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Flying

Flying (37)

Flying, "volando", en inglés, tiene una clara connotación cinematográfica. El 6 de diciembre de 1982 se estrenó en España E.T. el Extraterrestre, la conocidísima película de Steven Spielberg que cautivó a millones de espectadores. Uno de ellos fue un niño de 7 años que vivió un momento decisivo en su vida aquella tarde-noche en la que por primera vez veía una película en una sala de cine. Para él aquel día empezó todo, comprendió que lo que estaba viviendo en ese momento era lo que quería vivir en su vida una y otra vez, y que quería dedicar todo el tiempo que pudiera a ver películas, en el cine, a ser posible. Mientras E.T. y su inseparable amigo Elliot surcaban los cielos aquel niño de 7 años asistía obnubilado a un momento único al que decisivamente contribuía la música del gran John Williams, en especial el tema Flying, el que sonaba en aquella maravillosa escena.

Aquel niño de 7 años tiene hoy 33, y soy yo. Me llamo Santiago Vázquez, y me gustaría, ante todo, agradecer a Héctor Alonso la oportunidad de contar con un blog en la página web de la revista que dirige, Acción Cine-Vídeo, de la que soy fiel lector desde su aparición en el mercado. En Flying hablaré sobre cine, no tan bien como el maestro

Miguel Juan Payán, a quien leo y sigo desde siempre en las páginas de la revista y con quien comparto espacio en la sección de blogs de la web. Pero lo haré lo mejor que pueda, y siempre con la pasión que quienes me conocen dicen que muestro al hablar sobre cine. El cine es mi vida, y a partir de ahora espero que este blog lo demuestre. Gracias a quien me lea.

Volemos....

Santiago Vázquez.

Un poco de televisión para el blog, con el permiso de mi compañero Jesús Usero, que es quien más domina esto de la ficción catódica...

El 1 de octubre de 1967, se estrenaba en la televisión británica el primer capítulo de El Prisionero, un ambicioso y rompedor proyecto que tenía como impulsor, protagonista y director de varios episodios a Patrick McGoohan, un excelente actor que tuvo que ceder ante la cadena ITV en diversos aspectos de la producción. La serie fue recibida con división de opiniones, pero el paso del tiempo la ha situado como una auténtica obra de culto, venerada entonces por el mismo tipo de espectador que hoy disfruta con Lost. Una trama confusa, una atmósfera asfixiante, suspense, preguntas sin respuesta y temas radicalmente nuevos para la época (las libertades individuales, la manipulación del sueño, las sustancias alucinógenas...) conformaron un esquema adelantado a su tiempo que sólo décadas después de su estreno recibió elogios y consideraciones.

Se nos contaba la historia de Número Seis (Patrick McGoohan), un agente secreto británico que se despierta un día en una misteriosa Villa justo después de haber presentado su renuncia. A partir de un primer episodio en el que se abrían multitud de interrogantes, el espectador se sentía constantemente atrapado por el desarraigo de un personaje que ignora las razones por las que está en la Villa, y que se resigna a ser tratado simplemente como un número. Otro habitante de la Villa, Número Dos, tratará en cada episodio de obtener información del protagonista, aunque nunca sabremos de qué tipo.

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Misterio, mucho misterio desprendía El Prisionero en los 60. Hoy, en una época en la que todo se hace y se rehace, el canal estadounidense de pago AMC (responsable de la exitosa Mad Men) nos ha devuelto a la Villa. El remake que se estrenó el pasado 15 de noviembre en los Estados Unidos, es una interesante propuesta que intenta recoger toda la atmósfera y espíritu del original, sin escatimar medios. James Caviezel retoma el papel de Número Seis, enfrentándose esta vez a un imponente Ian McKellen como Número Dos.

La serie original era una sucesión interminable de enigmas, la mayor parte de los cuales quedaban sin resolución. Incluso el final, con un último capítulo escrito por McGoohan a toda prisa para satisfacer a la cadena, quedaba más abierto que lo que uno hubiese deseado. Esta versión de 2009 se aparta de esa incertidumbre para ofrecernos un desenlace claro, cerrado, aunque hasta llegar a él tengamos que especular sobre multitud de cuestiones que sólo se resuelven en el último capítulo.

McGoohan planeó la serie original como una historia que debía de ser contada en siete episodios. Las presiones de la cadena que lo emitía le obligaron a rodar 17, lo que sin duda influyó negativamente en la narración. El remake consta de seis, de cuarenta y cinco minutos cada uno. Seis episodios para contarnos las peripecias de Seis, el personaje protagonista encarnado por un James Caviezel siempre convincente.

El primer episodio nos muestra a Seis recién llegado a la Villa, en donde tratará de salvar a un anciano que huye de un grupo de hombres que le disparan. Se trata de Número 93, quizás un guiño u homenaje al personaje de McGoohan en el original. A partir de ahí se alternan en cada episodio las escenas en la Villa (que constituyen la mayor parte del metraje) con los flashbacks que nos van proporcionando, en pequeñísimas dosis, información sobre las andanzas del protagonista antes de su reclusión. Y así hasta llegar al último y, afortunadamente, clarificador episodio, en el que se ponen todas las cartas boca arriba.

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El Prisionero no está precisamente cerca de las series que triunfan en la actualidad. Nada tiene que ver con la acción adrenalítica de 24 o Prison Break, y, a pesar de esa concepción de la historia como un constante enigma, Lost responde a las preguntas de forma mucho más amena y hábil. Por apartarse, hasta lo hace de otros productos menos digeribles pero alabados de la actualidad, como Los Soprano o The Wire, dos series de una HBO en la que claramente se inspira ese canal AMC que trata de hacerse un hueco en la televisión de pago estadounidense. Pero esas dos series citadas, aunque cueste creerlo, discurren ante el espectador de forma mucho más ágil que las aventuras de El Prisionero, que, por supuesto, carece del encanto de la serie original.

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A mi no me ha seducido esta nueva versión del cautiverio de Número Seis, aunque la serie merezca la pena sólo por el increíble trabajo de un Ian McKellen que se reivindica, una vez más, como uno de los más grandes actores del panorama actual. Pero no es éste el tipo de narración que uno espera cuando se sienta delante de la tele, aunque se agradezca el diáfano final, del que, como he comentado antes, carecía el Prisionero de los 60. Pero aquél era mucho más ingenuo, surrealista y provocador, y contaba con un Patrick McGoohan que logró compensar las imposiciones de la cadena con un talento y una picardía insuperables. Es curioso que las dos versiones de esta historia sobre la falta de libertad y los totalitarismos presenten virtudes tan antagónicas. Si en el original el Número seis de McGoohan se imponía a un Número Dos interpretado por diferentes actores, en el remake el gran McKellen impone su carisma y presencia ante un Caviezel que tampoco sale mal parado. Pero en la nueva tenemos ese final concreto, tan deseado al menos por mi, mientras que en la antigua se nos quedaban por aclarar demasiadas cosas...

Pero la balanza se inclina descaradamente por El Prisionero de los 60, una serie incomprendida en su momento, pero que vista hoy sorprende por su consideración de visionaria y rompedora. Y es que cuando el avinagrado Alan Moore la considera una obra maestra, algo tiene que tener...

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Hay cineastas que permanecen en el olvido a pesar de habernos dejado alguna que otra obra maestra. Es cierto que aquéllos de quienes siempre nos acordamos presentan una filmografía grandiosa, imponente, con multitud de películas indiscutibles. Alfred Hitchcock, Billy Wilder, John Ford o Howard Hawks estarán siempre en toda lista de ilustres del cine que se precie. Richard Quine no, y puede que justamente. Su filmografía, como la de otros muchos, no está repleta de obras maestras, pero ello no significa que no merezca la pena acordarnos de ellos, recuperarles, porque alguna maravilla sí tienen. Un Extraño en mi Vida demuestra que Quine era capaz de estar a la altura de los más grandes, aunque nadie se acuerde hoy de él.

Extraños Cuando nos Conocimos, es el título de la novela de Evan Hunter que Richard Quine adaptó en su película de 1960, y que aquí conocimos como Un Extraño en mi Vida, que se estrenó en España en 1964, relegada por su supuesto atrevimiento argumental, inaceptable en principio para la rígida censura. Pero afortunadamente, el cine Callao, de Madrid acogió el estreno de una obra maestra indiscutible, de visión obligada para todos aquellos que amen el cine, aunque su director sea para ellos un auténtico extraño.

 

Estamos ante una historia de amour fou, una locura de romance protagonizada por dos astros como Kirk Douglas y Kim Novak, en lo que, en mi opinión, constituyen los mejores trabajos de sus carreras, lo cual tratándose de gentes con sus currículums no es decir poco. Los dos realizan una interpretación sublime, encajando a la perfección en sus complicados registros.

La primera referencia que uno tiene tras ver Un Extraño en Mi Vida es Breve Encuentro, la maravilla dirigida por David Lean en 1945, pionera quizás en mostrar en el cine una historia de amor adúltera sin complejos. Pero Quine fue mucho más allá que el maestro Lean, mostrando la pasión, la lujuria, la tentación de los protagonistas de una manera salvaje, casi esquizofrénica, a lo que, como decía antes, ayudaba sin duda la genial interpretación de los protagonistas.

Y ojo, que teniendo en cuenta la época de la que hablamos, todo ese desenfreno pasional se muestra con miradas, con ácidos diálogos, con insinuaciones, para que nadie piense que el olvidado director desafió a su tiempo con escenas eróticas o atrevidas. Era un tiempo en el que el talento era capaz de mostrar mucho más que quienes hoy en día son absolutamente explícitos.

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Kirk Douglas es Larry Coe, un arquitecto de éxito que conoce, en la primera escena de la película, a Maggie Gault, una mujer que no es feliz en su matrimonio, a pesar de que aparentemente tiene todo lo que podría desear: un marido de importante status, un hijo, una posición…Pero ya en la parada del autobús en donde los dos protagonistas se conocen se intuye la infelicidad latente en la figura de Maggie, quien lucha contra la atracción que inmediatamente siente hacia Larry.

 

Vista hoy, Un Extraño en mi Vida aparece como el principal referente de dos de las mejores películas que uno ha podido ver en el cine en los últimos tiempos. Ese barrio residencial magistralmente filmado por Richard Quine, con novedosos recursos estilísticos para la época (los constantes planos horizontales, los planos altos que descienden paulatinamente y que hacen que nos acordemos de la pluma que cae hasta Forrest Gump…) remite sin duda a American Beauty y a Juegos Secretos, esas dos maravillas de Sam Mendes y Todd Field. Como ellos no hace mucho, Quine nos mostró en los 60 un barrio en el que toda la felicidad que suponemos inherente a la existencia de sus habitantes no es real, sino que varios de ellos se ven atrapados en una existencia menos idílica de lo que uno espera visto ese estrato social. El dinero, la familia, pueden no ser suficientes, cuando descubres al llevar a tu hijo a la parada del bus que el amor de tu vida no es el que vive contigo en tu preciosa casa.

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El pulso narrativo de Quine es magistral desde el principio. La película arranca con mesura, con tranquilidad, para desembocar poco a poco en un torrente de pasiones en las que el sexo y el adulterio están siempre presentes. Douglas y Novak dan un recital de miradas, gestos e impulsos contenidos, incluso cuando pretenden dejarse llevar por la pasión. Sus personajes son redondos, pero también lo son los secundarios: el escritor de éxito encarnado por Ernie Kovacs es el perfecto contrapunto al protagonista Kirk Douglas, representando en parte lo que ansía éste, la libertad de su condición de soltero picaflor que alterna con quien quiere. Pero, paradójicamente, el Roger Altar que interpreta Kovacs envidia a ese Larry de familia idílica, cuando éste ansía estar con una mujer distinta a la suya.

Walter Matthau es Felix, un vecino de Larry que termina descubriendo a los amantes y mostrando la cara más vil del ser humano. Resulta triste que nadie recuerde a este Matthau, y que todo el mundo le vea solamente como el compañero de Lemmon en aquellas maravillosas comedias. Pero aquí, como en Charada, podemos descubrir a un actor enorme con una variada gama de registros.

 

Del amor desatado habla Un Extraño en mi Vida, pero también de otros aspectos vitales. Habla sobre la inseguridad, la que siente el escritor Roger, que ve que a pesar de haber logrado lo que más buscaba y deseaba, el éxito de sus libros, siente de repente la desazón provocada por su soledad personal. Esa inseguridad afecta, cómo no, a Larry y a Maggie, que no aciertan a tomar las decisiones que más convienen a su existencia. Y, por supuesto, está el adulterio, la manzana que tienta a dos seres humanos que comprenden que si finalmente caen es porque realmente no son felices.

Maravillosa película, Un Extraño en mi Vida lo tiene todo: una historia memorable y un reparto magnífico, con esos insuperables Kirk Douglas, Kim Novak, Walter Matthau y ese Ernie Kovacs trágicamente fallecido en accidente de coche cuando salía de la casa de Billy Wilder de jugar a las cartas dos años después del estreno de la película. Y, pos supuesto, tiene a un director de primer nivel, un Richard Quine siempre eclipsado por colegas más considerados, pero que no deben de hacernos olvidar a un cineasta genial, desgraciadamente, un extraño para muchos…

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Es de suponer que una de las principales consecuencias de la variada distribución que hasta ahora había de los derechos cinematográficos de los personajes de Marvel era la casi nula explotación de los mismos en producciones animadas. Por el contrario, como Warner tiene la exclusividad de todos los personajes de DC, se permite estrenar cada poco tiempo un largometraje animado con alguno de los míticos superhéroes, aunque tristemente la calidad cada vez disminuye más. Sobre todo cuando los nombres de Bruce Timm o Paul Dini no aparecen, o, si lo hacen, es para desempeñar labores de poca relevancia artística.

