, que por las propias virtudes de la misma. Y cuando te ibas a opiniones más “objetivas”, lejos de las hordas de fans de los cómics en general y de DC en particular, la cosa aún era peor: la película no había gustado, o, sencillamente, palidecía en comparación a la de 1978.

Yo la vi el 12 de julio de aquel 2006, es decir, y como no podía ser de otro modo, el día del estreno en España. Era un día de verano caluroso, de esos que te hacen disfrutar aún más los blockbusters, desde que Spielberg inaugurase el concepto de taquillazo veraniego con Tiburón, en 1975. Fue uno de esos días que alguien como yo recuerda siempre, una de esas citas ineludibles para un cinéfilo como yo, que no reniega de los mitos de la cultura popular, y menos aún si te han hecho disfrutar en tu infancia. Me ocurrió con Batman Begins y El Caballero Oscuro, con la cuarta de Indy, con las tres entregas de la nueva trilogía de Star Wars, con la de El Señor de los Anillos, y, por supuesto, me ocurrió también con Superman Returns. Son días que recuerdas a la perfección, sin lagunas, porque los tienes marcados en el calendario.

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Pronto comprendí los motivos de la tibia acogida que la película había tenido. Brandon Routh estaba bien, aunque cualquiera saldría perjudicado en la comparación con Christopher Reeve. También salían indemnes Kevin Spacey y Kate Bosworth, y Frank Langella se revelaba como un estupendo Perry White. La dirección de Singer era la esperada: hábil en la narración, con escenas impactantes y los inevitables y espectaculares efectos visuales. Pero había un serio problema, un caballo de batalla que todo cineasta ha de dominar. El guión no era bueno, o al menos no el más adecuado para reemprender una carrera cinematográfica con el personaje. Singer, y sus guionistas Michael Dougherty y Dan Harris se habían equivocado. La película se había gestado bajo unos parámetros lastimosamente nefastos, aunque sólo pudimos percibirlo una vez vista. Y es que tanta fidelidad al Superman de 1978 terminó por perjudicar al Superman de 2006.

Efectivamente, el regreso de Kal-El a la pantalla grande estuvo demasiado condicionado por la supuesta necesidad de no defraudar a quienes tenían a la película de Richard Donner como el santo grial de las películas de Superman. Bryan Singer y los suyos intentaron algo que, visto hoy, se antojaba imposible de comprender y asumir. ¿Cómo continuar una historia que había sido contada en 1980? ¿Cómo pasar de Christopher Reeve a Brandon Routh? ¿de Margot Kidder a Kate Bosworth? ¿de Gene Hackman a Kevin Spacey? ¿Era factible que el público aceptase que la trama se trasladaba 25 años en el tiempo? ¿Estábamos realmente ante una secuela? Esas preguntas tenían difíciles respuestas. Es cierto que quienes ansiábamos volver a ver volar a Superman en el cine nos cegamos por lo ambicioso del proyecto y lo atractivo que resultaban aquellos nombres en los equipos técnico y artístico. Pero cuando terminó la película, yo lo tuve claro: Superman hubiese merecido un reseteo, un nuevo comienzo, semejante al que tuvo Batman de la mano de Chis Nolan, quien se olvidó por completo hasta de las buenísimas películas de Tim Burton.

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De hecho, en mi opinión, lo más destacable de Superman Returns fueron, entre otras, las escenas en las que brevemente se nos resumía la infancia de Clark, cuando le vemos dando gigantescos saltos entre los maizales. Si Singer se hubiese decantado por un nuevo comienzo, podríamos estar hablando de una franquicia absolutamente potente y rentable, y probablemente hubiésemos disfrutado ya de una segunda película.

Finalmente Returns terminó siendo una especie de “remake encubierto” del Superman de 1978. La mítica escena del helicóptero tenía ahora la réplica en una espectacular escena similar en la que Superman evita que un transbordador se estrelle, salvando de paso la vida de Lois, quien viajaba en él. Parker Posey asumía ahora el papel de Kitty, un rol semejante al de la Srta. Teschmacher encarnada por Valerie Perrine antes. Sólo faltaba el Otis de turno, el patán secuaz de Luthor encarnado por Ned Beatty, que no tuvo continuidad. Y la trama resultó ser tristemente parecida, con un Luthor obsesionado con modificar el mapa mundial a través de una serie de catástrofes que le permitirían dominar el mundo…Todo, absolutamente todo remitía a lo que ya habíamos visto, y a lo que tanto nos había hecho disfrutar.

Y con semejante carga en la mochila, Returns nunca terminó de despegar. El guión, siempre pendiente de lo ya visto, de lo ya conocido, no satisfizo a quienes veneraban a Cristopher Reeve y querían ver nuevas aventuras de Superman. Es cierto que se incluyó toda aquella trama del hijo de Lois, pero…resultó insuficiente. La película no había respondido a las expectativas, pero en absoluto era una mala película. Tenía cosas buenas, no ya como mero entretenimiento superheroico, sino, incluso, como película de Superman.

