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Trance ****

Miguel Juan Payán 10 Jun 2013

Trance, curioso repaso al cine de intriga repleto de giros argumentales y fuegos de artificio visuales que intentan hipnotizar al espectador.

Un trance en toda regla. Esto es lo que nos propone Danny Boyle en su última película. Perdernos el laberinto de la intriga que rodea el robo de una pintura. ¿O quizá no es sólo el robo de una pintura sino un misterio que encierra otro misterio y a su vez guarda las claves de otro misterio que estalla al final como un guiño que nos demuestra que hemos sido en todo momento sus marionetas? Danny Boyle nos hipnotiza con una montaña rusa de referencias y guiños, cambia continuamente de género, nos impacta con los desnudos de Rosario Dawson, maneja una estética tan elegante como ambigua que encaja tanto en una redefinición del estilo pop años 60 como en un juego de ecos del tratamiento del suspense al estilo Hitchcock, con algunas gotas de arrebatos estéticos propios del videoarte. Esa naturaleza de rompecabezas que tiene Trance no es sino una coherente manifestación estética exterior del juego argumental que la anima en su interior. Me refiero a cómo Boyle nos propone su propia versión del juego con los personajes y el espectador a través de la información que se transmite a unos y otros que tanto entusiasmaba a Alfred Hitchocck que finalmente acabó convertido en el verdadero protagonista y epicentro esencial de sus historias, por encima de los propios personajes y de los argumentos que abordaba. Ambos eran sólo pretextos para jugar al ratón y al gato con el espectador, que es exactamente lo mismo que hace, con notable elegancia y no poca artificiosidad, Danny Boyle en Trance. Y conste que, al contrario que otros, el calificativo de artificioso no es, en este caso, peyorativo. Simplemente responde a la expresión de la verdadera personalidad del cine de Boyle, que ha sido siempre un cine exhibicionista, que se gusta a sí mismo, empeñado en marcar pautas y claves estéticas que distraigan la atención del espectador mientras nos enreda en la madeja de hilo de sus fábulas. En eso, Boyle está siendo coherente con el resto de su filmografía. Ese juego con el espectador me recuerda un ejercicio más sosegado de laberinto argumental, La huella, de Joseph Leo Mankiewicz. Salvo que todo lo que era comedido y también un punto teatral en aquella, se convierte en Trance en puro estallido visual y fluido pero al mismo tiempo frenético montaje. Como una cosa lleva a la otra, quizá por eso me ha parecido que el protagonista, James McAvoy, está además durante toda la película en una clave interpretativa al estilo variante modernizada de Michael Caine en su etapa juvenil británica.

El truco de todo el asunto está en que Trance no es una película, o desde luego no es una historia de intriga al uso, sino varias películas o fábulas de intriga a la vez que se van entremezclando en un tapiz cada vez más complejo que superados los primeros momentos del robo se acerca cada vez más a las fábulas paranoides y obsesivas escritas por el maestro de la ciencia ficción Phillip K. Dick. El desarrollo de esa segunda parte de la película es en su exterior un ejercicio de estilo por el que pasean personajes sometidos a situaciones y sensaciones relacionadas con el hipnotismo que tienen más en común con la ficción paranoide y un punto psicotrópica del autor de El hombre en el castillo. El principio, con esa explicación voz en off del protagonista, James McAvoy, puede recordar la explicación del mundo del juego en Las Vegas que proporcionara el personaje de Robert De Niro en el arranque de Casino, de Martin Scorsese, o tirando por otra referencia, uno de los golpes de los muchachos de Danny Ocean (George Clooney) en Ocean´s Eleven. Pero pronto nos damos cuenta de que la fábula gira y empieza a caminar por otro sitio. De hecho, va a tener varios giros en su desarrollo que la convierten en una especie de montaña rusa en la que hay que permanecer muy atento para no perderse en alguno de los recodos de su accidentado camino. Boyle se muestra en esta ocasión sobre todo astuto. Nos proporciona iniciales pistas bastantes obvias que nos permiten cobrar confianza anticipando lo que va a ocurrir, de modo que las supuestas sorpresas no son tales. Como el papel del protagonista en el robo, fácilmente predecible. No es fallo de la película que anticipemos lo que va a pasar. Boyle cuenta con que vamos a caer en su trampa precisamente picando ese anzuelo siendo víctimas del exceso de confianza. Cuando menos lo esperamos, el argumento gira, atendiendo a su verdadero tema, que es plantearnos cómo nos engañan las apariencias, cuán fácil es dejarnos engañar o engañarnos a nosotros mismos cuando contemplamos el mundo, cuando miramos a los otros y nos miramos a nosotros mismos. Trance intenta hipnotizarnos para servir a su tema central, que no es otro que nuestra defectuosa capacidad para percibir el mundo.

Naturalmente ese ejercicio encuentra un corolario lógico en el planteamiento visual de la película, que juega con la doblez del personaje desdoblado en el espejo y la introducción de la psiquiatra, persiguiendo que el espectador se vaya identificando con distintos personajes. El mismo juego con la información que forja las simpatías del público por uno u otro personaje que ya practicara Hitchcock en Psicosis. Como en ese clásico del terror y la intriga, la clave de identificación pasa también en Trance por la vulnerabilidad a la que son sometidos todos los personajes en un momento otro de la trama. Hasta llevarnos a un punto en el que ya no podemos decidir quiénes son los héroes y los villanos de la historia, quién es la víctima y quien el verdugo. Esa es la sensación que parece extraer Boyle de una de las reconocidas fuentes de inspiración de la película, las Pinturas Negras de Goya, al que el diálogo del a película reconoce como “el primer pintor de la mente humana”.

Esa contemplación de la mente es lo que le otorga un cierto aire onírico a todo el relato.

Trance es ante todo un eficaz fuego de artificio, un laberinto sembrado de trampas para el espectador que acaba convirtiéndose en una de esas películas en las que sales del cine hablando de ella con los amigos, debatiendo y discutiendo el significado de sus últimas imágenes, con ese plano final de uno de los personajes pegado al teléfono intentando contestar a la pregunta que plantea otro personaje: ¿olvidar o no olvidar?

Más que cualquier otra cosa, Trance es una película-juego.

En ese sentido una buena compañera de baile para ella sería la ya citada La huella (Joseph Leo Mankiewicz, 1972), aunque por sus giros de intriga también le cuadran como complemento de programa doble El número 23 (Joel Schumacher, 2007) y en otro palo distinto No hay salida (Roger Donaldson, 1987), con algunos momentos que me han recordado Max y los chatarreros (Claude Sautet, 1971).

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Martes, 02 Julio 2013 09:00
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