Crítica de la película La cabaña en el bosque

La cabaña en el bosque, un hilarante disparate que homenajea el cine de terror en todas sus formas.

El cine de terror, la fabricación del miedo en la pantalla grande, es el verdadero tema de esta broma que recorre y se regodea en los tópicos de todas las variantes de cine de terror, desde las películas de asesino en serie persiguiendo jovenzuelos descerebrados hasta los falsos documentales rodados con cámara al hombro o las criaturas sobrenaturales de las tramas de H.P. Lovecraft, sin olvidar las intrigas de conspiración elevadas a escala cósmica. Lo mejor es que visitando todas esas variantes, nunca pierde ritmo o nos somete a cortes abruptos. Una de sus características a destacar es la fluidez de su guión, su capacidad de mantener el interés del espectador introduciendo nuevos giros en los momentos más oportunos para no quedarse estancada o aburrirnos con las repeticiones, su facilidad para sacar lo mejor de cada tópico del género, y sobre todo la astucia con la que construye su argumento para hacer que en todo momento se mantenga una incógnita creciente sobre a dónde vamos a ir a parar con estos disparatados narradores que lo mismo se ríen de una variante terrorífica de programas como Supervivientes o Gran Hermano que se carcajean desde el guiño cómplice de clásicos como Posesión infernal, Viernes 13, La noche de Halloween, La matanza de Tejas… o se sacan de la chistera personajes tan chispeantes como esos dos maestros de ceremonias que sirven como una especie de jefes de pista de este circo del metagénero, los ejecutivos de esa siniestra pero al mismo tiempo cómica cadena de televisión interpretados por Richard Jenkins y Bradley Whitford. Sólo por ver a estos dos tipos asociados ya merece la pena pasarse a ver la película.

La cabaña en el bosque es lo que debería haber sido y no fue R.I.P.D. Y acierta en todo lo que se equivocó aquella otra película de la que ya hablé en esta misma página. Se mueve con gran flexibilidad entre las fronteras de los distintos géneros y subgéneros que nos propone (en su variado menú hay incluso algo de híbrido de terror con la ciencia ficción estilo cine fantástico norteamericano de los años cincuenta, esa especie de zoológico final desatado en plan “los monstruos invaden la Tierra”), consiguiendo además que los elementos de su carácter más satírico, sus bromas, encajen a la perfección con algunos momentos inquietantes. Y precisamente por su carácter de sátira de los reality show de televisión, consigue incorporar la sátira y la parodia a un argumento que es mucho más que mero amontonamiento de guiños jugosos para los friquis de todos los géneros incluidos en su abanico de posibilidades.

Lo que hace La cabaña en el bosque es hablarnos de nuestra sociedad cuando nos habla de todo aquello que los medios de comunicación y especialmente el cine, el cómic, la televisión y los videojuegos, nos proponen como alternativas de ocio. Somos lo que comemos, pero también somos lo que vemos y nos define cómo y con qué nos gusta entretenernos.

Y en eso, La cabaña en el bosque acierta en la diana y nos deja un paisaje ciertamente terrorífico con un homenaje final y a lo bestia a todos los cliffhanger con los que suelen terminar las series de televisión, que también forman parte de las parodias y homenajes de esta muy recomendable película.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película La Piel que Habito

Dejando de lado filias y fobias personales de cada uno de nosotros, que al final de cuentas son las que nos llevan a ver una película o a que termine por gustarnos, hay que reconocerle a Almodóvar que es uno de los grandes directores españoles de nuestro tiempo. No sólo porque gran parte de la crítica, con o sin razón muchas veces, se desviva por todas y cada una de las películas del director manchego, ni porque recauden más o menos dinero en la taquilla, que también suelen hacerlo. Es su forma de entender y hacer cine lo que lo convierte en un valor tan importante para el cine español.

