Crítica de la película Matar a Dios

Imaginativa comedia en clave de terror sobrenatural, con la que Caye Casas y Albert Pintó debutan en la dirección de largometrajes. Las interpretaciones del elenco actoral resultan particularmente inspiradas.

La Nochevieja es una fiesta en la que suele aflorar lo bueno y lo malo de cada uno de los seres humanos. El turrón, el mazapán, el champán y el asado de carne o pescado (sin olvidar los canapés y los mariscos a granel) son componentes esenciales para anteceder a las uvas de la suerte, que se ingieren con apremio al son de las campanadas del reloj escogido. Ese paso de año en año ha inspirado a Caye Casas y a Albert Pintó para imaginar un apocalipsis en toda regla, presidido por un mendigo con malas pulgas, que asegura ser Dios.

A medias entre una comedia negrísima y el terror de reflexión existencial, la pareja de creadores monta un figurado teatro de guiñol; en el que las marionetas de turno conjuntan un clan bastante desastrado, y con muchos puntos oscuros que echarse en cara.

Un marido que sospecha de la infidelidad de su esposa con el jefe de esta, una cónyuge que se siente culpable por lo ocurrido en un hotel con su irresistible y maduro boss, un hombre abandonado por su novia tras confesarle su relación con otro, y un anciano patriarca que quiere aprovechar lo que le queda de vida con aventuras amorosas de dudosa credibilidad. Estas son las piezas que forman la familia escogida por un dios disfrazado de mendigo, que aborda el caserón solitario en el que los citados personajes esperan celebrar la Nochevieja.

El supuesto Ser Supremo propone a sus incrédulas víctimas un juego: antes de sonar las doce le deberán dar dos nombres a los que salvar de la destrucción del mundo. Los interpelados comienzan, a partir de la citada propuesta, una lucha constante por sacar los demonios que todavía guardan en su interior. Mientras, el tiempo corre; y los nombres de los damnificados no afloran. Aunque, a uno de los familiares se le ocurre una solución: matar a Dios. El desenfadado estilo con el que está contada la historia (muy en la línea del usado por Álex de la Iglesia, en la genial El día de la bestia) favorece a que la película se vea con una sensación de continua diversión malsana; en la que los golpes de efecto son lo más atrayente del guion.

La pregunta relativa a si el hombre que asegura ser una deidad es realmente el Supremo Hacedor o un farsante planea con intensidad en cada fotograma y secuencia; y, con semejante incógnita, la pareja de directores lubrica la evolución de la historia. A través de este engranaje, los cineastas consiguen potenciar las interpretaciones del cuadro interpretativo al completo. Un elenco en el que Itziar Castro, Eduardo Artuña, Francesc Orella, David Pareja y Emilio Gavira se amoldan a la perfección a cada uno de sus papeles, aportando la savia humorística necesaria para hacer funcionar el motor de la película.

Sin embargo, la exageración de algunas de las situaciones planteadas hace que la movie derrape en algunos momentos de su metraje, aunque pronto recupera el tono desangelado y voluntariamente caótico con notable rapidez.

Jesús Martín

©accioncine 

Modificado por última vez en Sábado, 10 Noviembre 2018 22:53
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Jesús Martín

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