Crítica de la película Hasta el último hombre

Una de las mejores películas bélicas sobre la Segunda Guerra Mundial.

Al nivel de las grandes: Salvar al soldado Ryan, La delgada línea roja, Cartas desde Iwo Jima, La colina de la hamburguesa, La colina de los héroes, La colina de los diablos de acero, Ataque, la serie Hermanos de sangre… Estas son las claves que pueden servir para hacerse una idea de cómo y por donde respira el último trabajo de Mel Gibson como director, una de sus mejores películas, mejor que la serie Las banderas de nuestros padres, The Pacific o Windtalkers y al nivel de otra joya del género bélico, o por aclararlo más, antibelicista, Senderos de gloria, de Kubrick.

Es también una de las miradas más brutales del cine a la guerra, sin adornos ni componendas para edulcorar las imágenes que representan el infierno de la muerte. Cada muerto y cada herido deja su huella en el espectador, que se ve totalmente envuelto en el huracán de violencia en algunas de las mejores escenas de acción que ha rodado el cine. Eso sí, acción con contenido, no acción por la mera acción o como adorno principal de la función. Detrás de las secuencias bélicas propiamente dichas, lo que oculta Hasta el último hombre es una apuesta muy actual por la vida frente a la muerte, una clara reflexión sobre las culturas de vida frente a las culturas y rituales de muerte, lo cual, con los tiempos de guerra contra el terrorismo en los que vivimos, resulta plenamente actual y va más allá del contexto histórico en el que se desarrolla este largometraje que por otra parte se basa en una historia real.

Gibson arranca astutamente su relato con una serie de secuencias de acción brutal que nos ponen en antecedentes de hacia dónde va a su historia. En realidad esas secuencias iniciales, ese prólogo violento, son como la overtura operística de su propuesta, un flashforward que va a quedar en la memoria del espectador como amenaza sobre la cabeza del protagonista de la trama, interpretado por un Andrew Garfieldque se quita de encima definitivamente lo poco que pudiera quedarle de etiqueta de Spiderman venido a menos y trabaja muy bien en una clave que recuerda en toda su primera parte el cine clásico de Hollywood, tipo biopic, con muchos puntos en común, por tema –la objeción de conciencia- y por la manera de abordar la trama en clave de biopic a la película Sargento York, de Howard Hawks. Pero conviene no engañarse. Esa base de historia casi costumbrista con la que comienza la historia no va a durar mucho y pronto entramos en la etapa de clave más cuartelera, la del entrenamiento, un clásico del género bélico, que además tiene un contenido y un papel muy especial, al mismo tiempo que muy bien administrado, para la segunda aportación destacada del reparto, el papel del padre interpretado por Hugo Weaving. Entre los secundarios ojo al juego de miradas que lo dicen todo sin diálogo, al pié de la colina ocupada por los japoneses, entre el sargento Howell interpretado por Vince Vaughn y el capitán Glover al que da vida Sam Worthington.

Lo dicho: una muy buena película que si los Oscar fueran justos y algunos no estuvieran pensando en ningunear ya a Gibson como director porque no les cae simpático como persona, estaría en buena lógica en las listas de lo mejor que se ha estrenado este año.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Sábado, 09 Febrero 2019 19:31
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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