Y es que ellos fueron los responsables de maravillas como Batman, The Animated Series, de la que se derivaron interesantes largometrajes animados, sobre todo esa estupenda película que es Batman, La Máscara del Fantasma, para muchos el mejor largo hecho nunca sobre el personaje. Pero El Hombre de Acero también fue desarrollado por la pareja de artistas, en cosas tan estimables como Superman/Doomsday, o como en su propia serie televisiva que, a diferencia de la de Batman, contó sólo con tres temporadas.

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Superman-Batman; Enemigos Públicos, es otra demostración de que sin Timm ni Dini, la cosa empeora considerablemente, a pesar de que se adapte una exitosa serie de cómics de Jeph Loeb y Ed MacGuinness. Pero en donde se nota la ausencia de los mencionados es en las historias, que en las últimas producciones animadas Warner-DC son de lo más mediocre: ni las recientes Green Lantern: First Flight, Wonder Woman y Superman: Brainiac Attacks, ni ésta que hoy comento, presentan tramas mínimamente interesantes, sino que se limitan a hacer pulular a sus más destacados personajes para endosarles luchas y contiendas poco o nada relevantes.

 

Tenemos en esta ocasión un punto de partida atractivo, con Lex Luthor nombrado Presidente de los Estados Unidos, en uno de los giros argumentales más celebrados por los lectores de los cómics. El psicótico multimillonario emprende, desde su condición de Comandante en Jefe, una dura cruzada contra los superhéroes, en especial, y como no podía ser de otra manera, contra Superman, quien se verá acosado por varios de sus antiguos compañeros con leotardos, ahora aliados de Luthor. El Caballero Oscuro estará, como no podía ser de otra manera, del lado del kryptoniano, y sus diálogos de complicidad constituyen quizás lo más interesante de la película.

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Y a partir de ahí, rienda suelta a la limitada imaginación de los guionistas. Lo que podría haberse convertido en una interesante trama, se pierde en insulsas batallas entre nuestros héroes y los que prefieren estar del lado del poderoso Presidente, todos ellos personajes menores del Universo DC, como Metallo, Capitán Átomo, Capitán Marvel o Power Girl. Peleas, eso sí, perfectamente animadas, y es que si algo hay que reconocer es que la calidad de la animación de la película es considerable, en especial los rasgos de Batman y Superman, que parecen sacados directamente de cómics míticos como El Regreso del Caballero Oscuro, la decisiva obra de Frank Miller. Pero es evidente que estos iconos populares se merecen lago más que unos dibujos bien acabados, y uno echa de menos los buenos momentos que proporcionaban Batman, The Animated Series o los largos Batman, La Máscara del Fantasma y Superman/Doomsday.

 

Las voces de los personajes (en su versión original, por supuesto), son las habituales de las producciones animadas de DC. Tim Daly es Superman y Kevin Conroy es Batman, mientras que el añorado guionista Bruce Timm presta su voz a Mongul. A modo de guiño a los acérrimos fans de DC, Allison Mack, la pizpireta Chloe Sullivan de la serie Smallville, se encarga de doblar a Power Girl.

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Y poco más se puede decir de Superman-Batman; Enemigos Públicos. Uno siempre espera pasar buenos ratos con las aventuras de estos míticos personajes, pero parece que las dos grandes del cómic estadounidense no quieren regalarnos pelis de calidad. DC lo hacía en su momento, pero parece que se les ha acabado la inspiración, o que dependen de Bruce Timm y de Paul Dini. Marvel, por su parte, ni está ni se le espera, porque las películas animadas basadas en sus personajes se cuentan con los dedos de una mano. Lástima.



Un poquito de cine francés para el blog. Comme les Autres es un drama reivindicativo que se sirve de las más destacadas virtudes de la cinematografía del país galo para abogar por la defensa de determinadas causas relacionadas con el mundo homosexual, básicamente la adopción de niños. La principal baza que juega el debutante Vincent Garenq es recurrir a todo aquello que dio lustre al magnífico cine que los franceses han producido desde la mítica Nouvelle Vague: excelente dirección de actores, sobriedad en el ritmo narrativo, y una historia bien construída, bien desarrollada a través de un guión que apuesta por el realismo y la tozudez argumental.

Como sus maestros Truffaut, Godard o Rohmer, Garenq pone la cámara en unos personajes marcados fuertemente por las circunstancias que les ha tocado vivir: Emmanuel y Philippe son una pareja aparentemente feliz, cuya plácida existencia se ve alterada por el deseo del primero de ser padre. Con semejante premisa argumental, el director y guionista tiene chicha suficiente para desarrollar una trama interesante, con esa pareja gay que se enfrenta a un doble y contundente desafío: adoptar a un niño en un país que todavía no ha regulado ese tipo de adopciones, y hacerlo con el enorme problema que supone el hecho de que uno de los miembros de la pareja no está por la labor. Tenemos conflicto de los gordos, y, en el primero de ellos, el cineasta toma partido a favor de una causa que, me temo, tardará en ser reconocida en buena parte de las sociedades más cercanas a la nuestra.

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Emmanuel está interpretado por el competente Lambert Wilson, un rostro que sonará a muchos por su sólida carrera internacional, que le llevó en su día a participar en proyectos del calibre de Matrix Reloaded, Matrix Revolutions, Timeline o Sahara. Wilson está espléndido en un difícil papel, el de un pediatra que ha de lidiar cada día en su trabajo con ese instinto paternal que su compañero no ve con buenos ojos. Cada niño que acude a su consulta es visto por su personaje como un caramelo que le hace pensar en la hipotética felicidad que le otorgaría la condición de padre. La película pone el dedo en esa llaga que se clava sin remisión en los cuerpos de unos seres que ven cómo su condición sexual les impide desarrollar una faceta inherente a la condición humana. Emmanuel no puede ser padre porque es gay, a pesar de que él más que nadie conoce su competencia en la materia, fruto de su profesión.

Su persistencia le llevará a abandonar a su pareja Philippe, un abogado que reniega de la posibilidad de adoptar a un hijo, y a "contratar" a Fina como madre de alquiler, una emigrante colombiana a quien conoce tras un incidente con su coche. Fina está interpretada por uno de nuestros jóvenes valores, la espléndida Pilar López de Ayala, que demuestra ser capaz de manejarse en cualquier idioma.

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Como era de esperar, el personaje de Fina añade múltiples conflictos a la ya complicada vida de Emmanuel, en especial cuando sus sentimientos hacia él le hacen soñar con una vida en común. La película no da tregua en el drama vivido por unos personajes incapaces de alcanzar la felicidad plena, la que teóricamente se obtiene cuando se es capaz de ser correspondido en el amor y en la posibilidad de engendrar.

Comme les Autres funciona perfectamente como claro ejemplo del buen hacer de nuestros vecinos franceses en los aspectos básicos y primarios del oficio del cine. Cuentan con unos actores de lo más solventes (aunque aquí les prestemos a nuestra Pilar López de Ayala) que se adaptan como un guante a unos personajes magníficamente escritos, que protagonizan una historia muy bien construída. Y ya se sabe que si hay guión y buenos intérpretes, no hay director incapaz de rodar una mala película, aunque toda su experiencia y carrera se haya desarrollado en el ámbito de la ficción televisiva, como en el caso de Vincent Garenq.

La película transcurre sin dejar de lado las reivindicaciones propias de la condición de homosexual de los protagonistas. Cuestiones como la conveniencia de "salir del armario" en determinados ámbitos (Philippe no se atreve a manifestarse en su condición de prestigioso abogado) y, por supuesto, las enormes trabas impuestas a la hora de adoptar, que llevan a Emmanuel a hacerse pasar por heterosexual soltero para tener alguna opción de lograrlo, están claramente presentes, buscando sin duda remover conciencias y llevar a la reflexión.

Escéptico soy yo ante semejantes retos de la comunidad homosexual. Lejos veo yo el día en el que gays y lesbianas alcancen esa plenitud de derechos en todo el mundo, a pesar de los grandes e inequívocos avances que se han producido, por ejemplo, en nuestro país. Pero más allá de debates y posiciones ideológicas, Comme les Autres, estrenada en España con escasa relevancia el pasado 12 de diciembre de 2008, es una estupenda película, bien escrita, bien dirigida y, sobre todo, muy bien interpretada, que merece ser vista, como tantas y tantas buenas películas de nuestros vecinos franceses, tan chauvinistas pero tan cuidadosos con su cine.

Tenemos a Sherlock Holmes en cartelera, y, con esta nueva adaptación del mítico personaje de Conan Doyle, ha vuelto el inconformismo de quienes consideran que no se ha respetado la idiosincrasia y el espíritu del personaje. Y no porque sea esto algo que ocurra frecuentemente con Holmes (el personaje más representado en la historia del cine), sino porque los tráilers y las informaciones precedentes sí nos hacían presagiar un cierto vuelco estilístico en las aventuras del sagaz detective que el director Guy Ritchie nos ha brindado. Pero el propio cineasta y los protagonistas se han defendido asegurando que su versión es la buena, la fiel, repiten hasta la saciedad que Conan Doyle concibió en los libros a un personaje muy parecido al que ahora podemos ver en las salas de cine, y que el otro Holmes, el que esos fans del personaje defienden, no es sino la evolución del mismo a lo largo de más de cien años de películas y series de televisión. ¿En qué quedamos entonces? ¿Qué quieren los fans, fidelidad al original o fidelidad a la versión infiel? Menudo lío. Y claro, a mi, que siempre me da por pensar y recapitular, me han entrado ganas de hablar sobre esto de las adaptaciones…

Hollywood necesita adaptar todo lo que haya trascendido en otros medios. Tiene los dólares suficientes para comprar los derechos de todo aquello susceptible de generar suculentos dividendos en taquilla, que permitan a los grandes estudios rentabilizar el pago de esos derechos y obtener pingües beneficios. Pero claro, el que paga manda, y si hay que tocar algo, pues se toca, no vaya a ser que la escrupulosa fidelidad implique menos ingresos. Y ahí están ellos, los fans, los veneradores de un material original al que han consagrado su ocio, su devoción, y, sin duda, su dinero. Todo para que luego llegue el director de turno y haga lo que le dé la gana, algo a lo que suelen contribuír, no lo olvidemos, los grandes estudios. Lo complicado para esas majors es saber contentar a todos, empezando por ellas mismas, pero teniendo en cuenta que muchas veces esos resultados de taquilla que tanto ansían dependen precisamente de esos que pueden no aceptar de buen grado determinadas licencias en la adaptación. La historia del cine está repleta de adaptaciones, y las ha habido de todos los colores y resultados: ha habido fidelidad absoluta con resultados en taquilla nefastos, pero que han satisfecho a quienes esperaban la película con el cuchillo entre los dientes; ha habido adaptaciones que poco o nada respetaban al original, y que han obtenido generosas recaudaciones, aunque el director de turno sea “persona non grata” en múltiples foros de Internet. Y ha habido también hábiles adaptaciones que han contentado a todos. Pero no es fácil lograrlo.

El cine se ha nutrido desde siempre de novelas, cómics, series de televisión, videojuegos y hasta de colecciones de cromos y juguetes. Como es lógico, en estos dos últimos casos las adaptaciones no han sido examinadas con una lupa tan amplia debido a la menor relevancia narrativa. El problema llega cuando se ha tratado de llevar a la pantalla un cómic o una novela. Los superhéroes de Marvel y DC o personajes literarios como Drácula o Sherlock Holmes son marcas exitosas que el cine ha tenido siempre en el punto de mira, como fuente de ingresos casi siempre segura. Todo se adapta, ya que es más sencillo (y, no lo neguemos, rentable) hacer una película de algo conocido que pagar a un eficaz guionista para que cree de la nada una nueva franquicia de éxito.

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En mi opinión, el más claro ejemplo de adaptación redonda en todos los aspectos es la que realizó Peter Jackson con su trilogía de El Señor de los Anillos. El cineasta neozelandés, junto a su mujer Fran Walsh y Philippa Boyens, logró que prácticamente nadie se quejase del trato que sus películas daban a los libros de Tolkien. En un ímprobo ejercicio de síntesis y competencia como guionistas, lograron que quienes se conocen al dedillo los libros aceptasen la ausencia de determinados pasajes literarios, así como la introducción de elementos que otorgaban cohesión y lógica a la esperada adaptación cinematográfica. En otras palabras, no tenemos a Tom Bombadil, ni falta que hace. Otra cosa hubiese sido que se hubiese rodado un musical a partir de la obra de Tolkien, y que los hobbits protagonistas fuesen los componentes de un grupo musical, como, por ejemplo, los Beatles. Suena excéntrico, pero cuentan que el mismísimo Stanley Kubrick planeó semejante herejía. Lo que vimos finalmente en los cines recaudó más de 2600 millones de dólares en todo el mundo, y eso fue posible porque todos pasamos por taquilla: desde quienes no habían leído los libros hasta quienes son capaces de mantener una conversación en élfico.

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En otros casos, la fidelidad es casi enfermiza y perjudicial. Jonathan Demme realizó un excelente trabajo adaptando la novela de Thomas Harris El Silencio de los Inocentes, que, en su versión al cine, se llamó, como todo el mundo recuerda, El Silencio de los Corderos. La película fue un rotundo éxito de crítica y público, y el guión de Ted Tally fue tan absolutamente respetuoso con la novela en la que se basaba la película que por ser fiel, hasta lo fue cuando no debía. Y es que yo, ni en libro ni en película, logro entender cómo narices Hannibal Lecter logra hacerse con el boli que el Dr. Chilton lleva en el bolsillo de su camisa, que es mirado con obsesión por el caníbal cuando está atado de piés y manos y con un bozal en su rostro. Yo, como suelo hacer, vi primero la película, y cuando caí en semejante dislate busqué la explicación en el libro, pero no la encontré. ¿No hubiese sido mejor que el señor Tally hubiese corregido la anomalía en su guión? Fidelidad absoluta pero poco recomendable, en mi opinión.

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En ocasiones los cineastas se pasan por el forro aspectos determinantes del original, y el resultado es sencillamente maravilloso. Ocurrió con el clásico La Bella y la Bestia, un cuento cuyo origen no es del todo conocido, pero que, en sus traslaciones más recordadas al cine, fue alterado de manera muy conveniente, respecto a las versiones literarias más conocidas que se realizaron tras descubrirse el original.

