Flying

Flying (37)

Flying, "volando", en inglés, tiene una clara connotación cinematográfica. El 6 de diciembre de 1982 se estrenó en España E.T. el Extraterrestre, la conocidísima película de Steven Spielberg que cautivó a millones de espectadores. Uno de ellos fue un niño de 7 años que vivió un momento decisivo en su vida aquella tarde-noche en la que por primera vez veía una película en una sala de cine. Para él aquel día empezó todo, comprendió que lo que estaba viviendo en ese momento era lo que quería vivir en su vida una y otra vez, y que quería dedicar todo el tiempo que pudiera a ver películas, en el cine, a ser posible. Mientras E.T. y su inseparable amigo Elliot surcaban los cielos aquel niño de 7 años asistía obnubilado a un momento único al que decisivamente contribuía la música del gran John Williams, en especial el tema Flying, el que sonaba en aquella maravillosa escena.

Aquel niño de 7 años tiene hoy 33, y soy yo. Me llamo Santiago Vázquez, y me gustaría, ante todo, agradecer a Héctor Alonso la oportunidad de contar con un blog en la página web de la revista que dirige, Acción Cine-Vídeo, de la que soy fiel lector desde su aparición en el mercado. En Flying hablaré sobre cine, no tan bien como el maestro

Miguel Juan Payán, a quien leo y sigo desde siempre en las páginas de la revista y con quien comparto espacio en la sección de blogs de la web. Pero lo haré lo mejor que pueda, y siempre con la pasión que quienes me conocen dicen que muestro al hablar sobre cine. El cine es mi vida, y a partir de ahora espero que este blog lo demuestre. Gracias a quien me lea.

Volemos....

Santiago Vázquez.



Una pareja acaba de casarse, él, mejicano, ella, estadounidense. Caminan juntos cerca de la frontera disponiéndose a disfrutar de su luna de miel. Pero no podrán, porque un coche acaba de explotar y dos personas han muerto. Mike Vargas, que así se llama el marido, es jefe de la policía mexicana, y no puede ignorar las consecuencias de los hechos en las relaciones entre los dos países. Tiene que resolver el caso, encontrar al responsable...

Con esta impresionante escena comienza Sed de Mal, una de las más famosas películas de Orson Welles, el hombre que con 26 añitos tomó Hollywood como su trenecito eléctrico particular y jugueteó hasta parir Ciudadano Kane, un prodigio narrativo que marcó un antes y un después en la forma de concebir el cine de autor norteamericano. Welles se convirtió, a partir de entonces, en una de las personalidades más importantes de la industria, desarrollando una carrera como director, actor y guionista que le llevó a crear obras fundamentales como ésta. Sed de Mal, estrenada en 1958, confirma lo que algún cineasta o productor cuyo nombre no recuerdo, dijo alguna vez: las películas tienen que empezar con un shock, una explosión, y a partir de ahí ir hacia arriba...

En Sed de Mal, lo de la explosión se cumple literalmente. En esa secuencia inicial Orson Welles demuestra más talento cinematográfico que la mayor parte de cineastas actuales en toda su carrera. Vemos el coche, vemos y oímos a la pareja, vemos a un hombre depositar un artefacto en la parte trasera del vehículo, vemos arrancar al coche, vemos a Vargas y a su flamante esposa caminar pegaditos al coche...Y a partir de ahí, como decía aquel afamado cineasta o productor, la película va hacia arriba, aunque ya sin explosiones literales, sino con una historia sobre corrupción, pasiones desatadas y conflictos fronterizos...Sed de Mal es un thriller, una peli de suspense, cine negro rebosante de talento...

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Charlton Heston es Vargas. Orson Welles es Quinlan. El duelo que ambos mantienen es antológico, no en vano estamos antes dos iconos del cine. Los dos buscan lo mismo, atrapar a un asesino, aunque los métodos a emplear por uno y otro sean muy distintos. Heston hace, en mi opinión, uno de los dos o tres mejores papeles de su carrera, mucho más humano y expresivo que otros en los que sólo destacaba su imponente físico. Welles parece que se autointerpreta, se reserva un caramelo de personaje, y como cineasta inteligente que ya era, sabe que los malos a veces son más interesantes...

Con ellos está Janet Leigh, quien pocos años antes de alojarse en un tétrico motel regentado por un chalado que la acuchilló mientras se duchaba, sufrió una parecidísima experiencia dando vida a la esposa de Vargas, cuando se refugia en otro motel de la frontera entre México y los Estados Unidos cuyo gerente es un loco interpretado por Dennis Weaver, un nombre que probablemente no diga nada pero que se corresponde con el sufrido conductor a quien perseguía un diablo sobre ruedas...Referencias cinéfilas interesantes...

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Con otros rostros conocidos como Marlene Dietrich o Zsa Zsa Gabor, Orson Welles completa un reparto espectacular, caracterizando a la perfección a Heston y a la Dietrich con esos rasgos mexicanos tan identificativos. Consigue que cada intérprete borde su papel, y que nos olvidemos de sus nombres reales, para considerarles como el policía mexicano, el jefe de un clan de narcotraficantes, la dueña de un prostíbulo o una vidente escéptica...

Y además de bordarlo en cuanto a la dirección de actores, Welles da una lección de encuadres, de fotografía, de ritmo narrativo...Sin olvidarnos de un apoyo fundamental, la música del maestro Henry Mancini, que desde la primera y espectacular escena se convierte en un elemento fundamental de la narración, con sus ritmos locos y en ocasiones perturbadores.

Sed de Mal es cine de nunca jamás, una historia inabordable para quien conciba el cine como mero entretenimiento alejado de su concepción artística. Como Ciudadano Kane, supongo que se exhibirá en las escuelas de cine de todo el mundo, ya que contienen las mejores clases prácticas que un aspirante a cineasta puede recibir. Es otra maravilla de un tipo que encontró en el cine la mejor forma de expresar su inmenso talento, tan grande como su oronda figura.

