Crítica de la película Capitán Philips

Capitán Phillips, película de aventuras y suspense ejemplar. Tom Hanks que se postula para ser nominado al Oscar.

“Hay que ser fuerte para sobrevivir”. Así lo aclara en tono premonitorio el Capitán Phillips interpretado por Tom Hanks poco antes de despedirse de su esposa para hacer frente a una nueva etapa de trabajo lejos de casa, en el mar. Un mar lejano. Porque los mares siempre están siempre lejos de casa en la vida del marino. Son lo opuesto al hogar. El último reducto donde la aventura sobrevive tal y como siempre fue en este planeta que las nuevas tecnologías de la comunicación nos hacen pensar que se ha vuelto muy pequeño pero sigue siendo enormemente grande. Paul Greengrass otorga a esos primeros momentos de su historia un tono casi documental que parece sacado de un reportaje para la televisión sobre vidas reales.

Lo mismo puede decirse de los piratas capitaneados por Musa, interpretado por Barkhad Abdi. El director le dedica el mismo tiempo a mostrar el comienzo de su jornada como pirata, el reclutamiento, las barcas en la orilla… Aplicando la máxima sencillez a una narración estilo reportaje nos da un montón de información sobre cómo funcionan las redes de piratería en Somalia. Sus claves. Sus motivaciones. Sus deseos e intereses.

El mayordomo ★★★

Octubre 05, 2013

Crítica de la película El Mayordomo

El mayordomo, reparto interesante y drama para lavar la mala conciencia racista de Estados Unidos.

      Mientras los estadounidenses se espantaban por la tragedia de los campos de concentración, tenían en su propio suelo y su propia historia una tragedia racial que sigue creándoles mala conciencia. Así lo explica en uno de los monólogos de su protagonista, el mayordomo de la Casa Blanca interpretado por Forest Whitaker, en esta película donde brillan sobre todo los actores y que tiene cierto tono dramático de novela-río al estilo de las miniseries de televisión al estilo de los Grandes Relatos que hacían furor en la pequeña pantalla en los años setenta y ochenta.

      Lee Daniels  ha demostrado sobradamente su solidez como director en películas difíciles a las que ha conseguido prestarles cierto aire de fluidez que puede confundirse con sencillez pero no lo es en absoluto, títulos como Shadowboxer, Precious o El chico del periódico. Al mismo tiempo creo que se ha ganado un puesto entre los realizadores capaces de abordar con seriedad un tema que con frecuencia se banaliza, como es el del racismo en Estados Unidos, postulándose como una especie de alternativa más moderada al más extremo y militante Spike Lee. El mayordomo se mueve en la línea de películas como El color púrpura de Steven Spielberg, Paseando a Miss Daisy, de Bruce Beresford, y sobre todo Criadas y señoras, de Tate Taylor. Como ésta última, todo indica que podría ser una de las candidatas al Oscar en alguna categoría, estando como siempre está presta la Academia de Hollywood a abrir espacio para hacer la colada y lavar también la mala conciencia del racismo norteamericano en su ceremonia de entrega de premios. Personalmente no me parecería mal que nominaran a Forest Whitaker por este trabajo, del mismo modo que todo apunta que en aras del populismo que siempre suele caracterizar a este tipo de galardones encuentro muy probable que Oprah Winfrey, célebre conductora de uno de los programas de televisión más populares de Estados Unidos, acabe siendo nominada como mejor actriz de reparto por un trabajo que en mi opinión es de actriz protagonista y es tan importante para la solidez de la película como el del propio protagonista.

      Quizá lo que hay que reprocharle a la película es que haya elegido ser antes esa especie de miniserie televisiva que pudo haber sido, atendiendo a un desarrollo argumental que se ocupa más del drama íntimo de los protagonistas, sacando eso sí el máximo partido a la pareja Whitaker-Winfrey, y descuidando la parte más interesante que sin duda transcurre en la Casa Blanca a lo largo de distintas administraciones. De hecho incluso desde el aprovechamiento del reparto se nota esa inclinación por apartarse de lo político para entrar en lo intimista, esto es, por alejarse de los pasillos del poder para asentarse más en el drama intimista teñido en algunas ocasiones incluso de melodrama. Es significativo en ese sentido el pobre resultado conseguido por los actores que interpretan a los distintos presidentes de Estados Unidos en clave de caricatura. Entre los “presidentes” de la película los más flojos son John Cusack repartiendo chapas promocionales de su candidatura como el tramposete Richard Nixon, Robin Williams pintando un cuadrito como Eisenhower y James Marsden como un juvenil y muy soso, totalmente estereotipado, John Fitzgerald  Kennedy. Suenan a pura farsa. Los mejores del lado “presidencial” son sin duda Liev Schreiber sentado en el retrete como Lyndon B. Johnson, Alan Rickman haciendo buenas obras a espaldas de su señora esposa como Ronald Reagan y por supuesto una de las “presidentas” en la sombra, la única que destaca en el relato, Jane Fonda encarnando a Nancy Reagan.  Schreiber, Rickman y Fonda sí están, en sus breves pero contundentes intervenciones, al nivel de Whitaker y Winfrey, aunque quien destaca sobre el resto claramente y se pone realmente a la altura del protagonista es David Oyelowo en el papel de Louis, el intrépido hijo mayor. Oyelowo es un perfecto equivalente más joven de Whitaker, una especie de imagen del mayordomo del título reflejado en el espejo de la historia, y el conflicto con su padre junto con su papel como testigo de los acontecimientos que marcan la evolución de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos, le convierten en el personaje más interesante de toda la película, incluso por encima del propio protagonista.

