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Second Weekend Drops

Second Weekend Drops (20)

En un ya lejano verano del 2001, un tierno niño de tan sólo once años buscaba con verdadera desesperación una fuente de entretenimiento que hiciese frente a la monotonía acalorada de la época estival. El destino quiso que en un kiosko a pie de playa encontrase la clave: se trataba de una revista de cine, en la portada se anunciaba el estreno de Men in Black 2 con Will Smith y Tommy Lee Jones y, por si fuera poco, regalaba un doble poster que imploraba ser colgado en su habitación de prepúber. Vista la jugosa oferta, el niño se hizo con ella al instante, sin saber que aquel era el comienzo de un tórrido idilio….

Once años después, aquel niño de nombre Lorenzo Chedas ha crecido, y ya es todo un adulto. Su romance con el cine y, por extensión, con el periodismo cinematográfico todavía continúa y se afianza año tras año como todo buen noviazgo. Un baúl donde guarda alrededor de doscientas revistas referidas al séptimo arte son el testigo que recoge su pasión por el cinema.

Amo el cine como arte, pero sobre todo, como negocio. Me chifla sentarme el domingo a las seis de la tarde y ojear el box office para comprobar qué destino le depara a la nueva comedia de la Bullock, a la secuela de Batman o al regreso de Cimino. Mi debilidad es el cine fantástico-terrorífico (de la seria A, B…hasta la Z) y la animación, pero como buen cinéfilo, veo lo que me echen.

Quiero agradecer al equipo de la revista ACCIÓN la oportunidad de colaborar con este blog y también haber sido quienes me dieron el ticket de entrada hace diez años hacia lo que ahora es mi verdadera pasión. Aquí podréis ser testigos de mi humilde opinión acerca de las películas que degluto, espero que os guste.

¿Qué quiere decir Second Weekend Drops? Ahí está la clave.

Las expectativas… qué peligrosas y cuánto daño pueden llegan a hacer. En esta cuestión son realmente duchos los hermanos Wachowski, que lo han comprobado en sus carnes ya más de una vez.

Pero comencemos por el principio: su debut con la apreciable Lazos ardientes los colocó en el certero punto de mira de Joel Silver, productor cazatesoros donde los haya. Este sabueso de los buenos negocios les proporcionó el soporte de una major del calibre de la Warner y Matrix, su siguiente proyecto, se convirtió en una masterpiece instantánea y arrolladora que revolucionó el cine en general, y la ciencia ficción en particular. Después de alcanzar la cumbre y de conseguir los picos de prestigio más altos inimaginables en un espacio tan corto de tiempo, solo quedaba escalar unos peldaños más o comenzar la caída. Y los Wachowski optaron por la segunda.

El vehículo para perpetrar su particular bajada a los abismos no pudo ser más doloroso: la segunda y tercera parte de su otrora obra maestra. Y digo otrora porque, pese a quien le pese, el recuerdo de la primigenia Matrix se vio irrevocablemente empañado por culpa de unas nuevas entregas que abandonaban la crítica al posmodernismo iniciada por la primera para ser una oda del mismo. El desencanto que produjo ver cómo las aspiraciones intelectuales que se iniciaran con la primera parte habían sido eliminadas para dar paso a un nihilismo de cines de extrarradio que además se basaba descaradamente en la fórmula de multiplicar el espectáculo por cien para semejar más atronador fue un duro varapalo. Con semejante fiasco por partida doble los dos hermanos que venían de ser entronizados con laureles remataron la faena coronados por espinas. El parón en sus actividades se hizo tan necesario como inevitable. Y después llegó Speed Racer….

Los malogrados hermanos se escudaron bajo la pusilánime máxima de que “el que puede lo mucho, puede lo poco” y decidieron dejarse de virguerías optando así por una empresa mucho más discreta con la que poder resarcirse: la adaptación del célebre anime japonés Meteoro. Sin embargo, quizá pecaron de ingenuos o eran desconocedores de que la tarea pintaba en realidad mucho más engorrosa de lo que en un principio creían. Por si fuera poco, tampoco cayeron en la cuenta de que el ejemplo de cómo Roland Emmerich fuera capaz de destruir de una forma tan flagrante uno de los baluartes del imaginario japonés a través de Godzilla era todavía muy reciente y había escocido en demasía a la crítica y a la industria. Aún así, si sirve de consuelo, huelga decir que Speed Racer no alcanzó los niveles de aberración de Godzilla, película que, por otro lado lado, albergaba algo más monstruoso que el bichejo que le daba nombre: la abominable Maria Pitillo.

