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Crítica de la película Galveston

Fábula de abandono y redención con notable reparto y sólida puesta en escena. .

La soledad y el abandono sirven como puente a la directora Mélanie Laurent para poner en pantalla un interesante ejercicio donde utiliza una capa exterior de solvente serie negra variante crook story que rápidamente y con astucia consigue ir apartando las capas genéricas propiamente dichas para construir una breve pero contundente película de itinerario en la que los dos personajes principales persiguen una redención aparentemente imposible.

La película hace por tanto un interesante ejercicio de utilización del género como punto de arranque pero en modo alguno como fin último. En ese camino merece más atención y mejor calificación de las que se le han dedicado, a pesar de que pueda llegar a despistar a algunos espectadores más amigos de lo evidente por su sólida convicción y coherencia que le impide hacer concesiones a la galería para satisfacer a las claves genéricas que son sólo el envoltorio exterior de una película que en realidad no aborda intrigas ni conspiraciones, sino un tema más interesante.

El tema de la redención desde el abandono y la soledad de sus protagonistas queda servido por las tres secuencias esenciales de la trama que definen a sus personajes, y lo digo sin especificar más para no hacer spoiler: el plano de la niña ante la casa, la confesión de Rocky (Elle Fanning, tremenda en este papel) en la habitación hablando de su pasado, y el encuentro final con el que se cierra el viaje de Roy (Ben Foster). Esos tres pasos clave están servidos narrativa y visualmente con una solidez y una personalidad marcada desde el primer plano del filme, un travelling que establece la naturaleza turbulenta de vidas sumidas en una tormenta perpetua de caos de la que no parecen poder escapar pero en la que los dos protagonistas se esfuerzan por dejar al margen al tercer componente de su “familia” raquítica y totalmente accidental. A partir de ese momento, Laurent se empeña en despojar a la carcasa exterior genérica de su relato de todo poder para ir retirando capas de la misma hasta revelar la verdadera historia, que es una trama de afectos reales capaz de sobreponerse a la violencia. No le interesa la intriga ni la violencia, aunque las tome prestadas para narrar su fábula, de manera que trabaja de manera muy curiosa el tiroteo, cámara al hombro y en primer plano, dándonos una manera distinta de entender la implicación del espectador en la acción, y al mismo tiempo acierta con su puesta en escena a presentar la difícil relación que se establece entre los dos protagonistas, separándolos en el plano desde el primer momento, oponiéndolos en varios planos, marcando fronteras visuales entre los mismos (el reencuadre de ella la primera vez que él la ve, por ejemplo), para luego ir haciendo caer esas fronteras hasta acercarlos en el plano del baile. Tras ese tiroteo en primer plano, frenético y en primeros planos, y la huida, deja respirar al espectador y la trama con un plano general de exterior noche de la furgoneta bajo el árbol con los personajes convertidos en sombras, estableciendo cómo va a “respirar” su película, cuál es el pulso de su relato, en la que por ejemplo las secuencias de la playa van a materializar en pantalla ese carácter despojado de las vidas de los protagonistas.

Otro asunto interesante es que entra con gran velocidad y ritmo en la trama de intriga y la administra cuidadosamente para que en ningún momento supere su función de excusa argumental que debe llevarnos a entrar en el contacto que se establece entre esos dos seres abandonados y solitarios que son Rocky y Roy, que en todo el relato van a tener solo un brevísimo momento de algo lejanamente parecido a la felicidad antes de que vuelva a engullirles el caos.

Esa adusta y aparentemente árida manera de dibujar su fábula sin caer en los adornos más tópicos de la fórmula del cine negro, privando a todos los arquetipos de sus abalorios visuales más obvios como protagonistas y antagonistas, antihéroes y villanos o mujeres fatales (ejemplo: la última aparición del antagonista frente al protagonista, sin que le veamos ni siquiera el rostro, en sombras), sin ordalías de venganzas, y con la violencia brutal y contundente presentada en off y en sus consecuencias, es una forma de impedir que distraigan el interés del espectador a lo que realmente importa en esta historia. Así demuestra Mélanie Laurent que ha entendido y aplicado con inteligencia la función del género como herramienta, una capa o costra de ficción articulada en fórmula, no un fin en sí mismo, que debe ir siendo retirada para propiciar el viaje de los personajes hacia su verdadera naturaleza como materialización de los conflictos y dudas que habitan en las personas.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Miércoles, 05 Diciembre 2018 14:13
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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