      Resumiendo: película recomendable para los amantes del drama de trasfondo histórico y las biografías filmadas, con tono de miniserie condensado en un solo largometraje. Y con posibles “oscarizables” en su reparto.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Las brujas de Zugarramurdi.

Lo más divertido de Álex de la Iglesia en los últimos años con un reparto brillante.

Álex de la Iglesia regresa por sus fueros al cine que mejor le ha sentado en la taquilla en toda su carrera. Es un retorno a las raíces en toda regla que argumentalmente empieza en un Madrid castizo de resonancias infernales y acaba en un País Vasco montañoso, boscoso y de gruta profunda donde se celebran aquelarres dignos de aparecer en las páginas del libro Las brujas y su mundo, de Julio Caro Baroja, en el que además hay capítulo dedicado precisamente a la brujería vasca del siglo XVI y los procesos de la Inquisición de principios del siglo XVII, como el de las brujas de la localidad navarra de Zugarrarmurdi. Ese paseo por las raíces, como avisó el propio director cuando presentó y asistió a la primera proyección de la película en un cine de Madrid, es una especie de antropología del disparate con ecos del esperpento de Valle Inclán sobre todo en sus protagonistas y su arranque.

Y también un grato viaje de recuperación de las claves de su cine más taquillero, del mismo árbol genealógico de su filmografía habitado por películas como Acción mutante, El día de la bestia o La comunidad. Y en su primera parte tiene ese mismo aire de parentesco con los clásicos del humor negro español del que Álex de la Iglesia y el guionista Jorge Guerricaechevarría son dignos continuadores. Me refiero, claro está, al quinteto esencial que todo buen aficionado a la comedia debería haber visto para entender conocer una parte fundamental de cómo somos y respiramos en la piel de toro, para bien y para mal: El extraño viaje, dirigida por Fernando Fernán Gómez sobre una idea de Luis García Berlanga, El Verdugo y Plácido, dirigidas por García Berlanga, y El cochecito y El pisito, dirigidas por Marco Ferreri, las cuatro últimas con guión de Rafael Azcona. Lo que ocurre en Las brujas de Zugarramurdi es que en su primera parte tiene un ritmo y un carácter trepidante en los diálogos que me recuerda más otras señeras colaboraciones entre Berlanga y Azcona, como La escopeta nacional y La vaquilla, donde los personajes disparan sus diálogos unos contra otros, contagiando al espectador y vertiginoso pulso de su fuga mientras nos ponen al día de cómo son sus miserables vidas y cómo han llegado hasta ese punto de ruptura.

Crítica de la película Cazadores de sombras: ciudad de hueso 

Más entretenida que Crepúsculo y con más acción.

El nuevo intento de seguirle la pista comercial en el cine a la saga de Crepúsculo llega a la cartelera arrastrando tras de sí a la habitual legión de fans que han leído las novelas y se saben de memoria algunos de sus diálogos. Fans que, como vengo diciendo, merecen tanto respeto como los que alucinamos con los Jaeger y los Kaijus viendo Pacific Rim o nos convertimos en gorilas gritones (servidor el primero) cantando un gol de Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Diego Costa, Roberto Soldado o Negredo (eso a elegir cada cual). O como los que se sienten trasladados al Parnaso musical escuchando AC/DC o un aria Nessun Dorma de Puccini para el acto final de Turandot. Vamos que friquis somos todos y hay que respetar el friquismo ajeno.

Pero dejando de lado con sus filias y sus fobias a los muchos lectores que ya tienen las novelas de esta saga y comprensiblemente en su mayoría van a interesarse por la versión cinematográfica, disfrutándola desde su afición por personajes y tramas, la pregunta que realmente hay que contestar aquí es cómo funciona Cazadores de sombras: ciudad de hueso para los profanos en la materia. Esto es: para quienes, como yo mismo, nunca han leído una novela de esta saga. Mi impresión en ese sentido es que como película, Cazadores de sombras es más entretenida que Crepúsculo y apuesta por la acción frente al enredo sentimental, aunque obviamente por tratarse del tipo de producto de que se trata, incluya el enredo sentimental de los protagonistas y la extrapolación inevitable de la fórmula de Romeo y Julieta de Shakespeare a parámetros más morbosos para acercarla a los consumidores adolescente de este tipo de producto en nuestros días. No obstante, como lego en la caza de sombras y las ciudades de hueso, aprecio que hayan elegido dedicar más tiempo a la acción y las intrigas que a los momentos románticos, de los cuales sólo hay realmente dos, bastante ñoños, eso sí (lo de las florecillas y el agua y el final del chaval con moto incluida supera mi tolerancia gástrica con el abordaje del romanticismo blanco para adolescentes por la vía del tópico previsible) que ciertamente rompen el ritmo tirando a trepidante del resto del relato.