Y así Speed Racer llegó y derrapó. Hubo en ella una serie de catastróficas desdichas que favorecieron su descalabro artístico y comercial de una forma meteórica, y nunca mejor dicho.

En primer lugar, ese estilo visual de colores lisérgicos y luminiscentes, de neones y excesos digitales y que bebe y evoca incomprensiblemente a la terrorífica El gato es ya de por sí, preocupante. Juega a hacernos creer que los escenarios de la película son de golosina, que sus formas siguen la trayectoria de regalices curvilíneas, y que la fanfarria sabe a algodón de azúcar. El gasto está ahí, se palpa, se nota, tan desmedido, tan presente, tan poco real y excesivamente digital. Y da gloria verlo marchitarse ante una historia tan endeble en sus versos como opulenta en sus formas.

Speed Racer cae en desgracia por parecerse sospechosamente a las típicas aventurillas familiares filmadas en los descansos de los excesos de Robert Rodriguez (hagan memoria: Spy Kids, Las aventuras de Sharkboy y Lavagirl, Shorts) situación que hace sonar todas las alarmas, máxime si hablamos de dos creadores y artesanos como los Wachowski. Ahí es precismente en donde a Speed Racer se le ven las costuras: es un producto demasiado infantil para los adultos e incluso para los infantes de hoy en día. Imagínense por ejemplo que La carrera de la muerte del año 2000 se corriera en un escenario de Charlie y la fábrica de chocolate. Los mimbres son débiles, y aunque el envoltorio sea contundente, no es capaz de disfrazar la parquedad de la propuesta.

En este sentido, falla exactamente en los mismos puntos que lo hizo Thunderbirds: una evidente “galería del horror” conformada por personajes estereotipados, a saber: madre comprensiva y experta en tortitas, padre orondo siguiendo la dieta super size me al dedillo, hermano graciosete aunque algo cargante, novia florero y/o chupa-chups y un chimpancé casi tan insoportable como el que intentaba levantarle la falda a Faye Dunaway en la soporífera Mi colega Dunston. Ni que decir que el malo de la función es una caricatura apenas esbozada y que ninguno de ellos se molesta en no evidenciar de una forma tan descarada una linealidad más que evidente.

Y es entonces cuando caemos en la cuenta de que, visionando Speed Racer, estamos asistiendo no a un film de aquellos realizadores que años atrás crearon una piedra filosofal que revolucionó el alicaído sci-fi, sino a un catálogo de Hot Wheels que semeja haber sido confeccionado por un publicista con un pasote de anfetaminas. Solo así se explica tanto atiborre de colores con contrastes y saturación al máximo que acaban provocando un efecto similar al que te produciría mirar fijamente a las luces de tu árbol de navidad durante dos horas sin parpadear. Y es que si con Speed Racer no te agarras unas buenas convulsiones, puedes estar seguro de que tu cerebro funciona con absoluta precisión. Y de paso te ahorras la consulta al neurólogo. Por eso y por ser capaz de, a pesar de sus errores, hacerte pasar un buen rato, Speed Racer merece la pena ser reivindicada. Aún con todo, los Wachowski no se escapan de ser castigados a una esquina mientras yo suspiro: ¡Ay! Qué sequía de guiones…

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Todavía recuerdo aquel anuncio a página completa en donde la United International Pictures (UIP) nos deseaba un feliz 2004 y aprovechaba la ocasión para presentar sus armas de combate con las que asaltar y apasionar a las audiencias en aquel año venidero. Uno de sus supuestos baluartes era un título que rezaba Thunderbirds, que a mí con mis 14 añitos me sonaba más bien a chino mandarino. Pero algo tuvo aquel cartel, puede que sus grafías futuristas coloreadas con un tono rosa chillón o su grandilocuente tagline “La mayor organización de rescate del mundo tiene un gran problema”. Fuera lo que fuere, yo ya estaba sobre aviso y me las apañé como bien pude para ver qué ocurría con aquel título que yo postulaba como el contraataque british a los Spy Kids yanquis. Y ciertamente no me equivocaba, ya de aquella era bastante zorro para estos páramos…