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A finales de los 80 se produjo un fenómeno cinematográfico ciertamente curioso, que sorprendió a todos e hizo saltar las sospechas sobre supuestos casos de "espionaje industrial" en Hollywood. De repente, llegaban a las pantallas dos proyectos de semejante (o idéntica) temática, con poquísimo tiempo transcurrido entre un estreno y otro. Era como si los grandes estudios tuviesen infiltrados en las otras majors, pudiendo contraprogramar las producciones ambiciosas de la competencia con otras propias, con el objetivo de aprovecharse de una buena idea o, quién sabe, de simplemente abrir una vía de agua en la nave rival, minimizando el hipotético éxito de taquilla de un blockbuster de la competencia. Y no me refiero a esas producciones de bajísimo presupuesto que puntualmente se aprovechan del tirón de las grandes producciones de los grandes estudios, como las producidas por The Globam Asylum (Alien vs. Hunter, I am Omega, Snakes on a Train son obras de esta compañía que se estrenaron al rebufo de Alien vs. Predator, Soy Leyenda y Serpientes en el Avión) o lo que en su día, con intenciones parecidas, hacía el prolífico Roger Corman. Aquí la competencia era directa y entre iguales: los grandes estudios pugnaban por llevarse el gato al agua con proyectos clonados.

El fenómeno se extendió hasta finales de los 90, conformando un periodo en el que las majors se miraban de reojo hasta blindar completamente las agendas de rodajes y estrenos. Fueron duelos en los que no siempre hubo un claro vencedor, y que incluso en algún caso proporcionó dos obras interesantes, de características distintas aunque con idéntica temática. Con todo, uno se alegra de que aquello terminase, porque para alguien que frecuenta los cines como yo lo hago, es preferible que en estos tiempos de limitada imaginación las películas que vamos a ver sean distintas entre sí.

Así sucedió:

DOS VERSIONES DE UNA CLÁSICA NOVELA

El 16 de diciembre de 1988 se estrenaba en los Estados Unidos Las Amistades Peligrosas, una lujosa versión del clásico de Cloderlos de Laclos dirigida por Stephen Frears, quien contó con un reparto de excepción para llevar a la pantalla esta historia sobre los perversos duelos mantenidos por la nobleza francesa a finales del siglo XVIII. Warner Bros. puso toda la carne en el asador para llevar a buen puerto una producción ambiciosa, que contaba con los rostros de John Malkovich, Glenn Close, Michelle Pfeiffer, Keanu Reeves y una sensual Uma Thurman.

La cinta logró colarse entre las más nominadas a los Óscars de la Academia, obteniendo tres estatuíllas: dirección artística, vestuario y guión adaptado, además de sumar nominaciones para Glenn Close como mejor actriz, Michelle Pfeiffer como actriz de reparto y dos más, correspondientes a mejor música y mejor película, lo que pone de manifiesto la trascendencia de la cinta en aquel año. En taquilla la cosa no fue del todo mal, logrando una recaudación de 34 millones de dólares, con 2 en el fin de semana de su estreno, lo que no es desdeñable tratándose de una película de época.

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La película de Stephen Frears no defraudó, y colmó las expectativas de una producción que aparece siempre como una de las más destacadas del año 1988, y que nos dejó interesantes actuaciones de su excelente reparto.

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Y once meses más tarde, se estrenó Valmont, otra versión de la misma novela, aunque muy distinta en pretensiones y rasgos estilísticos. El director era el oscarizado Milos Forman, quien ya había triunfado años atrás con obras como Hair, Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco o Amadeus. Valmont bebía del más clásico cine europeo, mucho más sobrio y contenido que el tono desarrollado por Stephen Frears en su película. Esa sobriedad quedaba de manifiesto ya en el reparto, encabezado por una soberbia Anette Bening y un desconocido por aquel entonces Colin Firth.

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Si Warner estaba detrás de Las Amistades Peligrosas, dos estudios pequeños financiaron Valmont: Renn Productions y Timothy Burrill Productions, cuyas pretensiones no era, ni mucho menos, las mismas que en la major. Con todo, la película obtuvo un gran reconocimiento en círculos minoritarios, y se coló en la ceremonia de los Óscars con una nominación al mejor diseño de vestuario.

Las dos versiones estaban, no obstante, ligeramente por debajo de la versión rodada en 1959 por Roger Vadim, con Jeanne Moreau y Gérard Philipe en el reparto.

Y la ganadora fue: Las Amistades Peligrosas. Difícil resulta evaluar el daño que Valmont hizo a su competidora, pero lo cierto es que que ésta jugaba en otra liga. La película de Stephen Frears resultaba más asumible para el espectador medio, que recibía de buen agrado una historia protagonizada por rostros tan conocidos como Close, Malkovich o Pfeiffer. Valmont resultó ser también una estimable película, pero se quedó lejos de la repercusión de la producción Warner.

 

DOS VERSIONES DE UN HÉROE CLÁSICO

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Es éste un caso peculiar de competencia directa, ya que uno de los contendientes fue concebido como una producción televisiva, que, no obstante, sí tuvo distribución cinematográfica fuera de los Estados Unidos, lo que probablemente influyera en la recaudación de su competidora.

El 13 de mayo de 1991 se emitía en la televisión americana Robin Hood, El Magnífico, una modesta aunque ambiciosa adaptación del héroe dirigida por el solvente John Irvin. Patrick Bergin se puso en la piel de Robin Hood, mientras que a Uma Thurman le tocaba esta vez figurar en la versión pequeña de la historia, al contrario de lo que le había ocurrido un par de años antes. Entre los secundarios pudimos encontrar nombres tan competentes como los de Jurgen Prochnow o Edward Fox, protagonista del Chacal de Fred Zinnemann.

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Irvin realizó un buen trabajo, que sin embargo se quedó absolutamente eclipsado por la fanfarria de la versión que llegaría a las pantallas americanas muy poco tiempo después, protagonizada por un Kevin Costner que por aquel entonces era una estrella indiscutible.