Jean Cocteau rodó una mágica adaptación en 1946, que añadía un nuevo e importante personaje, el de Avenant, un pretendiente de Bella que pretende matar a la Bestia y robar sus riquezas. Asimismo, el desenlace se modificó también sustancialmente, ya que el propio Avenant termina por ser víctima de la maldición que le transforma en Bestia. Pero, a pesar de los cambios, Cocteau fue capaz de componer una obra única, un cuento distinto pero igualmente disfrutable, una de las mejores películas francesas de todos los tiempos, cuyo guión firmó el propio director, haciéndose absoluto responsable por tanto de las arriesgadas modificaciones.

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Por su parte, Disney también se sacó de la chistera toda una retahíla de cambios que no hicieron sino formar parte de una historia maravillosa, entrañable, que cautivó a espectadores de muy distintas generaciones y fue nominada al Óscar a la mejor película, la primera cinta animada en obtener semejante reconocimiento. En esta versión Bella no tiene hermanas, y es ella quien descubre el castillo de Bestia, en lugar de su padre, como en el original. Pero éste y otros importantes cambios no supusieron lastre alguno.

 

Alguien puede echarme en cara algo evidente en estos dos últimos casos. La novela de Thomas Harris fue muy leída, y el cuento de La Bella y la Bestia ha sido siempre una referencia de la literatura fantástica europea, pero su trascendencia es incomparable con otras obras que también han sido adaptadas con desigual fidelidad. No surgía aquí, a priori, conflicto alguno con esas hordas de fanáticos del material original, que sí vigilan con cautela las películas que adaptan a sus personajes favoritos, en especial los que viven sus aventuras en las viñetas…

 

Las adaptaciones que alteran sustancialmente el espíritu de la obra en la que se basan han de ser especialmente generosas a la hora de conceder otros réditos al espectador, sobre todo si éste tiene en su casa varias estanterías ocupadas con centenares de cómics convenientemente guardaditos y protegidos con esas bolsitas plásticas. Son despectivamente tachados de freaks, de tipos raros que, sin embargo, son capaces de movilizar a las masas en contra de un determinado director o de una decisión de cásting que consideran inadecuada. Muchas han sido las producciones que han obviado los aspectos básicos de los cómics en los que se basan, pero yo siempre tengo presente un caso especialmente llamativo y rompedor, que, sin embargo, logró ganarse el respeto y la audiencia de muchísimos espectadores…

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Efectivamente, el Batman televisivo de Adam West, el de las onomatopeyas y el bat-repelente para tiburones, fue una propuesta tan exageradamente apartada del material que adaptaba, como generadora de elogios y entrañables recuerdos llenos de nostalgia. Esa serie de televisión es, quizás, el más claro ejemplo de que son necesarias muchas virtudes para que un giro radical de semejante calibre se gane el respeto y la bendición de todos aquellos que, a priori, no comulgarían con tales cambios. Pero terminaron por hacerlo porque esa nueva versión tan apartada de la original logró entidad propia gracias al talento de sus creadores, quienes fueron capaces de saltarse la esencia del material original, compensándolo con divertidos guiones, un cásting acertado, y, no lo olvidemos, la mayor tolerancia de la época con este tipo de apuestas arriesgadas. Porque supongo que nadie discrepará de la idea que yo al menos tengo de que este Batman televisivo de los 60 no pasaría en la actualidad de un episodio piloto, lo cual hubiese sido un éxito, porque también es muy posible que un proyecto así nunca se empezase a rodar. Me imagino hoy en día los foros de internet echando humo si los fans del personaje hubiesen visto un piloto con un Batman barrigudo, colorido y en clave de comedia, tan absolutamente alejado del personaje oscuro que cómics y cine han reflejado.

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Pero era otra época, y en Fox Television apostaron por un producto que permanece en el recuerdo de quienes, como yo, fan absoluto del personaje desde que disfruté en el cine la estupenda película de Tim Burton, se sentaba a merendar cada tarde de los 80 mientras disfrutaba con ese Batman tan alejado de aquél que me había cautivado. La serie se estrenó en los Estados Unidos el 12 de enero de 1966, y se ha convertido en una serie de culto que no podemos disfrutar en formato casero, por la batalla legal que mantienen Fox y Warner acerca de la propiedad de sus derechos. Pero las continuas reposiciones en canales digitales y autonómicos permiten recuperar esta divertida visión de los personajes de Bob Kane y Bill Finger, que contó con unos impagables Adam West y Burt Ward como Batman y Robin, y con intérpretes como Cesar Romero, Burgess Meredith, Frank Gorshin, Vincent Price, James Brolin o Bruce Lee en el reparto.

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Es indudable que los superhéroes han sido siempre el caballo de batalla entre majors y asiduos a la Comic-Con de San Diego (la convención de cómics más importante del mundo). Y es que el noveno arte es capaz de movilizar a sus fieles con mayor virulencia que otro medio, incluída la literatura. Los grandes estudios se enfrentan con cada adaptación a un reto complicadísimo, en el que han de lidiar con las amenazas de boicot de los fans (Internet es la clave, y los ejecutivos de Hollywood sabe cómo se las gastan en la red…) y los deseos de rentabilidad. Un ejemplo, en mi opinión, de fidelidad equivocada desde los dos puntos de vista fue la que Bryan Singer mostró en su película Superman Returns, en la que recuperó para la pantalla grande al personaje que Richard Donner había adaptado en 1978 con un impresionante éxito de crítica y público. Singer buscó la continuidad con la película de Donner, que había recibido las bendiciones de todos los fans del cómic, y acertó al obviar las nefastas tercera y cuarta películas, que habían herido de muerte al personaje en el cine. Pero la necesidad de empalmar la historia de la película de Singer con la de Donner lastró enormemente el resultado final, que terminó pareciendo un remake de la anterior. En este caso se buscó fidelidad no ya al material original, sino a la versión cinematográfica que trascendió en 1978, cuando, en mi opinión, hubiese sido preferible un reseteo buscando esa connivencia con los fans más acérrimos.

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Pero, sin embargo, unos años antes, el propio Singer había dado en la diana con su adaptación de los X-Men, los mutantes de Marvel que tuvieron dos extraordinarias películas con las que el director y sus guionistas fueron capaces de contentar a todos. Y es que nadie se imagina a los X-Men vistiendo en el cine aquellos llamativos trajes amarillos que tanto lucieron en las viñetas…

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Se modificó ése y algún otro aspecto poco conveniente, y se rodaron dos obras geniales, en especial la segunda, en la que se adaptó la estupenda novela gráfica Dios Ama, El Hombre Mata. Fidelidad ajustada, fidelidad adecuada.

 

Ha habido casos de fidelidad extrema, que terminó por ser beneficiosa para la película. Frank Miller sólo cedió los derechos de su cómic Sin City cuando Robert Rodriguez juró y perjuró que sería absolutamente fiel. El resultado fue magnífico, aunque uno no deja de preguntarse cómo diablos el propio Miller fue capaz de contradecirse tanto cuando adaptó The Spirit, el cómic de Will Eisner que sufrió una vomitiva adaptación que poco o nada se inspiraba en el original.

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Y llegamos a santo grial de los cómics, la novela gráfica más aclamada de la historia, cuya adaptación se hizo tanto de rogar que muchos creímos que no la veríamos nunca. Watchmen era la eterna asignatura pendiente en Hollywood hasta que el intrépido Zack Snyder (quien en 2006 había seguido la fórmula exitosa de Robert Rodriguez con Sin City, adaptando fielmente el cómic 300, de Miller) se atrevió a adaptarla. El resultado fue, en mi opinión, soberbio, y satisfizo a los fanáticos de la obra original, que reconocieron el esfuerzo de Snyder por ser fiel a la creación de un Alan Moore que, como siempre, renegó de la película. Con todo, Watchmen no obtuvo una recaudación destacada, ya que los 185 millones de dólares que la cinta hizo en todo el mundo se antojaron insuficientes teniendo en cuenta la magnitud del proyecto. Quien esto escribe considera que era imposible adaptar mejor la obra de Moore, aunque también creo que esa fidelidad supondría hacer una discreta taquilla, como así ocurrió. Fidelidad que implicó pagar un precio.

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Con el estreno de Sherlock Holmes ha ocurrido algo semejante a lo que vivimos no hace mucho con la llegada de Daniel Craig a la franquicia de James Bond. Como en el caso del famoso detective, Bond es un personaje que ha trascendido por las películas, que han tenido mucho más calado que las historias narradas por Ian Fleming en las páginas de sus novelas. El Bond que pudimos ver en las películas era tan radicalmente distinto al que interpretó Craig que enervó a los fanáticos de la saga, quienes mostraron su disconformidad desde el mismo momento en el que se anunció la contratación del rudo actor. Pero en este caso las protestas no tuvieron repercusión alguna en taquilla, o, si la tuvieron, fueron en sentido contrario. Casino Royale y Quantum of Solace , las dos películas que hasta el momento ha protagonizado Craig como James Bond, se situaron como las dos más taquilleras en la historia de la saga. En mi opinión, la primera sí cumplía a la perfección como película de acción, aunque yo sea incapaz de reconocer a ese héroe como el famoso agente secreto. La segunda era ya mucho peor, y a la infidelidad manifiesta se unía un lamentable guión y un nefasto ritmo narrativo. Pero dieron dinero. Infidelidad arriesgada, pero rentable.

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Con el Sherlock Holmes de Guy Ricthie ha ocurrido algo parecido, aunque en este caso hay que reconocer que la película puede pecar de fidelidad e infidelidad al mismo tiempo. Los responsables de esta nueva versión se han apresurado a defenderse sosteniendo que quienes no reconozcan en la película a Holmes es porque no conocen la obra de Conan Doyle. Afirman que el detective que ellos han mostrado en la película cumple exactamente con la descripción que el escritor da en sus libros: experto en artes marciales, contrastado músico y aficionado a todo tipo de sustancias estupefacientes…Asimismo, mantienen que Watson es también fielmente encarnado por Jude Law, como un joven ex-combatiente que participaba directamente en las hazañas de su colega. Pero claro, si se cumplen estas premisas, se incumplen todas aquellas que el cine ha instaurado en las incontables adaptaciones del personaje: alguien pausado, con su famoso atuendo que incluye el mítico gorrito, y que solía pronunciar aquello de “elemental, querido Watson…”, frase que nunca pronunciaba en las novelas y que se debe a una adaptación teatral.

Yo, que mucho antes que lector empedernido soy cinéfilo compulsivo, me veo incapaz de contemplar el Sherlock Holmes de Guy Ritchie como ese meticuloso personaje que disfruté en las películas, sobre todo en las que protagonizaron, a modo de estupendo serial, Basil Rathbone y Nigel Bruce, o en la maravillosa adaptación que la Hammer hizo de El Perro de los Baskerville, e incluso en la versión Disney en la que un astuto roedor atendía al nombre de Basil… Y creo que, además de mi ignorancia respecto a las características de Holmes en los libros, se añade la inequívoca huella de Joel Silver, ese productor que en los 80 y 90 triunfó con Armas Letales, Junglas de Cristal y Matrix, o sea, espectáculos pirotécnicos de primer nivel, de las que esta nueva versión del detective del 221 de Baker Street ha copiado las explosiones, las espectaculares escenas de acción y las peleas. Lo pasé bien viendo este Holmes, aunque me cueste reconocer al personaje. Fidelidad e infidelidad a partes iguales.

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Y hasta aquí este brevísimo repaso por alguna de las adaptaciones que más polvareda han levantado en los últimos tiempos. Supongo que, como en tantos otros aspectos de la vida, en la mesura y el equilibrio reside el éxito, ése que con tanto afán buscan en la Meca del Cine y que a veces irrita a quienes han contribuído a la fama y perdurabilidad de un personaje: esos lectores de libros y cómics que han soñado con ver en el cine a sus héroes favoritos con la solvencia que consideran justa. Difícil tarea.

El estreno en España, el pasado 6 de diciembre, de la película Hermandad de Sangre, me dio la idea de dedicar un artículo bloguero al slasher, ese sub-género del cine de terror que, a pesar de surgir en décadas anteriores, vivió un enorme auge a mediados de los 90, cuando una estupenda película cosechó un rotundo y merecido éxito y provocó la masiva llegada a los cines de películas similares. He de reconocer que lo mucho que me gusta esa película, a la que posteriormente me referiré de forma exhaustiva, era la excusa para profundizar en este tipo de cine en el blog, pero lo cierto es que el fenómeno fue lo suficientemente llamativo como para que merezca ser analizado.

Las premisas de este sub-género eran claras y precisas: un grupo de jovenzuelos atractivos ha de escapar de un asesino en serie que trata de vengarse por una afrenta anterior, o, simplemente, porque pasaban por allí...Eso fue lo que vimos una y otra vez en los cines durante el segundo lustro de la década de los 90, y en los primeros años de este nuevo siglo. Y para alguien que frecuenta las salas como yo lo hago, esa reiteración y abundancia de un cine tan limitado y ajustado estilísticamente es un problema, algo así como si en tu restaurante favorito el plato del día fuese siempre el mismo, y no precisamente exquisito...Porque he de admitir que, efectivamente, en este artículo abudan las pelis malas, o directamente horrendas.

Pero ojo, que, como siempre, los inicios fueron interesantes, y estimables en más de un caso. Aunque, si hacemos caso a determinados autores, habrá que concluír que el inicio del slasher fue absolutamente antológico...

Pues sí, para muchos Psicosis fue el gérmen de este cine. Yo discrepo. Me cuesta reconocer en la obra maestra de Hitchcock ese origen de todo el cine slasher que posteriormente sufrimos, y cuyos méritos cinematográficos se alejan tanto de Psicosis como los de Spanish Movie de El Apartamento. Para mi la historia de Norman Bates que el maestro británico nos contó trascendía mucho más que como simple película de terror, con unos recursos narrativos excelentes y un dominio del lenguaje cinematográfico insuperable, que la sitúan, aún hoy, como una obra maestra indiscutible. Pero supongo que el término slasher ("navajazo", "cuchillada"), remite directamente a Psicosis y a la mítica escena de la ducha que permanece en la memoria de todo buen cinéfilo.

