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La búsqueda de la felicidad ★★★

Crítica de la película La búsqueda de la felicidad

Una notable Gemma Arterton encuentra pista para lucirse visitando el horror de lo cotidiano. .

La búsqueda de la felicidad nos sumerge totalmente en la monótona y asfixiante existencia cotidiana de una madre de familia que le proporciona a Gemma Arterton la posibilidad de brillar como actriz en un trabajo interpretativo más sutil y exigente de lo que pueda parecer en un primer término. Ella es la principal baza de esta especie de monólogo sobre la nada donde el drama parece empeñado en convertirse en trama de horror cotidiano, el horror de descubrirse de repente en una vida cotidiana que odias, que te frustra, te amarga, te cansa y te somete a la angustia.

El director apuesta por contar este drama de la manera más verosímil posible, renunciando a todo adorno innecesario, moviéndose entre planos medios largos, planos medios cortos y primeros planos como territorio para desplegar esa frustración que arrastra la protagonista en todos y cada uno de los días y momentos de su vida como esposa y madre. Una frase demoledora que le lanza al personaje de Gemma Arterton la extraña interpretada por Marhe Keller que se cruza en su camino como una especie de mentora tardía que entra casi al final pero de manera contundente en esta especie de viaje de la heroína, o mejor dicho de la antiheróina, puede servir para resumir el tema de la película, y el tono sobrio, cercano, real, con el que es abordado en la película: “Para una mujer ser libre y estar casada es una contradicción”.

La película viene a ser una especie de eco de la figura de Madame Bovary ahogándose en una tragedia moderna mucho más cercana, totalmente posible en muchas casas, en las que el sexo no deseado y pasivo por parte de ella y la mecánica ansiedad por parte de él acaba dando lugar cada día a un acto más cercano al onanismo del marido que a una relación sexual de la pareja. La reiteración de las cópulas sin ganas no es repetitiva ni cansa, porque es esencial para describir el agotamiento emocional de la protagonista atrapada en una vida que no desea, frente a unos hijos por los que confiesa no sentir nada, ante un marido que sexualmente ha dejado de interesarle y con una madre que claramente está más preocupada por su bienestar material que por su felicidad y no le sirve como consejera. La fuga de que habla el título original, es una forma de definir y acercar esta propuesta más al relato de horror que al drama. La fuga es tan fallida como el desenlace de cualquier relato de horror en el que no hay escape que valga. Pero al mismo tiempo la película es también una pieza de horror cotidiano aplicado al drama en el que mediante pequeñas señales o atisbos que anticipan la ruptura con ese mundo aparentemente ordenado, convencional y perfecto, que solo la protagonista es capaz de advertir que no lo es -como ocurre en la fórmula del horror-, se va levantando esa corteza de “normalidad” falsa bajo la cual se oculta el mundo real, la vida real, en todo su despliegue de nulidad cotidiana y monótona, sin objetivos y sin fin, que amenaza con ahogar a la protagonista.

Plano a plano, con buen pulso de puesta en escena que trabaja desde la sencillez -ejemplo: momento en que la madre le dice a la hija: “Lo tienes todo hecho”, ambas atrapadas en el jardín con un reencuadre mediante la ventana, o los planos de marido y mujer en la secuencia donde ella le dice a él que quiere estudiar arte, y los dos parecen esquivarse en cada plano, marcando la distancia que lo separa, etcétera, planos con cámara al hombro, etcétera-, el director construye una agobiante y voluntariosamente sencilla y cercana tragedia de horror cotidiano del que no hay escape.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Sábado, 15 Diciembre 2018 11:54
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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