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Miles Teller es lo mejor de una película que se sostiene sobre sus actores.

Es una película necesaria porque necesaria es su reflexión sobre una parte de los desastres de la guerra. Y es lógico, y coherente, que se desarrolle en el aspecto civil durante casi todo su metraje, dejando a sus protagonistas atrapados en medio de dos breves pero definitivos fragmentos que ocurren en Iraq y explican ese lastre definitivo que es la guerra para quienes pasan por el frente. En ese sentido son especialmente contundentes el plano de las chapas de los soldados al principio, la secuencia que recorre la sala de espera de los veteranos esperando la ayuda y la charla del protagonista y su esposa con la psicóloga encargada de evaluar su caso, en la que se impone la demoledora frase: “Cientos de miles de veteranos hombres y mujeres buscan ayuda”.

Asentada sobre la eficacia de su reparto, la película se desliza pausadamente sobre el drama de los veteranos que vuelven a la vida civil, construyendo una alegoría propia del argumento universal del retorno a casa protagonizado por Ulises en la que los guerreros se arrastran incompletos y mentalmente enfermos hasta sus Penélopes y sus Telémacos pero nunca volverán a encontrar la vida que dejaron atrás cuando partieron para el frente en el que les hicieron pedazos física y mentalmente.

Son los juguetes rotos de la guerra. Un tema del que no le gusta hablar a su país más ahora que cuando volvieron los veteranos de cualquiera otra de las guerras que jalonan el sangriento paso de los Estados Unidos en su papel como superpotencia bélica por el siglo XX y el siglo XXI. Lejos de ser héroes, son hombres hechos pedazos, tan destrozados como los veteranos de la Segunda Guerra Mundial que protagonizaran un clásico de este tema, Los mejores años de nuestra vida, dirigida por William Wyler en 1946. La diferencia es que el Hollywood de aquella época abordó el tema de manera menos realista, como correspondía a un momento en el que se pasaban cuentas a la participación del país en un conflicto que se calificó como “la última guerra justa”. Menos justa fue la guerra de Vietnam de la que volvieron años después los protagonistas de las películas El regreso, dirigida por Hal Ashby en 1978, y Nacido el 4 de julio, que Oliver Stone puso en pantalla en 1989. Estos tres largometrajes pueden ser considerados como antecesores y quizá influencia de algún modo en Deber cumplido, y lo que debería inquietar a los estadounidenses, lo que quizá ha hecho que el tono amargo de esta necesaria reflexión sobre las consecuencias de la guerra en la que están inmersos actualmente genere cierto rechazo hacia la película expresado en las puntuaciones que le dan algunas páginas de internet, es precisamente que todas estas películas están basadas en hechos reales.

Hechos reales que, insisto, no son los que quiere escuchar el espectador medio estadounidense ni los que vota con mejores calificaciones en los ficheros y páginas de críticas de la red. De ahí que la película, que por otra parte se acoge a una visión seca, cortante, contundente del asunto que aborda, sin artificios, resulte demasiado árida o quizá incluso “lenta” para algunos espectadores que prefieren abordajes más trepidantes y “cinematográficos” del asunto. Sin hacer concesiones a la galería, lo cual en mi opinión la honra, Deber cumplido hace su trabajo de denuncia como debe, apoyada en unos actores que se contagian automáticamente de la seriedad que quiere imprimir al abordaje del asunto el director. Su visión puede ser más árida, desprovista de acción bélica trepidante porque en realidad no puede tirarse a la piscina de la inmersión en el frente, ya que con ello estaría traicionando su intención de denunciar la guerra precisamente utilizándola como reclamo para vender su historia, como ya hiciera otra película escrita por el director de ésta, El francotirador, dirigida por Clint Eastwood, que puede ser considerada como la pieza final del puzle de referencias propuesto previamente con los antecedentes cinematográficos de este largometraje.

El otro factor que creo contribuye a que el público no valore más positiva y justamente los aportes de este largometraje radica en que la mayoría de los espectadores pueden llegar al cine confundidos, esperando ver más acción bélica u otra aproximación al dibujo del héroe más optimista, más en la línea de El francotirador. No es el caso. El director ha buscado, alejándose del frente, rendir tributo al sacrificio de estos soldados desde la sobriedad, sin marcarlos con el arrebato de la acción que da lugar a posibles interpretaciones propagandísticas destinadas a llenar cuarteles. Puedo garantizarles que esta película no hará que ni un solo joven decida alistarse para ir a pegar tiros a ningún sitio en honor a su bandera o su país. No es una película de reclutamiento, sino todo lo contrario. Pero la escena de la escalera y la escena del niño y el arrebato destructivo del veterano en su casa son suficientemente elocuentes para dar una idea del problema al que se enfrenta una sociedad que ha hecho de las guerras sus habituales compañeras de viaje durante más de un siglo.

El resumen es ese: cientos de mujeres y hombres buscan ayuda.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Lunes, 05 Marzo 2018 07:43
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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