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Estrenada el 14 de junio de 1991, sólo un mes después de la emisión televisiva de la otra versión, Robin Hood, Príncipe de los Ladrones sufrió en los cines del resto del mundo la competencia directa de su modesta hermana gemela. Como es lógico la taquilla que hizo fue muy superior a la de una producción que ni siquiera compitió en los cines americanos. 390 millones de dólares y 25 en el fin de semana del estreno fue la recaudación de una ambiciosa producción dirigida por el protegido de Costner, Kevin Reynolds, quien pareció verse superado por la magnitud del proyecto financiado por Warner, el estudio que una vez más veía cómo le ponían piedras en el camino con otra película igual a la suya.

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La película era un producto destinado al lucimiento de un Kevin Costner elevado al estrellato con el triunfo de Bailando con Lobos dos años antes. Y contaba además con Morgan Freeman en un inesperado papel, Mary Elizabeth Manstrantonio, Christian Slater, Alan Rickman como genial villano, y un sorprendente Sean Connery como Ricardo Corazón de León. El tema musical Everything I do, I do it for you, interpretado por Bryan Adams, logró una nominación, y la cinta fue un enorme éxito de público, no tanto de crítica. Y todos recordamos ese espectacular plano de la cámara sobre la flecha disparada por un inexpresivo Costner.

Y la ganadora fue: Robin Hood, Príncipe de los Ladrones. Sin ser una maravilla, y desde luego muy lejos del Robin Hood de Errol Flynn, la película de Kevin Reynolds logró una decente taquilla, y mucha más trascendencia que su competidora televisiva, que, no obstante, era un correcto acercamiento a un legendario personaje. Con todo, es probable que la presencia de Robin Hood El Magnífico restase recaudación a la otra en los cines del resto del mundo.

 

DOS VERSIONES DE UN  MITO DEL SALVAJE OESTE

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El día de Navidad de 1993 se estrenó en los Estados Unidos Tombstone, un western dirigido por el poco competente George Pan Cosmatos, responsable de dos éxitos de Stallone: Rambo II y Cobra. El director, fallecido en 2005, se rodeó de un interesante elenco para poner en la pantalla de los cines una nueva versión del duelo en OK Corral protagonizado por Wyatt Earp y su séquito, frente a los hermanos Clanton y el suyo. Kurt Russell era Wyatt Earp, y Val Kilmer su inseparable Doc Holliday. Con ellos, rostros conocidos como los de Sam Elliot, Michael Biehn, Thomas Hayden Church (mucho antes de convertirse en el Hombre de Arena) o Jason Priestley, en su papel cinematográfico más relevante tras triunfar en la tele con Sensación de Vivir.

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La película resultó ser una divertida adaptación de una historia que ya había sido llevada a la gran pantalla en multitud de ocasiones, aunque nunca con la grandeza de Pasión de los Fuertes, dirigida en 1946 por John Ford, con Henry Fonda como Wyatt Earp. Por su parte, John Sturges estrenó en 1957 Duelo de Titanes, otra estupenda versión con Burt Lancaster y Kirk Douglas. Pero, una vez más, Kevin Costner estaba en el ajo...

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Efectivamente, la rutilante estrella veía cómo una vez más uno de sus proyectos más ambiciosos era torpedeado con otro similar estrenado precisamente poco antes que el suyo, para, según sus propias palabras, impedir el recorrido comercial de su obra. Costner, quien había guardado silencio con motivo del estreno de su Robin Hood respecto a esta cuestión, no se calló esta vez, y denunció abiertamente una conspiración para perjudicarle.

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Pero, aunque la competencia de Tombstone no ayudó, lo cierto es que el Wyatt Earp de Costner resultó ser una película fallida. Se estrenó el 24 de junio de 1994, siete mesés después de Tombstone, y contó como director con un nombre imprescindible en la historia del cine moderno, Lawrence Kasdan, guionista de En Busca del Arca Perdida, El Imperio Contraataca y El Retorno del Jedi, y director de Fuego en el Cuerpo, Reencuentro, Silverado o El Turista Accidental. Un hombre de peso en la industria que no fue capaz de sacar partido de una producción complicada.

Su Wyatt Earp terminó siendo una pesadísima película de más de tres horas de duración, lastrada por un ritmo cansino, aunque no exenta de cosas buenas, como el excelente Doc Holliday encarnado por Dennis Quaid, o la impecable factura de las escenas clave de la película. Obtuvo, además, una nominación al Óscar a la mejor fotografía.

Y la ganadora fue: Empate técnico. Wyatt Earp presentaba mejor factura, pero en la taquilla ganó Tombstone, que recaudó 56 millones de dólares en los Estados Unidos, más del doble que su competidora. Vistas hoy, las dos cintas tienen cosas buenas y malas, aunque la de George Pan Cosmatos soporta mejor un visionado, gracias a su pretensión de película entretenida sin más, frente a los deseos de grandeur de la de Costner y compañía.

 

DOS PELIS ANIMADAS CON INSECTOS

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En 1997 tres pesos pesados de la industria del entretenimiento fundaron un ambicioso estudio cinematográfico. Steven Spielberg, David Geffen y Jeffrey Katzenberg estaban detrás de DreamWorks, una compañía que debutó con la producción de El Pacificador, una entretenida película de acción protagonizada por George Clooney y Nicole Kidman. Y el 2 de octubre de 1998 estrenó su primer proyecto de animación: AntZ, la historia de una incansable hormiga a quien ponía voz Woody Allen, dirigida por Eric Darnell y Tim Johnson.

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AntZ fue un moderado éxito de taquilla que obtuvo además muy buenas críticas, gracias a sus entrañables personajes que contaban con voces como las de Dan Aykroyd, Anne Bancroft, Danny Glover, Gene Hackman, Sylvester Stallone y Sharon Stone. Y uno se acuerda especialmente de Z, la hormiga con voz y maneras de Woody Allen, un personaje genial que se marcaba además un baile a lo Pulp Fiction con la Princesa Bala, a quien ponía voz Sharon Stone.