Seré más claro: esta primera entrega de la saga me parece más entretenida para todo tipo de público y más cuidada en muchos aspectos de lo que nunca lo fueron las entregas de Crepúsculo. Parto de la base de que el 90 por ciento de los grandes éxitos de ficción que se están publicando hoy en día para adolescentes (y lamentablemente muchas de las que se publican para los adultos) son un esencialmente un refrito de esquemas y fórmulas tomadas al vuelo de la mitología popular más reciente, y no tanto de las fuentes que inspiraron los trabajos de clásicos en la materia como Julio Verne, Emilio Salgari, Mark Twain, Charles Dickens, Jonathan Swift… que era la literatura que leíamos los adolescentes en los años 50, 60 y 70 junto con Yo robot de Asimov y la vida del Lazarillo de Tormes que nos metían en la escuela a piñón fijo. Dicho esto, vivimos en un tiempo de imitación de la imitación, y en ese terreno creo que esta primera adaptación cinematográfica de Cazadores de sombras se mueve con singular habilidad y soltura. Me explico: su traducción de la típica historia de la adolescente normalita que encuentra su manera de convertirse en popular al mismo tiempo que intenta sobrevivir a la pubertad y la madurez sexual es la misma de siempre, pero aquí está tejida con una serie de elementos que muy posiblemente funcionen en la taquilla precisamente por no ser novedosos, sino más bien un lugar común repetido en otros éxitos previos que seguramente el espectador reconocerá. De manera que en este tipo de producto no se valora ya la originalidad o la imaginación, sino la capacidad para la reiteración de elementos previos de probado éxito en la taquilla o las audiencias televisivas. Y en ese ejercicio de reiteración, creo que los artífices de Cazadores de sombras andan cinematográficamente algo más finos a la hora de presentar personajes y hacer que el relato funcione que los responsables de la saga Crepúsculo, aunque ambos fagociten con notable desparpajo propuestas y ficciones que les precedieron. De hecho, en su arranque, esta película tiene mucho de Crepúsculo, pero rápidamente empieza a introducir elementos que suenan a Harry Potter, como esa catedralicia mole con reminiscencias de palacio medieval que sirve como epicentro de la trama y surge de manera mágica entre los modernos rascacielos de la populosa urbe para permitirle a los personajes principales revestirse de un protagonismo mesiánico en un mundo donde de otro modo pasarían desapercibidos y serían simplemente otro fulanito más, lo cual no deja de ser una variante de la fórmula del superhéroe aplicada a los ardores hormonales, las inquietudes y el caos de indefinición propios de la adolescencia. Además en ese esquema añade a su trama a modo de sustrato el argumento de la caza de demonios que es el leitmotiv esencial de los protagonistas de una de las más divertidas series de televisión de las últimas ocho temporadas, Sobrenatural, de manera que los protagonistas de Cazadores de sombras emulan de algún modo a los hermanos Winchester de aquella, eso sí, con un look más cercano a los góticos tatuados y siempre angustiados por todo que se aleja del espíritu más optimista y rockero de aventuras de carretera emparentadas con el western que anima los terrores y las fantasías de Sobrenatural. Y si para las peripecias con vampiros y licántropos hay que tirar un poco de Blade y otro poco de Underworld, no pasa nada, todo entra en el puzle de manera fluida, aunque sea tan poco original como esa especie de agujero de gusano para viajar entre dimensiones, épocas y lugares que es tan práctica narrativamente para meter y sacar personajes en la trama y al menos en su traducción cinematográfica es un calco visual de las puertas estelares de las series de la franquicia Stargate… La guinda de todo ello es un sonoro “yo soy tu padre” al estilo de El imperio contraataca… que pone a los protagonistas en un dilema curioso del que me apetece ver cómo salen en la siguiente entrega.

Así que aun con esa falta de originalidad y esa capacidad para fagocitar antecedentes de la cultura popular más reciente, y a pesar del inevitable apunte romántico, como digo, muy dosificado, reconozco que la película me parece entretenida y más completa que las de la saga Crepúsculo.

Miguel Juan Payán

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Elysium ★★★★

Julio 31, 2013

Ciencia ficción para pensar y llena de acción, del director de la excelente Distrito 9. Elysium se erige como una película a ratos compleja y siempre necesaria en los tiempos que corren, sobre todo con los ricos y los políticos haciendo polvo a la población de a pie, mientras la justicia parece no ser capaz de arreglar nada. De hecho a veces parece situarse del lado de los poderosos. Y así el mundo que plantea Elysium no dista tanto del mundo real al que nos enfrentamos cada día. Neill Blomkamp tiene en sus historias un hilo conductor común, algo que hace su modo de ver la ciencia ficción, en tan sólo dos películas, de forma distinta. Más compleja. No perfecta, porque aún está empezando, pero con cosas que recuerdan a trabajos míticos de la ciencia ficción que no sólo pretendían entretener, sino algo más. Contar una historia que enlazase con la actualidad de nuestro mundo. Con nuestras miserias y problemas. Algo visto desde los años 50 a Blade Runner. El género como expresión de algo mucho más profundo. Y la película maneja ambas claves, entretenimiento y mensaje, a la perfección.

