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El Resplandor

11 Oct 2018
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Director Stanley Kubrick; Interpretes: Jack Nicholson, Shelley Duval; Guion: Stanley Kubrick y Dianne Johnson, basado en la novela homónima de Stephen King; Año de producción: 1980; Nacionalidad: Inglaterra / USA; Director de fotografía: John Alcott; Banda sonora: Wendy Carlos (a.k.a. Walter Carlos), Rachel Ellkind; Color; Duración: 114 minutos.

A finales de los años 70 el cine americano, al igual que la sociedad occidental en su conjunto, atravesaba un profundo periodo de crisis en el que a la conciencia de los malos tiempos se sumaba una no siempre expresada necesidad de reformular lo viejos esquemas geo-políticos y los valores culturales surgidos durante el largo periodo de la Guerra Fría. Era la época de la prolongada crisis energética, de la desertización industrial (el inicio de la deslocalización que desde entonces ha dejado en paro a millones de trabajadores fabriles de Norteamérica y Europa trasladando esos empleos a esa tierra sin ley que es el Tercer Mundo) y del principio del fin de la hegemonía económica, política y cultural que desde 1945 habían ejercido los Estados Unidos de América sobre un mundo supuestamente libre. En el plano de la cultura de masas era el tiempo de la eclosión de los best sellers de lectura rápida y nula entidad literaria, del punk como revulsivo al anquilosamiento de un pop y un rock definitivamente domesticados (aunque para advertir la futilidad de tan estridente y vacuo género musical basta con remitirse al extraordinario documental The great rock and roll swindle, que reduce a la nada su supuesta rebeldía anarquizante) y de una industria del cine otrora sublime, cautivadora y cruel y entonces ahogada en las deudas en las que la sumió su propia ineptitud y su pertinaz falta de ideas. Como en todo periodo de crisis, el fin del mundo conocido parecía esperar a la vuelta de la esquina, y los cambios que muchos creían percibir como inminentes tardarían en producirse, lo harían de manera casi siempre sutil y su resultado no sería un futuro precisamente mejor…

Es en ese entorno pesimista donde encaja la revitalización del cine de terror que desde mediados de los 70, y desde los parámetros de la serie B, abandona sus puntos de referencia clásicos para adaptarse a los nuevos tiempos mediante un puñado de historias que reflejan la angustia vital del mundo contemporáneo y que ambientan precisamente en esa Norteamérica cansada y confusa las aventuras trágicas y truculentas de sus protagonistas. Atrás quedan los ambientes recargados de inspiración romántica, los personajes aterradores y a la vez apasionados y entrañables, los orígenes literarios anclados en el siglo XIX; ha llegado el momento de actualizar el miedo que surge desde el interior del ciudadano normal y corriente, que no es sino una nueva versión del eterno pánico ante lo desconocido. John Carpenter, que dirige en 1978 La noche de Halloween, parece el encargado de sentar las bases de esa visión del terror que irá evolucionando a través de las décadas posteriores pero que entonces sorprende por igual a una estructura industrial descreída y a un público que acude en masa a los cines para enfrentarse de manera vicaria a sus temores cotidianos, aunque hay quienes apuntan a El exorcista, de William Friedkin, y a Tiburón, de Spielberg, como verdaderos iniciadores, tal vez de manera inconsciente, de esa nueva interpretación del desasosiego.

Atento como siempre a la evolución de esa sociedad que le atrae y le repele, el autoexiliado Stanley Kubrick, genio precoz consciente de su grandeza, perfeccionista, incansable, maniático y engreído pero al mismo tiempo tan brillante que desde que abandonara Hollywood ha sido capaz de trazar una acertada e inigualable serie de metáforas del mundo en el que le ha tocado vivir a través de películas como 2001, una odisea en el espacio, La naranja mecánica y Barry Lyndon, en la que ha trazado un magistral paralelo entre las aventuras de un arribista amoral de finales del siglo XVIII y el modo de vida actual basado en la urgente necesidad de alcanzar el éxito a cualquier precio, imprime a su carrera un nuevo giro de 180 grados cuando compra los derechos de adaptación de El resplandor, una de las primeras novelas de Stephen King, prolífico escritor norteamericano que en poco tiempo se convertirá en el referente literario por antonomasia del terror y el misterio hasta el punto de quemar su potencial en menos de una década marcada por una incansable y a menudo mediocre producción (sotto voce, un grupo de críticos madrileños llego a referirse a él como El churrero del terror). Claro que se trata del maestro Kubrick, y por flojo que pueda parecer el material en el que se inspira siempre se puede contar con su capacidad para darle la vuelta, para llevarlo a su terreno y convertir una simple historia de alcoholismo y locura en un icono de la naciente década de los 80.