Así, llegó aquel agosto del 2004 y pude comprobar decepcionado cómo Thunderbirds realizaba un despegue muy poco lustroso en las taquillas. Y digo lustroso por no decir que se estrelló muy sangrantemente, tanto que ni logró alcanzar el top 10 en el box office americano, amén de un promedio raquítico y una recaudación final que no llegó ni a los seis millones de dólares. Ni tan siquiera Reino Unido, su lugar de origen, mostró demasiado apego por el producto, y lo alzó a un mediocre tercer puesto, para acto seguido desaparecer de forma fulminante. Y eso que Thunderbirds nació allá por los sesenta como un serial bastante graciosillo de marionetas (parodiado en la estimable Team America de los creadores de South Park) que permanece de forma notable en el imaginario británico. El veredicto fue que, con el nuevo milenio recién comenzado, a nadie parecía interesarle las aventuras y desventuras de una familia mono parental reconvertida en adalides del bienestar social y su protección por vía astronáutica. La pregunta es: ¿Qué falló en Thunderbirds? Demasiadas cosas…

En primer lugar, todos los personajes resultan esquemáticos y estúpidamente lineales. Podría concluir esta sentencia nombrando únicamente a Bill Paxton, sin dar explicación alguna. Y es que pese a quien le pese, Paxton nunca ha destacado por sus dotes artísticas y menos por las expresivas, es el claro ejemplo de lo insustancial e inane, y colárnoslo aquí de bravucón padre de familia coloca ya a Thunderbirds en una posición cuanto menos complicada. Pero no debemos limitarnos a cargar contra él, el fallo en el cast es generalizado y quizás el peor trabajo en el film lo realiza un Ben Kingsley en sus épocas más bajas y decadentes(hasta que llegó BlooDrayne).

Su personaje de malvado de chascarrillos es simplemente insultante y vergonzante. Por otro lado, los niños se erigen como el elenco infantil-juvenil más insoportable desde la adaptación cinematográfica de la Tribu de los Brady (Vanessa Hudgens debuta aquí dejando claro que llegaba para aburrirnos) y el resto de mayores simplemente está allí para pasar el rato. La única salvable es Sophia Myles, que con su papel de Lady Penelope la verdad es que endulza la función sobremanera. Pero la pobrecilla pagó bien caro embarcarse en este proyecto…su moneda de cambio fue el ostracismo profesional posterior.

Por otro lado, es evidente la nula capacidad de traslación del producto base a una nueva versión. Parece mentira que Jonathan Frakes (director de algunas de las más notorias entregas cinematográficas de la saga de Star Trek) fuera capaz de perpetrar semejante tumulto de errores. Y es que Frakes acomete su propio harakiri en el momento en el que decide no actualizar el tono de la historia y simplemente cambia las marionetas por actores de carne y hueso que al final resultan tener más de marionetas que los títeres originales.

El caso es que ya no estamos en los sesenta, los niños de hoy en día son mucho más espabilados que los de aquella y ni tan siquiera en el 2004 había un interés demasiado declarado por reivindicar lo retro y vintage que podía ejemplificarse en el serial original. Si a semejante percal se le suma un empeño casi enfermizo por la corrección al estilo apolillado de Sonrisas y Lágrimas, predilección por lo soso y almibarado y ninguna licencia para algún cambio de ritmo, situaciones o sensaciones emocionantes, puntos de interés etc. la cosa nos queda un poco raquítica en lo que estándares de calidad se refiere. Cierto es que Spy Kids está lejos de ser una saga ejemplar, pero no comete ni de lejos tantos disparates y desaciertos como Thunderbirds. Hasta Stallone en la tercera parte es un villano más digno que Kingsley, que ya es mucho decir…

Ni la rutinaria pero pegadiza banda sonora de Zimmer (y van…) ni el enérgico y contundente tema principal de los malogrados Busted, ni tan siquiera unos efectos especiales a reivindicar consiguen aderezar un poco el entuerto. Sin embargo, no les negaré jamás que, a pesar de todo, algo tiene Thunderbirds que acaba haciéndonos soltar alguna sonrisilla cómplice. Existe una memorable escena en la que Lady Penelope se deleita en un baño de burbujas y su mayordomo le indica la agenda del día mientras le sirve el consabido y característico té inglés de media tarde y le recita “Hoy tiene una competición de tiro al plato y también hay una erupción volcánica en Yakarta” y la sexy Penélope declara “Lo segundo es más importante”. Y es que estos ingleses no sé cómo se las apañan, pero siempre acaban resultando encantadores, a pesar de su humor…

Lorenzo Chedas

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Lo sé y lo sabemos: es utilizar el término “cuarta parte” y a la gran mayoría se nos viene a la memoria el tan aborrecido cuarto capítulo de la saga Star Wars, La amenaza fantasma (que aunque fuera la cuarta, narra el comienzo de la saga galáctica).Quizá La amenaza fantasma sea el ejemplo más ilustrativo de cómo la maldición de las cuartas partes se cumple a la perfección, pero existen casos mucho más curiosos y, cuanto menos, decadentes. Antes que nada, hagamos un pequeño repaso de cuáles son las diferentes fortunas con las que han contado estas cuartas lecturas de diversas sagas cinematográficas.