Como he dicho antes, las escenas del joven Clark resultaban tan espectaculares como emotivas, por no hablar de la citada escena del transbordador, todo un derroche de tecnología y efectos visuales de primer nivel que además nos permitió comprobar la competencia de Brandon Routh en el papel. Como no podía ser de otra manera, la película era un espectáculo visual de primer orden, y lograba además conquistar el corazón de quienes nos emocionamos con el vuelo de Christopher Reeve y Margot Kidder, con una preciosa escena de Routh y Bosworth en la azotea del Daily Planet. Frank Langella estaba genial como el hilarante Perry White, y yo particularmente disfruté con momentos tan divertidos e icónicos como la discusión en el despacho de White acerca de las fotos tomadas por el fotógrafo del Planet, en el que se preguntan aquello de ¿…es un pájaro? ¿…es un avión…?

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Pero claro, nos supo a poco. Lo peor fue sin duda, la sensación de que la película había fallado exactamente en donde menos se lo propuso. Quiso ser tan respetuosa con la anterior que lo único que logró fue que todos situásemos a la nueva peli a la sombra de aquélla que con veneración respetaba. Esa sensación se resumía en que, para hacer eso, ya teníamos a Reeve, y a Donner, y a Brando, y a Kidder, y hasta a Lester. Ellos habían empezado de cero a finales de los 70, su ciclo había terminado (de manera nefasta, cierto), y ahora tocaba volver a empezar. Bryan Singer apostó por otra cosa, y le salió mal, no desde un punto de vista artístico, sino desde un punto de vista basado en la eficacia, y, sobre todo, en la rentabilidad.

Superman Returs recaudó en los Estados Unidos 200 millones de dólares, y 391 en todo el mundo. Había costado 270, por lo que el balance no fue del todo satisfactorio. Batman Begins, por ejemplo, recaudó 372 millones de dólares en todo el mundo, pero había costado bastante menos que Returns: 150 millones.

Por tanto, sin ser un fracaso absoluto, en Warner empezaron a surgir las lógicas dudas. En principio parecía que Singer seguía con la confianza del estudio, y se empezó a hablar de la posibilidad de una segunda película titulada The Man of Steel (siguiendo la senda de la franquicia de Batman, que había titulado su segunda cinta como The Dark Knight). Pero el proyecto no cuajó, hasta que se confirmó que otros serían los responsables de intentarlo de nuevo. A finales de 2008 el guionista de cómics Mark Millar afirmó manejar un ambicioso proyecto en forma de trilogía, comparando la historia que tenía en mente con la que Mario Puzo (guionista del Superman de 1978) había desarrollado en El Padrino. Se trataba, según Millar, de la historia definitiva sobre el personaje, que arrancaría con su llegada a La Tierra y culminaría con Superman como único resquicio de la humanidad, en tres películas mastodónticas que finalmente no verán la luz.

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En Warner, finalmente, decidieron apostar sobre seguro. Christopher Nolan está en la actualidad en una posición de fuerza que le permite decidir sobre cualquier aspecto y proyecto. Los encorbatados ejecutivos parecen estar seguros de que el tipo que reflotó la franquicia de Batman hasta límites que ni los más optimistas soñaban, podrá devolver a Superman al cine con la misma solvencia. Los hermanos Nolan y David S. Goyer son muy capaces, pero yo dudo que el enfoque acertadísimo que han dado al Caballero Oscuro se adapte a Superman. El murciélago de los Nolan y Goyer está fuertemente marcado por un sesgo de realismo que difícilmente se adaptaría al Hombre de Acero. Superman es un superhéroe, que vuela, lanza rayos X por los ojos y posee varios superpoderes más. Batman es un tipo que se ha preparado a conciencia, que es multimillonario y seductor, pero que puede pasar perfectamente como el héroe urbano que el talentoso Chris Nolan nos ha ofrecido. Superman es otra cosa, muy distinta a Batman, aunque hayan coincidido en tantas y tantas viñetas…

El tiempo dirá si la decisión es acertada. Yo quiero recordar Superman Returns como la película que me hizo creer de nuevo que un hombre podía volar. Y, lo que es más importante, como la película que me hizo marcar una fecha en el calendario, una fecha en la que Kal-El surcó de nuevo los cielos para hacerme soñar con toda la fantasía que los visionarios Jerry Siegel y Joel Schuster desplegaron en las páginas de aquel Action Comics nº 1 de junio de 1938, ese cómic que acaba de ser vendido en una subasta por un millón y medio de dólares.

Seguiré expectante la evolución de los acontecimientos, porque Superman se merece una nueva oportunidad. Returns no triunfó, pero no era tan mala. Y ahí la tendremos, para recordarla como un entrañable homenaje al Superman que todos tendremos siempre en la memoria…

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Hay personas que están destinadas a pasar a la historia antes incluso de que emprendan los actos que supuestamente deberían de otorgarle esa perpetuidad. Barack Obama es una de ellas. Nunca un presidente de la nación más poderosa del planeta significó un referente tan importante antes de ocupar el Despacho Oval. Y puede que su relevancia y trascendencia cuando abandone su puesto sea menor que el que tenía antes de su elección. By the people; The Election of Barack Obama es un excelente documental que permite al espectador acompañar al entonces senador Obama en su arduo camino a la Casa Blanca.

