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Floja propuesta de cine bíblico, carente de ritmo y con una impostada trascendencia en los pasajes dramáticos que la despoja de cualquier atisbo de emoción.

A lo largo de la historia del cine han sido muchos los grandes directores que han mostrado interés por plasmar en imágenes determinados pasajes de la Biblia. Desde Nicholas Ray con Rey de Reyes, pasando por El Mesías de Rossellini, La última tentación de Cristo de Scorsese o la más cercana en el tiempo y polémica La pasión de Cristo de Mel Gibson, se ha intentado retratar con más o menos fidelidad la vida y obras de Jesús de Nazaret. Dejando a un lado la rigurosidad histórica de María Magdalena, con un apóstol Pedro de raza negra, un Judas ejerciendo las funciones de acólito ejemplar y una María que ya no es casquivana sino un icono feminista, lo cierto es que los problemas de la nueva película de Garth Davis, realizador de Lion, residen nuevamente en la incapacidad del director para abordar un punto de partida sugerente, por mucho que nos intente vender la idea de que esta vez la historia del Mesías se cuenta desde otra perspectiva.

Si Lion carecía de personalidad cinematográfica, con una segunda mitad que se entregaba al melodrama y un clímax que evidenciaba su espíritu comercial y de branded content, María Magdalena no podría estar más en las antípodas de su opera prima. Más allá del protagonismo de Rooney Mara y la cansina repetición del discurso de la fe y la esperanza, los parecidos narrativos y estilísticos son mínimos. Sin querer ser un biopic convencional y sin el exotismo de postal herencia de Slumdog Millionaire, Garth Davis sufre un empacho de autoría. Todo es tremendamente solemne y grave, con personajes atribulados y torturados que caminan cabizbajos y se miran profundamente, que se suben continuamente al púlpito para lanzar mensajes moralistas en medio de un fatigoso viaje a Jerusalén que pide a gritos varias (muchas) elipsis. Davis no desarrolla una voz propia, sino que confunde la autoría con el sopor, la dirección excepcional con insustanciales tomas largas y primeros planos.

En ese sentido y salvando mucho las distancias, dentro del cine de temática bíblica intenta llevar a cabo un ejercicio estilístico y narrativo como el realizado por Denis Villeneuve en el territorio de la ciencia ficción con La Llegada. Repito, salvando muchísimo las distancias, ya que ambas se sirven del envoltorio del género para reflexionar sobre muchos otros temas. Igual que La Llegada no era una simple historia de invasiones extraterrestres, María Magdalena no es otra historia sobre la crucifixión y la resurrección de Cristo, sino una sobre el poder de la fe, la igualdad y el espíritu revolucionario que surge ante la opresión. La diferencia es que el tempo lento y el discurso críptico en el cine de Villeneuve están arropados por planos y encuadres sugerentes, por una fotografía y un uso de la luz como elemento narrativo, por imágenes que se graban a fuego en la retina y metáforas visuales brillantes. Davis coquetea con las metáforas durante buena parte del metraje, pero es en el prólogo y al final donde se sumerge en ellas, evidenciando que no nos encontramos ante un Denis Villeneuve o un Terrence Malick.

No son los únicos inconvenientes de una película que, una vez desmentidas las historias sobre su actividad profesional y nombrada recientemente “apóstol de la esperanza” por el papa Francisco, quiere reivindicar la figura de María Magdalena como pionera del movimiento feminista y “apóstol de los apóstoles” pero, a la misma vez, volver a contar la historia de Jesucristo. El tener que servir a dos amos da lugar a que el interesante inicio que indaga en el espíritu rebelde y los sentimientos de la protagonista, interpretada por una solvente Rooney Mara, se diluya para dejar paso a la historia de Jesucristo, cuyos pasajes más dramáticos y truculentos no poseen el suficiente potencial dramático. No se trata de un problema actoral, aunque de la sensación de que esa interpretación de hombre meditabundo, sufrido y solitario de Joaquin Phoenix ya la hemos visto, sino de no dejarle el suficiente espacio a escenas cumbres como la de la última cena, la traición o la crucifixión, y preferir construir sermones antes que personajes. Con un interés cinematográfico tan escaso, su visionado para un ateo resultará tan apasionante como la idea de leer el Antiguo Testamento.

Alejandro Gómez

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©accioncine

Modificado por última vez en Lunes, 26 Marzo 2018 09:30
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Alejandro Gómez

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