El hecho de que cada una de sus películas sea un evento dentro y fuera de nuestras fronteras (cada vez más fuera), que su cine cree escuela, que haya actores y actrices que se desviven por trabajar con él, que sus películas pasen a ser parte de la cultura popular en muchos casos… Todo eso lo convierte en uno de los grandes valores de nuestro cine, sin casi discusión. Puede gustarnos o no, y aquí la discusión puede alargarse en el tiempo todo lo que deseemos. Su cine puede interesarnos, dejarnos indiferentes, gustarnos o aburrirnos. Pero su importancia dentro de nuestro cine… eso no debería quitársele nunca. Algo bastante habitual, por cierto, ya que, desde que ganó el Oscar, Almodóvar tiene más seguidores fuera de España que dentro. Será la envidia, será el ego… No lo sé, pero es cierto que parte del público y la crítica nacional lleva un tiempo aprovechando la mínima ocasión para atacarle.

Puede gustarnos o no su cine, pero Almodóvar tiene una manera de contar historias visualmente poderosa, unida a sus peculiares guiones a un cuidado trabajo técnico, normalmente impecable. Quizá su particular universo, ese tan reconocible y que hace sus películas tan personales y a la vez tan difíciles de imitar, no sea del gusto de todo el mundo, pero hay mucha inteligencia y mucho talento detrás de sus películas. Con La Piel que Habito ha ido un poco más lejos para añadir nuevas aristas a su cine. Nuevos puntos de vista, si lo prefieren, a algo tan interesante como una película de género.

Porque la última película del director es una película de género, o de muchos géneros mezclados en su peculiar batidora para dar como resultado una película absorbente, única, diferente y que no deja indiferente. No hay forma de eludir sus imágenes y su trama, su puesta en escena y la forma de narrar esta historia sobre una obsesión y una venganza, sobre la locura y también la cordura, sobre lo enfermizo y lo malsano. Pero también lo bello. Cine negro, inquietante, perturbador, con gotas de ciencia ficción y a la vez con todo lo que hace las películas de Almodóvar únicas. Hay de todo en esta poderosa cinta que, como he dicho, no va a dejar a nadie indiferente.

Sorprende de inicio que la trama empieza situándose en un futuro cercano, 2012, pero un futuro a fin de cuentas. No es nuestro tiempo, parecen querer decirnos, no es el presente. Es el futuro, un paso de ciencia ficción (hay cosas que recuerdan a las primeras películas de Amenábar), cercana, realista si lo prefieren, pero ahí queda patente desde los primeros compases y desde la primera vez que nos asomamos al trabajo del médico al que interpreta Antonio Banderas, un hombre con una misión. Con una obsesión. Sin que importe a dónde le lleve su particular venganza por lo que le sucedió a su hija, ni lo que se lleva por delante en el camino. O a quien y lo que le hace.

No he tenido ocasión de leer la novela original en la que se basa la película, pero al parecer llevaba en la cabeza del director bastante tiempo, lo que le llevó a reescribirla en varias ocasiones hasta encontrar la fórmula perfecta para contarla en la gran pantalla. O al menos casi perfecta.

En los tiempos de corrección política y balones blandos y al pie que vivimos, que nos llegue una película como La Piel que Habito es como maná caído del cielo. Tan sombría, tan salvaje por momentos, tan violenta, no sólo física, sino psicológicamente. Hasta los lugares parecen violentos (hay una entrada a un garaje con el reflejo de las luces rojas en techo y suelo que clama peligro por todas partes). Es una rara avis y es un soplo de aire fresco. Es algo distinto, perturbador. Una de esas películas de las que, cuanto menos te cuenten, mejor, para poder sorprenderte y apreciarlo todo.

Como siempre el reparto está a una altura magnífica. Desde un inconmensurable Banderas de regreso al cine que le vio nacer como estrella, a una Elena Anaya cautivadora y enigmática. Eso sin contar el trabajo del siempre único Eduard Fernández, de la brillante Marisa Paredes o de Blanca Suárez, cada vez más presente en nuestro cine y con un futuro impresionante por delante. En ellos cae gran parte del peso de componer unos personajes complejos y difíciles, a veces sutiles, a veces extremos. Pero casi siempre cautivadores.

