Crítica de la película Annabelle vuelve a casa.

Más que aceptable dentro de la miríada de secuelas, precuelas y spin offs de Expediente Warren.

Por encima de su primera entrega, pero todavía inferior a Annabelle Creation, que mostraba el nacimiento de este monstruo que forma ya parte de los iconos del cine de terror. No podía ser menos, si de una forma u otra la película ya ha aparecido en un buen puñado de películas, y además de su papel protagonista en su trilogía, tenía uno muy importante en Expediente Warren. El público todavía no se ha cansado de ella, así que puede seguir dando miedo un tiempo más. Y ahí reside la clave del buen hacer de la historia. No cansa al espectador pese a conocer a la muñeca a la perfección.

La historia nos presenta de nuevo a los Warren en esta ocasión, tiempo antes de la primera película, justo cuando entra en su poder la muñeca Annabelle, la maldita figura poseída por un demonio que lleva aterrorizando a la gente desde los años cuarenta. A través de la llegada a la casa, aparecen las auténticas protagonistas, McKenna Grace, sustituyendo a Sterling Jerins como Judy Warren, la hija del matrimonio, y su niñera, Mary, interpretada por Madison Iseman. Juntas tendrán que sobrevivir cuando la muñeca, convertida aquí en un faro para otras almas y espíritus, decida hacer de las suyas. Porque ya sabemos que lo que viene con Annabelle no son precisamente fantasmas que quieren volver a casa. Son almas condenadas con muy malas pulgas y muchas ganas de hacer daño.

Vera Farmiga y Patrick Wilson repiten sus papeles como el matrimonio Warren en la nueva entrega de la franquicia, Annabelle 3

La saga Expediente Warren sigue creciendo y seguirá haciéndolo mientras siga siendo tan rentable. La última entrega, La Monja, lleva más de 115 millones de dólares recaudados en USA, y apenas costó 22. Ahora, según ha anunciado Deadline, la saga crece un poco más con la nueva entrega de la franquicia, Annabelle 3, que además recupera a los protagonistas de las dos entregas principales, Vera Farmiga y Patrick Wilson, en papeles más secundarios, pero imprescindibles, porque Annabelle 3 será un crossover directo con Expediente Warren.

Annabelle, eficaz entretenimiento de terror escapista para público adicto a dejarse asustar.