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Lo increíble es que AntZ tuvo la réplica en Bichos, estrenada el 20 de noviembre de ese mismo año, es decir, !apenas cincuenta y ocho días después del estreno de la peli de DreamWorks! Bichos era la segunda gran apuesta de Pixar, el estudio que había arrasado con Toy Story, y contó en la dirección con el genial John Lasseter, auténtico artífice del éxito de Pixar, quien estaría acompañado en la dirección por Andrew Stanton.

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Bichos fue un nuevo éxito de la ya mítica Pixar, y contó con las voces de Dave Foley, Kevin Spacey o una pre-Héroes, Hayden Panettiere. Pasado el tiempo, quien esto escribe considera que Bichos es la peor película del estudio, o, para ser más justos, la menos buena.

Y la ganadora fue: Bichos, aunque en la foto-finish...Lo cierto es que AntZ era más redonda en cuanto a argumento y resolución, pero la de Pixar, beneficiada sin duda por el efecto Toy Story, arrasó en la taquilla, con 363 millones de dólares recaudados en todo el mundo, frente a los 171 de su competidora.

 

DOS VERSIONES DE UN POSIBLE FIN DEL MUNDO

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En 1979 Sean Connery se enfrentó a la posibilidad de que un meteorito se cargase nuestro planeta en Meteoro, dirigida por Ronald Neame. En 1998 esa posibilidad volvió a verse en las salas de cine, por partida doble.

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El 8 de mayo se estrenó en los cines norteamericanos Deep Impact, otra producción de DreamWorks dirigida por Mimi Leder, quien volvía a ponerse tras las cámaras en una película del recién creado estudio, tras su debut en El Pacificador.Deep Impact ponía especial énfasis en los personajes de los astronautas encargados de la misión casi imposible de destruír el meteorito antes de su colisión con La Tierra, y contó con un competente reparto con Morgan Freeman como Presidente de los USA, Téa Leoni, Robert Duvall, Vanessa Redgrave o Elijah Wood. Fue una apuesta arriesgada, teniendo en cuenta su guión,plagado de escenas trágicas aunque con el inevitable happy end. Vista hoy, puede que se quede algo desfasada, teniendo en cuenta la proliferación de cine catastrófico que se ha producido desde entonces, pero es indudable su capacidad para hacernos pasar un buen rato. Pero sólo dos meses después llegó a los cines un blockbuster que mandó a Deep Impact al olvido...

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Y es que el 1 de julio se estrenó una de esas películas destinadas desde el momento de su concepción a romper las taquillas. Por muchos motivos. En primer lugar el nombre de su productor, ese Jerry Bruckheimer responsable de éxitos del calibre de Top Gun, Superdetective en Hollywood, Flashdance,Dos Policías Rebeldes, Piratas del Caribe y tantas otras películas que le han convertido en el productor estrella de la Meca del cine.  En segundo lugar su condición de película de género, repleta de efectos especiales que se podían intuír en los numerosos tráilers que se proyectaron en los cines muchos meses antes del estreno, lo que contribuyó sin duda a aumentar la expectación. Y en tercer lugar, el espectacular reparto, con Bruce Willis, Ben Affleck, Liv Tyler, Billy Bob Thornton, Steve Buscemi, Owen Wilson, Will Patton, Michael Clarke Duncan, Peter Stormare o William Fichtner, sin olvidarnos del director Michael Bay, ese inefable cineasta que antes ya había logrado dos éxitos con Bruckheimer como productor, La Roca y Dos Policías Rebeldes.

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Armageddon lo tenía todo para triunfar, y lo hizo. La película resultó ser una divertida montaña rusa, con un guión que delataba mil y una reescrituras, a cargo de Tony Gilroy (Michael Clayton), Jonathan Hensleigh (Jungla de Cristal, La Venganza) y...J.J. Abrams. Buena parte de las ciudades más importantes del planeta quedaban reducidas a ceniza, y la cinta contaba además con las inevitables escenas ñoñas a cargo de la insufrible parejita Ben Affleck-Liv Tyler, sin olvidarnos de ese sacrificio de uno de los protagonistas en favor de la pervivencia de la especie humana. Fueron ciento cincuenta minutos de acción, drama, efectos visuales y pura adrenalina contenida en una película que logró cuatro nominaciones a los Óscars, correspondientes a efectos de sonido, efectos especiales, sonido y canción, para la pegadiza I Don`t Want to Miss a Thing, a cargo del grupo Aerosmith.

Y la ganadora fue: Armageddon. Resultó algo más entretenida que Deep Impact, y en la taquilla no hubo discusión: 553 millones de dólares recaudados en todo el mundo, con un fin de semana de estreno de 36 millones. Su competidora, por su parte, se conformó con 349 millones, aunque recaudó más en el primer fin de semana, 41 millones.

 

 

Y esta es la historia de un curioso fenómeno que, afortunadamente, no ha vuelto a producirse. Aunque a punto estuvo de repetirse. En 2004 el director de Moulin Rouge, Baz Luhrmann, estaba dispuesto a rodar una película sobre Alejandro Magno, un proyecto que nunca vio la luz, debido a que Oliver Stone se le adelantó y estrenó su propia versión. Y, visto lo visto, podía haberse arriesgado, ya que el único Alejandro que vimos no resultó ser una maravilla precisamente...

Nos vemos en el cine...

Amelia

26 Nov 2009 Escrito por



Mira Nair es esa directora india que logró relevancia internacional en 1989 cuando su película Salaam Bombay logró una nominación al Óscar a la mejor cinta en lengua no inglesa. Amelia supone su primer compromiso total con un gran estudio de Hollywood, aunque la película haya sido financiada por Fox Searchlight, la división de cine (supuestamente) independiente de la todopoderosa Fox. Y quizás esa contención presupuestaria, que sin duda ha provocado la contratación de Mira Nair como directora, es lo que ha provocado que esta historia sobre la famosa mujer piloto se haya quedado en un soso acercamiento a la figura de un icono estadounidense que a priori merecería mayor despliegue.