Si alguien al leer estas líneas piensa que soy un enamorado del cine de Pedro Almodóvar, se confunde. Aprecio su talento y me gustan varias de sus películas, pero su universo muchas veces se me hace ajeno, distante. En esta ocasión ha sido distinto. Nos encontramos ante una de sus mejores películas de los últimos años y, posiblemente, de su carrera. Una visión personal a una trama dura y compleja. Una película interesante de principio a fin y a la que quizá sobran algunos excesos y algunos minutos. Nada insalvable. No hace falta ser intelectual, ni progre, ni gafapasta para disfrutarla y aprender aún más del cine español.

Y encima con una película de género.

Jesús Usero.

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Crítica de la película Almas Condenadas

Es una pena ver cómo el que antaño fuese uno de los directores más respetados dentro del género, aunque casi siempre decantándose por el género de terror, y padre de algunos de los iconos del cine de los últimos 20 años, vaya poco a poco deshaciéndose como un azucarillo en un vaso de leche, convirtiendo cada una de sus películas no en eventos, como en otro tiempo lo fueron, sino en objeto de mofa por gran parte de los que antes eran sus seguidores y con desencanto por parte de los simples aficionados, que no encuentran motivos de peso para acudir a las salas a ver sus películas.

Ésta encima traía la coletilla de ser en 3D, lo que no sé si al final ha beneficiado en algo a su triste carrera comercial en USA, que no ha alcanzado a recaudar los 15 millones de dólares que llegó a costar. Quizá en este caso el 3D ha sido un punto negativo para la película, como muchas otras veces, y han conseguido justo el efecto contrario, ahuyentar a la gente de las salas, que no anda muy dispuesta a pagar más por una entrada de cine para ver una película que no merece la pena verse ni en 2D. Sobre todo cuando se trata de conversiones y no de películas rodadas en 3D. De hecho posee el récord de la película que más baja recaudación ha conseguido en su primer fin de semana en USA, siendo estrenada en 3D.

Aunque a veces sucede que una película que el público abandona a su suerte resulta ser una pequeña joya a descubrir que encierra muchas cosas interesantes y claves de lo que debe ser una buena película. Son pequeñas joyas olvidadas que acaban convirtiéndose en películas de culto y consiguiendo años después el reconocimiento que merecían en su momento. Permitidme decir que, por suerte o por desgracia, Almas Condenadas no pertenece a ese club.

Porque el mayor pecado de la película, escrita también por el propio Craven, no es que repita las claves y los tópicos del género slasher que tantos dividendos ha dado al director en el pasado. El mayor pecado de la película es que posee un brillante e interesante inicio que es totalmente desaprovechado y se difumina poco a poco como si nunca hubiese existido. Ese desperdicio de lo que podía haber sido una sólida película de terror para adolescentes, es lo que realmente acaba mosqueando al espectador.

Un pequeño pueblo americano, un asesino en serie que es cazado y presuntamente asesinado y un grupo de niños que nacen la misma noche que muere el asesino. 16 años después esos niños empiezan a morir justo la noche que se celebra su cumpleaños y las culpas parecen recaer sobre Bug, un joven que no encuentra su lugar en el mundo, con serios problemas psicológicos y que puede (o no) haber heredado el alma del asesino, algo relacionado con la cultura del vudú que podía haber dado, también, mucho más juego.

Como decía antes, es en el inicio donde está todo lo bueno que posee la película. Y es un inicio realmente interesante. Sin andarse por las ramas Craven nos sitúa en la mente del asesino en serie y a través de sus ojos y su acciones vemos su esquizofrenia y las múltiples personalidades que ocupan su mente y que le hacen permanecer varios minutos en blanco, pasando de un sitio a otro sin darse cuenta, o incluso asesinando a su esposa. Este destripador con cuchillo lo hemos visto en otras películas, pero situarnos de su lado, hacernos sentir lo que él siente, su enfermedad y desesperación, sus discusiones consigo mismo, sus lapsus mentales, su terror y el terror que causa… Podía haber dado mucho juego de seguir por ese camino. Además un personaje nos recuerda que según la cultura vudú, las personalidades son almas y al morir ese asesino buscan un nuevo cuerpo que habitar, como el de los siete niños que están a punto de nacer…

Eso es poner la miel en los labios y lo demás es tontería. Y luego te lo quitan todo de golpe para volver a lo de siempre. Da mucha rabia que esos primeros diez minutos den paso a una película que no sé si muchos llegaríamos a revisar siquiera en DVD, con un grupo de adolescentes perseguidos por un malo con careta que poco a poco va asesinándolos uno a uno. Y encima sin una pizca de misterio, de intriga, de terror o inquietud en cada muerte o aparición del asesino. Todo es vulgar y ramplón. Incluso las posibles relaciones de los personajes se cortan con los asesinatos debido a un intento por sorprender con quién será el siguiente en morir, que no funciona porque lo que se logra es cortar los posibles caminos de desarrollo de personajes y de la trama, que son inexistentes.