Amy Rice era en 2001 una joven estudiante de cine que sufrió la perdida de su hermano en los atentados contra las Torres Gemelas. Como muchos de sus compatriotas, rechazaba ya entonces la política internacional de la Administración Bush, pero lo que menos le interesaba en aquellos dramáticos momentos era la política. Había decidido llorar la muerte de su hermano sin tener en cuenta las opciones que democráticamente su país le ofrecía. Pero en 2004, su otro hermano le advirtió que el cambio era posible, que debería de abandonar su indiferencia hacia la política para seguir la incipiente carrera de alguien que podría significarse como la absoluta renovación del partido Demócrata, alguien que podría traer el cambio, porque él era el cambio. Barack Obama era entonces un senador que empezaba a plantearse la posibilidad de cambiar su país desde el puesto de máxima responsabilidad. Y Amy Rice estaría a su lado, con su compañera Alicia Sims, poniendo sus cámaras en cada movimiento del nuevo mito. Empezaron el 10 de febrero de 2007 en Springfield, Illinois, en donde Barack Obama anunció su intención de presentarse como candidato a las elecciones presidenciales por el Partido Demócrata. Y terminaron el 4 de noviembre de 2008, cuando derrotó a John McCain y se convirtió en el presidente número 44 de los Estados Unidos de América. Y el apasionante viaje fue filmado por Rice y Sims, desde dentro, con testimonios de primer nivel, y declaraciones exclusivas del propio Obama.

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Detrás de By the People…está la HBO, el prestigioso canal de televisión responsable de alguno de los productos televisivos más aclamados de la última década, como Los Soprano o The Wire. Ya sabemos cómo se las gastan en HBO: calidad a raudales y compromiso con ese pedigrí que desde siempre han mantenido. Si inviertes pasta en hacer algo, que sea distinto, que sea mejor. En este documental el toque de distinción reside en ser testigo del cambio, en estar justo al lado de un tipo que logró unificar pasiones patrióticas de muy distinto signo, y que se convirtió, como no podía ser de otra manera, en un icono para una raza sometida hace menos tiempo del que creemos. Acompañamos a Obama en cada convención demócrata, en cada discurso, en cada vuelo, en cada gesto de complicidad con su mujer Michelle, y en cada reunión con sus asesores y encargados de la campaña. Le vemos derrotar a Hillary Clinton en las primarias, y a su rival republicano en las elecciones.


Y ése es un activo fundamental en este documental. Porque, al contrario que en sus productos de ficción televisivos, By the People…es un documental al uso, que no aporta prácticamente nada desde el punto de vista estilístico y cinematográfico, pero que supone una nueva demostración de que los americanos son capaces de, como decía el añorado Andrés Montes, “vender el muñeco” como nadie. Hacen de todo un espectáculo. Y de la política, por supuesto, también. Lo vimos en su día con las magníficas El Político, de Robert Rossen o con esa maravilla que es El Ala Oeste de la Casa Blanca. Y ahora lo corroboramos a través de testimonios de gente de muy diversa condición.

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Las producción corre a cargo de, entre otros, Edward Norton, una de las personalidades de Hollywood más comprometidas políticamente, que apoyó sin fisuras a las directoras Amy Rice y Alicia Sims. Norton y las cineastas pasaron de las dudas y reticencias del equipo de Obama a la más absoluta disponibilidad de todos a formar parte y a aparecer en un documental que, visto hoy, se antoja fundamental para entender la dureza de la carrera por la presidencia. Al contrario de lo que conocemos aquí, ocupar el Despacho Oval es un tour de force que implica derrotar primero a los tuyos, en unas primarias ejemplares que deberíamos de adaptar inequívocamente a nuestro sistema, para posteriormente medirte al rival político por excelencia, el del partido contrario. En By the People… asistimos a cada una de las etapas del pedregoso camino, conocemos la tensión, las inacabables esperas para conocer el resultado de cada convención, sufrimos con quienes veían en los comicios de 2008 la última oportunidad de hacer efectivo un cambio indudablemente necesario.

By the people; The Election of Barack Obama, se estrenó en los cines estadounidenses el 7 de agosto de 2009, y fue emitido en HBO el 3 de noviembre del mismo año. Ahora que Obama ya es Presidente, podemos disfrutar de la edición en dvd que está disponible en España, y comprobar que muy probablemente la trascendencia del actual Comandante en Jefe nunca volverá a ser la que fue cuando aún no estaba al mando. En 1963 Martin Luther King tuvo un sueño. En 2008 300 millones de norteamericanos tuvieron otro. Y se cumplió. Ahora le toca cumplir a él. Yo, desde aquí, me conformaba con que Obama fuese tan buen presidente como lo era Josiah Bartlet, aunque éste fuese un personaje de ficción. Pero ojalá que al bueno de Obama le dé por ver la serie y tome nota, ya que todos saldríamos ganando…

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“Lo que comenzó como un susurro en Springfield pronto llegó a los campos de maíz de Iowa, en los que granjeros y trabajadores, estudiantes y jubilados, se alzaron en números que no habíamos visto jamás"

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