Amelia Earhart saltó a la fama en la década de los 30, cuando se convirtió en una pionera en lo que a vuelos individuales se refiere. Batió récords de distancia y fue capaz de completar travesías consideradas como imposibles para un único piloto, y más aún si tenemos en cuenta que por aquel entonces todavía había gente que dudaba de esas hazañas por el simple hecho de tratarse de una mujer. Pero Amelia trascendió como mucho más que una simple piloto, terminó siendo un emblema americano, capaz de aparecer en la segunda parte de Noche en el Museo como una figura de cera con los rostros de una pizpireta Amy Adams...

Por ello uno se esperaba que su historia fuese contada por Hollywood en un proyecto de mucha más enjundia. De sobras es conocida la capacidad del cine americano para volcarse con sus mitos, produciendo biopics, nunca mejor dicho, de altos vuelos. Cada poco tiempo se cuela en los Óscars una película con un destacado número de nominaciones que nos cuenta la vida y obra de una destacada personalidad norteamericana. Ahí están, en los últimos tiempos, obras como Mi Nombre es Harvey Milk, Alí, Huracán Carter, Capote o Ray, todas ellas con la característica común de la ambición, el rigor y la falta de reparos a la hora de gastar dólares para poner en la pantalla las vidas de semejantes personajes. Y, además de esto, los responsables de esas obras lograron, en mayor o menor medida, algo de lo que carece Amelia: conmover al espectador, que se ve inmerso en una sucesión de emociones desatadas contemplando las vivencias de estos hombres.

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Mira Nair no lo logra con esta película. Su Amelia carece de alma, de capacidad de emocionar. Y ello es debido, en mi opinión, a un guión que pasa de puntillas por momentos clave en la vida de una mujer que sin duda merecía mejor suerte cinematográfica. Quizás el intento por condensar en 111 minutos dos libros biográficos haya pesado a la hora de componer un guión que hace aguas por muchos sitios. En ese metraje todo ocurre rápido, pasamos de una Amelia niña que descubre en Kansas su gran pasión a la mujer que planea el gran vuelo que finalmente le costará la vida. Entre esos dos momentos, retales de su vida, de su obra, de sus relaciones amorosas...

Hilary Swank no logra tampoco encandilarnos con su interpretación, demasiado encorsetada en tics, sonrisas y poses. La actriz, que ejerce también como productora ejecutiva, probablemente escogió este proyecto con la esperanza de obtener su tercer Óscar, pero me da que se va a quedar con las ganas. Quienes sí están correctos son Richard Gere, como el sufrido marido George Putnam, auténtico motor del éxito de Amelia, e Ewan McGregor, como Jim Vidal, un ingeniero aeronáutico con quien la protagonista mantiene una relación extraconyugal, y padre del que posteriormente sería un famoso escritor, Gore Vidal, quien también aparece en la película con muy temprana edad.

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Con todo, probablemente sea éste el más interesante acercamiento cinematográfico a la figura de Amelia Earhart, quien ya había sido retratada en el telefilm Amelia Earhart: The Final Flight, con los rasgos de la competente Diane Keaton. Pero uno echa de menos la emoción por volar que desprendían títulos como El Héroe Solitario, en donde James Stewart interpretaba a Charles Lindbergh, otro mito volador americano con quien se comparaba frecuentemente a Amelia, o, yéndonos más atrás, Alas, la primera película ganadora del Óscar de la Academia en 1929.

2012

24 Nov 2009 Escrito por



Sólo fueron tres días de cines cerrados, ojalá no vengan más...

Una idea me revoloteaba por la cabeza cuando salí del cine tras ver 2012: necesitamos a Emmerich. Es cierto que es algo que uno se plantea de forma mucho más inmediata cuando sale de ver algo tan estimable y entretenido como esta película, ya que en absoluto uno se plantea la existencia de semejante necesidad tras ver 10.000 o El Día de Mañana, anteriores trabajos del director alemán, mucho más plúmbeos y flojos que esta 2012.

Y creo que le necesitamos porque yo, al menos, tengo muy claro que cuando a Hollywood le da por destruír el mundo, el resultado suele ser medianamente divertido. Y Roland Emmerich parece tener una especie de obsesión por mandarlo todo a freír espárragos, dada la abundancia de cine catastrófico en su filmografía. Cierto es que muchos críticos emplearían el término "catastrófico" con otra acepción, no precisamente amable, a la hora de referirse a la filmografía de un tipo que, pese a quien pese, proporciona momentos de lo más grato a quienes frecuentamos los cines. Y además lo dice abiertamente, sin ocultar sus pretensiones frívolas.

Porque, en mi opinión, un adjetivo caracteriza a 2012 mejor que ningún otro: honesta. 2012 da lo que promete, ni más ni menos, y quien salga del cine poniéndola de vuelta y media no debería de haberse metido en la sala. No hay más que echar un vistazo al tráiler que se proyectaba unos días antes del estreno para comprender qué nos ofrecería la cinta, algo que hubiésemos intuído con un simple teaser que rezase: 2012, la nueva superproducción de Roland Emmerich. Vamos, que aquí ya nos conocemos todos...

Pero claro, siempre hay gente que acude a los cines sin saber qué se va a encontrar. Recuerdo cuando vi Watchmen, en una sesión repleta de padres con sus niños pequeños, a quienes habían llevado pensando que iban a disfrutar con una peli más de superhéroes y efectos especiales, y que veían cómo esos mismos papis les tapaban el rostro para que no viesen las mutilaciones y escenas de sexo que la película copiaba directamente de la obra de Alan Moore. No está de más informarse antes...

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Efectivamente, en 2012 el mundo, tal y como lo conocemos, se acaba, y lo hace a lo grande, con un espectáculo de efectos visuales de primer nivel. En ese aspecto es en el que, evidentemente, mejor encaja el objetivo de "honesta", ya que sabemos de qué son capaces los técnicos de efectos especiales en la actualidad. Y además sigue siendo honesta porque cuando la destrucción no se apodera de la pantalla, los diálogos que pronuncian los personajes no están escritos precisamente por un David Mamet  o por un Paul Haggis. Esto es otra cosa.