También se suele hablar de la obra de Michael Powell El Fotógrafo del Pánico como antecedente del slasher, así como de Blood Feast, de Herschen Gordon Lewis (director de la hilarante 2000 Maníacos). estas tres películas citadas se estrenaron a principios de los 60, pero yo no me resisto a situar el legítimo nacimiento del género que nos ocupa en los 70, concretamente en 1978, con el estreno de La Noche de Halloween, de John Carpenter.

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Porque es evidente que esas premisas básicas del slasher de las que hablaba un poco más arriba estaban ya presentes en una película que supuso un importante éxito en la carrera de un director que ya había apuntado maneras un par de años antes con la estupenda Asalto a la Comisaría del Distrito 13. Carpenter, quien con el tiempo se convertiría en toda una referencia del cine de género, puso la primera piedra en la estructura de buena parte del cine de terror que nos llegaría después. El maníaco enmascarado, su biografía que trata, sino de justificar, sí de comprender las aficiones homicidas del sujeto, y los sangrientos crímenes. Y, en efecto, Jamie Lee-Curtis, quien posteriormente sería considerada "la Reina del Grito" por su recurrente presencia en películas de terror, protagonizaría las primeras carreras de una potencial víctima slasher, escapando del icónico Michael Myers, al tiempo que era también la primera en tomar esas decisiones absurdas que poco o nada ayudaban en su salvación, como subir por escaleras en las que no hay una posible salida...aspectos recurrentes que formarán parte del "libro de estilo" del sub-género.

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Y no quiero olvidarme de posibles referentes anteriores, como La Matanza de Texas, de Tobe Hooper, o ese giallo que triunfó en Italia como una especie de primerizo slasher a la europea, con las hipnóticas obras de Mario Bava o Dario Argento. Y tampoco de dos obras posteriores que se suelen citar aunque se adscriban más a las siempre movedizas arenas del fantástico: Pesadilla en Elm Street de Wes Craven (fundamental nombre éste) y Muñeco Diabólico, de Tom Holland, dos referentes ochenteros que yo sitúo en una línea muy diferente al que aquí nos ocupa. En cambio, Viernes 13, estrenada en 1980, sí acaparó suficientes aspectos que nos remiten al slasher y que le permiten ser considerada como claro antecedente también de lo que vendría posteriormente. La película de Sean S. Cunningham presentaba dos características que bien podrían resumir el cine de terror que conocemos en los últimos treinta años: ese grupo de mozalbetes que sirve de objetivo al maníaco de turno, y la circunstancia del "pasaba por allí", que ha estado presente en multitud de obras, anteriores (La Matanza de Texas, La Última Casa a la Izquierda) y posteriores (Km.666, La Casa de Cera...). En este caso los jóvenes pasaban por el campamento de Crystal Lake, en donde la mamá del mítico Jason ajustaba cuentas a su manera, vengándose de aquéllos a quienes consideraba responsables del trágico destino de su hijo. Otro aspecto importante y recurrente estaba presente por tanto en Viernes 13: el pasado tortuoso y las penurias de aquél que se dispondrá después a acuchillar a todo el que se encuentre.

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Con Halloween y Viernes 13 por tanto como claros antecedentes, llegaron los primeros años de la década de los 90, que conformaron un panorama desolador para el cine de terror. Las sagas clásicas de estas dos películas, así como la de Pesadilla en Elm Street, estrenaban sus últimas entregas, demostrando, por si no hubiese quedado claro, que estaban absolutamente agotadas. Resulta triste comprobar que las primeras películas de estas sagas se han visto salpicadas por tantas y tantas secuelas infectas, que han terminado por perjudicar la consideración que de ellas tiene el espectador, cuando se trata de obras más que estimables (exactamente lo mismo que ocurrió más recientemente con la genial Saw y sus infumables continuaciones, o, en el terreno de la ciencia ficción, con la maravillosa Matrix y los dos bodrios posteriores). Pero llegó 1996, y de repente se abrió una ventana que cargó de aire fresco el viciado cubículo del cine de terror.

Primeros meses de 1997. En España, las revistas especializadas (entre ellas, por supuesto, Acción), hablan de dos películas que están obteniendo excelentes recaudaciones en taquilla en Estados Unidos, y que hacen que se empiece a hablar de un resurgimiento del cine de terror. Las expectativas y opiniones favorables que predominaban y llegaban desde el otro lado del charco no se cumplieron, en mi opinión, con la primera que aquí pudimos ver. The Relic se estrenó en España en 2 de abril de ese 1997 y terminó siendo una mediocre monster-movie basada en la novela de éxito de Lincoln Child El Ídolo Perdido, en la que unos desubicados Penelope Ann Miller y Tom Sizemore se enfrentaban a una maldición milenaria que provocaba que un enorme monstruo apareciese en un museo de Chicago. A pesar de contar como director con el siempre interesante Peter Hyams, responsable de la estupenda Atmósfera Cero, The Relic resultó ser una más de tantas y tantas cintas de terror olvidables. Pero la otra no. La otra resultó ser una maravilla que marco un antes y un después en el cine de sustos...

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Scream era la nueva apuesta de Wes Craven, reputado cineasta que contaba en su filmografía con títulos clave en la historia del cine de terror, como La Última Casa a la Izquierda, Las Colinas Tienen Ojos y, sobre todo, Pesadilla en Elm Street. Su carrera había ido a peor, pero tuvo la fortuna de cruzarse en su camino con un desconocido guionista que firmaría uno de los más originales libretos que uno recuerda en el cine de género. Kevin Williamson debutó como guionista con Scream, y jamás volvió a crear una historia tan buena, tan redonda y tan entretenida. Williamson llegó incluso a eclipsar por un momento al propio Craven, por la relevancia y el reconocimiento de su creación, y pasó a convertirse en el guionista estrella de Hollywood, recibiendo suculentas ofertas por seguir con historias semejantes. Nunca alcanzó un nivel similar, y de toda su obra posterior yo sólo puedo quedarme con la serie de televisión Dawson Crece, una entrañable crónica de la adolescencia inspirada en sus propias vivencias y en la que se dio a conocer Katie Holmes, y Secuestrando a la Srta. Tingle, su debut como director, una divertida mezcla de comedia y thriller con una impagable Helen Mirren.

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Scream era buena desde el principio. Ese prólogo protagonizado por Drew Barrymore, en el que la típica adolescente americana es acosada por un asesino que se presenta con una misteriosa llamada telefónica, supuso, al menos para mi, uno de los momentos más tensos, y, por tanto, mejores,que yo haya vivido nunca en una sala de cine. La misteriosa voz pronto nos gana cuando pregunta a la pobre Casey Becker cuál es su película de terror favorita.  Es sólo el inicio de un torrente de sustos, sangre, emociones, suspense y hasta alguna que otra sonrisa...

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Y a partir de esa terrorífica primera escena, tenemos una trama que recoge varios de los típicos elementos de ese cine teenager de masivo consumo en el cine norteamericano, con el manido instituto y los personajes convenientemente ajustados a los arquetipos más reconocibles, desde Carrie hasta cualquier reciente producción. Pronto se nos explica que el misterioso asesino tiene como objetivo primordial a Sidney Prescott, la protagonista encarnada por Neve Campbell, cuya madre había sido asesinada años antes.

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La acción transcurre con un primoroso ritmo, gracias al inteligente y hábil guión de un Kevin Williamson que situó el listón demasiado alto con su debut. La película no permitía una tregua, y se agradecían especialmente las continuas referencias al cine de terror clasico, de manera que hasta dieciséis películas eran mencionadas en alguna de las escenas. Además, las continuas sospechas sobre la identidad del asesino que el guión iba dejando caer hacían que se disparasen las equivocadas especulaciones acerca de quién se escondía tras el original atuendo del homicida:

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Ghostface fue todo un descubrimiento, con esa máscara inspirada en el cuadro El Grito, del pintor noruego Edward Munch. Scream se estrenó en los Estados Unidos el 20 de diciembre de 1996, y logró una modesta recaudación en su fin de semana de estreno de 6,3 millones de dólares. Pero pronto el boca a oreja empezó a funcionar, y la película terminó amasando la cantidad de 173 millones de dólares en todo el mundo, una auténtica barbaridad para una película de terror. En España pudimos verla el 10 de abril de 1997. El cine de miedo volvía a triunfar y a copar la atención, aunque lo que nos llegaría después dejaría mucho que desear...

Kevin Williamson volvió a la carga con un guión de parecidas intenciones, aunque con mucha menos fortuna. El 17 de octubre de 1997, prácticamente un año después del estreno de Scream en los Estados Unidos, se estrenó Sé lo que hicisteis el último verano, la primera de los muchos intentos de Hollywood por aprovecharse del filón. Pero ni la historia era tan buena ni el torpe director Jim Gillespie supo sacarle partido. Se mantuvieron las premisas básicas, con un reparto lleno de rostros jóvenes y atractivos, con Jennifer Love Hewitt, Ryan Philippe, Sarah Michelle Gellar, Freddie Prinze Jr. o la mujer del tenista Pete Sampras, Bridgette Wilson.

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La película contaba las penurias de un grupo de chicos acosado por los deseos de venganza de alguien que afirma saber la verdad sobre el homicidio involuntario que los chicos habían provocado el verano anterior. Caras guapas y un psycho-killer con atuendo de pescador para una correcta aunque olvidable película, que, a pesar de todo, logró una recaudación de 15 millones de dólares en su fin de semana de estreno, y la friolera de 125 millones a nivel mundial. La gente quería seguir pasando miedo en el cine. A su vez, justo un año después, concretamente el 13 de noviembre de 1998, se estrenaría la secuela, convenientemente titulada Aún sé lo que hicisteis el último verano, ya sin Kevin Williamson en el guión, y que resultó ser un espanto. Pero la taquilla también respondió: 40 millones de dólares sólo en los Estados Unidos, y un fin de semana de estreno de...!16 millones!

Con semejantes resultados económicos, parecía claro que tendríamos slasher para rato. El 25 de septiembre de 1998 llegaría a las pantallas otra vuelta de tuerca a estas historias de asesinos de guapetes. Leyenda Urbana jugaba la baza de esos cuentos aterradores cuya verosimilitud defiende siempre aquél que los cuenta, generalmente ante una audiencia dispuesta a dejarse asustar. En la película, dirigida por Jamie Blanks, el asesino tiene la ocurrencia de hacer que esas leyendas urbanas se conviertan en realidad, lo que le cuesta la vida a varios de los incrédulos protagonistas. En el reparto encontramos a gente interesante como Jared Leto o Joshua Jackson, además de un breve papel de Robert Englund, el Freddy Krueger de Pesadilla en Elm Street.

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La película era más de lo mismo, una sucesión de muertes estruendosas que tenía cierto interés por comprobar el cruel cumplimiento de las tétricas leyendas urbanas. Pero era peor que Sé lo que hicisteis...y, por descontado, estaba a años luz de Scream. La recaudación ya no fue tan elevada como en los casos anteriores, pero aún así dio lugar a una secuela, Leyenda Urbana 2, estrenada el 22 de septiembre de 2000, y cuyo único interés reside en comprobar que supuso el primer trabajo destacable de Eva Mendes y de la compañera de House, Jennifer Morrison...

Pero hay que retroceder hasta 1997. La inevitable secuela de Scream se estrenó el 12 de diciembre, dos años después del triunfo de la primera. La productora Dimension Films no podía dejar pasar la oportunidad de hacer dinero con una marca totalmente consolidada. Wes Craven volvía a ponerse tras las cámaras y Kevin Williamson volvía a hacerse cargo del guión. El resultado, como no podía ser de otra manera, distó mucho de acercarse a la grandeza de la primera, a pesar de un comienzo espectacular con un primer crimen en los aseos de unos multicines.

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La taquilla volvió a ser impresionante, con 172 millones de dólares en todo el mundo, muy cerca de la enorme recaudación de la primera. Tenía que haber tercera entrega, aunque ahí el listón ya bajaría hasta las cloacas. Scream 3 se estrenó el 4 de febrero de 2000, y aunque mantenía a Craven como director, Ehren Kruger sustituiría a Williamson como guionista. Kruger, responsable de los buenos guiones de Operación Reno (John Frankenheimer) o La Señal (Gore Verbinski), escribió una historia patética, que no hacía sino alargar de forma ridícula la agotada trama de las dos anteriores películas. Recaudó 161 millones de dólares, otra cantidad astronómica, pero definitivamente, la saga estaba cerrada...

 

Sólo un mes después del estreno de esa horrible secuela, se estrenó una película que, sin ser una maravilla, sí suponía una cierta renovación de la fórmula iniciada por Scream. En Destino Final, había jóvenes amenazados, pero no ya por un loco asesino, sino por la mismísima muerte. En efecto, la señora de la guadaña se encargaba personalmente de que sus designios se cumpliesen, lo que en la película no era de todo factible debido a las capacidades visionarias del joven encarnado por Devon Sawa. Su personaje evita  su muerte y la de sus amigos al impedir que cojan un avión que terminará estrellándose, alterando de este modo su trágico destino.

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Destino Final es recordada, sin duda, por las espectaculares muertes que se suceden durante toda la película, todas ellas producidas a partir de casualidades y hechos aparentemente vacuos. James Wong rodó sin duda su mejor película, lo cual tampoco es decir mucho teniendo en cuenta que su filmografía incluye cosas como El Único o Dragonball Evolution. Los 112 millones de dólares recaudados en todo el mundo propiciaron tres secuelas, la última de las cuales hemos podido ver hace pocos meses, con la novedad de que fue concebida en 3D.