Crítica de la película Ahora me ves

Recomendable y entretenida película de acción e intriga con gran reparto y sorpresas.

Piensen en una especie de mezcla de la fórmula argumental del supergrupo aplicada en Los Vengadores, pero con magos en lugar de superhéroes o mutantes, y mezclen eso en la coctelera con una trepidante aplicación de las historias de golpes imposibles de la saga de Ocean´s Eleven, Ocean´s Twelve y Ocean´s Thirteen y tendrán una idea bastante aproximada de lo que nos propone Ahora me ves…

Esencialmente la película es un juego de intriga con el espectador que reproduce las claves de la esencia de los trucos de magia, llevando nuestra atención por el camino y hacia los personajes y tramas que más conviene en cada momento. En ese juego con el espectador, Ahora me ves… es algo así como la celebración de la utilización más festiva de los trucos del cine de suspense de Alfred Hitchcock. Y por ese camino lo primero que hace la película es presentar a dos grupos protagonistas. Por un lado los perseguidos, los magos, los Cuatro Jinetes que se dedican a realizar proezas aparentemente inexplicables, incluyendo el robo a un banco. Por otro los perseguidores, liderados por un agente del FBI al que Mark Ruffalo presta su inconfundible estilo de tipo corriente que se gana automáticamente la empatía del espectador aunque se dedique a perseguir a los héroes. Pero, ¿quiénes son realmente los héroes y los villanos? Sin desvelar nada, hay que tirar del tópico para definir la manera en la que Ahora me ves… plantea su juego de persecución del ratón y el gato con el público, que es de alguna manera el reflejo de ese mismo juego del ratón y el gato que se desarrolla en la ficción de la pantalla. Y así tendremos que advertir que “nada es lo que parece”. Como en un buen truco de magia, que es esencialmente lo que pretende imitar la película en su argumento. Es un truco nada fácil considerando que el espectador ha perdido hace ya muchos años la virginidad frente al cine y teniendo en cuenta que en la actualidad, en una civilización de ocio eminentemente visual, el espectador medio acumula en sus retinas cientos de horas de ficción televisiva y cinematográfica. Cuesta cada vez más torear al público, despistar, confundir, llevarlo a conclusiones precipitadas. Pero ese es el juego al que se entrega Ahora me ves… y si bien entre parte del público puede que el espectador no llegue a ser sorprendido por el desenlace, o sea capaz de advertir el mismo antes de que se produzca, la dosis de entretenimiento y evasión que aporta esta película queda casi íntegra. Dicho de otro modo: no es tan importante si te sorprenden o no, como que te mantengan continuamente pensando en por dónde puede ir la historia, y en eso creo que Ahora me ves… es uno de los ejercicios de cine de intriga y acción más eficaces que he visto este año. Además es uno de los que consiguen ejecutar ese truco tan difícil de cambio de protagonismo, no una, sino varias veces a lo largo de su metraje. Evidentemente en ese ejercicio del “más difícil todavía” argumental tiene un apoyo esencial en los actores. Ver frente a frente en una secuencia de duelo verbal a Morgan Freeman y Michael Caine ya es un regalo en sí mismo. Y la química en el dúo de policías perseguidores formado por Mark Ruffalo y Mélanie Laurent sostiene con poco metraje y reduciendo el asunto a miradas y gestos esa clave romántica que se esconde tras la peripecia de intriga y acción con una solidez impecable desde la máxima economía narrativa. En el ejercicio de su truco de intriga narrativa, la película muestra agallas para jugársela y se atreve a darnos una primera parte de la historia en la que aparentemente los protagonistas son los cuatro magos para dejar que poco a poco vaya creciendo en el seno del relato el papel de estos personajes aparentemente más secundarios. Habrá quien se sienta algo defraudado por esa presencia decreciente de los magos hacia el final de la historia, pero quienes así piensen, deben plantearse lo siguiente: para que esos Cuatro Jinetes funcionen necesitan no desgastarse, y astutamente el argumento los mantiene en reserva, con todo su poder de evocación narrativa casi intacto, merced a esa cesión de protagonismo de los personajes perseguidos a sus perseguidores. Todo esto forma además parte del truco, de la verdadera naturaleza de la película, que como he dicho es sobre todo un juego de engaño constante practicado con el espectador como reflejo de los engaños a los personajes que se van acumulando en la pantalla. Y además, visto el desenlace del relato, esa alternancia de protagonismo es perfectamente coherente con lo que Ahora me ves… nos quiere proponer.

Sus giros de protagonismo entre perseguidores y perseguidos consiguen además mantener nuestro interés, mientras algunos personajes van cambiando de bando y se alternan nuestras inclinaciones y simpatías por unos y otros. Lo esencial en ese trabajo es el talento del grupo de actores que vuelve a demostrar, una vez más en este año repleto de películas con planteamientos similares, esto es, con muchos personajes y protagonismo de carácter más coral, que esa es una buena clave heredada de las producciones televisivas también a la hora de contar historias en la pantalla grande.

Muy entretenida, con buenas secuencias de acción y un argumento curioso en el marco del cine de evasión, Ahora me ves… se desempeña como una perfecta película de verano para disfrutar en familia.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película After Earth de M. Night Shyamalan con Will Smith

After Earth, entretenida peripecia de ciencia ficción en plan aventura de supervivencia.