Y encima al final, como por arte de magia, el tema de las almas y el vudú vuelve a la carga siendo totalmente innecesario y fuera de lugar. Y pensar que la mejor película de Craven era acerca de ese tema, cuando rodó la excelente La Serpiente y el Arco Iris… Pues aquí desaprovecha el tema, la historia, el personaje central y los posibles caminos de la trama. Y si lo hubiese hecho desde el inicio podía haber pasado por un thriller simpático, pero su inicio tan apetecible nos deja mucho peor sabor de boca.

Eso por no mencionar que el final parece calcado de Scream 4, pero sin la mala uva y el humor de aquella… Qué quieren que les diga, suelo ser muchas veces benevolente con la mayoría de películas que me cruzo en el camino, porque casi todas tienen algo bueno o un público que las aprecie. Pero aquí la decepción ha sido mayúscula. Quizá por el prometedor inicio, quizá por el respeto que le tengo a su director. El resultado final es tan olvidable que no se si merece la pena acercarse a un cine para verla…

Jesús Usero

Crítica de la película Insidious

Insidious pone al día algunos elementos particularmente curiosos relacionados con un arco temático de gran predicamento en el cine de terror, como son las casas encantadas, las posesiones diabólicas y los contactos con el más allá, todo ello mezclado en su argumento en distintas dosis que funcionan bien como relato de intriga creciente durante la mayor parte de su metraje, aunque al final no consigan sorprendernos con su resolución e incluso pierdan algo del impulso inicial que tenían personajes y situaciones por caer en lo previsible, lo repetitivo o dejar pasar la ocasión de meternos realmente el miedo en el cuerpo con el viaje al más allá propiamente dicho.

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Como digo el planteamiento inicial me parece incluso astuto, porque juega con una puesta en escena (esos planos de la cámara siguiendo al personaje del marido cuando suena un ruido en la entrada y acude a mirar la puerta) que sin ser el descubrimiento del Santo Grial de la planificación cinematográfica ni presumir de innovadores resultan muy funcionales para  introducirnos en esa misma casa que habitan los personajes y acercarnos a la situación de miedo creciente en el que viven. Es en esa primera parte de propuesta o planteamiento del relato donde creo que funciona mejor la película, primer porque para ello no requiere un despliegue de presupuesto que según el planteamiento de mantener los costes bajo mínimos hecho por los responsables de la película, no pueden permitirse.

En esa línea nos encontramos una serie de momentos o referencias que me han  traído a la memoria terrores setenteros hechos también con cuatro duros. Y es ahí donde creo que la película  crea unas perspectivas que pueden equivocar al espectador curtido en el consumo de este tipo de género. Para empezar, los primeros pasos del argumento nos remiten a varias sendas que sin embargo posteriormente van siendo abandonadas conforme progresa el argumento. En uno de esos caminos encontramos una puesta en escena y algunos planteamientos que nos llevan a pensar en Terror en Amityville, o la variante del asunto en claves más serie A y spielbergiana, Poltergeist. Luego, con el tema del niño en cama, es inevitable que demos en pensar que quizá los artífices del asunto hayan elegido tirar el tema por el camino de Patrick, producción australiana centrada en un asesino que queda en coma, dirigida por Richard Franklin en 1978. Incluso el cartel de la película tiraba por ahí. Pero luego se producen varios giros argumentales que incluyen la aparición de un contrapunto de comedia no del todo desarrollado o convenientemente explotado que ejemplifican los dos “expertos” en investigación de fenómenos paranormales, que no sé si pretenden ser un guiño a los célebres Cazafantasmas o directamente recogen el testigo de los hilarantes a la par que entrañables Ghostfacers de la serie televisiva Sobrenatural. Y, claro, al pensar en Sobrenatural inevitablemente concluyo que algunos capítulos de la misma me han resultado mucho más inquietantes y elaborados de puesta en escena que Insidious, así que me parece que a los artífices de esta película la jugada les ha salido sólo a medias. Parte del problema está en que hacia el final de la trama abandonan esas líneas argumentales mencionadas inicialmente y optan por desarrollar todo el tercer acto a partir de una revelación que se veía venir de lejos, es decir, que no es tal revelación, lo cual que lo que nos cuentan a partir de ese giro argumental nos mantiene más distantes de lo que ocurre en pantalla que en el metraje precedente. Incluso se opera, cosa enormemente arriesgada y triple salto mortal sólo recomendable para maestros, un cambio de protagonismo bastante radical, dejando paso la fémina de la historia a su compañero masculino tras un flashback más forzado que realmente sorpresivo.