Expediente Warren, película con la que Annabelle está conectada, aunque me resisto a denominarla precuela porque pienso que es una propuesta totalmente distinta que va por otros caminos en el variopinto género de terror, era una puesta al día de las claves de clásicos como El exorcista, Terror en Amityville y Poltergeist. Bien realizada, merecidamente aplaudida, no consiguió sorprenderme o inquietarme tanto como a otros, por mucho que piense que James Wan es uno de los directores de cine de terror más competentes e interesantes de nuestros días. Por su parte Annabelle busca sus referencias en otro clásico del cine de terror, La semilla del diablo, de Roman Polanski, de la que viene a ser una especie de variante actualizada mucho menos inquietante. Las coincidencias y los guiños con aquella película con múltiples. La vinculación con la película de Polanski comienza con esa referencia televisiva a los asesinatos de Charles Manson y su Familia, cuyos miembros acabaron brutalmente con la vida de Sharon Tate, esposa de Polanski. Sigue el ataque de los fanáticos del culto, que es con diferencia lo más inquietante de la película porque convoca a monstruos reales. Prosigue con esa idea de la maternidad como inquietud, con esos guiños al coche de bebé, ese edificio de apartamentos que es casi un eco más reducido de tamaño del edifico Dakota donde se rodó La semilla del diablo, mostrado siempre en contrapicado, y sobre todo los colores pastel que bañan la pantalla con un código visual de imitación de la película de Polanski, del mismo modo que la parejita protagonista andan también tras las huellas de Mia Farrow y John Cassavetes. Lo que ocurre es que si Annabelle es algo inferior a Expediente Warren, es aún mucho más inferior que la obra maestra con la que Polanski cambió las claves del cine de terror. Digamos que la referencia que ha elegido le viene muy, pero que muy grande. Annabelle funciona bien como entretenimiento aplicando la fórmula argumental del miedo al compromiso familiar y la paternidad y maternidad que tantas otras veces hemos visto explicado en la pantalla con mayor y menor acierto que en esta ocasión. Tiene algunas ideas y momentos curiosos. Por ejemplo el del ascensor, los niños y los dibujos en la escalera, la solidez que presta al personaje del sacerdote Tony Amendola, y algunos recursos visuales que su director toma prestados ocasionalmente de la puesta en escena esgrimida habitualmente por James Wan, que se conoce al dedillo y en la que incluso habrá participado creativamente merced a sus trabajos como director de fotografía en Insidious, Expediente Warren e Insidious 2. Pero le faltan aliados por parte del reparto. Annabelle Wallis es una actriz competente que resuelve bien el reto de echarse sobre sus espaldas toda la película, pero no es una Mia Farrow. Aún más floja es la contribución de Ward Horton, que no me convence en absoluto en el papel de marido, y la contribución de Alfre Woodard en plan Michelle Obama maternal es un personaje tópico y con desarrollo totalmente previsible desde que cuenta su lacrimógena historia, una historia que dicho sea de paso es un cliché de los pies a la cabeza y nos saca de la telaraña de tribulaciones de la abnegada protagonista. El problema es que Annabelle tiene cosas buenas y otras que no encajan. Por ejemplo su fotografía de tonos color pastel puede ser una idea curiosa, pero naufraga al aliarse con una serie de espantosas decisiones de decoración que rebasan el buen gusto para caer en un pozo  de almibarado disparate visual y nos llevan casi al territorio de la parodia. El asunto es especialmente grave en esa habitación de la niña y en esas salas repletas de muñecas más feas que la madre que las parió y con cuadros de caras de muñecas que producen escalofríos, pero no por inquietantes, sino porque son abrumadoramente horteras. Uno casi da en pensar que la parejita protagonista se merece todo lo que les caiga encima por ser tan pijos y tener tan mal gusto a la hora de adornar su casa. Pero lo que ocurre en realidad es que a la película le habría sentado mucho mejor una elección de color, fotografía y decoración más realista, en lugar de esa especie de pesadilla de postal retrógrada sobre el ideal hogareño norteamericano. En todo momento el decorado y la luz que lo acompaña nos resultan falsas, como si los protagonistas vivieran en un plató de televisión. Ocurre algo parecido con la utilización de la figura del demonio, que tan bien administrara Polanski en su película mostrándolo lo menos posible, pero aquí se desata trepando por los techos cual Spiderman o apareciendo junto a la muñeca como si estuviera posando para un selfi. Puestos a ello, funciona mucho mejor la fantasmagórica Annabelle, especialmente en ese momento “de niña a mujer” que es como la versión terrorífica de la célebre cancioncilla de Julio Iglesias.

Resumiendo: que me parece una película de terror entretenida, capaz de sacarle unos cuantos gritos a público adolescente entregado y dispuesto a dejarse asustar para escapar de una realidad que tal como están las cosas con la pandemia de moda me resulta mucho más inquietante que casi cualquier cosa terrorífica que me pueda proponer el cine.  Lo cual me lleva a sospechar que la ola de miedo al Ébola bien puede actuar como poderoso acicate en la taquilla si los espectadores se aplican a la tarea de evadirse pasando miedo con algo que los aleje totalmente de ese otro miedo cotidiano y mucho más posible y cercano que se ha metido en nuestras vidas en las últimas semanas. Le auguro un estreno taquillero a esta propuesta, que llega a la cartelera avalada además por el reclamo de Expediente Warren. 

Miguel Juan Payán

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