El encuentro de M. Night Shyamalan con la ciencia ficción en clave épica y aventurera se salda con un aseado empate entre las enormes aspiraciones no conseguidas de Will Smith, productor, promotor y protagonista del asunto, además de padre de la idea argumental (y del protagonista juvenil) y los resultados reales de evasión y entretenimiento que finalmente proporciona After Earth. A pesar de los palos que ha recibido tanto en la taquilla norteamericana como en algunas críticas, lo cierto es que la película funciona más o menos bien como vehículo para pasar el rato en su primera parte. Tiene un despliegue visual de arranque bastante curioso y mantiene cierto nivel de interés aunque sus personajes son algo alambicados, tópicos, y adolece de una alarmante falta de sentido del humor y capacidad de autoparodia. Poner a Will Smith como tipo duro en plan Lee Marvin en 12 del patíbulo era ya todo un reto, pero añadirle a la película el reto suplementario de que aguantemos al hijo de la estrella en plan aventurero en historia de iniciación y maduración sobrepasa comprensiblemente los límites de tolerancia, paciencia y suspensión de la credibilidad del sufrido público. La cosa se complica si sumamos a todo ello la natural inclinación de M. Night Shyamalan por ponerse filósofo y trascendental cuando menos conviene y la confirmación reiterada en sus últimos trabajos de que el hombre siempre ha sido un poco vendehúmos, porque, si me permiten la comparación metafórica con la restauración: en sus historias digamos que pone muy bien la mesa al principio y los entrantes tienen siempre muy buena pinta, pero a medida que los platos del menú van desfilando por la mesa se va desinflando la ilusión del principio y cada vez con más frecuencia tiene tendencia a caer en lo obvio.

Reitero una vez más que After Earth me parece un pasatiempo entretenido con unos valores de producción a tener en cuenta, de ahí las tres estrellas que le he puesto. Pero creo que se queda muy por debajo de lo que podría haber sido principalmente porque Will Smith se ha empeñado en convertirla en un vehículo para interpretar un papel de tipo duro que no le pega ni con cola y en un vehículo para impulsar la carrera de su hijo, al que, dicho sea de paso, no le hace ningún favor, porque creo que la carrera del muchacho está desarrollándose más rápido de lo que le interesaría para formarse un poco más antes de que caiga sobre su espalda todo el peso de un argumento de estas características, que en contra de lo que pueda pensarse a primera vista (y de lo que pueda pensar su famoso padre), requiere mucho más talento dramático y experiencia ante las cámaras del que él tiene en este momento. Pongo dos ejemplos para que quede más claro, dos historias de supervivencia y aventuras: Yuma (Samuel Fuller, 1957), con un gran Rod Steiger como protagonista, y La presa desnuda (Cornel Wilde, 1966), con un no menos enorme Cornel Wilde haciendo doblete detrás y delante de la cámara. Según veía la película y los esfuerzos de Jaden Smith por estar a la altura del asunto, no he podido impedir caer en la idea de que la tarea lo superaba, y posiblemente sólo un Leonardo Di Caprio joven habría sido capaz de sostener ese personaje que, como digo, tiene mucha más clave dramática de la que pueda parecer a simple vista y no es sólo un despliegue físico. Necesita un actor más forjado que Jaden. Pero no pasa nada. No toda la culpa es del joven actor. Insisto en que a su padre el papel de tipo duro, si bien lo maneja con mayor soltura por su experiencia, también le viene algo grande.

Y podríamos decir que el proyecto también supera los intereses y el campo de actuación en el que puede encontrarse más cómodo Shyamalan, que claramente se siente más a su gusto en los flashbacks con la hermana del protagonista que en la propia peripecia de supervivencia e iniciación juvenil en plan novela de Julio Verne mezclada con algo de Robinson Crusoe. A Shyamalan le va más el drama y la intriga que la acción, y por tanto su épica se queda algo distante del espectador. Además este tipo de trama aventurera requiere más tono visceral que despliegue filosófico o cerebral, y el guión de After Earth se empeña en entrar en el detalle y repetir el flashback innecesariamente hasta hacerse algo cansino y sin aportar nada nuevo al progreso de la historia. El argumento está plagado de detalles vistosos de diseño de producción, como el traje que cambia de color, las jeringas con los analgésicos, etcétera, que realmente no aportan nada especial a la historia, son pura parafernalia exterior. Algo más de sencillez en el planteamiento le habría venido muy bien a esta historia de supervivencia y relaciones entre padre e hijo, facilitando una mejor relación con el espectador, que ante tanta parafernalia se pierde en el laberinto de despliegue de curiosidades de la propuesta que nos distraen del tema esencial y central de la propuesta.

De manera que entretenida sí, pero no tan emocionante como debiera. Aunque para ser sincero, me ha parecido mejor de lo que me esperaba.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Los Becarios

Más que simpática comedia veraniega que toca la crisis.