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Después del cambio de protagonismo la película se desangra en una sucesión de secuencias donde prima más la acción y se pierde mucho de lo inquietante que tenía el relato hasta ese momento. Es una fase del relato que entra en la revelación de la verdadera amenaza con una sucesión de tópicos que no consiguen atraparnos como las sugerencias de amenaza manejadas previamente y resultan menos inquietantes de lo que pretenden.

No es buena idea cambiar de caballo a mitad del cruce del río, por decirlo así. El cambio del protagonismo de la madre al padre en un momento demasiado avanzado de la trama despista al espectador, y la introducción de personajes nuevos en el relato, como la abuela de los niños o esa médium muy particular, no rinde tanto como debería (como ejemplo de buen funcionamiento de ese recurso pueden pensar en el aporte a la trama de la médium de Poltergeist, que por otra parte es una referencia bastante clara de esta película). La entrada en el relato de la médium y sus muchachos permite no obstante algunos momentos curiosos desde el punto de vista de generación de inquietud, que sin embargo no acaban de explotarse tanto como pudieran, aciertan en el tema de la máscara de gas como elemento dominante de la sesión espiritista, pero no le sacan tanto partido como podrían a ese juego de mirada subjetiva de la médium alternado con la mirada del resto de personajes hacia ella, que por estar su rostro tapado con la máscara debería convertirse en una incógnita más inquietante de lo que resulta en la película. De manera que en ese momento concreto, nos queda, como en el resto de la película, una buena idea inicial que no llega a ser bien explotada.

Así las cosas, no puedo decir que la película me haya metido miedo, pero tampoco creo que sea un título más del montón. Tiene algunas cosas curiosas, propuestas que unidas a esa especie de aliento nostálgico del cine de terror setentero le proporcionan cierto atractivo, pero ciertamente pierde gas en su parte final y desperdicia algunos elementos curiosos de su trama además de perjudicarse con una especie de inseguridad o zozobra a la hora de elegir un camino por el que desarrollarse o apostar por una alternancia de protagonismo mal aplicada.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Scream 4

Parece mentira la de años que han pasado desde que aquella primera Scream apareciese en los cines convirtiéndose en uno de los éxitos revelación de la temporada y una de las películas más taquilleras del cine de terror, dando lugar a una saga que ahora, cuando todo el mundo pensaba que la serie había muerto, regresa con todos sus responsables a la cabeza y con unas supuestas nuevas reglas. Claro que tras cuatro películas, lo de las reglas y la originalidad puede que no sean tan importantes como quieren hacernos creer.

Wes Craven siempre me ha parecido un director de carácter artesanal. Con muy buenas ideas, pero no siempre bien ejecutadas. Buenos proyectos, buenas presentaciones, buenas ideas, pero a la hora de desarrollar la trama, todo quedaba a medias, más o menos. Artesano del suspense, que creó uno de los iconos del cine de terror moderno, Freddy, y puso en pantalla a otro icono del cine de miedo, el asesino Ghostface de Scream. Pero sus películas nunca terminan de encajar, de funcionar por completo. Le falta algo de chispa, de inventiva visual. De magia del cine. Por eso creo que Pesadilla en Elm Street nunca estuvo a la altura de otros clásicos del género y acabó derivando en las gracias y coñas de Freddy a la hora de matar adolescentes. Y por eso Scream funcionaba mejor como broma que como suspense. Aunque Scream 2 tiene un par de secuencias de suspense muy conseguidas…