Ambientada en un hotel de montaña que permanece aislado del mundo exterior durante los largos meses de invierno, El resplandor hace alusión en su título al extraordinario pero desconocido poder de evocación del pasado que convierte en alguien muy especial a Danny, el hijo de ocho años del matrimonio compuesto por Jack y Wendy Torrance. En un intento de disponer del tiempo y la tranquilidad que le permitan avanzar en su empeño de convertirse en novelista, Jack ha aceptado el empleo de encargado de mantenimiento del hotel aunque desde el principio varias señales más o menos discretas les avisan a él y a su familia de que no todo en el lugar es tan idílico como parece y que el recuerdo de la tragedia habita entre sus lujosas y espaciosas estancias. De hecho se suceden apariciones que poco a poco siembran la inquietud y que con el tiempo abandonan el terreno de lo soñado o lo intuido para entrar de lleno en la vida real, manifestándose en una serie de extraños comportamientos por parte de Jack, quien se verá cautivado por su propia agresividad producto de los problemas con el alcohol que tanto él como su esposa creían superados y por la violencia que encuentra por doquier en ese conjunto de habitaciones y largos pasillos que no es sino el laberinto en el que una y otra vez se re-encuentra con su locura. Atenta a esa evolución y al peligro que supone para su vida y para la vida de su hijo, Wendy lucha por encontrar la salida, y aunque su afán es mucho más real, pues es el único personaje al que no afectan las visiones de los crímenes cometidos en el hotel, su fracaso es igualmente sobrecogedor, puesto que Jack ha logrado hacer aún más grande su aislamiento al cortar todas las líneas de comunicación telefónica y por radio, lo que les conduce a un aterrador enfrentamiento en cuyo transcurso Jack acabara por sucumbir al odio y una inusitada sed de sangre.

Han pasado más de treinta años desde que el estreno de El resplandor la convirtiera en la película más taquillera de la filmografía de Stanley Kubrick, lo que no deja de resultar irónico si se tienen en cuenta su carácter netamente coyuntural y los múltiples aspectos que hacen de ella un título por completo a contracorriente del resto de su obra. En realidad, pese a su enorme popularidad y pese a haber sido imitada hasta la saciedad, compartiendo el destino de las historias urdidas por Stephen King, se trata de su peor película o de su única película decidida e irremediablemente mal, lo que en este caso implica reconocer que lo que en otras ocasiones habían sido pruebas de un inmenso conocimiento y dominio del arte de contar historias se convierten en una casi ilimitada serie de defectos que van desde la repetición carente de sentido (¿acaso pensaba Kubrick que el público del cine de terror es intelectualmente infradotado) hasta un montaje confuso y poco coherente, pasando por cierta pedantería intelectual y por una nefasta labor de reparto y una preocupante sobreactuación que irónicamente sirvió para revestir con un manto de calidad interpretativa al casi siempre mediocre Jack Nicholson. ¿Dónde hay que buscar entonces las razones de tan perdurable éxito? Precisamente en el contexto temporal en que fue producida y en su condición de espejo de una realidad que entonces, como ahora, muy pocos querían ver. Los buenos o los malos tiempos son en el fondo una cuestión subjetiva que depende de la percepción de cada uno. Cuando esa percepción se generaliza los malos tiempos son una realidad incómoda de la que más tarde o más temprano el cine acabará por dar cuenta.

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©accioncine

Modificado por última vez en Jueves, 11 Octubre 2018 11:55
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