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Pese a haber recaudado más de 1100 millones de dólares de la mano de James Wan y tener una secuela asegurada que Jason Momoa ha garantizado que tiene una historia ya cerrada, la cosa podía haber sido muy muy distinta si Kevin Tsujihara, quien fuese CEO de Warner Bros., hubiese conseguido convencer al director Peter Jackson de que se hiciese cargo de la película.

Crítica de la película King Kong de Peter Jackson

La película favorita de Peter Jackson

Tras cerrar la trilogía de El Señor de los Anillos en el año 2003 con la que había ganado nada menos que 17 oscars, el director Peter Jackson quería acometer este proyecto con el que había soñado desde que con 12 años quedase maravillado con la película King Kong del año 1933, dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack.

A finales de los 90 trató de llevar a cabo esta película pero, como se había estrenado recientemente Godzilla (1998), decidió retrasar el proyecto hasta que por fin en el año 2005 estrenó King Kong, convirtiéndose en la séptima película de la dilatada saga.

Cuando en medio de la gran Depresión la actriz de vodevil Ann Darrow (Naomi Watts) se queda sin trabajo, su sueño de abrirse camino en el cine parece desvanecerse. Es entonces cuando el cineasta Carl Denham (Jack Black) descubre que en su estudio van a cancelar su película, la cual quería grabar en una isla misteriosa de la que sólo él conoce su ubicación, por lo que decide robar las cintas con el material que ya tenía grabado y zarpar esa misma noche para continuar con su proyecto.

Pero hay un problema, la actriz seleccionada para interpretar la protagonista femenina le falla por lo que necesita encontrar de manera urgente una chica con las mismas medidas que su actriz para poder aprovechar el vestido. Es entonces cuando Denham encuentra por la calle a Ann, quien acaba aceptando el papel por la admiración que siente por el guionista de la película, Jack Driscoll (Adrien Brody) que, sin quererlo, también acaba metido en esta aventura.

El director de El Señor de Los Anillos será el responsable de un nuevo documental que aprovechará el material rodado para Let it Be.

Hoy se cumplen 50 años del mítico concierto en la azotea de Apple Records, el último que Los Beatles dieron, y que se hizo con motivo de la grabación del álbum Let it Be, lo que era una vuelta a sus raíces, a sus orígenes, y que se suponía serviría para unir más a la banda, algo que al final acabó separándoles más.

Video crítica de la película Mortal Engines de Peter Jackson

Crítica de la película Mortal Engines de Peter Jackson

Grandes efectos visuales con un endeble guión y una total ausencia de alma.

Un producto que seguramente podía haber dado mucho más de sí, pero al que se le ven las costuras desde el primer al último minuto de metraje, donde no importa lo que hagan los responsables, la historia se asemeja demasiado a otras y nunca se saca partido a los elementos realmente interesantes de la trama, ni a su tono steampunk, ni a las prometidas ciudades motorizadas, de las que vemos realmente poco… No hay tampoco excesivo carisma en su reparto, y el debut de Christian Rivers como director de largometrajes se salda con una película visualmente cuidada, pero completamente vacía por dentro. Más preocupada por la estética que los personajes.

Peter Jackson que ha estrenado recientemente un documental sobre la Primera Guerra Mundial, se prepara para restaurar sus primeras cuatro películas para editarlas en 4K.

Aunque a los cines llegue Mortal Engines promocionada casi como si Peter Jackson la hubiese dirigido, no es así. El director neozelandés ha estado ocupado dirigiendo el documental They Shall Not Grow Old, sobre la Primera Guerra Mundial, en el que ha tomado más de 600 horas de metraje para montar un documental de menos de dos horas, pero no en blanco y negro y mudo, sino que ha restaurado, puesto color, sonido y tecnología 3D a todo el proyecto, algo que ha entusiasmado a la crítica con el resultado final de la misma.

Parece ser que se ha clarificado la confusión que había recientemente en torno a la serie de Amazon de El Señor de los Anillos, en la que la empresa ha invertido, o va a terminar invirtiendo, más de 500 millones de dólares, y en la que se rumoreaba que Peter Jackson, que ha dirigido seis películas basadas en la obra de Tolkien, podía colaborar. De hecho los rumores apuntaban a que Jackson era el responsable de reunir al equipo creativo de la serie de televisión, una información que podía haber venido de los representantes del guionista, productor y director.