Pero no desvariemos demasiado. Scream 4 llega ahora, una década después de la última entrega, y recupera las mejores cosas de la serie, mientras que en aquellas en las que funcionaba con cierta consistencia, como el miedo y las sorpresas, empieza a hacer más aguas que el Titanic. Vamos que la supuesta sorpresa de quién es el asesino (o asesinos, que en esta saga suelen venir de dos en dos…) se ve venir de lejos por puro imposible. O lo que viene a ser lo mismo, Scream 4 tiene lo mejor y lo peor de toda la saga en menos de dos horas de proyección. Y lo que en la primera película eran suspense y cierta tensión, aquí sólo produce tedio.

Que no, que no es que sea una mala película. Tiene un inicio fascinante, divertido, lleno de cine dentro de cine dentro de cine. Una especie de broma metalingüística que no deja de ser brillante en su concepción y realización, con seis estrellas de la televisión siendo acosadas y asesinadas, por supuesto, una detrás de otra, desde Stab 6 con las protagonistas de 90210 y Pretty Little Liars, a Stab 7, con Anna Paquin y Kristen Bell (impagables las dos) a la historia real de Scream 4, con las chicas de Friday Night Lights y Life Unexpected. Seis estrellas de la tele, seis, asesinadas en menos de 10 minutos. ¿Un mensaje claro de que la televisión debe morir?

Pues no sé si andaremos muy desencaminados, cuando el resto del metraje más estrellas televisivas aparecen una detrás de otra. Parece como si Kevin Williamson y Wes Craven, guionista y director, hubiesen hecho acopio de todas las estrellas televisivas habidas y por haber para felicidad del espectador, que verá a Hayden Panettiere, Mary McDonnell, Adam Brody, Anthony Anderson o Allison Brie, pasear por la pantalla con papeles más o menos importantes. Desde Héroes a The OC pasando por Galactica o Community… aquí no falta nadie.

Eso consigue hacernos sonreír. Incluso reír en muchas ocasiones. Las continuas bromas y referencias al cine dentro del cine, a la saga que dentro de la propia película se ha generado, a las nuevas normas del juego, las de los remakes… Todo ello, para los aficionados al género y al cine en general, conseguirá arrancarnos muchas sonrisas. Porque ni ellos mismos se toman en serio. Porque saben que todo es un juego y que ya van por la cuarta entrega y aquí nadie se cree ya nada.

Simplemente la norma de que en los remakes ya no hay normas y que para sobrevivir hay que, sencillamente, ser gay (Williamson es uno de los miembros de la comunidad gay más respetados de Hollywood), o la perfecta definición de Neve Campbell de la otra clave de los remakes “Don’t fuck with the original”, hacen que merezca la pena ver la película entera. Pero por el camino se cae todo lo demás.

El suspense nunca funciona del todo, sólo en la escena del asesinato al otro lado de la calle hace pensar que existe algo de tensión, los sustos están fuera de lugar y no asustan a nadie. La película se alarga hasta lo indecible con giros y más giros imposibles sin llegar a ninguna parte, los personajes son meras marionetas y ni siquiera las estrellas originales nos hacen más creíble la historia. Porque, si alguien lo dudaba, Neve Campbell sigue viva. No, no su personaje. La actriz.

Es como ver de nuevo las tres películas anteriores, como caer una y otra vez en los mismos lugares previsibles y comunes (el ataque en el parking… lamentable) y uno acaba animando normalmente al asesino. Que, de nuevo, tiene los huesos de goma y nada puede dañarle.

Más que una película estamos ante una caricatura. Y si esto es el inicio, como se pretende, de una nueva trilogía, apañados estamos, porque entonces ya está todo visto. Y tampoco es plan de que el público siga pagando por lo mismo una y otra vez. A veces hay que dejar morir a las sagas.