Otra correcta película fue Cherry Falls, totalmente adscrita a los tópicos del género, pero con la novedad argumental que suponía el hecho de que el asesino sólo se cargaba a las chicas vírgenes de un pequeño pueblo. De repente el sexo salvaba vidas, y darse un revolcón era la mejor forma de persuadir al malo. La película, estrenada el 20 de octubre de 2000, resultaba entretenida, y contaba en el reparto con la tristemente desaparecida Brittany Murphy. El director era el australiano Geoffrey Wright, responsable de alguno de los primeros trabajos de Russell Crowe en su país natal.

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El director de Leyenda Urbana, Jamie Blanks, volvió a torturarnos con otra película slasher aún peor. Un San Valentín de Muerte se estrenó el 2 de febrero de 2001, y jugaba la baza de contar con uno de los mitos sexuales del recién estrenado siglo. Denise Richards había seducido a todos en aquel disparate que era Juegos Salvajes, en donde precisamente tenía como compañera de juegos a Neve Campbell, la protagonista de Scream. En Un San Valentín de Muerte volvió a exhibirse en una película horrenda en la que también pudimos ver al ángel televisivo David Boreanaz.

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En una época en la que Hollywood tiene como problema fundamental la escasez de ideas originales, las majors recurrieron a sus antiguos éxitos para explotar títulos míticos bajo el aspecto de películas slasher mediante remakes que poco o nada aportaron. A partir de 2003 volvimos a contemplar las hazañas de Caracuero, Jason y Michael Myers, en películas repetitivas y carentes de interés.

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Abrió la veda La Matanza de Texas, producida por Michael Bay y con la dirección de Marcus Nispel, un especialista en videoclips que se encargaría también de la nueva versión de Viernes 13. La emergente Jessica Biel sería la cara visible de una producción que cumplió en taquilla, hasta el punto de que New Line se decidió a rodar una precuela, que trataba de mostrarnos los orígenes del bárbaro de la motosierra. Jonathan Liebesman la dirigiría, estrenándose en 2006.

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En 2007 se estrenó el remake de La Noche de Halloween, a cargo de Rob Zombie, un músico metido a director cuyas dos anteriores películas, La Casa de los 1000 Cadáveres y Los Renegados del Diablo habían tenido cierta relevancia. Pero su Halloween fue otra flojísima película que en nada superaba al original de John Carpenter. La secuela del remake está pendiente de estreno en nuestro país.

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Yo personalmente me quedo con la vuelta de Myers en 1998, una película que recuperaba el duelo entre la Laurie interpretada por Jamie Lee Curtis y el asesino de la máscara blanca, veinte años después de su enfrentamiento inicial. Steve Miner contó con el apoyo del propio Carpenter y de su mujer Debra Hill, quienes figuraron como productores, y dirigió una entretenida película, con esa gran escena en la que víctima y asesino se ven las caras después de dos décadas con una puerta en medio:

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Y, a la espera de ver el remake de Pesadilla en Elm Street que se estrenará este año, sólo nos queda recoger el de Viernes 13, estrenado en 2009 y que probablemente sea la peor muestra de esta absurda manía de volver a hacerlo todo. Absolutamente nada aportó esta vuelta al campamento de Crystal Lake.

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Y así estamos ahora. Remakes de clásicos de los 70 y 80 con alguna nueva historia que no se sale de los cánones establecidos por el slasher en los últimos veinte años. La última muestra de mediocridad, la recientemente estrenada entre nosotros Hermandad de Sangre, cuyo aspecto más destacable es la presencia en el reparto de Carrie Fisher, y de la hija de Bruce Willis y Demi Moore, Rumer Willis. Y, para seguir con la tendencia, se trata de una nueva versión de una película de los 80 que, eso sí, no alcanzó la relevancia que sí tuvieron los originales antes citados.

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Pero no podía terminar este repaso al cine slasher sin mencionar un par de variaciones del concepto original. Una prueba de la trascendencia del género es que tuvo su correspondiente parodia, inaugurando en el año 2000 la interminable saga de películas que tienen la coletilla ...Movie en su título. Scary Movie fue un éxito espectacular, y logró una increíble recaudación de 278 millones de dólares en todo el mundo. Los hermanos Wayans, cómicos de relativo éxito hasta entonces en su país, se encargaron de rodarla, escribirla, producirla e interpretarla, y obtuvieron luz verde para tres secuelas, eso sí, a cada cual peor.

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Otra parodia igual de horrenda sería  Me parece que..sé lo que gritasteis el último Viernes 13, cuyo título presagiaba el nivel de la cinta...

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Finalmente, sólo me queda recordar las aportaciones que nos llegaron fuera de Hollywood. De Alemania nos llegó Anatomia, protagonizada por la estrella teutona Franka Potente, quien a raíz del éxito de esta película y de la estupenda Corre Lola, Corre, logró hacerse un nombre en el cine americano. Anatomia fue dirigida por Stefan Ruzowitzki, quien supo rodar una inquietante historia sobre una facultad de medicina en la que un asesino amenaza a los jóvenes estudiantes. La cinta obtuvo un importante reconocimiento, lo que provocó la producción de una secuela, sensiblemente inferior.

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Y, en España, también tuvimos nuestras muestras de escaso talento. Varias fueron las películas que trataron de llegar al público joven que acudía en masa a las salas para ver los slasher americanos. Pero pocas, o prácticamente ninguna lo logró. Cosas como No Debes Estar Aquí, Tuno Negro o Más de 1000 Cámaras Velan por tu Seguridad resultaron especialmente vomitivas. Los proyectos más ambiciosos corrieron a cargo de Álvaro Fernández Armero con El Arte de Morir, y de Carlos Gil con School Killer.

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El Arte de Morir fue una fallida propuesta que tras un prometedor comienzo se desinflaba debido al ingenuo y ridículo guión. Presentó un reparto muy competente, formado por varios representantes de una nueva hornada de jóvenes actores que provenían de la inagotable cantera de las series televisivas. Pero la película dejaba muy mal sabor de boca, con un desenlace ciertamente desconcertante y estúpido. Mejor sensación causó School Killer, que además de su original trama, tenía el añadido de contar como villano con el entrañable y mítico Paul Naschy, nombre que no podía faltar en todo artículo sobre cine de terror que se precie...

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Y hasta aquí este recorrido por un género cinematográfico que suele dar una de cal y muchas de arena. Supongo que me habré olvidado de alguna, pero espero que haya servido para recordar esa (molesta) tendencia de exprimir hasta el límite el éxito de una propuesta. Scream abrió la veda, pero ninguna se le acercó. Los buenos aficionados al cine de género seguiremos esperando una buena película de miedo, de esas que te mantienen en tensión en la butaca y que hacen que la chica de tus sueños quiera sentirse protegida en tu regazo. Bueno, no nos engañemos, para eso da igual que la peli de terror sea buena o no, bribones...

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Hollywood es una factoría de sueños cuya realización en ocasiones, supone desgracias de enorme calibre. Muchos han sido los rodajes de ambiciosas películas que se han cobrado la vida de especialistas, extras o hasta de la propia estrella de la película. En los últimos años hemos tenido noticas de la muerte de un especialista en efectos visuales durante el rodaje de la maravillosa El Caballero Oscuro, de la de otro miembro del equipo durante la filmación de la última película de John Woo Acantilado Rojo, o de uno que falleció mientras se rodaba xXx, la cinta de acción protagonizada por Vin Diesel. Y, remontándonos más en el tiempo, podemos recordar el fallecimiento de un vigilante de leones que fue devorado por esos mismos animales durante el rodaje de La Profecía, por no hablar de la muerte de Brandon Lee, el vástago de Bruce Lee, mientras rodaba El Cuervo, que convirtió a la película en el legado póstumo del que se presumía nueva estrella del cine de artes marciales.



Pero en 1982 se produjo una desgracia mayúscula, semejante a la de Brandon Lee, puesto que también se trató de uno de los protagonistas de la película en cuestión, que además vino acompañada de la muerte de dos niños vietnamitas que trabajaban ilegalmente como extras. La película era En los límites de la realidad, un intento de Warner por trasladar el éxito de la serie televisiva del mismo nombre a la gran pantalla, y que contó como directores con Steven Spielberg, Joe Dante, John Landis y George Miller, un cuarteto de lujo que se encargó de los diferentes segmentos argumentales de los que constaba la obra.

Twilight Zone: The Movie resultó ser una irregular película lastrada, cómo no, por la desgracia ocurrida durante su filmación. John Landis dirigió las partes más meritorias de la película, el prólogo y el primer segmento. Dan Aykroyd y Albert Brooks mantenían un divertido duelo dialéctico en la escena que abría la película, mientras que el primer segmento era una historia sobre la intolerancia y la homofobia, con moraleja final incluída, tras las penurias atravesadas por Vic Morrow, el actor que perdió la vida durante el rodaje.

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Morrow interpretaba a Bill Connor, un tipo amargado por su situación laboral que ve como sus más bajos instintos homófobos le llevan a despotricar contra negros, judíos y orientales, durante una conversación en el bar con dos amigos. Cuando se despide de ellos y sale del bar, vivirá una experiencia aterradora que le llevará a plantearse su ideología. Éste es, sin duda, el episodio más interesante de la película, escrito por el propio Landis, y que resultaría ser el trabajo póstumo de su protagonista.

Vic Morrow era un competente actor que había empezado su carrera trabajando con alguno de los más prestigiosos directores de los años 60, como Richard Brooks, con quien trabajó en Semilla de Maldad, Robert Wise, con quien rodó el western La Ley de la Horca, o Anthony Mann, quien le dirigió en Cimarron. Pronto se labraría una fructífera carrera en televisión, apareciendo en series míticas como Alfred Hitchcock Presenta..., Bonanza, Los Intocables, Misión Imposible o Las Calles de San Francisco.

El viernes 23 de julio de 1982, durante el rodaje del segmento argumental de En los límites de la realidad que protagonizaba, Morrow falleció a causa de un accidente de un helicóptero. El piloto perdió el control del aparato y el actor fue decapitado por las hélices, al igual que Myca Dihn Le, un niño que actuaba como extra. Otro niño, Renne Shin-Yi Chen, murió también, aplastado por el helicóptero.

Como no podía ser de otra manera, la maquinaria de Warner se puso en funcionamiento para que la desgracia afectase lo menos posible a la película, y, por descontado, a su rentabilidad. Pero la cinta quedaría marcada para siempre por el trágico acontecimiento, así como las relaciones entre Spielberg y John Landis. Sólo un año después del estreno de una película marcada por la tragedia, Poltergeist (varios miembros del reparto fallecieron después del rodaje), En los límites de la realidad proseguía con la maldición de las películas de género.

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El actor de la imagen, Scatman Crothers, protagonizaba el segmento dirigido por Steven Spielberg, una simpática trama escrita por el gran Richard Matheson, quien ya había firmado los libretos de muchos episodios de la serie original. La historia es cien por cien spielbergiana, con una residencia de ancianos en donde alguno de sus inquilinos rejuvenece gracias al toque mágico de Mr.Bloom, el personaje de ese actor de físico peculiar que era Crothers. El complejo de Peter Pan que desde siempre ha estado presente en la obra del Rey Midas se ponía de manifiesto una vez más en este entrañable cuento.

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Kathleen Quinlan protagonizó el tercer episodio, el más aburrido de la película. Fue dirigido por Joe Dante, reputado director de cine fantástico que había adquirido relevancia con Piraña y Aullidos, y que un año después de En los límites...estrenaría su mayor éxito, Gremlins. Dante poco pudo hacer con una historia lamentable, sobre un niño con poderes que engaña al personaje de Quinlan para que le acompañe a su casa, en donde esconde terribles secretos derivados de sus poderes mentales. Duele en el alma ver que este episodio viene firmado también por un Richard Matheson que no estuvo precisamente afortunado.

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Y llegamos al último capítulo, una divertidísima locura en forma de breve historia de terror protagonizada por un estupendo John Lithgow, uno de esos actores de quien uno tiene la sensación de que nunca ha sido suficientemente aprovechado en el cine. Lithgow interpreta a John Valentine, pasajero de un vuelo que será bastante movido...Aquí sí Matheson está sublime, componiendo una historia simple, pero efectiva, terrorífica y dinámica, cuyo visionado podría justificar por sí sólo la existencia de la película. George Miller, responsable de la mítica Mad Max, se encargó de dirigirlo.

Este cuarto segmento empalma directamente con el estupendo prólogo dirigido por John Landis, lo que hace que uno termine de ver la cinta con un buen sabor de boca. Y es que más allá de las terribles circunstancias que acompañaron a la concepción de la película, En los límites de la realidad es una interesante muestra del cine de terror ochentero, inequívocamente aderezado con el almíbar de un Steven Spielberg que desde siempre había mostrado interés por los seriales de suspense, como más tarde demostraría implicándose en la producción de Cuentos Asombrosos.

"Esta puerta se abre con las llaves de la imaginación. Al otro lado hay una nueva dimensión, una dimensión de sonido, una dimensión de imágenes, una dimensión de la mente. Están acercándose a un territorio de sombras y sustancias, de ideas y cosas. Acaban de entrar en los límites de la realidad..."

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Un poquito de cine español para el blog. Siete Minutos, de Daniela Féjerman, y Gordos, de Daniel Sánchez Arévalo son dos de las 120 películas españolas que se estrenaron en nuestros cines en el pasado 2009 (aunque, si fuésemos rigurosos, comprobaríamos que más de una de las 120 tuvo una difusión mínima, por lo que seguimos con uno de los perennes males de nuestro cine: se producen demasiadas películas...). Estamos ante dos producciones tipo de nuestra industria, de esas que reúnen características que podríamos encontrar en buena parte de esas producciones patrias. Y es que, efectivamente, son dos comedias (aunque la de Sánchez Arévalo destaca también por su fuerte componente dramático), carecen de un guión redondo (en Siete Minutos decir que el guión "no es redondo" es ser generoso...), y alternan buenas interpretaciones con otras no tan buenas. No hay que ser muy asiduo a las salas para comprobar que estas tres características son muy típicas de nuestro cine reciente. Y, desgraciadamente, también comparten un cuarto aspecto: no son buenas películas...

