Warcraft: El Origen ★★

Crítica de la película Warcraft: El Origen

Esperábamos más de la adaptación del videojuego realizada por Duncan Jones. Esperábamos mucho más, la verdad. O quizá algunos no demasiado, un entretenimiento de verano, un blockbuster al uso con ecos de El Señor de los Anillos o El Hobbit, que nos permitiese pasar una tórrida tarde veraniega en una sala de cine con aire acondicionado, unas palomitas y un grupo de amigos con los que disfrutar de lo lindo, y si son fans del videojuego mejor todavía. No es mucho pedir, sobre todo si nos atenemos a la experiencia que hemos vivido todos estos años con las adaptaciones de videojuegos al cine, casi todas decepcionantes y muy pocas dignas de mención, aunque algunas como Resident Evil tienen su propia saga de películas, quizá no demasiado apreciadas por los fans del juego, pero sí por el público en general que espera ya la sexta entrega. Es un ejemplo, no muy habitual. Algo tiene el mundo del videojuego, que al contrario que el cómic no ha encontrado todavía su camino en la gran pantalla. Unas por tomarse demasiado en serio la fuente (Silent Hill, por ejemplo) otras por tomársela a broma (Tomb Raider, Super Mario Bros, Street Fighter…), En Warcraft encontramos más lo primero que lo segundo…

Volviendo al inicio, algunos no esperarían más que puro entretenimiento, pero otros sí que pedíamos un poquito más a la película. O mucho más. No sólo por la fuente de la que viene, sino también por su director, Duncan Jones, a quien debemos la excelente Moon y la más que interesante Código Fuente. Y al que el proyecto le ha quedado grande. No se ve su personalidad por ningún lado, no hay ese tono tan peculiar, ese espíritu libre de Moon, esas ganas de hacer cine comercial con un punto inteligente de Código Fuente… Nada. Cualquier realizador televisivo habría rodado una película completamente idéntica o muy parecida. Quizá algunos incluso con más personalidad. Jones no aporta rasgos que la distancien del juego ni que la integren en el cine y le ha faltado a todo el mundo valor para hacer la película que realmente hubiese destacado, la centrada sólo en la historia de los Orcos, que, al fin y al cabo, es lo más interesante de la película de largo. Cuando ellos aparecen todo cobra sentido. Sube el ritmo, sube el interés. Son personajes con los que el espectador se identifica mucho más que con los humanos. Los entiende mejor.

El guión así tiene dos errores básicos. Por un lado lo comentado, no logra hacer despegar la historia de los humanos del modo en la que la de los orcos lo hace, mucho más interesante y compleja. La historia humana queda plana, demasiado claro su camino de héroes y villanos. La otra no. Y por otro ha querido ser demasiado fiel al videojuego. Al primer videojuego, Warcraft Orcos y Humanos, el juego de estrategia que cambió el género en muchos sentidos y cuya saga nos llevó al popular World of Warcraft. Si usted ha jugado al juego (del que hablamos con detenimiento en la revista de este mes, aunque esté mal que lo diga), enseguida identificará la historia entera, el portal, los Orcos llegando a Azeroth, el rey Llane, Garona, Medivh, Gul’dan… Todo está ahí, todos están ahí… la fidelidad con la historia en líneas generales (hay cambios, pero no en el resultado), es tal que sabes lo que va a pasar en todo momento y nada te sorprende, porque la película no tiene una personalidad distinguida, distinta, diferente al juego. Quiere ser el juego, con su historia y sus cinemáticas. Y no lo es. Además, cualquier jugador sabe que la historia realmente interesante de los juegos es la de Warcraft III, con Arthas a la cabeza. Por ahí debían haber empezado. La historia por la mitad (como George Lucas en Star Wars, no hay que exprimirse la cabeza).

Para que entiendan perfectamente lo del guión, vean cómo está tratado el tema del hijo del personaje de Travis Fimmel, Lothar, y el del hijo de Durotan, al que pone voz y movimientos Toby Kebbell. Ahí se nota que la historia humana es mucho menos interesante. La lucha de Durotan en un momento determinado es más épica que la batalla final de los humanos. Porque el personaje nos interesa, y lo que hace más (uno de los cambios respecto al juego). Ahí reside la clave, como en el personaje de Garona, cuyo cambio respecto al juego (distinto desarrollo, mismo resultado), pierde sentido. Por eso Warcraft II o III hubiese sido un mejor punto de arranque. Porque la película acaba donde realmente empieza la historia, donde se pone interesante. Aunque el momento Moisés sea demasiado obvio. No pasa nada. Ahí es donde empieza lo bueno y donde acaba la película…

No, no todo es malo, es decepcionante, nada más. A veces recuerda más a Dungeons and Dragons o En El Nombre del Rey que a EL Señor de los Anillos, pero con mucho, mucho presupuesto. Visualmente es un espectáculo de primer orden, y ver a Ragnar (perdón, Travis Fimmel), a lomos de un grifo o destripando orcos, entretiene bastante, pese a que el ritmo se resienta, con un inicio muy atropellado y demasiada información para quien sea ajeno a los juegos. Pero entretiene, con todos sus tópicos y sus historias ya vistas. Los efectos visuales dan momentos de una belleza impresionante, como el mundo Orco, el diseño de los propios monstruos o la Torre de Medivh. No me he aburrido, he visto cosas mucho peores este mismo año en el mismo género, y se agradece el punto “gore” de las batallas, que esquivan la censura al tratarse de monstruos y sangre verde muchas veces… Hubiera dado más de sí en televisión, con tiempo para explicar todo. O centrándose en los orcos. O jugando con más sencillez. Pero decide ser fiel y perder personalidad, tanto en su guión como en su realización, y nos queda una película entretenida pero descafeinada. Nada del otro mundo. No llega a ser digna de la Horda o de la Alianza… Quizá en la secuela.

Jesús Usero

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Modificado por última vez en Miércoles, 10 Octubre 2018 09:44
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