Lo que menos me gusta es, quizás, esa manía de incrustar en este tipo de cine esas relaciones paterno-filiales conflictivas, algo que parece ser ya un cliché instaurado en el cine de catástrofes, y del que no nos libró ni el propio Spielberg en su remake de La Guerra de los Mundos. A ver cuándo podemos ver a un padre y a su hijo, felices, cómplices, luchar por sobrevivir a un cataclismo. Y qué decir de esa obsesión de Emmerich por salvar en el último instante a un perrito, calcando la escena que ya habíamos visto en Independence Day.

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Refiriéndome a lo bueno, me quedo, además de con el esperado despliegue técnico, con el competente reparto. John Cusack es casi un seguro de vida, independientemente del proyecto en el que se meta, y me alegra especialmente la presencia del gran Danny Glover, icono ochentero felizmente recuperado aquí. Woody Harrelson encarna al típico freak visionario, quizás más cargante de lo preciso.

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Decía mi compañero bloguero Jesús Usero en un comentario acerca de mi artículo sobre El Hombre que Mató a Liberty Valance que entre leer sobre ésta, y 2012, se quedaba con Liverty Valance. Lo maravilloso del cine es saber disfrutar de los amplísimos campos que abarca. Es evidente que comparar las virtudes cinematográficas de una y otra es absurda. La de John Ford es una obra maestra de primer nivel, y 2012 es un espectáculo visual de lo más disfrutable.

Supongo que multitud de científicos, geólogos, físicos e historiadores destacarán la carencia de rigor del guión de la película, llamando la atención sobre mil y un fallos. Y los críticos más sesudos la pondrán a la altura del betún. Yo no pertenezco a ninguno de esos colectivos, y simplemente fui al cine a pasar un buen rato. Lo logré.



Estamos en los 60, y el rock 'n roll no gusta a todos...El gobierno británico, empujado por un absurdo azote de conservadurismo, inicia una cruzada para cerrar las numerosas radios piratas que emiten esa música satánica compulsivamente. Una de esas radios emite desde un barco, y cada vez tiene más oyentes. Ésta es la historia de un grupo de chiflados que desafiaron al poder establecido por unos ideales en los que muchísima gente creía, a pesar de que la estupidez humana los despreciaba por miedo a que se desatasen las más bajas pasiones...Es una historia de ficción, que ocurre en un apasionante momento histórico desde el punto de vista de la creación musical. Los 60 marcaron el destino de la música, y los nuevos ritmos se vieron inmersos en una lucha que, afortunadamente, ganaron.

Todo empezó en 1994, con aquella estupenda comedia titulada Cuatro Bodas y un Funeral. La película fue un rotundo éxito de crítica y público, y descubrió a un guionista llamado Richard Curtis, quien gracias a su portentoso libreto eclipsó la labor en la dirección de un Mike Newell que se limitó a poner en imágenes una divertida historia, y la de un reparto absolutamente genial, encabezado por la pareja Hugh Grant-Andie MacDowell, que desprendía química en cada escena, sin olvidar al excelente grupo de secundarios, todos ellos intérpretes de la mejor tradición de la escena británica.

Pero Curtis, nominado al Óscar al mejor guión original, se había reivindicado como el excelente contador de historias corales que era. Tras aprovechar el éxito de Cuatro Bodas...escribió Notting Hill, otra comedia romántica que, al contar con Julia Roberts como protagonista, no podía desarrrollar un guión en el que tuvieran cabida tantos personajes, por lo que terminó siendo una comedia romántica amable y típica. Tras adaptar a Bridget Jones para el cine, Richard Curtis dio el salto a la dirección en 2003 con Love Actually, con la que volvió a demostrar que es uno de los mejores guionistas de la actualidad. Ésta es, para mi, una de las mejores comedias románticas de los últimos tiempos, distinta, coral, con un reparto genial repleto de actores y actrices en estado de gracia, y con una pizca de mala leche y de gags políticamente incorrectos que impiden que se imponga el almíbar y lo empalagoso en la historia.

Y volvió a la dirección con Radio Encubierta, que mantiene muchas de las virtudes de su debut como director, aunque con un contexto y unas premisas argumentales radicalmente diferentes. Tenemos de nuevo un nutrido grupo de personajes a los que Curtis nos presenta con rápidas pinceladas que sirven para hacernos una idea del perfil de cada uno. No necesita pesadas escenas ni flashbacks que aporten información. El guión, y los grandes actores que ponen rostro a los interesantes personajes, son suficientes.

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Como en Love Actually, Radio Encubierta desprende optimismo por los cuatro costados. Si en aquélla el amor era la excusa para hacernos reír, en Love Actually la música es el hilo conductor de una historia que no nos quita la sonrisa en todo el metraje. Curtis imprime a sus comedias esa energía y vitalidad que sólo los buenos musicales desprenden, por eso creo que sería un excelente director de musicales, aunque en Radio Encubierta la música sea un elemento decisivo. Cada canción que suena está perfectamente integrada, y el excelente repertorio musical de la época hace que la película cuente con una banda sonora excepcional, con los temas inevitables de The Who, The Beach Boys, The Supremes o The Rolling Stones.

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Y como director de actores, el director-guionista demuestra, una vez más, ser uno de los mejores. Si bien es cierto que con tipos como Philp Seymour-Hoffman, Bill Nighy o Kenneth Branagh todo es mucho más fácil, sin olvidarnos de ese freak carismático que es Rhys Ifans, auténtico descubrimiento de Curtis a quien nos presentó en Notting Hill. Cada uno de ellos está soberbio en su papel, es especial Branagh, quien compone al típico personaje malo de la historia, con ese aura entre patética y ridícula que sólo los más grandes saben transmitir.

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Estrenada en nuestro país el pasado 27 de mayo, Radio Encubierta es una comedia que encierra lo que podría haber sido una enorme tragedia. ¿Os imagináis que hubiese ocurrido si aquellos postulados despóticos y anacrónicos se hubiesen impuesto? Pero afortunadamente la música triunfó, y el rock 'n  roll encontró su lugar. Richard Curtis nos los cuenta de forma simpática, pero aquello pudo haber sido una tragedia. Y es que es sólo rock'n roll, pero nos gusta...


