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Conmovedor drama, de ritmo algo cansino, con una Charlotte Rampling portentosa. La segunda película como director del italiano Andrea Pallaoro es un intenso drama donde brilla como pocas podrían hacerlo su actriz protagonista, pero también es demasiado consciente de que es una película para un público muy determinado, lo que la hace de difícil acceso, de ritmo pesado para el espectador más interesado en historias más directas (ni siquiera hablo de blockbusters, simplemente en el género del drama mismo), o no tan contemplativas, ni tan renqueantes. Tiene las mejores virtudes y los mayores vicios también, de lo que siempre hemos entendido por cine francés. Ya saben, aquello de ver crecer la hierba con lo que tanto se metía Billy Wilder… Por la interpretación de Rampling merece la pena pasar por alto esos vicios.

La película se centra en una mujer, que tiene una rutina muy marcada, y vive con su marido, hasta que éste es metido en prisión, dejando a Hannah, nuestra protagonista, sola en el mundo, sin saber muy bien cómo sobrevivir o seguir adelante, aferrándose a esa rutina que se desmorona por momentos y a un mundo que aparentemente no tiene nada que ver con ella. La película es muy inteligente al no contarnos nunca explícitamente por qué su marido está entre rejas, sino que deja que poco a poco, sutilmente, nos hagamos una idea del motivo y juzguemos la culpa o no del hombre. No es lo importante, lo importante es cómo afecta todo ello a Hannah y a su mundo. A esa mujer que por lealtad, sigue al lado de su marido, sea culpable o no.

En los ojos y gestos de Charlotte Rampling está absolutamente toda la película. Sus miedos, inseguridades, momentos de debilidad. Pero también su enorme entereza y fuerza, incluso cuando la locura parece apoderarse de ella. La película no es sobre los culpables (o no) si no sobre la gente que vive a su lado y es estigmatizada por asociación. El vacío, la soledad, el miedo, la ternura… Hay momentos brillantes, muchos, de verdad. Las charlas en la cárcel, la escena del cumpleaños, la visita al colegio, el propio final de la película… Pero también muchos que para el espectador medio pueden resultar desesperantes, repetitivos y vacuos.

Demasiados planos fijos de los personajes haciendo cosas que no aportan nada a la trama, ni a quiénes son. Por mucho que repitas las clases de teatro. O cuando se cambian de ropa. O cuando cocinan… Son momentos de vacíos, de cara a la galería, que le cuestan caros a la película porque primero, la hacen inaccesible a todo el mundo, segundo, suponen un lastre para la película que da la sensación de que, con poco más de 90 minutos, podía haber durado la mitad y no resentirse en absoluto. Pese a esos momentos brillantes (de nuevo, qué final…) está la necesidad del director de mostrarnos que es más listo y más emocional y más culto que el espectador. Y el tiro le sale por la culata. Aun así, una buena película.

Jesús Usero

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Modificado por última vez en Martes, 15 Mayo 2018 09:26
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Jesús Usero

Periodista cinematográfico experto en televisión

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