Crítica de la película El Hobbit, La Desolación de Smaug

Más espectacular, oscura y visualmente poderosa que la primera. Obligatorio verla. Lo que no sé es si será obligatorio verla en 3D o en 2D, pero eso pasaremos a comentarlo en unos momentos. Por ahora puedo garantizar que para mí, como sucedió con la saga de El Señor de los Anillos, la segunda entrega es muy superior a la primera en muchos aspectos, sobre todo a nivel de madurez de personajes y tramas, y además a nivel visual y de espectáculo puro, que es por lo que la mayoría de gente va a acudir al final a las salas de cine a ver la película. Es puro entretenimiento del bueno, bien construido, que además recupera algunas de las claves de El Señor de los Anillos. Los buenos, por así decirlo.

Digo los buenos porque, según han ido pasando los años, a un servidor (y aquí me juego una lluvia de capones) El Señor de los Anillos cada vez le convence menos. No se confunda la gente, sigue gustándome mucho la saga de Peter Jackson, pero adolece, y con los años cada vez me lo parece más, de algunas fórmulas demasiado… blandas. Demasiada pureza, demasiada poca mala baba, demasiado buenos los buenos y malos los malos, si me quieren entender. Lo que me ha llevado con el tiempo a apreciar mucho ciertas cosas (las batallas, la camaradería, el sentimiento de épica, las tragedias…) y otras que antes no me llamaban la atención cada vez me descolocan más (los elfos, los árboles, los hobbits, el poco jugo que le sacaban a Saruman al final…).

Muchos de esos aspectos que me dejaban fuera de juego de El Señor de los Anillos fueron corregidos en El Hobbit, que me gustó, sin duda, y me parece una buena película, pero que seguía sin cuadrarme en algunos aspectos. Las canciones (llegó un momento en el que me parecía un musical), lo poco desarrolladas que estaban algunas posibilidades, siempre llevando a los buenos al camino de la luz, lo blandito de algunas secuencias… Era un buen comienzo pero le pedía más, necesitaba más chicha. Y aunque a la larga me ha gustado El Hobbit tanto o más que El Señor de los Anillos, lo que le pedía a La Desolación de Smaug es que me convenciese tanto o más que Las Dos Torres. Porque los cimientos estaban puestos, sólo faltaba que alguien construyese algo realmente sólido sobre ellos. Algo que fuese más que épico, que nos presentase a los personajes con un aire más maduro, más oscuro. Más siniestro. Y vaya que si lo han conseguido.

Como detalle, con las dichosas estrellas de siempre, decir que la película es de cuatro estrellas y media, para mí, a un pasito de la perfección. Pero no tenemos medias estrellas, y como sigue habiendo un par de detalles que no terminan de hacerme tilín, lo dejamos en cuatro y santas pascuas. Lo dejo explicado claramente para que nadie se confunda luego. Son cuatro estrellas y media. Y bien merecidas. Lo que me hace pensar que con este ritmo la tercera película puede ser la cumbre de Peter Jackson en la Tierra Media, y en este caso una película a la que la mano de Guillermo del Toro se le nota aún más que a la anterior. En el guión, en el que sigue estando acreditado. En lo visual ya es otro cantar. Pero la historia tiene detalles que parecen especialmente señalados por el director mexicano. Cosas que no se veían tanto en las anteriores. La historia continúa justo donde la dejamos, con una pequeña visita al pasado, con Thorin de protagonista, la semilla del viaje. Y a partir de ahí todo es aventura casi sin fin y un ritmo sensacional en casi todo momento. La persecución de los enanos, el viaje a través del bosque, el encuentro con las arañas, los elfos, el lago... todo para llevarnos a la presentación de Smaug y el final de la película, con ganas de que llegue pronto la última entrega.