En esta ocasión lo hace desde el punto de vista de dos cuarentones medio acabados, expertos vendedores cara a cara en un mundo completamente digitalizado. Obsoletos, perdidos vendiendo relojes cuando ya nadie los usa y todos miramos la hora en el móvil (muy bueno el chiste con la secretaria). Gente que ve cómo han perdido el tren de las nuevas tecnologías, ese monstruo indispensable para trabajar hoy en día pero que, tal y como andan las cosas, no termina de garantizar nada, mucho menos cuando la competencia es tan exagerada. Pero también nos recuerda, acertadamente la película, que sin personas no hay negocios ni trabajos. Que la clave, al final, está en defender tu trozo de trinchera con tus armas y tus compañeros. Y que un ordenador no siempre te soluciona las cosas.

Dos vendedores de toda la vida ven como su empresa cierra y pierden su empleo y su vida en el proceso. Prácticamente acabados, aceptando trabajos de poca monta, los dos se lanzan a la aventura más descabellada. Conseguir ser parte de una beca en Google. Un trabajo de verano, una competición a muerte en la que sólo los ganadores obtendrán un puesto en la empresa. Y, sí, vale, durante una parte de la película nos encontramos con un anuncio de Google de dos horas de duración. Pero si rascamos un poco la película tiene mucho más que ofrecer.

Sorprende no sólo porque sea un buen bálsamo en los tiempos que corren, porque hace reír más de lo esperado (admitámoslo, mucha gente ya no soporta ni a Owen Wilson ni a Vince Vaughn y sin embargo aquí están perfectos en su papel y divertidos la mayor parte del tiempo). La historia nos presenta al típico grupo de descastados y frikis que acaban juntos por casualidad (casi más interesantes ellos que los protagonistas, muy cuidados los secundarios. Y también muy divertidos) y que deben limar diferencias y aprovechar sus virtudes. Aprender juntos, luchar juntos, defender el corral juntos. Como en cualquier empleo o casi en cualquier empleo.

Y sobre todo funciona la comedia, te ríes, porque tiene ironía y ciertas dosis de mala baba (los adultos rodeados de jóvenes que creen saberlo todo, el partido de quidditch, la fiesta nocturna, los chistes a mala fe sobre gordos…) que te hacen reír y sonreír sin problema. No, no es una gran comedia ni lo pretende. Es efectiva, honesta y funciona. Es sólida al crear sus personajes, cosa poco habitual en el género, y tiene más miga de la que parece. Sí, podían haber aprovechado un poco más el personaje de Jessica Szhor, que aparece poco y casi como florero (una pena, esa chica es más que una belleza), y quizá el tema con Rose Byrne ande forzado, además de que sabemos qué va a suceder a continuación en cada momento. Pero ese aire de fórmula y la larga duración se le perdonan por el respeto que siente por sus personajes y el espectador. Por su humor y a veces su cinismo. Porque funciona, divierte y entretiene. Mucho más de lo que pueden decir otras.

Jesús Usero.

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Crítica de la película El hombre de acero de Zack Snyder

Simplemente brutal. El mejor Superman que se conoce. Una aventura épica que nos conduce a un nuevo paso de gigante para el personaje y la franquicia, y que se ha convertido desde ya en una de las mejores películas de superhéroes jamás realizadas. Por méritos propios se sitúa ahí con los Batman de Nolan y Los Vengadores, y hace que películas muy buenas como Iron Man 3, Thor o The Amazing Spider-Man sepan a poco. Lo curioso es que el otro día discutía, mejor dicho debatía, con una lectora si nos excedíamos al repartir estrellas al cine de superhéroes, cosa que no tiene que ver con nuestra subjetividad, sino con la calidad y madurez que está alcanzando el género tras 15 años casi en la cresta de la ola. Lo siento por ella, pero toca mencionar otra gran película de cómic y toca cantar sus alabanzas, que no son pocas. Porque lo que se han marcado Snyder/Nolan es material de primera calidad para llenar salas de cine y dejar un gran sabor de boca al gran público. Para hacer cine con mayúsculas en un género que, a veces, tiende a volver a los lugares comunes y repetirse (sólo a veces). Y para sacar del ostracismo cinematográfico a un personaje que es el más antiguo de todos, pero al que el tiempo no ha tratado tan bien como a otros.

También aviso que esta crítica puede ser un pelín visceral, porque aún vengo con el subidón de ver la película que me dejó con la boca abierta. Les recomiendo la crítica de mi compañero Miguel Juan Payán para darle un poco de sentido a la cosa. Posiblemente al leer la suya entiendan mucho mejor lo que van a encontrarse en El Hombre de Acero. Vamos, que lo suyo en este caso es talento de periodista, y lo mío quizá sea un poco tema de pasiones barriobajeras. Si quieren informarse concienzudamente y aprender de los detalles cinematográficos, visuales y argumentales de la película, lean su magnífica crítica. O, qué leches, lean las dos.

