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La más grande escena de la historia del cine

08 Nov 2011
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Todos y cada uno de nosotros guardamos en nuestro interior un almacén que alberga aquel material que nos es genuinamente simbólico y que está cargado de sentimientos que sólo nosotros mismos logramos entender. Tú, que estás leyendo esto ahora mismo, posees una canción, pieza o composición que te identifica, un cuadro, escultura o manifestación artística que semeja haber sido modelada con tus trazos vitales, y una película o escena cuyos fotogramas parecen haber sido inspirados en tu propia existencia.

Las razones de dichas preferencias son tan variadas como el compendio de obras artísticas que podríamos publicar con las elecciones de cada uno de nosotros, pero lo importante es que las hemos escogido, o más bien, que ellas nos han escogido a nosotros. Esta máxima se empapa en las aguas de la verdad en el preciso momento en el que su representación provoca en nosotros los sentimientos más agitados, más reales  a la par que humanos. No suelen existir las razones objetivas, porque los sentimientos no nacieron para serlo, se mueven por las pasiones e instintos, y de eso sabe mucho el mundo de las artes.

El presente texto se va a centrar a partir de ya en cuál es la escena fílmica que más me ha cautivado, aquella que me enamoró desde el primer instante en que la vi, mi propio time of my life.

Para alguien que lleva desde la tierna edad de ocho años intentando ser un clarinetista inspirado y con dotes, la cinta Amadeus se erige como baluarte casi evidente de lo que  podríamos apodar la película de tu vida. Mas allá de la evidente razón, a saber: el amor exacerbado por la música que se supone proceso, existen otros motivos que ayudan a consumar tamaña adoración.  Y es que Wolfgang Amadeus Mozart fue el compositor que llevo a su cota máxima de importancia y prestigio al clarinete, testigo que recogería y terminaría de encumbrar Beethoven a las puertas del período posterior, el consabido Romanticismo.

Por otro lado, no debemos olvidar que el tópico principal del film Amadeus no es simple y llanamente contar la vida  y obra de uno de los grandes maestros de la música clásica en general y del Clasicismo en particular, sino que la película es un estudio, una tesis y una oda a uno de los pecados capitales más extendidos en la sociedad posmoderna: la envidia.

De la mano de Antonio Salieri, el supuesto compositor rival y contrincante de Mozart (y digo supuesto ya que tal rivalidad jamás existió, de ahí a que el  film sea apenas biográfico y que su verdadero origen matriz fuera la adaptación de una obra de teatro basada a su vez en una ópera cuya autoría corresponde a Korsakov y que exploto por vez primera este supuesto antagonismo) asistimos a un proceso de primogénita desazón que termina en la más absoluta de las locuras. La maravillosa actuación de F. Murray Abraham supone el  mayor y más puro y vivo retrato de la envidia, sus gestos y sentencias son magna evidencia de un desdichado sentimiento que no cesa de brotar por sus venas.

Antonio Salieri lamenta la mediocridad de sus acordes a la vez que maldice la genialidad de su enemigo musical. El resquemor y el recelo llega a una cota tan alta que el desventurado artista declara la guerra a un Dios que para él ya no es misericordioso, puesto que ha elegido como instrumento suyo a un muchacho infantil, lujurioso, obsceno y jactancioso. Nuestro Salvador ya no tendrá el aprecio de un infeliz Salieri al que  sólo le concedió la capacidad de ver en Mozart su encarnación, la voz de un Dios injusto.

La escena final de este prodigioso y fascinante film es, sin duda alguna, la mejor escena del séptimo arte para el que esto escribe. En ella, Antonio Salieri, demacrado en un decrépito manicomio termina de recibir la confesión de un clérigo atónito ante las palabras de un anciano consumido por la rabia y los celos. Sin redención posible, el malaventurado artista sale de su alcoba ayudado por un empleado que empuja a duras penas de él montado en una silla de ruedas. El momento en el que recorre el insalubre pasillo atestado de dementes y perturbados  a los que exime de su medianía a la vez que enuncia “Yo os absuelvo, mediocres” es simple y llanamente, soberbio.

Comencé este texto diciendo que todos nosotros tenemos una escena, canción u obra que nos identifica. Sinceramente, esta escena es mucho más universal de lo que en principio parece ser y de lo que nos gustaría admitir que es. En un mundo actual tan exiguo y parco en cuanto a iluminados y tan atiborrado de poderosos de dudosas virtudes  que no nos quepa duda de un hecho que es irrefutable aunque escueza: Antonio Salieri hablará en favor de todos los mediocres del mundo, puesto que él es el más mediocre de todos, su santo patrón. Y ese día del Juicio Final, se escuchará de fondo alguna bagatela acompañada de la característica risa de hiena de un Mozart que, al contrario que nosotros, simples mortales, sí fue tocado con la varita de la virtud.

Modificado por última vez en Martes, 08 Noviembre 2011 17:41
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