Creo sinceramente que es la película en la que mejor funcionan los elfos. El rey elfo Thranduil, lejos de otros gobernantes élficos, es una especie de psicópata torturado con un trono. Légolas es mucho más oscuro, violento y menos razonable de lo que conocimos. Y la aportación de Evangeline Lilly como Tauriel añade un toque femenino que le hacía mucha falta. La historia de Thorin y cómo se desarrolla el personaje, también ayudan mucho a la oscuridad general del relato. No todo es blanco y negro. Thorin es un personaje torturado, con muchas luces y sombras… y cómo se revela eso hacia el final es magnífico. Como lo es Martin Freeman en su versión Bilbo, con un cambio que le hace casi irreconocible al hobbit que abandonó la comarca. Nunca sabemos a qué están jugando realmente algunos personajes, los supuestamente buenos, y eso se nota, y se agradece. Es mucho más ambigua, como lo es el gran personaje de Bardo, interpretado por Luke Evans. Un tipo de lo más interesante y que da mucho juego. Esos aspectos me suenan a del Toro.

La película además juega, como en la primera saga, a dividir al grupo de héroes en un momento determinado, lo que nos lleva a un final a tres bandas que no dejará a nadie indiferente. Por un lado, una lucha en el pueblo con los orcos y los elfos, por otro el destino de Gandalf, y por último, cómo no, Smaug. Porque mucha gente lo esperaba con ansias, porque es el personaje estrella aunque se haga de rogar y tarde en aparecer, y porque su presencia llena la pantalla no sólo en lo físico, sino como terrible y todopoderosa amenaza. Sus momentos, desde el encuentro con Bilbo a la lucha final, son épicos, impactantes a nivel visual y caminan entre el terror y la acción con mucho brío. Smaug es un gran villano, sin duda, inteligente, vengativo, poderoso, sensacional. Y saber que tras él está la mano de Cumberbatch ayuda bastante (lo entenderán cuando lo vean, sobre todo en versión original aunque la voz esté alterada por ordenador). En una película que además es más violenta que la anterior y con muchas más batallas (lo de las arañas es memorable, como los orcos en cada aparición…). Quien haya jugado a Dungeons and Dragons, por ejemplo, se sentirá en su salsa en más de un momento.

Pero no es perfecta. El 3D, por muy brillante que sea, le resta a las escenas de acción, que a veces resultan confusas (estoy deseando verla en 2D para disfrutarlas completamente). Hay un tema romántico que tampoco termina de funcionar y que, como algunas caídas en el ritmo (la ciudad pesquera, algunas conversaciones alargadas…) que parecen simplemente una justificación para llegar a las tres películas. Y aunque me fusilen, algunos efectos especiales sufren… Pero la película nos deja con ganas de más. De más aventura, de más batallas, de más lucha, de más oscuridad… Y a mí me ha parecido, por todo ello, mejor que El Hobbit.

Jesús Usero.

©accioncine

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Crítica de la película Las aventuras de Tintín, el secreto del Unicornio

Aventura con mayúsculas. Recuerdo que cuando se estrenó En busca del Arca perdida, película con la que Las aventuras de Tintín, el secreto del Unicornio tiene mucho en común, la frase promocional era: el retorno de la gran aventura. Pues bien, eso es precisamente lo que Steven Spielberg nos propone ahora con esta traducción al cine de la obra de Hergé, brillante tanto por su técnica como por su ejecución, y con algunos momentos de auténtica épica cinematográfica que hacen de la película un auténtico acontecimiento cinematográfico. Y cuando digo acontecimiento, me refiero principalmente a que se trata de uno de esos títulos que todo aficionado al cine quiere ver como una especie de fenómeno, algo que ya fueron otras películas de este mismo director, como Tiburón, Encuentros en la tercera fase, E.T., el ciclo de peripecias de Indiana Jones, Parque jurásico