La sensación que me dejó la proyección fue una muy clara que mencionaba al principio. Brutal. Jamás había visto un destrozo semejante en una pantalla de cine. Ni peleas más animales, ni tanto destrozo en general. Ríanse ustedes de Transformers 3, Independence Day y similares. Hasta la batalla final de Los Vengadores se me queda pequeña comparada con ésta. Y no sólo por el final. Ya desde el inicio la película marca las pautas y el ritmo que va a ir creciendo continuamente, desde Krypton a la Tierra. De hecho me preocupé al principio por si no era capaz Snyder de mantener el nivel de las escenas de acción y los diálogos. Y vaya que si lo hace. Como un campeón. Las batallas son de proporciones épicas y cuando crees que no pueden ir a más y temes por el desenlace (el momento Smallville), las lleva un paso más allá y nos deja con la mandíbula desencajada. Algo que, por ejemplo, lastraba el final de Fast&Furious 6, que la escena del tanque era tan bizarra y genial que el final sabía a poco. Y eso aquí no pasa.

Uno se siente como viendo las mejores viñetas de acción de un tebeo de Superman. Un héroe que calza (y le calzan) unas guantadas que derriban montañas. Y por fin eso se ve en la gran pantalla. Aprovechando recursos, con mucha inteligencia y unos efectos especiales sensacionales. Que, aquí, son parte imprescindible de la historia, ojo. Superman es el ser más poderoso del universo DC. Eso tiene que quedar claro. Tiene que verse y notarse. Algo que por fin sucede. Como también llega al fin la madurez del personaje. La película es capaz de desnudar de moñeces y babas tan habituales y comunes a Superman, quedándose con lo imprescindible, cambiando cosas de la mitología del héroe que ya no funcionan (ojo a cómo se elabora y construye el romance, ojo al tema de la identidad secreta y mucho ojo a detalles que aparecían en Smallville y ésta los hereda, pero que aquí funcionan por ausencia de babas).

Se nota en esa madurez la presencia de Nolan como productor y responsable de la historia. Se nota en detalles del argumento, en cosas que suenan a El Caballero Oscuro, en ese aire de profundidad bien entendida. Se ha convertido a Superman en un héroe más complejo, más interesante. Pero complejo no significa complicado. La película es muy sencilla de entender y el final, para cualquiera que haya leído cómics del héroe, es un homenaje y un momento de bandera. Pero para el público ajeno es un final simplemente brillante, sensacional y, repito, brutal. Te pasas la media hora final con los pelos como escarpias disfrutando cual gorrino en un maizal.

Ayudan mucho los actores, ese reparto que cuenta con un Henry Cavill que le da un nuevo giro al héroe, una perspectiva nueva mucho más interesante. Es el que mejor ha interpretado al personaje y quien mejor parece comprender el nuevo camino que va a tomar el héroe. Acompaña una Amy Adams perfecta para una Lois Lane muy Nolan, para qué engañarnos. Si le sumamos los Kevin Costner, los Russell Crowe, los Laurence Fishburne o las Diane Lane el resultado es brillante. Sobre todo por cómo mantiene esa temática con los dos padres desde el inicio hasta el fin de la película. Pero quien merece un comentario aparte es el espectacular Michael Shannon, que encarna a un Zod con mucho sentido y mucha locura de poder en su sangre. Roba media película con su mera y espectacular presencia.

La película es un viaje magnífico y un giro distinto al personaje, tan manoseado a lo largo de los años y muchas veces tan maltratado (reconozcámoslo, Superman era un moñas). Es un paso adelante en su mitología y en lo que debemos exigirle a una película con él en pantalla. Pero también lo es para el cine de superhéroes. Puede que ahora no nos demos cuenta, pero en unos años entenderemos lo importante que ha sido Christopher Nolan en un universo que tendería a estancarse sin sus genialidades. Sin restarle ni un ápice de mérito a Zack Snyder y su brillante trabajo en esta película, su sentido del ritmo, su espectacularidad y cómo sabe construir la trama y los personajes, con un uso del flashback portentoso, y evitando caer en lugares comunes (cómo obvia tópicos que todos conocemos ya…). Lo dicho. Brutal.

Jesús Usero

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Crítica de la película El hombre de acero

El hombre de acero, de cinco estrellas, al nivel de El caballero oscuro y Los Vengadores. Lo mejor que ha hecho el cine con Supermán.

Zack Snyder ha dado en la diana. Su versión de Supermán pulveriza cualquiera de las películas anteriores en lo referido a emoción, ritmo y madurez en la construcción de la historia. Además consigue superar todas las trabas derivadas de la explotación del personaje durante tantos años y nos da una visión totalmente renovada de la saga del Hombre de Acero en la que brillan el uso del flashback, el despliegue visual de las secuencias de acción, la construcción de los personajes, algunos momentos realmente épicos relacionados con personajes como los de Lara, Jonathan Kent y Perry White… y una envidiable habilidad para pasar por los momentos esenciales del mito de Supermán sin caer en lo previsible o en la repetición cansina de lo que ya conocemos.

Su acierto abarca a distintos aspectos. Por un lado el ritmo, que no decae en ningún momento. Por otro su habilidad para centrar la trama en el tema del renacimiento a través de los hijos, tratando con notable astucia y flexibilidad, merced al flashback, esa paternidad compartida entre el personaje de Jor-El, el padre natural de Supermán, interpretado por Russell Crowe, y Jonathan Kent, el padre adoptivo de la Tierra, que es el mejor trabajo de Kevin Costner en estos últimos años. Afortunadamente un inteligente uso del flashback permite que ambos “padres” del protagonista permanezcan en toda la trama, cobrando un protagonismo notable en el relato frente a versiones anteriores en las que estos personajes eran simplemente un recurso dramático, un pretexto impuesto por la propia mitología de los comics de Superman. Aquí sin embargo ambos son, como el resto de personajes del relato, entidades dramáticas totalmente desarrolladas, con sus propios momentos de protagonismos, claves para la película. Además son más completos y maduros, más tridimensionales y con un conflicto más interesante del que pudieron expresar versiones anteriores.