 

Hay cuartas partes que, incluso contando con más capital y medios que sus predecesoras, se estrellaron sin remisión: Batman & Robin, El exorcista: el comienzo o Alien Resurrection. Otras que, por ser parte de sagas interminables ya de por sí bastante mediocres, no se sabe con certeza si eran la peor o una de las peores: Pesadilla en Elm Street 4, Halloween 4, Viernes 13 4, Saw 4 etc. Y otras que simplemente ni fu ni fa, dejaron una sensación de frialdad y sus consecuencias están todavía en el aire: Shrek 4 felices para siempre, Piratas del Caribe 4 en mareas misteriosas, Terminator Salvation o Scream 4. Sin embargo, no pongan el grito en el cielo, hay casos –los que menos- en los que las cuartas partes no fueron ni de lejos las peores, e incluso podríamos decir que se constituyeron como los puntos álgidos de la saga: Harry Potter y el cáliz de fuego, Misión Imposible IV protocolo fantasma o Fast & Furious 4.

 

Pero vayamos al grano: de entre todas las cuartas entregas, hay ejemplos vergonzosos, patéticos, cutres y absolutamente ridículos. A continuación tendrán el placer- depende de cómo se mire- de conocer los cuatro más flagrantes:

Alicia,dulce Alicia...

09 Jul 2012 Escrito por

La época estival, ese período en donde la chavalería (segmento poblacional en donde todavía me incluyo, a pesar de mis dos patitos de edad) cumple la máxima de vivir por y para el gozo y deleite propio, con sus múltiples variantes, no vayan a ser malpensados…

 

En esa dicotomía me hallo yo, particularmente en la que se refiere a satisfacer las exigencias del binomio cuerpo-mente, a saber: mens sana in corpore sano. Así, en la mañana de hoy, mientras purgaba los excesos universitarios en el gimnasio, tuve la suerte de poder contemplar el que es para mí - y para muchos- el pecado original de los vídeos musicales. ¿De qué diantres les hablo? De Crazy, obra maestra en cuanto en la categoría de sueños húmedos y orquestado por la banda Aerosmith.

 

Mi pasión por el vídeo en cuestión viene de bastante atrás. De hecho, hace dos veranos eché mano de él para ejemplificar la conocida como Generación Y. Esta denominación nació de mano la crítica de mediados de los noventa, que la usó para referirse a jóvenes y prometedoras estrellas que buscaban su hueco en Hollywood, y de la que Alicia fue clara integrante. Y al respecto de este tema, permiten que me cite a mí mismo, pero creo que no me equivoqué cuando sentencié lo que sigue:

 

Los periodistas, esa casta tan incomprendida, considerada por sus detractores como una linaje de sangre ponzoñosa, ávidos de poder, cazadores de exclusivas de veracidad más que cuestionable. Incluso, si caemos en el tremendismo que ellos tanto procesan, juraríamos que hasta los Jinetes del Apocalipsis morirían amedrentados ante semejantes hijos de Belcebú. Y es que todos ustedes conocen o incluso "sufren" en sus propias carnes la existencia de un periodista en sus círculos más próximos. Estos profesionales en el arte de la palabra poseen un humor extraño, a medio camino entre la ironía y la tontería supina, sólo entendido por ellos mismos y los de su gremio. Sus reuniones, de envoltorio bohemio e intelectual, son en realidad la última revisión de un aquelarre de los de toda la vida, de esos que tan bien pincelaba Goya en sus últimos cuadros de decrépita senectud. Jamás intenten comprender nada de lo que en esas reuniones se discute, y menos aún busquen un significado coherente a los chistes que allí se predican, porque no entenderán ni pizca, y casi que es mejor que así sea.

 

 

A veces sorprende con qué facilidad te puedes llegar a identificar con aquello que una película narra, con todo aquello que quiere contarte mientras te atrapa entre fotogramas que buscan como fin último el empatizar contigo. Lo mismo ocurre con las canciones, y ya en un menor número de ocasiones, con ambas por igual, unidas de la mano, emanando una belleza tan sugestiva que te atrapa sin remisión.