De manera que de la mano de Tintín vuelve al cine por un lado el Spielberg que llena los cines, el más popular, el que llega a mayor número de público. Y por otro regresa el Spielberg que precisamente por lo anterior, se puede permitir el lujo de experimentar, con notable éxito desde el punto de vista expresivo, narrativo y sobre todo en clave muy cinematográfica, con una de las novedades tecnológicas incorporada hace varios años a la panoplia de herramientas del cine de animación, pero nunca ejecutada con el instinto de cine puro, la cuidada planificación de movimientos de cámara, el cuidado encuadre y la planificación y el uso de la luz que nos ofrece Las aventuras de Tintín, el secreto del Unicornio. Me refiero al sistema de motion capture. Pero olvídense del acartonamiento con el que se aplicó a intentos anteriores, de Polar Express, Beowulf, Cuento de Navidad… Aquellos primeros pasos era una interesante novedad tecnológica con algo de cine, pero lo que hace Spielberg con Tintín es cine puro, con todos sus elementos, incluidos los actores, porque al contrario de lo que ocurría en ocasiones anteriores, el astuto director ha descubierto en un alarde de sutileza que le honra, que este procedimiento de animación saca más partido a la interpretación de los actores sobre los personajes precisamente si en lugar de mirar hacia el avance tecnológico y la animación en 3D se recuperan algunas de las claves expresivas de la animación tradicional en 2D. Es algo que le ha permitido esa especie de videoteca gigante que Spielberg lleva en la cabeza, esas muchas horas de ver y disfrutar cine que es lo que principalmente le permiten tener el recurso apropiado en la memoria para cada cosa, y por otra parte estar adaptando una historieta de cómic que nació en dos dimensiones, y a la que rinde homenaje con ese plano al principio de la película en el que un caricaturista dibuja una versión bidimensional de Tintín exacta al de las viñetas de Hergé que se enfrenta, cara a cara, con la versión realizada para el cine con motion capture en 3D y el actor Jamie Bell bajo el pellejo del personaje. Es un gran momento de declaración de principios en el que el cine toma el relevo de los cómics. Puede convertirse en una de las escenas más vistas del cine del presente año, de ésas que salen en los resúmenes de prensa cuando en plenas navidades se pasa revista al año que terminó en cada uno de los campos de interés informativo.

De manera que Spielberg, además de devolvernos la gran aventura de pantalla grande para todos los públicos (hayas sido o no seguidor del personaje de Tintín en los cómics), consigue que los actores habiten más y mejor que nunca bajo el pellejo de los personajes de la motion capture retomando las claves y la herencia de la animación tradicional previa al 3D, donde el actor no se adapta tanto a la novedad tecnológica como a la fisonomía del personaje de ficción, lo que le permite respetar el diseño de las criaturas de Hergé al mismo tiempo que el implemento tecnológico de última hornada sirve para reforzar la huella de la interpretación humana en y con el personaje, alejándolos así de esa especie de espectáculo de títeres de alta tecnología que ofrecían intentos anteriores de motion capture.

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Superado el escollo tecnológico, que no era cosa fácil (conste que como espectador yo siempre echa de menos a los actores de carne y hueso, y quien pretenda que este tipo de alardes técnicos van a acabar con su imprescindible presencia en la pantalla  está para que lo aten con una camisa de fuerza: el día que los actores dejen de aparecer en pantalla, simplemente se acabó el cine), Spielberg se permite además el lujo de recrearse como cineasta y como autor, rescatando las claves esenciales de su manera de concebir el cine, introduciendo planos secuencia, rodando persecuciones superiores a algunas de las que nos ofreciera en su última entrega de Indiana Jones, y que por su ritmo vertiginoso y su fuerza nos recuerdan al mejor Spielberg de En busca del Arca perdida (con el perro Milú ejerciendo como Indiana Jones, salvo que en lugar de perseguir cestas persigue la furgoneta en la que va el cajón con su amo secuestrado), trabajando con la luz, como por ejemplo en la escena de la entrada de Tintín en la mansión durante la noche y la sombra en paralelo que se revela como otro personaje, o haciendo transiciones visualmente estimulantes de una escena a otra. Hay muchas, pero me quedo con las de la gota de agua o el capitán remando en la barca en medio de un charco que pisa otro personaje, simplemente genial como encadenado de la acción, y esenciales para marcar el ritmo trepidante que no cesa en todo el relato, con lo que el director consigue mantenernos totalmente atrapados dentro de la trama, sin que podamos pensar si estamos viendo dibujos animados o personajes de carne y hueso.