Pues ya que no me dejan ir al cine, tiraremos en este blog de cine clásico, que bastantes cositas nos ha dejado el cine en estos más de cien años de historia. El Hombre que Mató a Liberty Valance es quizás el último de los clásicos del séptimo arte, entendiendo como tal todo aquel cine que glorificó este maravilloso medio de expresión, especialmente durante las décadas de los 40 y 50, y del que John Ford, evidentemente, es uno de sus máximos exponentes. Ford vió que su momento llegaba, que la hora de ceder el testigo estaba cerca, y que en los 60 el salvaje oeste era algo menos salvaje que el que él mitificó décadas atrás. Pero nos dejó esta maravilla, a la que yo siempre considero como "cine de nunca jamás", ese tipo de películas que son hijas de una etapa, que nunca volverá, como tampoco nunca volverá su cine. Estamos ante cine crepuscular, ése que supone el fin de una era realmente grande...

Suele decirse, sobre todo gente de cierta edad que disfrutó con el cine en su época dorada, que el cine de antes era mejor que el cine de ahora. Yo discrepo absolutamente. En mi opinión el cine de antes era, sobre todo, distinto, y en muchos casos, mejor. Pero no creo que sea del todo cabal rechazar el cine actual, ya que hoy en día sí se hacen obras maestras, aunque menos que antes, sin duda. Lo que se hacía antes, en especial en aquellas décadas doradas que fueron los 40 y los 50, era un cine que resultaría imposible de hacer hoy, ese cine que nunca volverá, porque estaba profundamente arraigado en la idiosincrasia de un contexto histórico concreto. Eran las primeras obras de madurez de un medio artístico al que indudablemente cada vez le costará más aportar obras que permanezcan en nuestra memoria. El Hombre que Mató a Liberty Valance es, quizás, la última que aquella etapa nos brindó, una película estrenada en 1962 pero que es hermana del maravilloso cine que se empezó a producir veinte años antes.

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Y John Ford, quizás intuyendo que su despedida estaba cerca, no se rodeó mal precisamente...John Wayne y James Stewart tenían que estar ahí, componiendo dos papeles que resumen a la perfección dos carreras enormes que les llevaron a convertirse en mucho más que dos actores. Se fueron como dos iconos, dos tipos a quienes nos costaría mucho imaginárnoslos sobre un escenario teatral, pero que en una pantalla grande lucían como nadie. El Duque interpretó a Tom Doniphon, el áter ego de Ford, un personaje que resume a la perfección los valores que la película quería transmitir. Jimmy Stewart fue Ransom Stoddard, el Atticus Finch del oeste, otro rol de esos que el gran actor bordaba, el de hombre íntegro, amigo, compañero, el que podemos ver cada 25 de diciembre en la tele en Qué Bello es Vivir...

Resulta llamativo comprobar cómo una película puede hablar de sentimientos tan puros y nobles contándonos una historia que hemos visto tantas y tantas veces. La película de John Ford es una más sobre buenos y malos, una de tantas que el western ha recogido, en la que el mal quiere imponerse sobre el bien, que no deja de ser el tema central que el cine ha tratado de reflejar desde sus inicios. Pero aquí esa lucha entre el bien y el mal es sólo una excusa para hablar de cosas tan sutiles como el amor, la amistad, la justicia y la bondad.

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La presencia de ese Liberty Valance encarnado por un enorme Lee Marvin sirve para glorifucar aún más a los dos protagonistas, que unen sus fuerzas para poner orden en un pueblo asediado por esa maldad latente. Tom le marca de cerca, le impide desarrollar sus planes que incluyen hacer frente a un tipo que le está robando su amor. En efecto, Hallie (Vera Miles), se enamorará de un Ransom a quien Tom podría dejar a los pies de los caballos, algo que no hará porque es un hombre íntegro, y respetará los sentimientos de la mujer a la que ama. Y si eso implica hacer frente a un indeseable como Valance, pues adelante. Así era Tom, así era John Wayne.

Amistad, respeto, amor, compañerismo...De eso trata El Hombre que Mató a Liberty Valance. Desde ese flashback monumental (quizás el más famoso de la historia del cine), asistimos a un a historia que nos parecerá común, y que ciertamente lo es, salvo en los valores que logra transmitir. John Ford supo despedirse a lo grande, aceptando con resignación la llegada de una nueva era, en la que los vaqueros empezaban a recorrer el salvaje oeste en ferrocarril, y en la que el western empezaba a comer spaghetti de la mano de Leone.

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Y como puente entre las dos eras, un Lee Van Cleef tapado, como uno de los secuaces de Liberty Valance. En un segundo plano aceptado sin resignación, porque sabe que su hora llegará más adelante, como si fuese consciente de que su némesis no es ése que camina raro, sino el del poncho, el que en el siglo XXI se convertirá en el último director clásico...

El Hombre que Mató a Liberty Valance es John Ford, es John Wayne, James Stewart, es Vera Miles, Lee Marvin, Edmond O'Brien, John Carradine, Lee Van Cleef, es Woody Strode...Es cine maravilloso, grande, distinto al de hoy, cine de nunca jamás...

Hoy tocaba hablar en este blog de 2012, pero las circunstancias han provocado que hablase de El Hombre que Mató a Liberty Valance. Cuánto ha cambiado el cine...

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La vida está llena de paradojas y contrastes. Apenas una semana después de que se me ofrezca la posibilidad de escribir en uno de los blogs de la web de una revista que llevo leyendo y disfrutando desde su primer número, me dan una de las peores noticas que a mi personalmente me podían dar. Llevo viviendo en la ciudad en la que nací toda mi vida, en Ourense, una ciudad con más de cien mil habitantes en su núcleo urbano y más de trecientos mil en toda la provincia. Llevo acudiendo a los cines de mi ciudad desde que tengo uso de razón, y, como expuse en la presentación de este blog, desde que una tarde mi madre me metió en uno de ellos para ver E.T. Desde entonces, dos o tres veces por semana he ido a hacer lo que más me gusta: ver películas en los cines. Hoy no puedo. El único cine que quedaba en mi ciudad, unos multicines con 8 salas perteneciente a la cadena Cinebox, ha sido cerrado por orden judicial. Vivo en una ciudad que, a día de hoy, no tiene ningún cine. Y hoy es un día particularmente nefasto para mi.