Lo dicho. Mucha coña limonera, mucho homenaje a Halloween y Carpenter, que se nota que Williamson ha vuelto a la saga como guionista, pero cero tensión y suspense. Para una película de terror, eso nunca es bueno. Si lo toman medio en broma, tiene sus momentos cinéfilos. Si buscan miedo… Parece que Wes Craven no estaba muy interesado en asustar a nadie. Una película simpática y harto predecible que sobrevive mejor gracias a su innegable sentido del humor, aunque no llega a las cotas de Piraña 3D, por ejemplo. Casi que la próxima entrega se la pueden guardar… o lanzarla directa a video.

Jesús Usero

Pandorum

16 Nov 2009



Crítica de la película Pandorum

El cine americano siempre se ha caracterizado por bautizar géneros, o, mejor dicho, sub-géneros, que nacen a partir del éxito monumental de una película adscrita a reglas más o menos convencionales. Ocurrió con Alien, la estupenda película de Ridley Scott que originó multitud de cintas de argumento semejante. Un nuevo sub-género nació con Alien: ese que, englobado en los géneros más amplios del terror o la ciencia-ficción, se basa en las peripecias de un grupete de intrépidos hombres y/o mujeres que se adentran en una misteriosa nave (o barco o casa o...) en donde algo ha sucedido. Y bajo esa premisa, tenemos el miedo, la acción, los aliens, o lo que proceda...

Y, no vamos a negarlo, en ocasiones el resultado es muy bueno. No es el caso de Pandorum, y así aprovecho ya para advertir que es una película realmente floja, pero a uno le vienen a la mente cosas tan estimables como Deep Rising, aquella peli de Stephen Sommers que rezumaba serie B por los cuatro costados y en la que el objeto de investigación era un tétrico barco, u Horizonte Final, de la que bebe indudablemente Pandorum, con esa nave (supuestamente) abandonada en la que han ocurrido mil y una incidencias, y con la que comparte nombre propio: Paul W. S. Anderson, director de aquélla y productor de ésta.

El problema de Pandorum es lo farragoso de su propuesta. Se pretende dosificar la información ofrecida al espectador, no ya sobre los inquietantes sucesos acaecidos en la nave, sino sobre la propia naturaleza de la misma, su misión, su tripulación e incluso su ubicación. Y, lógicamente, es necesario también ir dando pistas sobre qué narices ha ocurrido en ella, y por qué los protagonistas se encuentran en ese estado de indefensión y amnesia.. Y cuando todo eso se explica mal y la información se da de forma torpe, la peli no puede ser buena.

Ni siquiera se aprovechan esos seres malignos de aspecto tan desagradable, de los que poco o nada sabemos, salvo que chillan y corren de forma desatada y que se mueven como pez en el agua en esos planos brevísimos en los que el director Christian Alvart mueve la cámara compulsivamente, siguiendo la nefasta escuela que en su día abrió el inefable Michael Bay, y que provoca que el espectador no se entere absolutamente de nada.

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Horizonte Final no era una maravilla, pero a partir de una premisa mil veces vista y contada, tenía varias virtudes que, desgraciadamente, no encontramos en Pandorum. En primer lugar su guión, muy semejante a éste desde el punto de vista argumental, pero mucho más directo y comprensible para un espectador medio que no entra en una sala de cine a ver un Solaris versión cutre. Y después estaba Sam Neill, auténtico motor de una nave que a partir de la evolución de su personaje surcaba el hiperespacio ofreciendo escenas inquietantes y terroríficas. En Pandorum ese papel trata de asumirlo un Dennis Quaid desastroso, desganado y perdido, que sin embargo ofrece más solvencia que ese actor de limitadísimo talento llamado Ben Foster, a quien pudimos ver interpretando a Angel en X-Men 3.

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Falla el guión, fallan los actores...así que muy buen cineasta hay que ser para salvar la nave, nunca mejor dicho. Y no es el caso del tal Christian Alvart. Anderson, quizás aburrido de rodar siempre películas iguales y encuadradas en este sub-género (Horizonte Final, Resident Evil...¿qué diablos ha ocurrido aquí?) cede el testigo y se limita a ejercer como productor. Chico listo, porque ni siquiera él, que tampoco es precisamente Orson Welles, hubiese sido capaz de hacer de Pandorum una buena película...

 

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