Pompeya ***

Épica y entretenimiento para el fin de semana. Una película a la que no hay que exigirle demasiado porque tiene muy claro lo que es y a qué tipo de público va dirigida. Sin complicarse la vida ni irse nunca por los cerros de Úbeda. Puro cine palomitero que quiere distraernos durante algo menos de dos horas con una mezcla de película de gladiadores y de catástrofes, con grandes efectos especiales y un cuidado 3D, como viene siendo habitual en el cine de su director, Paul W.S. Anderson, que es uno de esos tipos que detrás de las cámaras divide al público entre los que no aguantan sus versiones del universo Resident Evil y los que se lo pasan en grande con sus zombies y Milla Jovovich, que además es su señora. Vamos, que no va a ganar ningún Oscar próximamente, pero tampoco parece que le interese demasiado.

Lo que le gusta a Anderson es que la gente vaya a ver sus películas para pasar un buen rato, un gran rato, con grandes escenas de acción, con personajes icónicos como el de Jovovich, con historias simples y alguna que otra película realmente buena en su filmografía, como fue el caso de Horizonte Final o la primera Resident Evil. El problema de su carrera es cuando nos hemos enfrentado a cosas más flojas como Los Tres Mosqueteros. En el caso de Pompeya el director se apoya en una historia realmente conocida, tanto que podría considerarse casi un plagio, para servirnos en gran pantalla y con todo lujo de detalles la mítica destrucción de la ciudad a manos de un volcán, sus últimos días sobre la faz de la tierra hasta que el Vesubio entró en erupción y dejó la ciudad sepultada bajo cenizas y lava.

La historia nos presenta a un joven esclavo y a la hija del dirigente de la ciudad, de regreso a Pompeya, donde un senador romano sigue a la muchacha con la intención de hacerla su esposa. El joven será llevado a la arena como gladiador, pero entre ambos surgirá una historia de amor imposible entre clases, que no sólo tendrá que superar las barreras de las clases, sino también al senador, un tipo en el que uno no puede confiar, y sobre todo la destrucción de la ciudad a manos del Vesubio, una catástrofe que puede que no permita que nuestros protagonistas se reúnan. Cambien ustedes el volcán por un transatlántico y tienen la trama de Titanic calcada y sin despeinarse. Si James Cameron no les denuncia por plagio es, seguramente, porque tampoco había mucho de original en su película, con todo lo que había cogido prestado de La Última Noche del Titanic. No vaya a ser que a él le caiga también algo en la demanda… Bromas aparte, la película pone la historia de amor como excusa para centrarse en lo que realmente le interesa al director, la destrucción de la ciudad.

De hecho ni siquiera los combates entre gladiadores le interesan tanto como el volcán y todo lo que ello implica. Todo el mundo sabe cómo va a concluir la película, y poco a poco va haciendo crecer la tensión que nos lleva a ese momento en el que todo estalla por los aires. Cine de catástrofes en todo su esplendor, con esos pequeños detalles que va dejando, desde el circo a las praderas, que van poco a poco cimentando la espectacular erupción. No se puede negar que los 100 millones de dólares gastados en la película están más que bien invertidos en esos momentos. Espectacular, sobrecogedora… desde que el volcán hace llover lava y ceniza sobre la ciudad, la película se convierte en un espectáculo de primera categoría con momentos realmente memorables, aunque poco originales (la gente corriendo al muelle buscando un barco en el que huir, las bolas de fuego que alcanzan la ciudad, el circo… es cine de catástrofes a lo grande y se disfruta muchísimo.

Como también se disfrutan de las escenas de acción, que homenajean desde el péplum italiano de los 50 y 60 hasta películas más recientes como Gladiator (la primera batalla en el circo, sin ir más lejos). No es que Anderson sea un prodigio a la hora de narrar acción, pero lo hace convincentemente, aprovechando lo que tiene y dándole mucho más juego a las luchas con espadas que, por poner un ejemplo cercano, La Leyenda de Hércules. No, tampoco es 300, pero no es su intención ni mucho menos.

El reparto parece pasárselo en grande con la historia, sobre todo Kiefer Sutherland como villano de la función, en un personaje traicionero, megalómano y con bastante mala uva. Entre los dos protagonistas destaca Emily Browning, porque, por desgracia, Kit Harington parece algo perdido, lejos de su papel de Jon Nieve, que sin duda le sienta mucho mejor. No es que esté mal, pero es como una mala sombra de Spartacus o al menos eso parece pretender. Carrie Anne Moss y Jared Harris están algo desaprovechados, pero es porque la película busca centrarse en la historia de los dos amantes y en la acción y la catástrofe. Perdonable.

No nos encontramos ante una revolución del cine de aventuras, de romanos o de catástrofes. La película sólo pretende entretener y lo consigue durante la mayor parte de su metraje, que no llega ni siquiera a las dos horas, y que sólo se resiente durante algún momento romántico (sin duda lo más flojo de la historia). Sabiendo bien lo que se va a ver, no debería encontrar ningún espectador problema alguno a la hora de disfrutar Pompeya en todo su esplendor, en 3D o 2D, con sus magníficos efectos especiales, su buen reparto y su más que entretenida historia. Es la película perfecta para desconectar en el cine durante el fin de semana, comerse un cubo de palomitas y disfrutar sin complicaciones. Es una película honesta y directa, una versión reducida de Titanic en Pompeya.

Jesús Usero

©accioncine

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Jesús Usero

Modificado por última vez en Miércoles, 21 Mayo 2014 10:58
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