Los chicos del coro llegó en una época de mi vida coetánea a la que se refleja en la película y muy poco proclive a la búsqueda de analogías y metáforas con afán de psicoanálisis. Os hablo de la adolescencia, con sus consabidos claroscuros, y que cada uno vive a su manera, recordándola de forma tan íntima que muy pocos son los que después deciden rescatarla del baúl de los recuerdos. Puede sonar injusto, pues esta etapa es quizás la más frenética y palpitante, en la que te defines a ti mismo, comienzas a buscar ideales que te describan y experiencias y personas que te cambien la vida.

 

El caso que no es ocupa no es sino una demostración más del enorme atractivo que tiene el mercantilismo cinematográfico. El hecho de que coincidan en el tiempo dos películas que por su temática y estética son incluso difícilmente diferenciables es la constatación definitiva de que en Hollywood dinero llama a dinero.

No se trata en esta ocasión de un plagio ni de una cinta realizada a rebufo de otra, sino de dos filmes coetáneos en el tiempo por pura casualidad. Ambos cuentan con elencos de rostros célebres y con calado entre las audiencias, y en el caso de El Prestigio, con un realizador adorado (y sobrevalorado en demasía) en los últimos tiempos, a saber: Christopher Nolan.
El ilusionista y El truco final giran en torno al mundo de la magia, al de los ilusionistas que durante el siglo XIX amenizaron con éxito los escenarios de teatros de diverso bagaje, desde los de los pueblos más humildes hasta el Albert Hall londinense.

Para recrear dicha época, sendos filmes cuentan con unos decorados exquisitos y detallados, es decir: un diseño de producción y dirección artística muy logrado. Sin embargo, si bien El truco final fue nominado a los premios de la Academia por su dirección artística, es mi deber alabar por el contrario la de El ilusionista, no porque sea mejor (que quizás así sea) si no porque consigue con un budget mucho menor (16 millones de dólares frente a los 60 del film de Nolan) una ambientación tan notable como digna de admiración.

 

¿Alguna vez se han cuestionado cuántos títulos de mamás más guapas del mundo han sido otorgados a lo largo y ancho del mundo y de la historia? Si le preguntan a Mengano les dirán sin ningún tipo de miramientos que es la suya, y Ciprano replicará sin un solo atisbo de duda lo mismo acerca de la fémina que tuvo a bien convertirlo en parte activa de la sociedad. Para concederle títulos a nuestras madres no dudamos en tirarnos de la moto, y es que el amor de madre tira, y mucho…

Pero dejemos la pseudofilosofía, psicología Punsetiana y complejos de Edipo aparte. Mi madre es la reina de los atributos, y no hay vuelta de hoja. Ya no es sólo que sea la más guapa del reino sino que es especialmente cinéfila, y para colmo de la idiosincrasia es febril amante del cine de género. La máxima de “lo lleva en los genes” nunca fue más de agradecer.

 

Mi madre tuvo a bien darme a luz en el año 1989, a las puertas de los frenéticos (en cuanto a acontecimientos) y terribles (en cuanto a moda) años  noventa. He-man y los Masters del Universo, línea de juguetes de Mattel, triunfó en el periodo comprendido entre 1981 y 1987 llegando a desbancar en cuanto a ventas a la Barbie, niña mimada y buque insignia de la empresa juguetera.  Puede parecer entonces que hay un error en cuanto a fechas, porque cuando los célebres muñecos con calzón de vikingo comenzaban a forjar su leyenda en el imaginario colectivo, yo todavía estaba en proyecto de ser un ciudadano del planeta tierra. Sin embargo, hay una explicación sencilla a tamaño misterio: cuando era un pequeño traste, mis primos tuvieron el gran detalle de permitirme jugar con sus Masters del Universo. Ahí  fue cuando empezó mi idilio friki.

De esas tardes de juegos con muñecos vintage destartalados, pasé a una búsqueda frenética por jugueterías de toda la geografía gallega. A día de hoy, y con 22 añazos, cuento con una colección importante de muñecos pertenecientes a la mítica saga ochentera, y soy digno pujante online. Guardo con  sumo cuidado vhs y dvd’s de la serie de dibujos animados, ya que He-man y los Masters del Universo tuvo su propio serial de manos de la digamos suavemente roma y parca en cuanto a medios Filmation, con la que obtuvo un éxito arrollador entre 1983 y 1985. Se puede decir que la serie de Filmation fue la primera en iniciar la estrategia de utilizar una serie de entretenimiento como catálogo de productos a vender.

