Todo saldrá bien ****

Miguel Juan Payán Julio 18, 2015
Todo saldrá bien: Aporta un necesario apunte de cine de reflexión y con contenido a la cartelera.

Wim Wenders siempre ha sido un notable generador y gestor del cine entendido como catarsis. Y de la catarsis entendida como la entendían los maestros del teatro en la antigua Grecia: ese efecto de purificación en los espectadores perseguido con la representación de las grandes tragedias. El cine de Wenders siempre ha tenido una intención purificadora por la vía de la reflexión que nuevamente se manifiesta en Todo saldrá bien. La película aspira a ser de algún modo doblemente purificadora, tanto por sus temas esenciales -la culpa, el dolor, la pérdida y el olvido-, como por el tratamiento visual de los mismos. Tengo dudas de que necesitara el 3D para internarnos en esta historia intimista, pero al mismo tiempo entiendo que esa aplicación del 3D nos da una pista que me parece esencial a la hora de juzgar este largometraje profundizando algo más en el mismo de lo que han hecho muchos de los respetados críticos que le han dado palos en todo el mundo. Me atrevo a decir que nunca antes Wenders se había llevado tal ración de palos y críticas negativas .

Lo cierto es que el propio director, dedicado en los últimos años a cultivar el documental, parece empeñado en ponerse todo tipo de obstáculos en este retorno a la ficción, jugando a contracorriente con todos los elementos que integran su película. Por ejemplo, volviendo al 3D, Wenders se empeña en buscarle una aplicación que está en las antípodas de la que suele adjudicársele en el cine a este tipo de recurso.

El personaje interpretado por James Franco sufre la culpa y queda mutilado emocionalmente y mutila a su vez a varios personajes que le rodean, instalando en ellos un sentimiento de la pérdida y el olvido. Wenders elige ir por el camino difícil en el reparto, elige a un actor imprevisto para este tipo de personaje. Arriesga y busca lo contrario a lo habitual, como en el 3D, y en mi opinión saca de Franco una interpretación que es la que buscaba, por mucho que algunos la hayan juzgado insuficiente, inexpresiva, como de oveja mirando al tren. En realidad es un ejercicio de contención. Wenders impone a su protagonista una contención forzada porque se niega a darle al espectador lo que espera. Niega todo caramelo melodramático para contar su drama. Incluso niega los mínimos artificios del drama. Eso le ha llevado a ser acusado de trasnochado o aburrido en este trabajo por buena parte de la crítica internacional, que juzga esta película como fallida. Para quien esto escribe sería fácil apuntarme a ese carro, darle un palo a esta película y pasar a la siguiente. Pero estaría renegando de las sensaciones que me ha producido la propia película. No voy a engañarles: Todo saldrá bien no es un saco de diversión, no es un artificio de montaña melodramática, ni siquiera es un paseo al uso por el drama. Pero estoy francamente sorprendido por los palos que se ha llevado en la crítica de todas partes, porque me parece una buena película que vuelve a demostrar por qué Wenders es uno de los maestros del relato intimista, un mago de la relación de sus personajes con la luz, y además es totalmente coherente con la obra anterior de su director, esa misma filmografía que en otros momentos era aplaudida como uno de los máximos exponentes del cine de calidad, del cine de autor y de la maestría narrativa en la pantalla. Ahora, ante esas mismas claves, hay quien lo tacha de trasnochado, de antiguo, de pasado de moda. Me llama mucho la atención que haya varias críticas que afirman que es una película “aburrida”, cuando en realidad desde el primer momento, desde sus primeros planos en la cabaña, Wenders pone las cartas sobre la mesa en lo referido al ritmo que va a seguir en su narración y nos pone a mirar unos calcetines junto a James Franco. En esos primeros compases destaca ya esa otra vida interior que anida bajo la parte más superficial del relato, que es la que imagino ha sido tachada de aburrida por mucho críticos. Esa segunda vida cinematográfica de la película se manifiesta en el dinamismo de la coreografía del montaje y los puntos de vista que aplica el director a ese momento que nos muestra el despertar de su protagonista. Wenders impone el ritmo pausado y desnudo de artificios y anzuelos para el drama en esa primera escena. El espectador comparte desde ese mismo momento la mutilación emocional del protagonista, que es clave esencial para entender cómo funciona la película. Wenders quiere imponernos esa misma mutilación que en algunos momentos puede parecer que se traduce en aburrimiento, cuando en realidad tanto en el montaje como en el encuadre del plano están ocurriendo muchas cosas. Volvamos al 3D. Wenders trabaja sus encuadres sacándole mucho más partido a la aplicación del 3D de la que quizá somos capaces de entender en un primer término, como en ese momento de aparente reconciliación de los personajes de Rachel McAdams y James Franco en el que los encuadra por partida doble, formando una segunda ventana de espacio escénico dentro de la ventana mayor del propio plano. Wenders trabaja en esa escena un concepto de la pausa y el ritmo cotidiano de la existencia y los espacios vacíos que es pura traducción de los espacios vacíos de la literatura al cine. No olvidemos la profesión del protagonista: la literatura se filtra en todo el largometraje por pura coherencia narrativa. No es error de narrador sino elección voluntaria de creador. El director equilibra esa mutilación emocional que quiere aplicarle a la parte digamos narrativa de su trama imprimiéndole rasgos de carácter a su película desde los territorios del encuadre, la luz, el montaje, los planos largos de casas vistas desde el exterior… Wenders nos invita a entrar en esas casas y en las vidas de sus habitantes, pero sin adornarlas de abalorios para que nos resulten dramáticamente atractivas. Por el contrario, las recubre de ese manto de contención y de esa mutilación emocional que sufre el protagonista. Secuencias como la que encadena las escenas del padre anciano mirando el río, la silla vacía del padre en el concierto y el posterior encuentro de los dos antiguos amantes en la escalera, son un buen ejemplo de cómo hay mucha más vida de la que algunos parecen haber advertido a primera vista en esta película que además contiene algunos momentos francamente inquietantes precisamente por su frialdad y porque carecen de subrayado dramático. Pienso en esa escena del niño apuntando a la niña con una pistola en la noria, el accidente en la feria que permite exponer a otro personaje la mutilación emocional que padece el protagonista, o esas bofetadas secas en la escalera que explican mucho más sobre la relación entre ambos personajes de lo que podrían habernos explicados otros recursos aplicados a ese mismo asunto.

Así que no, no voy a subirme al carro de las críticas negativas contra Todo saldrá bien. No es una película fácil, porque el cine de Wenders nunca ha sido fácil. Pero es una buena película que creo tiene muchas cosas que ofrecer y un tono literario que aplaudo y admiro tanto como la personalidad de su director para jugar contra corriente y no dejarse arrastrar por lo obvio. Creo que hay buen cine y mucho que aprender de sus imágenes. Y creo que muchas de las cosas que se le han reprochado no son errores, sino simplemente elecciones creativas, o lo que es lo mismo, la manera en la que el director quiere narrarnos su fábula.

Miguel Juan Payán 

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Modificado por última vez en Martes, 18 Agosto 2015 09:10