XXIV EDICIÓN DE LOS PREMIOS GOYA: El cine español, todos a una...

16 Feb 2010
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Las galas de entrega de premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España, es decir, los Goya, han sido siempre objeto de controversia, de polémicas que , tristemente, eran el fiel reflejo de la situación del cine español. Directores consagrados que discrepaban de determinadas decisiones, acusaciones de querer copiar a los Óscar, el No a la guerra... Pero si algo ha quedado claro tras la XXIV ceremonia de entrega de los Goya es que algo ha cambiado para bien, y gran parte de culpa la tiene el Presidente de la Academia, ese Alex De La Iglesia responsable, supongo, de acertadísimas decisiones y aglutinador de egos, capaz de hacer que el cine español, en su noche, luzca sus mejores galas y ofrezca un espectáculo divertido al tiempo que premia lo mejor de un año que ha sido especialmente pródigo en buen cine.

Y es que la gala fue, en mi opinión, la mejor de la historia de estos premios. Casi nada falló, casi nada sobró. Y los mejores trabajos en cada categoría fueron reconocidos, sin que hubiese apenas posibilidad de sorpresa (quizás sólo el premio para el gran Raúl Arévalo como mejor actor de reparto, superando a los consagrados Resines y Darín). Pero antes de repasar los galardones, justo es reconocer los enormes aciertos que supusieron las decisiones tomadas.

Buenafuente es el hombre. Es muy probable que De La Iglesia haya encontrado a nuestro Johnny Carson o a nuestro Billy Cristal. Cierto es que Rosa María Sardá lo hizo muy bien en su momento, pero sería una lástima que el presentador del exitoso late night fuese uno más de la lista de conductores de la gala que no repiten. Buenafuente estuvo genial, simpático, ácido y contó con la evidente complicidad de las principales estrellas de nuestro cine sentadas en las primeras filas (salvo Paz Vega, que no se mostró especialmente contenta cuando el cómico se sentó a su lado). Estuvo tan bien que hasta se echó de menos más protagonismo por su parte.

Otro factor decisivo en el éxito ha sido la acertadísima decisión de los responsables de Televisión Española de suprimir la publicidad. La gala fluyó con un ritmo envidiable, cada premio daba paso de inmediato al siguiente, cada presentador cedía el testigo al siguiente y así hasta completar dos horas y cuarenta minutos que se nos pasaron a velocidad de vértigo. El cine se beneficia más que nada de que en el ente público no haya anuncios, ya que ahora se puede disfrutar de una película emitida sin cortes, y la ceremonia de los Goya discurre con una agilidad pasmosa.

Acertado fue sin duda el discurso de Alex De La Iglesia. Sus palabras denotaban un sincero deseo de volver a empezar, de hacer borrón y cuenta nueva y, lo que es más importante, de reconocer errores. Tuvo la enorme inteligencia de mezclar la autocrítica contundente con pequeños toques de humor, y afirmó que si él había sido capaz de perder treinta kilos, el cine español también podía cambiar.

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Todos los presentadores estuvieron muy bien. Aunque tras disfrutar del número musical de Javier Godino y Secun De La Rosa uno se esperaba más bailes y canciones, y es que el numerito con acordes del Mack The Knife fue genial, emulando los que hacía Billy Cristal para presentar las películas nominadas. A ver si en años venideros el guión de la gala incluye más números musicales protagonizados por las estrellas de nuestro cine.

Pero sin duda, lo mejor, para quien esto escribe, fue la sensación de unidad que desprendió la gala en todo momento. Durante casi tres horas desaparecieron las trincheras, las envidias y las discrepancias. Resulta reconfortante ver que intérpretes consagrados internacionalmente como Penélope Cruz y Javier Bardem acuden a la gala y se prestan en colaborar y en entregar premios, por no hablar de la sorpresiva aparición de un Pedro Almodóvar que parece haber cerrado definitivamente las heridas abiertas en sus relaciones con la Academia. Quizás ya sólo falte Garci.

Respecto a los premiados, hubo, en mi opinión, evidente justicia. Celda 211 ha sido sin duda la película española del año, y sus ocho galardones así lo atestiguan. Luís Tosar era ya ganador antes incluso de ser nominado, y la película de Daniel Monzón se alzó con varios premios gordos, como el de mejor película, director, actor y guión adaptado, además de ser reconocido el trabajo de Alberto Ammann y Marta Etura. Lola Dueñas era un poco más favorita que Penélope Cruz y Rachel Weisz en una categoría muy abierta; Raúl Arévalo rompió en cierta manera el guión establecido que situaba como vencedor a Antonio Resines o a Ricardo Darín; Soledad Villamil fue la mejor actriz revelación aunque lleve casi dos décadas haciendo cine y la pareja guionista compuesta por Amenábar y Mateo Gil volvió a llevarse el premio al mejor guión original. Pero el reconocimiento más importante y entrañable fue el que se llevó Antonio Mercero, un artesano, un competente cineasta que obligó a millones de espectadores a sentarse delante de la tele gracias a sus impecables productos televisivos. Yo, personalmente, siempre le agradeceré el miedo y la angustia que me hizo pasar con La Cabina.

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Y así transcurrió la noche del cine español. Una noche para recordar, porque la ceremonia en la que se premió a lo mejor de nuestro cine estuvo casi tan bien como esas estupendas películas españolas que tuvimos ocasión de ver en el último año. Y yo me alegro especialmente por dos tipos que han salido del cine menos pretencioso, dos cinéfilos que lograron meter la cabeza en el oficio de cineastas para regalarnos estupendas películas de género aptas para los públicos que disfrutan con el mejor cine palomitero. Uno es Alex de La Iglesia, presidente de la Academia, y lo está haciendo de cine. El otro es Daniel Monzón, responsable de que perdiésemos a un crítico estupendo pero de que ganásemos a un excelente director. Bien por ellos, bien por el cine español, esta vez sí, todos a una...

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Modificado por última vez en Martes, 16 Febrero 2010 09:40
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