Daniela Féjerman se estrena como directora en solitario, después de haber compartido tareas con Inés París en Semen, Una Historia de Amor y A mi madre le gustan las mujeres, comedias supuestamente rompedoras que no lograron especial relevancia. Con Siete Minutos la tarea que comparte es la de guionista, esta vez con la Ministra de Cultura, Ángeles González Sinde. Sería muy injusto y demagógico acusar a la Ministra de torpe guionista, como parece que muchos se han empeñado, aunque no sé yo si en esas críticas habrá más intenciones políticas que meramente cinematográficas. Es cierto que sus últimos dos libretos no han sido buenos, ya que éste es flojo y el de Mentiras y Gordas directamente horrendo, pero ahí están cosas como Todos Estamos Invitados,Heroína, La Vida que te espera, Las Razones de mis Amigos o La Buena Estrella.

Pero, ciñendonos a Siete Minutos, justo es decir que Féjerman y González Sinde tratan de contarnos una historia coral sobre relaciones sentimentales que pronto deja de interesarnos. Partiendo de la reciente moda empleada por algún portal de contactos de organizar multi-citas entre sus clientes que no sobrepasen esos siete minutos a los que hace referencia el título, asistimos a varias historias de amor que las guionistas tratan de cruzar en la mejor tradición del cine coral que, por ejemplo, Robert Altman ofrecía en Vidas Cruzadas o Paul Haggis en Crash. Ni que decir tiene que sobran las comparaciones.

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Como en muchas otras ocasiones, la película parte de una premisa interesante que no cuaja por la incapacidad de los guionistas para prolongar esa idea a lo largo de todo el metraje. Los mejores momentos de Siete Minutos se suceden durante las brevísimas citas a ciegas, cuando los dos aspirantes a emparejarse disponen de tan escaso período de tiempo para conocerse. E, incluso, uno tiene la sensación de que esas escenas podrían dar mucho más de sí de manos de otro cineasta.

Con un reparto repleto de rostros no precisamente mediáticos, la película presenta como mayor acierto el trabajo de tres intérpretes que nos han ofrecido muchos trabajos de calidad últimamente. Raúl Arévalo, Pilar Castro y Marta Etura capean como pueden el temporal provocado por ese flojo guión, y se convierten en los motores de una película que no ofrece mucho más.

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Marta Etura es Nerea, una chica desesperada porque sus problemas de ansiedad le impiden encontrar novio. Etura está realmente simpática, tan eficiente como en Celda 211, Las Trece Rosas o La Vida de Nadie. Y es de alabar el mérito añadido de tener que encarnar a un personaje excesivo, que probablemente en manos de otra actriz hubiese resultado caricaturesco.

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Pilar Castro es otra de esas chicas que hace tiempo ha dejado de ser una eterna actriz revelación. Ella es Sonia, una pérfida soltera cuyas elevadas exigencias provocan su soledad. Y junto a ellas, destaca ese Raúl Arévalo al que también podemos ver en Gordos (como a Pilar Castro), y que es probablemente, el más versátil de nuestros jóvenes actores.

Y no hay mucho más que decir sobre Siete Minutos. Lo triste es que los defectos de la película son precisamente aquéllos que más utilizan quienen no se cansan de atizar a nuestro cine: floja historia y esas escenas de sexo que, tristemente, hay que reconocer que parecen estar metidas con calzador...

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Gordos es el segundo largo de Daniel Sánchez-Arévalo, quien logró un unánime reconocimiento con su anterior trabajo, la muy premiada Azuloscurocasinegro. Fue éste un proyecto muy llamativo desde su concepción, cuando los medios especializados hablaban del trabajo de Antonio de la Torre, quien se preparaba para interpretar su papel engordando a conciencia...Pronto surgieron las comparaciones con el Robert DeNiro que modificaba su físico dependiendo del volumen del personaje, aunque el bueno de Antonio se quedó muy lejos, no ya de DeNiro, sino de intérpretes mucho menos dotados. Y es que el Enrique que interpretó terminó siendo, en mi opinión, lo peor de la película, un personaje desatado, excesivo y guiñolesco, alguien a quien nunca nos terminamos de creer.

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Y mira que Antonio de la Torre es buen actor, pero para este viaje no eran necesarias estas alforjas...Gordos es una película tan correctita como lo era, en mi opinión, Azuloscurocasinegro, dos historias que amagan pero no pegan, lastradas, de nuevo, por un guión tremendamente irregular. Una vez más, lo mejor es ese Raúl Arévalo capaz de hacernos reír en una historia que trata, sin conseguirlo, de reflejar el drama de quien no logra estar satisfecho con su aspecto físico.

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Gordos podría haber sido una más que interesante película, una aproximación a la llamada "pandemia del siglo XXI", que no cumple las expectativas por ese enfoque erróneo del director que parece más interesado en centrarse en los delirios y problemas mentales de un grupo de personas obesas que en el problema en si. Buena parte de los dramas que se nos cuentan nos parecen falsos, teatrales, así como esa historia forzada del trágico destino del antiguo socio del personaje de Antonio de la Torre. Siempre se dice que un buen guión no hay cineasta que lo estropee, y que uno malo no lo levanta ningún reputado director. Daniel Sánchez Arévalo sabe dirigir a sus actores, e impregna a la película de un buen ritmo narrativo, pero su historia termina haciendo aguas, a pesar de unos intérpretes que parecen querer seguir con su ímprobo trabajo, iniciado meses antes del rodaje cuando transformaron sus cuerpos a base de calorías e hidratos de carbono.

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Ni Siete Minutos ni Gordos son dos películas con las que nuestro cine pueda sacar pecho. Pero tampoco sería justo tacharlas de lo que no son: no son dos horribles películas ni dos producciones susceptibles de ser usadas como arma arrojadiza contra nuestra pequeña industria. Mentiras y Gordas sí lo era, aunque diese un montón de dinero. Celda 211 en cambio, llenó los bolsillos de los productores al tiempo que demostró un talento enorme por parte de todos y cada uno de sus responsables. Ése es, en mi opinión, el camino a seguir, aunque nadie diga que sea fácil...

UN REPASO A UN 2009...DE CINE

31 Dic 2009 Escrito por

Se nos va este 2009, un año que yo recordaré como uno de los mejores de los últimos tiempos, cinematográficamente hablando. El año en el que la crisis económica se apoderó de titulares e información general, tuvo suficientes motivos de evasión en los cines, a los que no dejaron de llegar películas excelentes. Y es que los problemas de la vida cotidiana no se resuelven con películas, pero yo al menos estoy convencido de que algo ayudan...En este artículo intentaré despedir este 2009 como se merece, recordando los momentos más importantes que yo, como espectador, he vivido en las salas de cine. Y es que, echando la vista atrás, me cuesta recordar un año en el que tan buen cine haya llegado a nuestras salas. 2010 nos traerá las nuevas películas de maestros como Martin Scorsese, Tim Burton, Peter Jackson o Ridley Scott, así que asistiremos expectantes a la llegada de esta nueva década cinematográfica. De momento, recapitulemos lo que el año saliente nos ha dejado:

 

 

Enero nos trajo una nueva película del plagiador oficial de Tarantino, ese Guy Ritchie que pronto estrenará su Sherlock Holmes.Rocknrolla fue una película desigual, lastrada por los defectos típicos del ex de Madonnna, mucho mejor que aquello de Barridos por la Marea pero a años luz de Snatch, sin duda su mejor película. Vimos también una interesante película de Edward Zwick, Resistencia, con Daniel Craig; una horrenda película de terror firmada por el guionista de los Batman de Nolan, David S. Goyer, titulada  La Semilla del Mal; un infructuoso intento de Will Smith por ser nominado al Óscar con Siete Almas; una nueva y floja entrega de la saga Transporter y una estupenda película de un gran director:

Sam Mendes nos ofreció otro brillante ejercicio de cine redondo, algo inferior a sus anteriores y estupendas American Beauty, Camino a la Perdición o Jarhead, pero magníficamente escrita por Justin Haythe e interpretada por Leonardo DiCaprio y Kate Winslet. Una bofetada al sueño americano que quizás mereció mejor consideración.

En enero vimos, además, la mejor obra del irregular Gus Van Sant, quien regaló al gran Sean Penn uno de los papeles de su vida en Mi Nombre es Harvey Milk, por la que el actor fur premiado con el Óscar.

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Febrero fue un mes apasionante para quienes frecuentamos las salas de cine. Fue el mes en el que se estrenaron seis de las mejores películas del año, y, para quien esto escribe, de la década. La primera en llegar fue una esperada película que colmó las expectativas de los amantes del cine del gran Bryan Singer. Valkiria demostró que poco importa que se conozca el final de una historia si se cuenta con un guionista capaz de atraparte en la butaca. Y es que el libreto de Christopher McQuarrie resultó ser magnífico.

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Poco después nos llegó El Lector, con la que Kate Winslet logró la merecida estatuílla que había rozado en sus anteriores cinco nominaciones. La película de Stephen Daldry fue una amarga y profunda reflexión sobre la culpa, la conciencia individual y colectiva, y sobre si las responsabilidades personales están o no por encima de las colectivas.

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Al poco tiempo y casi simultáneamente nos llegaron otras dos películas estupendas, acaparadoras de premios y nominaciones. Danny Boyle y David Fincher nos regalaron sus mejores películas, muy distintas entre si, pero con una palabra clave en ambas: el destino, que hace que a un humilde chico de la India le pregunten sobre su propia vida en un exitoso programa televisivo y que a un curioso hombre le correspondan en su amor a pesar de que las agujas de su reloj biológico se mueven en sentido contrario. Realmente, sólo por Slumdog Millionarie y El Curioso Caso de Benjamin Button ya mereció la pena este 2009.

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El Luchador supuso la vuelta definitiva de Mickey Rourke al primer plano cinematográfico, que ya había tanteado con la estupenda Sin City unos años antes. La película de Darren Aronofsky resultó ser una conmovedora reflexión sobre la nostalgia del mejor pasado, en el que el luchador pateaba a sus rivales y tenía el reconocimiento de todos. En contraposición, el director nos muestra el amargo presente de un personaje cuyos pasos vemos siempre con una cámara acertadamente situada en su espalda, metáfora de lo que fue y no volverá. Y pudimos disfrutar además del gran trabajo de la recuperada Marisa Tomei.

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Ron Howard estrenó entre nosotros en febrero su mejor película. El Desafío, Frost Contra Nixon fue una soberbia aproximación a la entrevista que el sagaz periodista David Frost realizó al ex-presidente Nixon, en la que éste reconoció ante una audiencia millonaria su implicación en el caso Watergate. Cine con mayúsculas inhabitual en un cineasta más acostumbrado a historias convencionales.

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Fue además el mes en el que disfrutamos con otra gran película del año, la modesta producción de John Patrick Shanley La Duda, en la que Philip Seymour Hoffman y Meryl Streep daban otro recital de interpretación, y también asistimos al desafortunado regreso de uno de mis directores españoles favoritos: Manuel Gutiérrez Aragón, quien abandonó la comedia en la irregular El Juego del Ahorcado.


 

Marzo fue pródigo en cine de género no especialmente recordable. El remake de Viernes 13 fue más de lo mismo, Push una horrible historia sobre superhéroes anónimos, The Code una olvidable peli de ladrones con Antonio Banderas y nos llegó además la aburrida tercera entrega de la saga Underworld. Pero, si hablamos de cine de género, uno de los acontecimientos del año, y de la década, fue, sin duda, Watchmen.

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Zack Snyder se atrevió a adaptar el cómic de Alan Moore, tras una enorme disputa por los derechos entre las majors Fox y Warner. El resultado provocó bastante indiferencia, aunque yo creo que no era posible hacerlo mejor. Y espero que el tiempo haga justicia a una obra espléndida y respetuosa con el impresionante original que adaptaba. Y poco más tarde, volvieron dos de los grandes:

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Eastwood y Almodóvar no se superaron, pero ofrecieron inequívocas muestras de talento. Gran Torino supuso la vuelta del maestro a esos personajes detestables y entrañables a partes iguales, en la mejor tradición de Harry El Sucio. Los Abrazos Rotos resultó ser tan desigual como interesante, y nos dejó alguna escena memorable, como la lectura de labios de Penélope Cruz frente a un sorprendido José Luís Gómez. Y no quiero olvidarme de una película que pasó injustamente desapercibida: Traidor, de Jeffrey Nachmanoff, con un enorme Don Cheadle en una trama sobre terrorismo internacional.

 

 

 

En abril contemplanos el histórico éxito de uno de los mayores bodrios producidos por nuestra industria en los últimos tiempos. Mentiras y Gordas fue una sesgada visión de nuestra juventud, que aprovechó el innegable tirón de las jóvenes estrellas televisivas para romper la taquilla, algo de lo que yo, por otra parte, siempre me alegraré. Pero ojalá que el éxito de nuestro cine viniese de la mano de productos más presentables que éste. Tuvimos una nueva entrega de la agotada saga de Fast and Furious, la disneyniana La Montaña Embrujada y la interesante The International, con Clive Owen luchando contra la corrupción bancaria. Y la más recordable del mes quizás fue la irregular Señales del Futuro, en la que Nicolas Cage trataba de evitar el fin del mundo.

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Mayo es, como bien es sabido, el mes que da inicio a la época estival de blockbusters cinematográficos, y en 2009 tuvimos tres, de enorme magnitud. Hugh Jackman vino hasta nuestro país para presentar X-Men, Orígenes: Lobezno, la correcta peli que nos contaba el origen del popular mutante de Marvel. Tom Hanks volvió a peinarse de forma rara para dar vida a Robert Langdon en la entretenida Ángeles y Demonios, pero lo mejor vino de la mano del televisivo J.J. Abrams y su reseteo de la saga Star Trek

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Los pijamas espaciales y las orejas puntiagudas volvieron a adquirir protagonismo, gracias a una película espectacular en la que, como no podía ser de otra manera, Leonard Nimoy tuvo su participación estelar. Además, Ben Stiller volvió a vivir una loca Noche en el Museo y Zac Efron las volvió locas en 17 Otra Vez. Y yo quiero recordar dos películas pequeñas, pero cuyo reparto contribuyó decisivamente a que a mi me gustasen mucho: Emilio Gutiérrez Caba y Tristán Ulloa hicieron de Un Buen Hombre un correcto thriller, y Dustin Hoffmann y Emma Thompson convirtieron Nunca Es Tarde Para Enamorarse en una entrañable historia de amor.