A eso hay que añadir una batalla épica en el mar que respeta en su  división del flashback utilizando el recurso de los recuerdos interrumpidos del capitán todo el espíritu de la manera de fabular de Hergé, y al mismo tiempo ofrece un espectáculo  visual impresionante al público cinematográfico, o la persecución en la ciudad árabe, como digo mejor que muchas de las peleas y persecuciones que vemos en imagen real en los cines en los últimos tiempos, incluyendo alguna rodada por el propio Spielberg para Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal.

En mi opinión no hay modo de sacarle pegas importantes a la película, salvo algunas menores. Por ejemplo como lector europeo de las peripecias de Tintín, escuchar en la versión original en inglés cómo llama al perro Milú con el nombre que le pusieron en Estados Unidos, Snowy, me resulta desconcertante, y quizá hacia el final, con la pelea de las grúas, se hace evidente que en lo referido a ritmo trepidante continuo, se le va la mano y se acerca a algo que le criticaron en Indiana Jones y el templo maldito, ese encadenado de acción pura y dura propio del serial, en el que las escenas de diálogo ocupan forzosamente un segundo plano frente a las acciones. Pero considerando que personalmente me gustó, y mucho, Indiana Jones y el templo maldito, me reconozco incapaz de verle algo negativo a ese ritmo trepidante, como de persecución ininterrumpida, que marca toda la película.

Resumiendo: Spielberg abre nuevas perspectivas y horizontes para la motion capture con la que, en mi opinión, es uno de los grandes acontecimientos cinematográficos de la cartelera de este año.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película King Kong de Peter Jackson

El estreno, a principios de este 2010, de The Lovely Bones, la última película de Peter Jackson, me hizo caer en un detalle curioso, que se repitió en la gran mayoría de medios de comunicación que se hacían eco del estreno. King Kong, la anterior película del director, estrenada en todo el mundo el 14 de diciembre de 2005, no existía. En otras palabras, The Lovely Bones era el siguiente trabajo de Jackson tras su exitosa trilogía de El Señor de los Anillos, o al menos eso era lo que cualquier aficionado al cine poco espabilado podía concluir.

No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de los motivos de semejante indiferencia hacia aquella revisión de la mítica película de 1935 que Jackson abordó con desmedido entusiasmo. La película no gustó, no fue bien tratada por el público, y mucho menos por la crítica. El director neozelandés pasó de la gloria absoluta con su adaptación de los libros de Tolkien, a las críticas más severas con su Kong. Y, como en el anterior artículo del blog dedicado a Superman Returns, aquí estoy yo para llevar la contraria a tantas opiniones negativas. Porque, en mi opinión, el King Kong de Peter Jackson tampoco era tan malo...

Si Bryan Singer había apostado por ignorar absolutamente la tercera y cuarta películas sobre Superman, Jackson hizo lo propio respecto a aquel despropósito que el prolífico Dino de Laurentiis perpetró en los 70 con el simio gigante. John Gullermin, eficaz artesano, había dirigido en 1976 una versión horrible protagonizada por Jeff Bridges y Jessica Lange, que para colmo de males había tenido una infecta secuela diez años después. Jackson hizo hincapié en su intención de homenajear al Kong original, al de 1933, aquel que él había descubierto, como yo, en recordadas veladas televisivas cuando era niño, y que nos permitió otorgarle otro sentido al término “aventura”. Y es que el King Kong de Schoedak y Cooper era, sin duda, la aventura más grande jamás contada. Por eso  el proyecto de Peter Jackson despertó tanto interés desde que fue anunciado, y por eso, la decepción fue tan grande.

Han pasado casi cinco años del estreno, y vista hoy, resultan evidentes los motivos del descalabro. Pero ojo, que el Kong de Peter Jackson sí obtuvo beneficios, aunque todos sabemos ya cuál es la manera de proceder de los grandes estudios: no te gastas 200 millones de dólares para recaudar 550 (sólo 218 en territorio estadounidense). Semejante presupuesto requiere una taquilla mucho más basta, para que la película se considere rentable. Lo que ocurrió fue que la cinta se enfrentó a problemas que hubiesen sido fácilmente evitables, ya que provenían de la misma concepción del proyecto. Puede decirse que Peter Jackson murió de éxito, el que le había proporcionado su maravillosa trilogía de los anillos, venerada por todos, crítica y público. Aprovechó la descomunal repercusión de aquellas tres películas para darse un festín con su mito cinematográfico de la infancia, y, sencillamente, se pasó.

