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Joe Wright presenta una película mediatizada por la milimétrica caracterización de Gary Oldman, como Winston Churchill; aunque lo que más queda en la memoria es la atmósfera de miedo colectivo que inunda las escenas del film.

Si William Shakespeare es uno de los autores más versionados en la historia del cine; Winston Churchill no le va muy a la zaga al dramaturgo de Romeo y Julienta, en cuanto a los políticos con más fotogramas sobre su existencia a sus espaldas. Sin ir más lejos, este año Brian Cox presentó su visión del ilustre primer ministro de Gran Bretaña en Churchill, de Jonathan Teplizky.

La perspectiva tomada por Joe Wright (Orgullo y prejuicio) para acercarse a la figura inmensa de don Winston (el orondo señor del permanente puro en los labios) es notablemente diferente a la escogida por Teplizky; ya que somete al conocido hombre de Estado a uno de los momentos más problemáticos de su mandato. Un breve lapso de tiempo en el que el fantasma de la capitulación del Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial fue más que un simple temor inexistente.

La cuidadosa ambientación histórica, con la que el responsable de Pan viste su viaje a los duros años de la lucha contra el expansionismo nazi, resulta uno de los mayores atractivos de un guion al que le falta en muchas ocasiones el adecuado ritmo escénico, y que se pierde en medio de las interminables batallas intestinas dirimidas en los despachos y el Parlamento de Londres.

Tales ralentizaciones del argumento las solventa el cineasta con secuencias intercaladas que recuerdan lo que realmente se estaba decidiendo en esos intensos y problemáticos días. Es en esa llamada a la épica memorística, con una población ahogada por las bombas del Tercer Reich, donde la película adquiere un emotivo sentido humano, que quiebra la artificiosidad de las sesiones plenarias celebradas en las cámaras de Westminster.

Dentro de semejante engranaje de discursos potentes y carreras a muerte con la conciencia, Gary Oldman brilla con su interpretación de Winston Churchill: el figurado timonel de una nación en llamas, que se negó a permitir la aniquilación de las islas a manos de Adolf Hitler. El actor británico hunde su físico bajo kilos de maquillaje y un exceso de peso; aunque esa farsa de teatrillo es rápidamente superada por las miradas al infinito del camaleónico protagonista de El topo, y por su capacidad para extraer las requeridas verosimilitud y vulnerabilidad en el comportamiento de su carismático personaje.

Pero la aportación de Oldman, sin ser de baja calidad, queda superada ampliamente por la presencia serena y elegante de Kristin Scott Thomas, en la piel de la esposa de Churchill. Con sus gestos de virtuosismo escénico, Scott roba los planos que le tocan en suerte, con un trabajo que reafirma sus innegables dotes dramáticas.

Liderados por esta pareja de caníbales de la imagen y las palabras, el resto del elenco cumple a la perfección con sus respectivos papeles. De la joven secretaria encarnada por Lily James al maquiavélico Vizconde de Halifax (Stephen Dillane está inmejorable en este desangelado rol), sin pasar por alto la aportación del veterano Ronald Pickup, como el anciano y enfermo Neville Chamberlain; todos hacen que El instante más oscuro exhiba con eficacia la tenebrosidad de una época de muerte y destrucción.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Lunes, 08 Enero 2018 10:23
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