 

 

 

Junio nos trajó más taquillazos. La segunda entrega de Transformers no resultó ser mucho mejor que la primera, aunque la taquilla volvió a respaldarla. Y tras una larga espera, volvimos a contemplar la guerra entre máquinas y humanos en Terminator Salvation, que a mis compañeros bloggueros Miguel Juán Payán y Jesús Usero gustó mucho, y a mi algo menos.

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Fue también el mes de una horrorosa película de miedo, Presencias Extrañas, de otra comedia del clan Apatow, Te quiero, Tío, y de una cinta al servicio y lucimiento de Beyoncé, Obsesionada. Y además tuvimos al anteriormente rompedor Kevin Smith con ¿Hacemos Una Porno?, que terminó siendo más almibarada de lo deseado.

 

 

 

En julio tuvimos dos remakes desiguales, aunque interesantes. El competente Peter Hyams estrenó Más Allá de la Duda, remake de una película del mismo título de Fritz Lang, con un solvente Michael Douglas como protagonista de un thriller que se desinflaba con un absurdo e inesperado final. Y Denzel Washington y John Travolta mantuvieron un decepcionante duelo en Asalto al Tren Pelham 1,2,3, remake de una película setentera de Joseph Sargent. Pero además nos llegó otro de los platos fuertes del año:

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Up fue una maravilla animada que confirmó a Pixar como la compañía de referencia en el cine de dibujos. Una historia entrañable protagonizada por ese Carl Fredricksen qe ya figura en mi memoria como uno de mis personajes cinematográficos favoritos de siempre. Guiños cinéfilos y aventuras para una película sublime.

 

 

 

En agosto tuvimos de todo. Otro blockbuster basado en juguetes de Hasbro: G.I. Joe; una divertida comedia que resultó ser una agradable sorpresa: Resacón en Las Vegas; una esperada y decepcionante película del talentoso Michael Mann: Enemigos Públicos y una floja peli de la nueva estrella de las artes marciales, Tony Jaa, en ONG Bak 2. Pero lo mejor del mes fue la vuelta del gran Sam Raimi al cine de terror modesto pero efectivo.

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Arrástrame al Infierno no destacó por su guión, otra vuelta de tuerca a las recurrentes historias asiáticas de terror, pero a cambio nos dejó un personaje terrorífico, el de esa vieja encarnada por una horripilante Lorna Raver, y alguna escena que nos hizo recordar lo mejor del Raimi pre-Spiderman, ése al que todos los buenos aficionados al cine de género echamos de menos.

 

 

 

En septiembre tuvimos otro regreso sonado, el de Quentin Tarantino y sus Malditos Bastardos, que a mi me defraudó algo, a pesar de contar con uno de los mejores personajes de la década, ese Hans Landa magníficamente interpretado por el actor austríaco Christoph Waltz

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Tuvimos también una comedia romántica del montón, Qué Les Pasa a los Hombres; una deleznable cinta de acción videojueguil, Gamer; una experiencia terrorífica en 3D, San Valentín Sangriento; una interesante propuesta de ciencia ficción protagonizada por Bruce Willis, Los Sustitutos y una divertidísima película de terror escrita por la oscarizada guionista de Juno, Diablo Cody, titulada Jennifer's Body, en la que Megan Fox otorgaba otro sentido al término "morbo".

 

 

 

Octubre nos trajo un buen número de peliculas entretenidas, de esas que uno no vuelve a ver, pero de las que termina guardando un buen  recuerdo. Paco Plaza y Jaume Balagueró no superaron con [Rec 2] el enorme éxito de la primera entrega, pero en mi opinión ofrecieron una digna secuela; Woody Allen volvió a Nueva York con la divertida Si La Cosa Funciona, en la que cedió el protagonismo al cómico Larry David; los españoles hermanos Pastor estrenaron Infectados, una modesta y apocalíptica película de terror a la que le faltó un guión algo más solvente para triunfar; el también español Jaume Collet-Serrra siguió demostrando que nuestros cineastas saben salir airosos de proyectos americanos y volvió a mantener el buen nivel que había ofrecido hace algunos años con La Casa de Cera, esta vez con La Huérfana; nos llegó la segunda entrega de las andanzas de Lisbeth Salander en la entretenida Millenium II y, finalmente, asistimos al regalo póstumo para los fans de Michael Jackson con This Is It, sobre lo que pudo haber sido y no fue. Pero el plato fuerte del mes llegó de la mano de uno de los directores españoles más reconocidos:

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En Agora Alejandro Amenábar contó con un presupuesto ingente, en un intento por resucitar el peplum, aunque bajo las particulares premisas del director hispano. Rachel Weisz estaba especialmente bien, pero la película se vio lastrada por un ritmo narrativo plúmbeo y una historia desigual. Con todo, la cinta fue un enorme éxito y acaba de ser vendida para que se estrene en buena parte del extranjero.

 

 

 

En noviembre también hubo cine para todos los gustos, desde nuevas entregas de sagas de terror (El Destino Final) hasta una prematura película navideña (Cuento de Navidad, otra experiencia de captura de imágenes a cargo de Robert Zemeckis), pasando por una pequeña y buena comedia independiente, 500 Días Juntos; una interesante y rescatable propuesta de terror basada en una historia del gran Richard Matheson, The Box; una flojísima cinta de terror espacial, Pandorum, y un olvidable biopic: Amelia. Y, además, una maravilla en forma de drama carcelario, una de esas películas por las que el cine español tiene que felicitarse ya que reúne todas las virtudes que uno ansía ver en el cine patrio. Celda 211 fue una de las pelícuals del año, y contaba con un insuperable Luís Tosar en uno de esos papeles que los buenos aficionados al cine recordarán para siempre, Mala Madre.

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Y llegó diciembre, y con él uno de los acontecimientos cinematográficos de la década. James Cameron se hizo de rogar pero la espera terminó mereciendo la pena. Con Avatar volvimos a sentir el poder del cine para fascinar y, sobre todo, para componer imágenes que terminan por guardarse en el imaginario colectivo de toda una generación. El 3D adquirío especial relevancia y nos permitió disfrutar de uno de los mayores espectáculos visuales que nunca soñamos vivir. Pandora lució como un planeta precioso, poético, y aunque la historia que Cameron nos contó no era especialmente original, Avatar será recordada para siempre como una de las películas más importantes de la historia, una más de un tipo que cada vez que decide hacer cine intenta ir un paso más allá.

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Finalmente asistimos a otro éxito mayúsculo del cine español, con Spanish Movie, la versión patria de esas parodias que tanto gustan de hacer en Hollywood. Spielberg nos recomendó la inocua Paranormal Activity, de la que yo sólo rescató su escalofriante desenlace, y, cómo no, Bella cambió por un rato al vampiro Edward por el licántropo Jacob en la segunda entrega de Crepúsculo, Luna Nueva. Spike Jonze, por su parte, sorprendió con la infantil Donde Viven los Mosntruos, interesante película de un director que no está precisamente entre mis favoritos.

 

 

Y así transcurrieron estos doce meses de cine. 2009 ha sido decididamente un buen año, con películas que yo al menos recordaré siempre por los buenos momentos que pasé viéndolas en las salas de cine. Pero 2010 se presenta prometedor. Hoy termina un gran año de cine, y esperemos que sea también el comienzo de otro.

Sólo me queda agradecer a todos aquellos que me han leído, a quienes se han pasado por este rincón de la red, de forma habitual o esporádica. Y, por supuesto,a todos ellos, así como a los responsables y lectores de la revista Acción, desearles un feliz y próspero 2010. Y, como digo siermpre, nos seguiremos viendo en el cine...

Última entrega de este resumen sobre lo más interesante que el cine nos ha dejado en esta década. Llegamos así a los puestos de honor, las 24 mejores películas que este compulsivo espectador ha podido ver en las salas de cine en estos diez años, matizando, como hice en la primera entrega, que solamente han sido tenidas en cuenta las películas proyectadas en los cines convencionales, es decir, obviando filmotecas, cine-clubes o salas de arte y ensayo. Y no porque ese cine sea desdeñable, más bien al contrario, ya que probablemente mucho cine proyectado en esos círculos minoritarios supere en calidad al aquí recogido. Pero lo cierto es que en su mayor parte esas películas son de difícil o imposible visionado para alguien que no resida en una ciudad grande, con mayores posibilidades de acceso a cultura y proyecciones. Éste es, en fin, un recorrido por lo mejor del cine más reconocido y comercial. Habrá discrepancias, y seguro que lo mejor de esta lista serán los debates cinematográficos que esas discrepancias provoquen.

 

24.  GANGS OF NEW YORK, de Martin Scorsese (2002)

Dividió a la crítica, y a buena parte del público. Yo me alineé con los que la defendieron con pasión. Gangs of New York me pareció una maravilla, un fresco histórico sobre la configuración poblacional de la ciudad más importante del mundo. Los gángsters que Scorsese nos mostró distaban mucho de los que hasta entonces conocíamos en su cine. Eran clanes que luchaban por sobrevivir, por encontrar su parcela de poder, y no por dominar determinados mercados ilegales como en buena parte del cine del maestro. Con una premisa nada original (el deseo de venganza de un hijo contra el asesino de su progenitor), Scorsese nos contó una historia apasionante en una película que muy probablemente sufrió los tijeretazos del estudio, nada confiados de que las intenciones del director triunfasen en taquilla. Pero aún así, el resultado final fue, en mi opinión, magnífico. Y el personaje del enorme Daniel Day-Lewis, Bill "El Carnicero", permanecerá para siempre en mi memoria cinéfila. Diez nominaciones al Óscar, entre ellas las correspondientes a mejor película, director, actor (Daniel Day-Lewis) y guión. Se fue de vacío, pero a mi me sigue pareciendo buenísima.

23.  SPIDERMAN 2, de Sam Raimi (2004)

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Raimi dejó lo bueno de la primera película, y corrigió lo menos bueno. Spiderman 2 es la mejor película que me temo nunca se habrá hecho sobre el mítico personaje de La Casa de las Ideas. Desde los increíbles títulos de crédito, con esos preciosos bocetos del gran Alex Ross resumiendo la primera parte, hasta su trama argumental, con los típicos agobios de un Peter Parker desbordado por el hecho de que un gran poder conlleve una gran responsabilidad...sin olvidarnos de ese imponente villano que fue el Dr.Octopus encarnado por Alfred Molina, sin duda mucho más logrado que el Duende Verde de la primera. Óscar a los mejores efectos visuales.

22.  EL PIANISTA, de Roman Polanski (2002)

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Probablemente la más sobrecogedora película sobre la II Guerra Mundial y el Holocausto, junto con esa obra maestra que es La Lista de Schindler. Polanski adaptó las memorias del músico polaco de origen judío Wladyslaw Szpilman, quien sufrió en sus carnes toda la crudeza del episodio histórico más cruel y dramático de la historia de la humanidad. Óscar para un soberbio Adrien Brody, también para Polanski como director y para el guión de Ronald Harwood. Una de las mejores películas de uno de los mejores directores de nuestro tiempo.

21.  SIN CITY, de Robert Rodriguez (2005)

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Frank Miller no tuvo más remedio que rendirse al talento y compromiso de un Robert Rodriguez que sólo pretendía ser fiel a las viñetas del cómic. Sin City supuso una revolución visual que demostró que puede adaptarse cualquier obra del noveno arte sin tener que defraudar a todos aquellos que veneran el original. Quizás lo peor fue que el propio Miller copió el estilo en su inefable adaptación de The Spirit.

20.  LOS LUNES AL SOL, de Fernando León de Aranoa (2002)

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Aún reconociendo que resulta difícil de creer que los protagonistas suelten las ingeniosas frases y los afilados diálogos que León de Aranoa pone en sus bocas, Los Lunes al Sol se ganó a crítica y público en 2002 gracias a su entrañable historia, y a unos actores en estado de gracia. Bardem, Luís Tosar y todos los demás estaban realmente impresionantes, aunque nos chirriase que gente de su estrato social fuese capaz de hablar como auténticos académicos de la lengua. Pero lo mismo le pasó al director y guionista en Princesas, en donde las prostitutas protagonistas también mostraban un dominio del lenguaje abrumador. Pero las virtudes del cine de este gran director superan con creces a esos nimios detalles.

19.  LA GUERRA DE LAS GALAXIAS; EPISODIO III, LA VENGANZA DE LOS SITH, de George Lucas (2005)

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El 19 de mayo de 2005 se completó la más importante saga cinematográfica de la historia del cine. A mi me encanta este Episodio III, me parece sin duda la mejor de la trilogía nueva, aunque muy alejada de los episodios IV y V, pero muy cerca del VI. Lucas supo empalmar de forma magistral el look totalmente digital de las nuevas películas con el cartón-piedra de las antiguas. Asistimos al nacimiento de una leyenda, ese Darth Vader que lideraría cualquier clasificación sobre los villanos más famosos de la historia del cine.

18.  LOS INCREÍBLES, de Brad Bird (2004)

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Cuando en la segunda entrega de este ránking hablaba sobre Wall-E, decía que era la mejor de Pixar, sólo superada por Up. Pero cometí el enorme error de olvidarme de Los Increíbles.Para alguien como yo, que creció rodeado de cómics y soñando con historias contadas en viñetas, esta película fue una fiesta, una inolvidable mezcla entre el séptimo y el noveno arte, con la que Pixar se apuntó a la grandiosa unión de cine y cómic. Personajes estupendos, desde esa familia increíble hasta la cool Edna, la diseñadora del vestuario superheroico, para una de las mejores películas animadas de la historia.