Cuando el susodicho serial ya formaba más que parte del library de las cadenas que la habían repuesto hasta el hartazgo y la línea de juguetes ya no generaba las ganancias de antaño, Mattel, en un intento desesperado de insuflar vida a su agonizante gallina de los huevos de oro, decidió vender los derechos para la recreación fílmica del universo de He-man, Skeletor, y sus adalides y secuaces (respectivamente).

La decisión llegaba lógicamente a destiempo, y Mattel pagó caro su descuido. Ninguna major se ofreció a poner pasta por un proyecto que olía a flop a millas de distancia. Sin embargo, hubo un par de incautos - o más bien espabilados- que decidieron comprar la licencia a precio de saldo para así intentar rascar unos dólares. Los iluminados fueron Menahem Golam y Yoram Globus, mandamases de la Cannon Group, productora de películas de muy dudosa calidad (en su catálogo se albergan filmes de  la talla de Delta Force y demás cintas de Chuck Norris y otros reyes del cine de lucha casposo tan en boga en los ochenta). Con semejante punto de partida, pocas expectativas de llevar a buen puerto un proyecto que ya necesitaba de por sí un golpe de efecto si quería salir airosa en la batalla de las audiencias. Para la Odisea que se les venía encima, reclutaron a un actor emergente en cuanto a cine pugilístico, un rubiales sueco de nombre Dolph Lungdren, que había sido el antagonista de Sylvester Stallone en la exitosa Rocky 4. Además, contaron con Frank Langella, eterno secundario y desconocido pero de talento más que constatado. Por último se puso sobre la palestra a una joven y novata Courtney Cox, que se convertiría años después en una rutilante estrella televisiva a raíz del exitazo que supuso la serie Friends.

El resultado fue mejor de lo esperable, pero no suficiente para evitar el fiasco comercial y con ello dar  por finiquitado el universo de los Masters del Universo. El realizador, Gary Goddard, confesó tiempo después que poco pudo hacer con la presión económica impuesta por unos productores que no podían (o no querían) gastar más de lo pactado. De ahí a que los guionistas se sacaran de la manga una historia que comenzaba en el planeta Eternia de los dibujos animados pero que transcurría en su totalidad en el planeta tierra. Todo ello por obra y gracia de una llave cósmica que acababa por accidente en nuestro mundo. Lógicamente, la razón no era otra sino abaratar costes. Como otras muestras del cutrerío imperante está la supresión de un personaje tan mítico como el mago Orko por un horrendo troll ideado expresamente para la película. Era más fácil maquillar a un enano que crear un pequeño mago que levitaba y hacia trucos de magia.

Sin embargo y pese a todo, Masters del Universo es una película que a día de hoy se recuerda con cariño y nostalgia por sus fans (que son muchos, si no se lo creen echen la vista a los precios que pueden llegarse a pagar por los muñecos  casi treinta años después de su salida a la venta).  ¿Existe alguna razón por la que deberíamos exculpar a esta película? Sí, la hay, y más de una:

En primer lugar, está ese aroma eminentemente ochentero, camp y casi kitsch que emana en cada uno de sus fotogramas. Vista hoy, Masters del universo es una película inocente, pueril y tontuna, y es que los niños de los ochenta consumidores de la Mirinda distan mucho de los de ahora, mas dados al Red Bull. Si realizáramos el experimento  de ponerle esta cinta a nuestro primo pequeño, probablemente acabaría riéndose de lo pasteloso de las situaciones o literalmente se dormiría. Vista por nosotros, los mayores, Masters del Universo es una película amable y bonita, no hay una palabra malsonante ni un solo chorro de sangre (aquí, como en la serie, nadie moría, como mucho los malos acababan en un lodazal escarmentados) y existe una exaltación de los buenos sentimientos y de las virtudes muy propio de aquella época y de las películas de la Amblin, por ejemplo.

Es muy digna también la manera en que el equipo de la película logró salir del entuerto propiciado por la escasez de medios. La historia se trazó a partir y debido a la falta de dinero, pero la cuestión es que supo sobrevivir a la tormenta con somera dignidad. Tanto el viaje al planeta tierra y las aventuras que en él se llevan a cabo como la puesta en escena, el diseño de los personajes e incluso los efectos especiales (humildes pero efectivos) son notables, y no se le puede ni se le debe pedir más.

Sin embargo, la gran baza con la que cuenta la película viene de la mano del villano de la función. El Skeletor de la serie animada evolucionó desde el papel arquetípico de malvado bellaco a una caricatura de sí mismo y casi colega de su eterno odiado príncipe de Eternia. El Skeletor del film es únicamente la representación absoluta del mal.

