Spielberg firma la mejor película de videojuegos, pero podría ser mucho mejor.

La celebración de la cultura popular, los iconos de los ochenta –y alguno de los setenta, por ejemplo Fiebre del sábado noche, de 1977-, sirve eficazmente como motor de arranque en esta historia de ciencia ficción a la que pienso que el mejor Steven Spielberg, el de Minority Report, podría haberle sacado mucho más jugo. A pesar de eso, Ready Player One puede contarse entre lo más logrado del director, es mejor que su otra peripecia de animación más señalada, la película de Tintín, y cuenta argumentalmente con contenido suficiente para ser algo más que simplemente una batallita de videojuego, aunque en algunos momentos se convierta en eso. En positivo hay que apuntarle a Spielberg un arranque de la historia y un despliegue visual manejado con habilidad para cruzar las peripecias del mundo virtual con lo que le ocurre a los personajes de carne y hueso. No es ejercicio fácil hacer ese cruce, pero el director se las ingenia para ir tramando un cruce de estos dos mundos paralelos en uno solo, de modo que miramos a los personajes de animación como personajes reales. Mérito tiene la cosa. Todo un reto conseguido.

Puntos a favor consigue en la creación del mundo virtual, tanto en la presentación del protagonista con ese plano que le sigue los pasos por la favela futurista del barrio de las torres construidas con chatarra, y en el abordaje de la figura del creador del juego y el origen del mismo. Y al llegar a la primera carrera para conseguir la primera llave, con la irrupción del gorila gigante, pone el primer ladrillo de lo que va a ser una lograda labor para introducir al espectador en el mundo virtual por el que se mueven los personajes, que progresa bien con las consultas al diario del creador del juego, con el momento de la discoteca y alcanza su mejor resultado y su punto más logrado en el fragmento virtual relacionado con El resplandor, de Stephen King, que pareciera abrir paso a un despegue aún más hacia arriba de la película.

Sin embargo es justo en el punto de inflexión de las secuencias de El Resplandor cuando empiezan a desmoronarse ligeramente algunas propuestas del entramado de esta película, que tan bien funciona en su primer acto y en la primera mitad del segundo acto, pero tocado techo en su logro con esas secuencias del baile de los zombis, no acaba de sacarle todo el partido al aporte necesario -y que tanto la novela en que se basa como el propio guión de la película están pidiendo a gritos- de la parte del relato con los personajes de carne y hueso.

La entrada, necesaria, de la historia en el mundo “real” de la ficción de la película, con los personajes de carne y hueso, no acaba de tener tanto protagonismo, aunque sí tenga contenido interesante, y en cierto modo es víctima del mismo conflicto que se plantea como tema central del relato: la diferencia entre lo virtual y lo real, la necesidad de incrementar lo real y no entregarse al goce de lo virtual.

El guión le da a Spielberg materiales para sacar delante de manera menos plana y precipitada esa parte de la historia. Reparemos por ejemplo en que la subtrama romántica de la película está resuelta en los actores de carne y hueso precipitada y superficialmente, sin que lleguemos realmente a entrar en la misma porque está tratada como un recurso de segunda fila, lo mismo que algunas de las motivaciones de los personajes de carne y hueso, puro apunte de tono bidimensional que les convierte en bocetos de lo que podrían haber sido si se desarrollara más esa faceta del relato.

Da la sensación de que hubiera prisa por solventar la trama en el mundo real, pasando por algo el potencial que tiene toda esa especie de favela futurista que Spielberg nos muestra como de pasada, sin que llegue a tener garra real en el relato. Como ejemplo de lo que quiero decir basta con que recuerden el excelente partido que le sacara este mismo director a la secuencias de trasplante de ojos y caza del hombre en el hotel mugroso de Minority Report. Le falta a la favela de Ready Player One una secuencia de ese tipo que establezca claramente en pantalla la personalidad y el peso dramático de esa localización. Otro tanto puede decirse en el caso del cuartel general de la empresa desde la que opera el antagonista, que necesita desesperadamente el mismo peso visual en la trama que en Minority Report tuviera el Departamento de Precrimen. Bastará comparar las secuencias de la “cárcel” que mostrara Spielberg en Minority Report con el tratamiento visual de las cabinas de detenidos en Ready Player One para entender por qué pienso que ésta es una buena película, que posee contenidos para ser mejor y que desaprovecha esos elementos.

Otro punto flojo que evidencia ese desgaste de la propuesta a medida que progresa hacia su desenlace lo encontramos en la figura del antagonista interpretado por Ben Mendelsohn, que acaba convertido en una pálida imagen de lo que podría haber sido y cae presa del tópico. En ese sentido tiene mejor suerte y más respaldo de guión el personaje de Mark Rylance como creador del videojuego. Esas prisas finales para resolver la historia tropiezan en el desenlace con dos escollos finales: el primero es la batalla del mundo virtual, que cae presa de la reiteración de cosas que ya hemos visto anteriormente muchas veces. Ejemplo de ello es cómo la aparición de la figura gigantesca del final no alcanza la eficacia del gorila gigante al principio de la película, que funciona mucho mejor. La batallita de lo virtual no sorprende realmente. Y por otra parte evidencia en qué flojea esa parte final, en darle más empaque, más fuerza, más protagonismo, mejor cobertura visual y más personalidad a la contribución de la parte de actores de carne y hueso en el mundo “real” de la historia. Lo real podría haber rescatado a la película de la repetición que sufre en lo virtual, pero no ocurre así.

El otro escollo al que me refiero es ese final prolongado en varios finales, que prolonga innecesariamente el desenlace sin rematarlo con resolución.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Viernes, 30 Marzo 2018 02:09
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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