17.  GLADIATOR, de Ridley Scott (2000)

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Ridley Scott resucitó el peplum con esta maravillosa película en la que los más avanzados efectos visuales se pusieron al servicio de una historia épica que conmovió a los que añoraban las películas "de romanos". Scott estaba muy necesitado de un éxito así, ya que con sus tres pelis anteriores, 1492, Tormenta Blanca y La Teniente O'Neill se había llevado tres bofetadas gigantescas. Pero Gladiator le volvió a poner arriba. Doce nominaciones al Óscar y cinco premios, entre ellos el de mejor película y el de actor para un sobresaliente Russell Crowe. Y un indiscutible éxito de taquilla.

16.  EL DESAFÍO, FROST CONTRA NIXON, de Ron Howard (2008)

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Enorme y grata sorpresa la que resultó ser esta película en la carrera de un Ron Howard más acostumbrado a un cine frívolo e inocuo. Pero en Frost/Nixon se puso el traje de cronista de una época difícil para un país que vio como su Comandante en Jefe reconocía ante una millonaria audiencia que había cometido actitudes de dudosa legitimidad. Lo que hizo Frank Langella fue sencillamente antológico, metiéndose en la piel de un Nixon superado por la presión del periodista David Frost, que acorraló al ex-presidente hasta obtener la mítica confesión. Cine con mayúsculas.

15.  ATRÁPAME SI PUEDES, de Steven Spielberg (2002)

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Otra de esas películas de Spielberg en las que el cineasta demuestra ser capaz de seducir con obras carentes de fanfarria y efectos visuales. La historia de Frank Abagnale Jr. era lo suficientemente atractiva como para que el director más poderoso de Hollywood se interesase en llevarla al cine. El mejor trabajo de DiCaprio en mi opinión, quien contó además con un antagonista de lujo en ese Tom Hanks al que Spielberg seguía regalando papeles geniales, después del John Miller de Salvar al Soldado Ryan y justo antes del Viktor Navorski de La Terminal. Y no sería justo olvidarnos de un secundario pero meritorio Christopher Walken, nominado al Óscar por su papel.

14.  CHICAGO, de Rob Marshall (2002)

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Uno de los mejores musicales de los últimos años, y la demostración de que aunque el género parezca abandonado, siempre hay cineastas que se esfuerzan por devolverlo al lugar que ocupó en los 40 y 50. Rob Marshall hizo que Richard Gere, Catherine Zeta-Jones y Renée Zellweger bailasen y cantasen como nunca lo habían hecho en sus carreras, aunque Gere ya se había acercado a esta temática y género en Cotton Club. La mejor película de 2002 en mi opinión, con Óscars para Catherine Zeta-Jones como actriz de reparto, además de los correspondientes a mejor película, dirección artística,  vestuario, montaje y sonido.

13.  CRASH, de Paul Haggis (2004)

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Paul Haggis ha sido, indiscutiblemente, uno de los nombres propios de la década. Y es que rara vez un guionista de cosas como la serie Walker Texas Ranger pasa a firmar buena parte de los más interesantes libretos de estos diez años. Sandra Bullock, Ryan Phillippe, Matt Dillon y Brendan Fraser realizan los mejores trabajos de sus carreras, mientras que Don Cheadle está tan bien como siempre. Óscar a la mejor película en 2004.

12.  UNA HISTORIA DE VIOLENCIA, de David Cronenberg (2005)

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Todo un giro en la filmografía de un David Cronenberg que con Una Historia de Violencia comenzó a alejarse de la Nueva Carne que había estado siempre presente en su carrera. Se demostró que el cine puede valerse del cómic no sólo para adaptar historias de tipos vestidos con leotardos que saltan de tejado en tejado, y la novela gráfica de John Wagner y Vince Locke fue magistralmente adaptada por un Cronenberg que sacó lo mejor de Viggo Mortensen, Maria Bello y Ed Harris. Quien en mi opinión no estaba tan bien era William Hurt, algo sobreactuado, pero que sin embargo fue nominado al Óscar por su papel.

11.  MINORITY REPORT, de Steven Spielberg (2002)

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Grandiosa película en la que Spielberg adaptó al siempre complicado Philip K.Dick. Una estupenda muestra de la mejor ciencia ficción contemporánea, en la que Tom Cruise  se ve inmerso en una trama de corrupción del sistema de pre-crímenes que trata de resolver los delitos antes de que se produzcan. Una apasionante mezcla de cine de acción, cine negro y, como no, ciencia ficción, con espectaculares escenas e innovadores efectos espciales.

10.  MATCH POINT, de Woody Allen (2005)

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Para mi, el mejor Woody Allen no ha sido el que tanto nos ha hecho reír, sino éste que nos contó una extraordinaria historia de suspense y ambición, sobre el destino, la suerte, y las consecuencias de las decisiones difíciles que uno toma en su vida. El genial cineasta neoyorkino se acercó a Hitchcock con una solvencia inesperada, y nos regaló una intensa y apasionante película. Un guión asombroso por el que Allen fue nominado al Óscar.

9.  COLLATERAL, de Michael Mann (2004)

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La mejor película de Michael Mann, Collateral tiene todo lo que el buen cine está obligado a tener: un guión sin fisuras, unos intérpretes competentes y un ritmo narrativo extraordinario. Una historia sorprendente sobre un asesino a sueldo cuyas actuaciones siempre parecen estar milimétricamente pensadas, aunque las consecuencias de sus actos terminen arrastrándole a la perdición. Nunca Michael Mann rodó una obra tan redonda, tan completa, y nunca Tom Cruise y Jamie Foxx estuvieron tan bien, aunque éste último si logró con Ray la estatuílla que se le resistió con Collateral.

8.  BROKEBACK MOUNTAIN, de Ang Lee (2005)

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Ang Lee nos ofreció, en mi opinión, la mejor película de 2005, ligeramente superior a Crash. El director taiwanés se arriesgó con una película comprometida con la igualdad y la tolerancia, un precioso canto al amor protagonizado por dos vaqueros homosexuales. La Academia de Hollywood no se atrevío a darle el premio gordo, pero las ocho nominaciones y los tres Óscars fueron ya una excelente noticia viniendo de una institución tan ultra-conservadora. Una maravillosa y dura película.

7.  EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON, de David Fincher (2008)

 

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Una preciosa historia de amor que, a través de un guión sobresaliente y original, habla de temas tan universales como la muerte, la soledad y el paso del tiempo. Como si de una afortunada mezcla entre Dickens, Tim Burton y David Lean se tratase, Benjamin Button me ganó para su causa gracias a su capacidad para conmover, sobre todo con el inevitable componente dramático que toda historia de amor imposible tiene que tener. Enormes Brad Pitt y Cate Blanchett, y antológica y entrañable esa escena final en la que una anciana Daisy coge de la mano a un imberbe Benjamin, dos enamorados de edades parecidas y físicos radicalmente distintos. Y qué decir de la muerte del pequeño Benjamin, un bebé de ochenta y muchos años que cierra sus ojitos feliz, porque sabe, que, a pesar de su curiosa y agitada vida, muere en brazos de la mujer a la que siempre amó, desde el primer momento en el que la vió, cuando él era un anciano de dieciséis años y ella una feliz adolescente. La mejor película de un 2009 pródigo en buen cine.

6.  CAMINO A LA PERDICIÓN, de Sam Mendes (2002)

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Una de las películas más infravaloradas de la década. De nuevo el cómic proporcionó al cine una historia alejada de superhéroes y supervillanos, y Sam Mendes lo bordó poniendo en imágenes la excelente novela gráfica de Max Allan Collins y Richard Piers Rayner. Cine de gángsters con un reparto excepcional, en el que el gran Paul Newman nos ofreció su último gran trabajo.

5.  MILLION DOLLAR BABY, de Clint Eastwood (2004)

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Una obra maestra del último gran clásico del cine americano. Clint Eastwood quiso darle a su obra una aureola de cine añejo desde el principio, con ese logo de Warner en glorioso blanco y negro. Enormes Eastwood, Morgan Freeman y por supuesto una Hillary Swank que ofrece la mejor interpretación femenina de los últimos tiempos. Cine grande, inmenso, cine de un calibre superior que pocas obras alcanzan en la actualidad. Clint Eastwood dejó definitivamente el poncho y se sentó en la silla de director con la grandeza de los mejores de siempre.

4.  EL PROTEGIDO, de M.Night Shyamalan (2000)

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Shyamalan lo vió venir. Se iniciaba una década decisiva en la fructífera relación entre el cine y el cómic, y aunque con esta película no logró la unanimidad con la que se alabó El Sexto Sentido, en mi opinión sí logró superarse. El Protegido me atrapó en la butaca, con su atmósfera de suspense e incertidumbre y ese final sorprendente que ya se instauraba como "marca de la casa" en el cine del hindú. Una obra maestra despreciada por muchos, que yo no me canso de ver.

3.  KILL BILL, de Quentin Tarantino (2003-2004)

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Tarantino es sin duda la gran aparición en el panorama cinematográfico en los últimos veinte años. En esta década nos ha ofrecido, además de los dos volúmenes de Kill Bill, Death Proof y Malditos Bastardos, sin olvidarnos de los dos eléctricos y asfixiantes episodios de CSI. Pero su díptico sobre La Novia y su sangrienta venganza constituyen lo mejor que el genio ha aportado en este tiempo. Cambio de rumbo en su filmografía, homenajeando al cine de artes marciales que consumió compulsivamente en su etapa como dependiente de videoclub, y rescatando del olvido al recientemente fallcido David Carradine.

2.  EL CABALLERO OSCURO, de Christopher Nolan (2008)

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No niego que se hayan producido películas en esta década que superan en virtudes a El Caballero Oscuro, pero en mi lista de lo mejor de estos diez años esta película tenía que estar muy arriba. Crecí con Batman, con sus cómics y con la maravillosa película de Tim Burton de 1989, y en 2008 volvimos a bailar a la luz de la luna gracias a un Joker mucho más sanguinario y anárquico que el que Jack Nicholson nos ofreció en aquella película. El Batman de Nolan es radicalmente distinto al de Burton, y es cierto que la trágica e inesperada muerte de Heath Ledger impregnó a la película de un halo de posteridad y trascendencia con el que no se contaba en un principio. Pero más allá de eso, The Dark Knight es una impresionante película, un thriller urbano en el que el bueno se viste de murciélago y el malo se disfraza de tétrico payaso. El Batman de goma quemada de Nolan enterró definitivamente los despropósitos de Schumacher, y situó al personaje en el olimpo cinematográfico que se merece. Y a mi sólo me queda agradecer a Chris Nolan, y, esté donde esté, a Heath Ledger...

1. La Trilogía de EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, de Peter Jackson (2001-2002-2003)

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El mundo ha cambiado, lo siento en el agua, lo siento en la tierra, lo huelo en el aire... Y el cine cambió con la mastodóntica adaptación que Peter Jackson realizó de la obra de Tolkien. No sé si se habrán hecho películas mejores en estos diez años, pero de lo que sí estoy seguro es de que la trilogía de El Señor de los Anillos ha sido, si duda, el acontecimiento cinematográfico de la década. Nunca se había rodado un proyecto de semejantes características, y por supuesto nunca de la forma en la que lo hizo el director neozelandés: 274 días de rodaje en los maravillosos escenarios que la tierra natal del cineasta ofrecía para recrear la Tierra Media. Lo mejor del resultado final es que la fantasía, el cine de evasión, de espada y brujería, el cine épico y de aventuras, el cine de género, logró al fin el reconocimiento unánime, con un descomunal éxito de taquilla y un total de treinta nominaciones al Óscar, con un reconfortante pleno para El Retorno del Rey, que logró once estauíllas de once nominaciones, situándose al mismo nivel que Ben-Hur y Titanic como películas más premiadas de la historia. Peter Jackson nos hizo partícipes de la mayor aventura jamás contada, algo por lo que los fans de Tolkien le estaremos eternamente agradecidos.

Y así concluye este repaso por las 100 mejores películas de la década 2000-2009. Pero, como dije en las entregas anteriores, quiero nombrar una serie de películas que bien podrían haber entrado en la lista, ya que han sido obras importantes de estos diez años. En el orden que queráis, éstas son:

POZOS DE AMBICIÓN

AMANECER DE LOS MUERTOS

MONSTRUOS, S.A.

MULLHOLLAND DRIVE

AMÉLIE

EL VIAJE DE CHIHIRO

HOTEL RWANDA

HACIA RUTAS SALVAJES

AMORES PERROS

CARTAS DESDE IWO-JIMA

DIAMANTE DE SANGRE

EL ÚLTIMO REY DE ESCOCIA

EL JARDINERO FIEL

[REC]

LA ÚLTIMA NOCHE

NO ES PAÍS PARA VIEJOS

FEMME FATALE

PROMESAS DEL ESTE

SIN MOTIVO APARENTE

X-MEN

INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL

MUERE OTRO DÍA

BUSCANDO A NEMO

HELLBOY

VOLVER

LOS ABRAZOS ROTOS

THE VISITOR

LA DUDA

REVOLUTIONARY ROAD

SOY LEYENDA

YO, ROBOT

LA VIDA MANCHA

MAMMA MIA!

MISSION IMPOSSIBLE II

PLANET TERROR

SHINE A LIGHT

INFILTRADOS

SUPER SIZE ME

LA GUERRA DE LOS MUNDOS

TROYA

Y, por supuesto, el AVATAR de un James Cameron que ha vuelto al cine devolviéndonos la ilusion por sentir la magia en la butaca como hacía tiempo que no nos ocurría.

Termina una década, y empieza otra...Esperemos que los próximos diez años nos traigan más buenas películas, y que cuando pasen yo pueda seguir recogiendo aquí lo mejor de ese período.

A los lectores y responsables de la revista Acción, y a los visitantes de su web, Feliz Navidad, y, como digo siempre, nos vemos en el cine...

 

 

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