Frank Langella ha declarado en varias ocasiones que el papel con el que más se ha divertido en toda su carrera fue precisamente el de Skeletor, y no es para menos. Cada vez que hace su aparición en pantalla, Langella nos seduce con todo tipo de gestos y movimientos que subrayan la crueldad intrínseca de un malvado que lleva tiempo ansiando terminar con el héroe de la función y gobernar un planeta del que ha sido desterrado y vilipendiado. Sus diálogos son pomposos, si me lo permiten shakesperianos y mas que antológicos.

En una de las escenas más enigmáticas del film, Skeletor se mira la palma de la mano lánguidamente una vez que ha capturado a He-man tras años de persecución y sentencia: "Todo le llega al que sabe esperar". Ha ganado por fin, pero su voz ronca cae taciturnamente por la garganta sintiendo que su lucha ha perdido sentido, porque si caza a He-man, su existencia deja de tener sentido. Lo sabe y dice lo que tiene que decir, pues en el fondo está deseando que He-man se escape y volver a empezar la batalla.

Porque lo que a Skeletor le gusta es perseguir a He-man, no cogerle, igual que al Jóker le divierte más ir detrás de Batman y jugar con él. Lo divertido es que en el fondo son amigos. Y ninguno puede matar al otro porque el mal sólo puede existir si hay un bien al otro lado de la balanza.
La magnificencia de Skeletor es palpable. El puede acabar con He-man, pero simplemente no le da la gana. En una escena le espeta a su eterno adversario “Yo soy más que un ser, más que la vida,  soy un Dios, tu Máster así que arrodíllate ante mi”. Se sabe superior y lo que quiere es divertirse. Lo excepcional es que consigue divertirnos también a nosotros.

Por si fuera poco, la película destapa sin tapujos lo que la serie de dibujos no podía mostrar y lo que todo fan deseaba constatar: Skeletor y su fiel secuaz, la hechicera Evil-Lyn tienen una relación que va más allá de la meramente laboral. En el film disfrutamos de las miradas cómplices que se prestan el uno al otro y esa eterna dicotomía en su relación de amor-odio, de sumisión a la par que desobediencia, de privilegios y castigos. El culmen de la evidencia llega con esa escena donde el rey del mal sentado en su trono, acaricia a su vil compañera arrodillada a sus pies mientras le confiesa sus siguientes pasos hacia la conquista del planeta Eternia. Si eso no es una exhibición de amor, que baje Cupido y lo vea.

Pese a quien le pese, y a pesar de sonar descabellado, descerebrado e incluso cómico, Skeletor no tiene nada que envidiarle al sobrevalorado Darth Vader (el plagio a la saga de George Lucas es más que evidente, basta con ver ese calco a los Stormtroopers pero con uniforme negro). Si por algo podría perder la batalla sería por esa mascara de goma que le resta contundencia y credibilidad, pero lo cierto es que el mayor de mis canguelos vino de la mano y gracias a Frank Langella. Me quedo para siempre con la curiosidad de cómo sería juntar a estos dos malvados junto al Señor de la Oscuridad  de Legend. Sin duda, un triunvirato del horror de lo más terrorífico.

Para terminar de convenceros, os diré que la banda sonora la firma Bill Conti, ganador del Oscar por el soundtrack de Elegidos para la Gloria, pero más célebre si cabe por ser el autor del tema principal de Rocky. Siendo francos, el tema principal es un plagio sin miramientos del de Superman, pero es una fanfarria tan melódicamente ochentera que encandila y deja pegada por sí misma.

Por todo lo expuesto, este film es mi placer culpable. Una película parca en cuanto a puntuaciones pero que en mi foro interno es un pletórico cinco estrellas. Ahora solo me resta enunciar dos cosas:

1) Ruego y suplico que sea la major que sea, que aluna se anime a realizar una nueva película de una vez. Si ya le ha tocado a los Transformers, a G.I JOE y a TRON:      ¿ A qué esperan con el más exitoso de todos los mitos culturales ochenteros?

2)  Por el poder de Grayskull! (¿pensabais que iba a marcharme sin decir esto?).

 

Lorenzo Chedas Redondo. SecondWeekendDrops.

 

Todos y cada uno de nosotros guardamos en nuestro interior un almacén que alberga aquel material que nos es genuinamente simbólico y que está cargado de sentimientos que sólo nosotros mismos logramos entender. Tú, que estás leyendo esto ahora mismo, posees una canción, pieza o composición que te identifica, un cuadro, escultura o manifestación artística que semeja haber sido modelada con tus trazos vitales, y una película o escena cuyos fotogramas parecen haber sido inspirados en tu propia existencia.