Otro acierto notable es esquivar la parte más lastre y pesada de la saga de Supermán. Nada de ñoñerías románticas facilonas, nada de confusiones de identidad y alter-ego en la relación con Lois Lane, nada de aburrirnos con un noviazgo en conflicto. Son otros tiempos, todo es mucho más directo, y prima la acción sobre los enredos facilones con la identidad secreta y los vuelos a la luz de la luna de la etapa Christopher Reeve. La llegada del niño a la Tierra, la infancia, la juventud, la relación con los Kent, están presentados con el máximo de solvencia en el mínimo de tiempo, lo que permite aprovechar metraje para lo realmente épico, la acción, la esencia del cine convertido en un espectáculo total.

Otro punto a favor es que no hay un solo diálogo obvio. Dicen lo justo, y todo lo que dicen tiene importancia para la trama. Máximo rendimiento de cada palabra que beneficia el excelente ritmo que posee esta revisión de las claves de Supermán con una mirada fresca y renovada. El uso de elipsis y de flashback, la deconstrucción y reconstrucción del mito, funcionan a la perfección, con un arranque de ciencia ficción que para sí quisiera Avatar de James Cameron y un posterior abordaje de refundación de la mitología del célebre personaje que en muchos de sus fragmentos deja notar la mano de Christopher Nolan.

Y como todo gran héroe necesita un gran villano, el Zod de Michael Shannon es ejemplar, perfecto contrapunto del padre extraterrestre encarnado por Russell Crowe. Shannon compone un antagonista con un motivo sólido tras de sí, unas razones que podemos entender y con las que hasta cierto punto podemos empatizar. Ello añade más solidez al conflicto que enfrenta primero a Jor-El y luejo a Kal-El con Zod, que es la perfecta encarnación de la amenaza que se esconde tras el origen extraterrestre de Superman.

Temas como la marginación de Clark Kent niño en la infancia, el uso responsable de sus poderes, la influencia de su padre terrestre en su bagaje moral, la etapa de formación y viaje del héroe, el concepto del sacrificio y la esperanza, el encuentro con la periodista y el vínculo que se establece entre ambos, están desarrollados con un madurez más propicia a nuestros días que no necesitaban conseguir las películas de los años setenta y ochenta y lamentablemente le faltó a la versión de Bryan Singer, Superman Returns, que es la más perjudicada por las comparaciones con El hombre de acero.

Reuniendo todos esos elementos, Zack Snyder ha reformulado hacia la madurez, pero potenciando el espectáculo, el concepto del superhéroe en el cine, entrando perfectamente en la onda de trabajo de Christopher Nolan con El caballero oscuro, y estableciendo una firme alternativa en el cine de superhéroes a las películas producidas por la Marvel.

Pero lo mejor de todo es que ha captado a la perfección la verdadera alma del personaje en el cómic, lo más interesante de Supermán en las viñetas, y su manera de presentar visualmente las hazañas y batallas del personaje está al nivel de la espectacularidad de los mejores cómics del Hombre de Acero. Rinde así un homenaje al medio de expresión en viñetas del que surgió este hijo de Krypton y es fiel a su identidad y función como pionero de las historias de superhéroes.

Quienes llevados por la nostalgia afirmen que esta versión se aparta de las de Christopher Reeve, deberían recordar que aquellas tuvieron siempre un puntito de inclinación hacia el infantilismo y la superficialidad en la presentación de personajes y situaciones de la que esta carece absolutamente. Snyder y Nolan, porque insisto en que la mano de Nolan se nota, nos han regalado la versión más completa y madura de Supermán en el cine.

En cuanto a la banda sonora de Hans Zimmer, no es, ni lo pretende, ni puede, ni debe emular a la de John Williams. Su tono lúgubre y amenazante con la percusión como protagonista encaja, combina y completa perfectamente con las imágenes y la esencia de la película. Cierto que he echado en falta alguna fanfarria épica, algo más de himno, pero es que este no es un Superman de himnos, sino un Hombre de Acero renovado, más verosímil e interesante desde el punto de vista dramático, menos icono popular y más personaje en continua evolución, protagonista de un relato excepcionalmente bien construido que como digo tiene su columna vertebral en la desaparición y reaparición y permanencia de esos dos puntales que son los personajes de Russell Crowe y Kevin Costner.

Por último decir que nadie que vea esta película podrá negar que está hecha para verla en pantalla grande, como el gran espectáculo que es, lo que convierte a este nuevo Supermán en una explicación perfecta de por qué los cines no pueden desaparecer.

Si alguien pretende ver esta maravilla en pantalla pequeña, en una mala copia robada de cualquier parte, no está viendo al verdadero Hombre de Acero, sino un sucedáneo adulterado y miserable.

Miguel Juan Payán

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