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Peter Jackson no era un director mediático antes de El Señor de los Anillos. Era un cineasta muy reconocido en los ámbitos del cine de género, el irreverente neozelandés que había divertido al personal con aquellas pequeñas películas gore a finales de los 80, y que había cambiado de rumbo con Criaturas Celestiales ya en los 90, justo antes de acogerse a los preceptos del sistema de grandes estudios con la divertida Agárrame Esos Fantasmas, un proyecto personal con el que Universal le acogió en su seno. Pero la película, protagonizada por Michael J. Fox, sólo gustó a los fans del Jackson de siempre, los mismos que habían disfrutado con Mal Gusto y Braindead. Peter Jackson no contaba con ningún taquillazo, era relativamente poco conocido, muy lejos, para entendernos, del nivel de popularidad de tipos como Spielberg, James Cameron o Tim Burton. Pero se le puso a tiro la obra de Tolkien, y lo bordó. Y de ahí, claro, a King Kong, el tipo de proyecto que Universal no pone en manos de cualquiera. En Hollywood vales lo que haya recaudado tu última película, y la última de Jackson (o mejor, las tres últimas) habían recaudado muchísimo…

Con semejante status, el director podría pedir lo que quisiera. Y no se quedó corto. Uno puede entender a priori el planteamiento: te dedicas a hacer películas, y una major pone en tus manos la posibilidad de hacer un remake de uno de los personajes más famosos e icónicos de la historia del cine, personaje que, por otra parte, forma parte de tu imaginario particular desde tu infancia, esa película que te sabes de memoria y con la que, muy probablemente, has descubierto el cine y por la que has decidido dedicar tu vida a este oficio. Como seguro haríamos cualquiera de nosotros, nuestra nueva versión sería grande, ambiciosa y excesiva. Y de eso pecó este King Kong.

El exceso llegó en dos aspectos fundamentales. El King Kong de 1933 duraba 100 minutos. Peter Jackson, y sus colaboradoras habituales en las tareas de guión, Fran Walsh y Philippa Boyens, escribieron un libreto que dio como resultado una película de 187 minutos. Más de tres horas para contar exactamente la misma historia. Es cierto que tampoco ayudaba la irregularidad narrativa, con momentos ágiles que se alternaban con otros algo plúmbeos, pero las aventuras en Isla Calavera requerían menos metraje que, por ejemplo, las películas de El Señor de los Anillos, que superaban también las tres horas, pero se debían al extensísimo material que adaptaban, que les permitía además, una importante fluidez narrativa. Es muy complicado que una película arrase en taquilla sobrepasando las tres horas. Si damos por hecho que Jackson buscaba jugar en la liga de las grandes, de las más rentables, habrá que convenir que se equivocó con semejante duración: Avatar duraba 162 minutos, la tercera entrega de Piratas del Caribe 151, El Caballero Oscuro 152, el primer Harry Potter 150, La Amenaza Fantasma 136…Son algunas de las películas más taquilleras de la historia del cine, muchas de ellas bastante más aburridas que King Kong, pero con el tirón que proporcionan las sagas populares. Y hay que tener en cuenta que la versión que finalmente pudimos ver en los cines no era la que Jackson tuvo en mente desde el principio, sino una recortada que tuvo que aceptar por exigencias del estudio. Efectivamente, el Kong de Peter Jackson era demasiado largo…

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Y, como no podía ser de otro modo, la película estaba repleta de efectos visuales. Es probable que en los últimos años hayamos visto cintas con un número de planos virtuales parecido (la reciente Furia de Titanes es un claro ejemplo), pero yo, que voy al cine una media de cuatro veces por semana y veo todo tipo de cine, blockbusters incluídos, tuve la sensación viendo King Kong de que no había visto nada igual en mi vida: cada escena, cada plano tenía algún tipo de efecto visual. El abuso de la infografía fue, en mi opinión, un error clamoroso. Desde la primera parte de la película, en la que los ordenadores ayudaban a recrear la Nueva York de los años 30, hasta el grueso de la trama, en esa Isla Calavera rebosante de bichos mastodónticos. Todo era demasiado virtual, demasiado tecnológico. Nuestro querido Kong estaba hecho de forma sublime, le notábamos respirar, le notábamos sufrir y amar a Naomi Watts, pero esa perfección se convertía en abrumadora cuando le veíamos interactuar con los dinosaurios o con la tribu de la isla. Algo chirriaba, algo se “salía de madre”. Los 200 millones de presupuesto tenían que notarse en algo, y se notaba, sobre todo, en los abundantes efectos visuales. Eran buenos, pero eran demasiados…