Las razones de dichas preferencias son tan variadas como el compendio de obras artísticas que podríamos publicar con las elecciones de cada uno de nosotros, pero lo importante es que las hemos escogido, o más bien, que ellas nos han escogido a nosotros. Esta máxima se empapa en las aguas de la verdad en el preciso momento en el que su representación provoca en nosotros los sentimientos más agitados, más reales  a la par que humanos. No suelen existir las razones objetivas, porque los sentimientos no nacieron para serlo, se mueven por las pasiones e instintos, y de eso sabe mucho el mundo de las artes.

El presente texto se va a centrar a partir de ya en cuál es la escena fílmica que más me ha cautivado, aquella que me enamoró desde el primer instante en que la vi, mi propio time of my life.

Para alguien que lleva desde la tierna edad de ocho años intentando ser un clarinetista inspirado y con dotes, la cinta Amadeus se erige como baluarte casi evidente de lo que  podríamos apodar la película de tu vida. Mas allá de la evidente razón, a saber: el amor exacerbado por la música que se supone proceso, existen otros motivos que ayudan a consumar tamaña adoración.  Y es que Wolfgang Amadeus Mozart fue el compositor que llevo a su cota máxima de importancia y prestigio al clarinete, testigo que recogería y terminaría de encumbrar Beethoven a las puertas del período posterior, el consabido Romanticismo.

Por otro lado, no debemos olvidar que el tópico principal del film Amadeus no es simple y llanamente contar la vida  y obra de uno de los grandes maestros de la música clásica en general y del Clasicismo en particular, sino que la película es un estudio, una tesis y una oda a uno de los pecados capitales más extendidos en la sociedad posmoderna: la envidia.

De la mano de Antonio Salieri, el supuesto compositor rival y contrincante de Mozart (y digo supuesto ya que tal rivalidad jamás existió, de ahí a que el  film sea apenas biográfico y que su verdadero origen matriz fuera la adaptación de una obra de teatro basada a su vez en una ópera cuya autoría corresponde a Korsakov y que exploto por vez primera este supuesto antagonismo) asistimos a un proceso de primogénita desazón que termina en la más absoluta de las locuras. La maravillosa actuación de F. Murray Abraham supone el  mayor y más puro y vivo retrato de la envidia, sus gestos y sentencias son magna evidencia de un desdichado sentimiento que no cesa de brotar por sus venas.

Antonio Salieri lamenta la mediocridad de sus acordes a la vez que maldice la genialidad de su enemigo musical. El resquemor y el recelo llega a una cota tan alta que el desventurado artista declara la guerra a un Dios que para él ya no es misericordioso, puesto que ha elegido como instrumento suyo a un muchacho infantil, lujurioso, obsceno y jactancioso. Nuestro Salvador ya no tendrá el aprecio de un infeliz Salieri al que  sólo le concedió la capacidad de ver en Mozart su encarnación, la voz de un Dios injusto.

La escena final de este prodigioso y fascinante film es, sin duda alguna, la mejor escena del séptimo arte para el que esto escribe. En ella, Antonio Salieri, demacrado en un decrépito manicomio termina de recibir la confesión de un clérigo atónito ante las palabras de un anciano consumido por la rabia y los celos. Sin redención posible, el malaventurado artista sale de su alcoba ayudado por un empleado que empuja a duras penas de él montado en una silla de ruedas. El momento en el que recorre el insalubre pasillo atestado de dementes y perturbados  a los que exime de su medianía a la vez que enuncia “Yo os absuelvo, mediocres” es simple y llanamente, soberbio.

Comencé este texto diciendo que todos nosotros tenemos una escena, canción u obra que nos identifica. Sinceramente, esta escena es mucho más universal de lo que en principio parece ser y de lo que nos gustaría admitir que es. En un mundo actual tan exiguo y parco en cuanto a iluminados y tan atiborrado de poderosos de dudosas virtudes  que no nos quepa duda de un hecho que es irrefutable aunque escueza: Antonio Salieri hablará en favor de todos los mediocres del mundo, puesto que él es el más mediocre de todos, su santo patrón. Y ese día del Juicio Final, se escuchará de fondo alguna bagatela acompañada de la característica risa de hiena de un Mozart que, al contrario que nosotros, simples mortales, sí fue tocado con la varita de la virtud.

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