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Ted ****

Miguel Juan Payán 31 Jul 2012

Ted. Seth MacFarlane traslada el humor salvaje de Padre de familia a una disparatada comedia sobre la amistad. Muy buena.

La cosecha de risas en la cartelera va muy bien este año. Y no creo que nadie dude que necesitamos reírnos de todo, o de casi todo, tal y como está el patio. Así que si me permiten la opinión, si tengo que invertir en cine exijo dos cosas: que me entretengan y que me hagan pasar un buen rato. Ted proporciona ambas cosas. De hecho se va a una hora cuarenta y cinco de duración y ni lo notas. No puedes notarlo porque te estás riendo. La culpa de ello la tiene uno de los talentos más irreverentes de la comedia que ha asomado por la televisión en los últimos años. Seth MacFarlane. En su revólver puede hacer dos muescas de éxitos que nos han hecho reír a la mayoría durante los últimos años: Padre de familia y Padre Made In USA (más la primera que la segunda, todo hay que decirlo). Las condiciones para disfrutar de su humor disparatado y en ocasiones salvajes son las mismas que se aplican al disfrute de este largometraje: no poner pegas ni fronteras sobre hasta dónde se puede llegar con los chistes. MacFarlane no se las pone.

La primera frontera que rompe es la de la verosimilitud de situaciones y personajes. Es algo a lo que ya estamos acostumbrados los seguidores de sus series de televisión, donde el concepto de “un perro que habla” en Padre de familia alcanza cotas de disparate nunca vistas antes. Que sobre todo ese disparate, subido a su montaña de situaciones y personajes increíbles, MacFarlane sea tan bueno a la hora de poner en pantalla una mirada a la sociedad tan afilada y punzante es una muestra de su talento. Y ese talento está también en una buena ración en Ted, su primer largometraje para cine, en el que además de escribir el guión y dirigir pone la voz al oso que da título a la película. La inverosimilitud de la que parte es todo un homenaje y al mismo tiempo la sátira más gamberra que podemos imaginar de un clásico del cine de los ochenta: E.T. el extraterrestre. Niño sin amigos pide un deseo: que su oso le hable, y así consigue a un compañero gamberro, malhablado, borrachín, irreverente, políticamente incorrecto y adicto a los porros… para toda la vida. Tras ese punto de partida MacFarlane esconde toda una batería de chistes que configuran una sátira feroz de los años ochenta, una contante en sus creaciones, donde mezcla el homenaje nostálgico con la parodia y la autocrítica.

El tema central de Ted es en realidad la madurez, o mejor dicho, la falta de madurez de nuestros días, que sospecho MacFarlane adjudica a una juventud y una infancia vivida en los ochenta, una década como cualquier otra década, ni mejor ni peor, pero que casualmente es la que él mejor conoce porque nació en 1973 y sabe de qué va el paño. Su parodia es en realidad autoparodia, la de toda su generación, acudiendo a lugares y referentes que todos, incluso los que nacimos diez años antes que él podemos entender e incluso compartir, aunque no fuéramos ya niños o adolescentes en los años ochenta y las películas con las que Spielberg nos impresionó cuando éramos jóvenes no sean E.T., sino Tiburón y Encuentros en la tercera fase.

El mejor ejemplo de lo sutil que puede llegar a ser el trabajo de Seth MacFarlane en esa clave de autoparodia, más allá de la eficaz fabricación de chistes y risas, es la mitificación que hacen los protagonistas de Ted de la película Flash Gordon y su protagonista, Sam Jones. ¿Por qué no hacerlo con la supertaquillera Star Wars en lugar de con la fracasada Flash Gordon? Simplemente porque en las fábulas de MacFarlane los protagonistas son los perdedores, quizá porque la generación de los jóvenes de los ochenta se sienten traicionados por todas esas fantasías que les propuso el cine y la televisión de sus años mozos visto cómo pinta la realidad.

A esta autoparodia que es también autocrítica de su propia generación y de la inmadurez de la sociedad de nuestros días, MacFarlane añade una sátira de la comedia romántica que nos aburre la vida en los últimos años. Simplemente la destroza, la mastica y la escupe como la fórmula gastada y falsa de fabricar sueños de celuloide que es. La escena escatológica de la película es buena muestra de ello, como también lo es la secuencia del ligoteo del oso con su compañera cajera del supermercado. De lo más desternillante y gamberro que he visto este año. Sin concesiones. A calzón quitado y sin cortarse. Nada de medias tintas. Si a eso le añadimos los comentarios políticamente incorrectos del oso y los cameos de estrellas del cine y la música, es fácil deducir que nos encontramos en un camino paralelo, no necesariamente el mismo pero sí muy cercano, al que ha recorrido este mismo año Sacha Baron Cohen con El dictador. Digamos que las dos juegan en la misma liga del humor disparatado, provocador y sin cortapisas.

Pero es que además, para rematar la faena, MacFarlane completa esta eficaz adaptación de la fórmula humorística de sus series televisivas al cine incorporando al relato a un personaje memorable: el villano interpretado por Giovanni Ribisi, que es una especie de resumen del tipo de icono de maldad que ha venido explotando el cine de blockbuster más flojeras en los últimos años, una especie de construcción ingenua de la maldad con la que MacFarlane hace mofa y befa de nuestra maniquea manera de mirar el mundo. De paso ese personaje le permite introducir en la película una parodia de las escenas de persecución trepidante tan típica del cine comercial norteamericano de los últimos veinte años, con lo que completa su crítica social desde las formas que adquiere el ocio para complacernos.

Y sobre todo lo anterior, ¡El Oso!, así, con mayúsculas, que bien las merece el bicho. Todo un monumento al sarcasmo.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Jueves, 23 Agosto 2012 19:52
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