Hay un extraño fenómeno que está sorprendiendo a Hollywood que es el de las nuevas estrellas. Parece ser que nadie encuentra relevo para las estrellas actuales y que los jóvenes que van llegando no terminan de encontrar su lugar en el panorama cinematográfico. Algunas vienen de la televisión, otras de sagas millonarias que dan mucho dinero pero que cierran las puertas a los actores de cara al público una vez salen de ellas. Es lo que le está sucediendo a nombres como Kristen Stewart o Robert Pattison, o a otros como Vanessa Hudgens o Selena Gómez, cuyas carreras no terminan de despegar.

El caso de Pattison parece menos grave por su intento de aprovechar su tirón de galán romántico y sacar partido de él en películas con algo de repercusión como Agua para Elefantes. Pero en otros parece como si nadie fuese capaz de sacarles el sambenito de estrellas Disney o algo parecido, lo que hace que cuando estrenan una película nadie sienta muchas ganas de ir al cine a verla, exceptuando a los fans más hardcore, que no suelen ser tantos como los seguidores de una franquicia o de una serie de televisión.

Esto mismo es lo que le ha sucedido a Selena Gomez una vez ha salido de Los Magos de Waverly Place, la serie que la convirtió en icono Disney y lanzó su carrera musical, que la ha llevado a ser pareja de Justin Bieber y un rostro popular en nuestras casas. Pero su carrera en el cine no termina de despegar y lleva dos fiascos acumulados, lo que significa que no le queda mucha cuerda a la que agarrarse porque el invento no termina de funcionar. La serie hacía furor entre las masas, las películas no terminan de interesar a casi nadie. Por mucho que sean productos diseñados específicamente para los seguidores de la chica.

Y eso es lo que es Monte Carlo, un producto diseñado en laboratorio y creado para complacer, para ofrecer lo mejor de cada casa (en este caso sobre todo la casa Disney) pero que no termina de cuajar para nadie que no sea una adolescente de unos 13 años aficionada a la actriz. Y eso que al principio se plantean ciertos mimbres de lo que podía haber sido una película completamente distinta. De hecho tengo una teoría al respecto que ahora les plantearé.

La historia es de lo más sencilla, un grupo de amigas de viaje en París, que sale espantosamente mal y que trae lo peor de ellas mismas, pero que por azar las lleva a un hotel donde una es confundida con una heredera británica, lo que las lleva a Monte Carlo a vivir una aventura inolvidable. Sencillo, apañado y pulcro. Tan original como el yogur, pero efectivo para su público y totalmente inocuo. No ofende, no molesta, no pretende más que entretener durante los 100 minutos de metraje a un público muy concreto, que no es precisamente el que va a ver Conan buscando sangre y espada.

Pero hay algo más en el guión. Hay detalles de lo que parece ser un guión original que no llegó a rodarse porque interesaba más la historia inocua de la confusión de personas. Es en el tramo inicial donde se muestran cosas que luego nos e aprovechan. Las tres chicas huyendo del pueblo, escapando de un futuro gris. La relación entre las dos hermanas, Selena Gómez y Leighton Meester, que en realidad son hermanastras y no se aguantan por muchos motivos. La escapada de Katie Cassidy de un futuro con su novio de toda la vida, sin posibilidad de ver mundo… Incluso hay un amago sobre la relación de Meester con la comida, casi un ataque a la anorexia, que se va diluyendo poco a poco hasta desaparecer. El hecho de que todas esas tramas poco a poco desaparezcan para encaminar la historia hacia un modelo más blanco, me hace pensar que antes de que sucediese eso había un guión bien diferente, que llevaba a las chicas en un viaje de descubrimiento, más cercano al drama, pero sin herederas británicas. Y mucho más interesante.

Y esa sensación se intensifica cuando tramas como la de los problemas de la anorexia no se cierran, no se explican. O cuando otras, como el novio que persigue a la chica, no pegan ni con cola por un cambio demasiado pronunciado en el desarrollo. Es como si a mitad de leer el guión, algún ejecutivo hubiese dicho “¿y si le metemos aquí una trama con lujo y cambio de personalidad y la hacemos una comedia ligera?”. Ese es el resultado. Todo lo planteado en un principio desaparece. Como las apariciones de Andie McDowell y Brett Cullen, que se convierten en meros cameos.

El trío protagonista tira de carisma para sacar adelante sus personajes sin despeinarse, sin tener ni que esforzarse, aunque el encargado del casting bien podría haber elegido a otras actrices cuya diferencia de edad no fuese tan evidente. Más que amigas de edad cercana parecen las madres de Selena Gómez. Pero, qué le vamos a hacer, es algo habitual en el cine USA. Eso sí, el prota de Glee, Cory Monteith, parece más perdido que un pulpo en un garaje, pese a tener la mejor frase de toda la película en la subasta final.

En resumen, película para un público muy determinado que encontrará seguramente lo que busca en su metraje, que llega a hacerse algo largo, y que ni siquiera se planteará por qué los trajes de gala de la joven heredera le sientan bien a tres chicas distintas con cuerpos muy distintos. Al resto le resultará indiferente, pero quizá perciban esa otra película que podía haber sido si se hubiesen arriesgado un poco.

Quizá esa hubiese tenido mejor suerte en la taquilla.

Jesús Usero

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Modificado por última vez en Sábado, 10 Septiembre 2011 11:26
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