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Una divertida aventura para toda la familia. El cuento infantil ilustrado de Beatrix Potter da el salto a la gran pantalla con una película directa, honesta, sorprendentemente gamberra y que sabe reírse de los tópicos de las comedias familiares.

Si digo que me sorprende su tono desvergonzado es porque conociendo la fuente literaria temía que siguieran los pasos de las adaptaciones de Paddington. No es que no me parezcan buenas películas, sobre todo a nivel visual, con esa minuciosidad en la puesta en escena y la paleta de colores pastel que tanto recuerdan a Wes Anderson, sino que en la segunda parte el abuso de los tópicos y el exceso de azúcar terminaban lastrando el conjunto. Desde el mismo prólogo, Peter Rabbit deja clara su intención de homenajear a la cultura popular y de reírse de los tópicos de este tipo de fábulas animadas con la escena de los pájaros cantarines, que marca el tono del resto de la propuesta. Tampoco tiene reparos para reírse de las situaciones típicas de las comedias románticas, como el momento en el que se conocen los personajes de Domhnall Gleeson y Rose Byrne, o del drama, con la clásica escena del despido.

No sorprende ver ese estilo si tenemos en cuenta que el director se trata de Will Gluck, responsable de comedias gamberras para adolescentes como Rumores y mentiras o Con derecho a roce, aunque aquí todo esté más suavizado debido a su público objetivo. Ese espíritu gamberro reside en el conejo Peter, con escenas memorables como la que protagoniza en un huerto junto a un irreconocible Sam Neill o el homenaje al cine bélico en la batalla con la dinamita. Aunque el resto de la familia de Peter no acompañe, secundarios de lujo como el cerdo, el ciervo o el gallo, que generan carcajadas a base de reírse de su propia naturaleza, terminan robando una función que no esconde sus guiños cinéfilos y seriéfilos. Hay homenajes a Project X, a Los Simpsons (los muy fans, atención a la escena de los rastrillos), al Coyote y el Correcaminos (las trampas), a Tom y Jerry y, sobre todo, a Un ratoncito duro de roer, de la que prácticamente calca su planteamiento argumental y desarrollo. Al igual que ocurre en la opera prima de Gore Verbinski, el protagonista recibe en herencia una casa en el campo y los animales intentarán por todos los medios que no invadan lo que consideran su espacio. Sin embargo, Domhnall Gleeson no tiene las mismas dotes para el slapstick que Nathan Lane y Lee Evans.

El problema del libreto, escrito a cuatro manos por Will Gluck y Rob Lieber, es que resulta paradójico que intentando reírse de los tópicos finalmente caiga en la mayoría de ellos. Es el caso de la relación entre los dos protagonistas, con una resolución previsible y una Rose Byrne que se pasa de encantadora e ingenua, o la domesticación que sufre Peter Rabbit en favor de una historia que termina convirtiéndose en esas fábulas animadas de la Disney de las que tanto intenta despegarse. Dejando a un lado esos detalles, la película resulta tremendamente entretenida, salvaje (especialmente para los cinéfilos de corta edad) y, además, lanza necesarios mensajes para concienciar sobre el cuidado del medio ambiente y la defensa de los derechos de los animales. En definitiva, una de esas películas que hacen que acompañar a los más pequeños al cine resulte un placer.

Alejandro Gómez

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Modificado por última vez en Sábado, 31 Marzo 2018 09:27
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Alejandro Gómez

Todo en uno: cinéfilo, seriéfilo, melómano, lector voraz y tragaldabas.

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