Ha sido un problema de licencias. El ayuntamiento parece que llevaba meses advirtiendo a los responsables del cine que había problemas en los accesos para minusválidos. Esos responsables debieron de ponerse las pilas y solventarlo, pero hay algo que resulta indignante. Hace poco más de un mes la corporación se valió de ese multicine para proyectar las películas que se presentaron en el Festival de cine de mi ciudad, un evento hortera y que sirve sólo para derrochar los impuestos de los ciudadanos. Pero entonces a estos políticos locales no les importó que ese cine tuviese esos problemas de accesos. Les convenía. Hoy han dejado a esta ciudad sin cines.

Supongo, o quiero suponer que la cosa se arreglará, que habrá quejas (había más de trescientas entradas vendidas para el estreno de mañana de Luna Nueva) y que las presiones acabarán por surtir efecto. Lo espero, porque me resultaría imposible vivir en una ciudad sin cines. El más cercano estaría en la ciudad de Vigo, a una hora en coche.

Estoy muy triste. Me dieron la oportunidad de escribir de cine en este blog hace diez días, y me llevé una alegría enorme. Hoy, la vida demuestra lo paradójico de nuestra existencia, y me da una bofetada que me duele en el alma. Quería ir a ver hoy 2012, y subir mañana mi opinión en este blog. No podrá ser.

Me han quitado una parte de mi vida. Espero que sea por poco tiempo.

Cuento de Navidad

17 Nov 2009 Escrito por


Robert Zemeckis parece instalado definitivamente en el campo de la animación digital, ésa que inauguró hace un lustro con Polar Express, y que tras Beowulf, le ha llevado a adaptar la famosa obra de Charles Dickens, permitiendo a Jim Carrey forzar sus rasgos faciales para que los ordenadores le capturen sus movimientos permitiéndole interpretar hasta a ocho personajes diferentes. No vamos a negarle a Zemeckis la indudable evolución de esa técnica animada, que en Cuento de Navidad luce mucho más que en Polar Express, aunque, en mi opinión, esos seres tan bruscamente animados que el consagrado director nos ofrece están muy lejos de lograr lo que sí conseguía la tradicional animación en 2D: emocionarnos y ganarnos para su causa.

Puede que el fallo resida en lo ambicioso de la propuesta. Cuento de Navidad, versión Robert Zemeckis, peca de excesiva, llegando a abrumar al espectador con esos constantes efectos visuales, que, unidos a lo grotesco de los rostros de los personajes, provoca cierta desazón en quien añora los gloriosos tiempos de Disney en el campo de la animación tradicional. Yo lo tengo muy claro. En mi opinión, Zemeckis, quien lleva desde Náufrago sin rodar una película en imagen real, debería de usar esta técnica para contar historias en donde el peso de la acción no resida en humanos, cuyos rasgos resultan realmente distorsionados tras ese método de captura en movimiento usado. Tom Hanks no resultaba tan artificial en Polar Express, quizás porque sus personajes no eran tan expresivos. Pero en Beowulf, y sobre todo en este Cuento de Navidad, yo al menos no hago otra cosa que ver a actores conocidos deformados. Ya puestos, ojalá hubiese rodado Zemeckis la obra de Dickens en imagen real, con Carrey, Gary Oldman, Bob Hoskins y Colin Firth asumiendo esos papeles.

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Porque a mi me cuesta creerme a esos personajes, algunos de ellos ciertamente estrafalarios, con los rasgos faciales estirados hasta la extenuación y con evidentes desproporciones. Y si ya van tres películas, quizás deberían de tirar la toalla. Pixar lo tiene mucho más claro. Ha descartado la animación tradicional en favor de una técnica no tan excesiva, que le permite mostrar en pantalla a seres humanos animados que no chirrían, aunque también hay que señalar que han mejorado ostensiblemente desde Toy Story, y ahí están Los Increíbles o Up para demostrarlo.

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Lo que no se puede negar es que la historia es estupenda, como lo eran las de Polar Express y Beowulf. Dickens escribió en el siglo XIX una historia atemporal, entrañable y convenientemente aleccionadora, y Robert Zemeckis la ha adaptado con sentido y ajustándola a los parámetros de las producciones Disney. Y, como la historia es lo más importante en una película, Cuento de Navidad se salva por la extraordinaria historia que nos cuenta.

Respecto a la técnica empleada para contar esa historia, quizás los avances tecnológicos patinen. Yo disfruto exactamente igual con el King Kong de 1933 que con Jurassic Park, pero, en el campo de la animación, echo de menos Blancanieves, La Bella y La Bestia o El Rey León, con las bondades de esa animación tradicional, mientras que los experimentos de Zemeckis me dejan bastante frío...

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Si Brian de Palma escribe algún día su biografía, podría empezarla como Henry Hill en Uno de los Nuestros. Si él afirmaba que siempre, desde que tuvo uso de razón, quiso ser un gángster, De Palma podría empezarla diciendo que él, desde siempre, quiso ser Alfred Hitchcock. Y no es una mala aspiración para alguien que se dedica a hacer películas. Nadie logrará nunca ser Hitchcock, pero, ya puestos, ojalá que todos los que lo intenten lo hagan como Brian de Palma. Sin acercarse siquiera un poco a la grandiosidad del gordo británico, el director de maravillas como Los Intocables o El Precio del Poder ha logrado un estilo propio, regalándonos obras personales, divertidas y muy recordadas. Hermanas no es de las mejores, pero con ella empezó a labrarse esa reputación de copia-planos de Hitchcock, y aún vista hoy, nos permite conocer los rasgos más significativos del cine de un director injustamente tratado.

 

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