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Pero yo no puedo olvidarme del cásting, en mi opinión, uno de los más fallidos de los últimos tiempos. Y mira que el director había acertado de lleno en el amplio reparto de El Señor de los Anillos, pero aquí metió la pata. Uno no logra identificar a Jack Black con ese espíritu libre y aventurero que era Carl Denham en la película de 1933, en la que le puso cara y cuerpo Robert Armstrong. Tampoco Adrien Brody era el más adecuado para el papel de Jack Driscoll, un galán que a fin de cuentas pugnará con el simio por el amor de Anne, encarnada aquí por una Naomi Watts que cumplía sin más, pero que carecía del encanto de aquella intrépida Fay Wray. Individualmente no eran los más adecuados, y en conjunto tampoco lograban encandilar.

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Y vamos ya con lo bueno. El King Kong de Peter Jackson era una delicia, como comenté en mi artículo sobre Superman Returns, desde el punto de vista de la nostalgia y el homenaje a aquella maravilla de 1933. Si la versión del Hombre de Acero de Bryan Singer se deshacía en elogios y recuerdos a la película anterior, este Kong multiplicaba por mil el espíritu de Schoedak y Cooper. Se buscaba la AVENTURA, con mayúsculas, y por ello no se reparó ni en gastos ni en metros de celuloide. La película comenzaba como comienzan las grandes aventuras, con unos personajes sin oficio ni beneficio, de vidas vacías que embarcan en un viaje de desconocidas e inesperadas consecuencias. La primera hora de película era de una belleza memorable, con esa recreación de la ciudad de Nueva York justo después de la gran depresión, que parecía cebarse con los artistas, con los creadores, gentes como la actriz Anne o el guionista Jack. La llegada a Isla Calavera era también grandiosa, así como el descubrimiento del simio gigante. Después nos adentrábamos en un festival de imágenes generadas por ordenador, hasta un final emotivo, espectacular y sobrecogedor, con Kong en lo alto del Empire State. No tenía, claro, en encanto de la antigua, pero le rendía un sentido homenaje.

A mi me pasa algo curioso. Comprendo que es difícil mejorar un original, y menos uno con la grandeza de aquel King Kong de 1933. Todos tendemos a despreciar las nuevas versiones, los remakes de películas que amamos, porque consideramos que es imposible mejorarlas. Pero yo no puedo evitar emocionarme cuando veo estos lavados de cara de alguna de mis obras favoritas, aunque soy consciente de que empequeñecen en la comparación con las primeras. Evidentemente no me ocurrió con El Planeta de los Simios de Tim Burton, ni con la Psicosis de Gus Van Sant, pero cuando me ofrecen un poquito de entretenimiento mezclado con un venerable respeto al original, me ganan para su causa…

King Kong llegó a finales de 2005 nuevamente, pero no se quedó…Y estoy convencido de que tardaremos mucho tiempo en volver a verle en la gran pantalla. De hecho creo que nunca volveremos a verle. En los 70 más que un homenaje sufrió un insulto, y treinta años más tarde Peter Jackson le trató con cariño, con mimo, pero le atiborró de tecnología. Y Kong es un niño, tanto como lo éramos nosotros cuando le descubrimos, y no debe de ser mal criado. Las intenciones eran buenas, pero las expectativas no se cumplieron. Pero yo agradezco a Peter Jackson su intento por devolvernos a Isla Calavera, para vivir la aventura más grandiosa que el cine nos ha contado. Yo disfruté con este King Kong, por lo que tuvo de respetuoso y porque me hizo recordar que sólo el cine puede contarnos historias como ésta. Y qué vértigo pasé en lo alto del Empire State…

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