Memento ★★★★★

Crítica de la película Memento de Christopher Nolan

Un cuento al revés

Puede que Following fuese la primera película de Christopher Nolan, y puede que le abriese las puertas de Hollywood tras su paso por varios festivales. Pero nosotros empezamos a conocerle realmente tras Memento, una película de estreno limitado y un presupuesto de apenas 9,5 millones de dólares, que se convirtió en película de culto desde su estreno y que fue presentada a los Oscars, donde obtuvo nominación a mejor guion original y mejor montaje para Dody Dorn. No ganó, pero la película llamó la atención del público con esas nominaciones y consiguió hacer rentable la inversión con más de 25,5 millones recaudados solo en USA. No, no son las cifras en las que se mueve normalmente el cine de Nolan, y menos en la actualidad, pero para una película independiente surgida de la nada, la verdad es que no estuvo nada mal. Y además acaparando otra curiosidad, al ser una película basada en un relato, de Jonathan Nolan y titulado Memento Mori, que era nominada a mejor guion original. ¿Cómo era posible si era una adaptación? Porque el relato de Jonathan se publicó meses después de la nominación, así que al ser inédito, la película figuraba como historia original. La verdad es que la historia tenía un punto de originalidad, el de la curiosa condición que sufría el protagonista al que daba vida Guy Pearce, pero no era tan original como el modo en que la misma estaba contada. Todo un prodigio de guion y edición que te llevaba por vericuetos poco transitados en el camino hacia un sorprendente final que pillaba a todo el mundo a contrapié. Porque no era el final. Era el principio. La película estaba contada desde el final y aprovechaba ese problema del protagonista para hacernos olvidar en parte lo sucedido como le ocurría a él. Un tipo, antiguo investigador de seguros, que buscaba al asesino de su mujer, pero que tenía un grave problema para hacerlo. La noche que su mujer fue violada y asesinada él sufrió un fuerte golpe en la cabeza y es incapaz de formar nuevos recuerdos. No es amnesia, recuerda todo hasta el incidente. Simplemente desde entonces no puede formar recuerdos, todo lo olvida a los pocos instantes… Por eso se guía por sus fotos, sus notas y los tatuajes que tiene en el cuerpo, para encontrar al asesino responsable de hacer su vida aún más miserable… Claro que no todo es lo que parece…

Hay que entender que todo en Memento es un truco de prestidigitador. La historia comienza con la muerte del personaje de Joe Pantoliano a manos de nuestro protagonista, Guy Pearce, que es la escena final de la misma, el momento final de la misma. Nolan podría haber optado por contar la historia de una manera tradicional, con la primera escena como final, revelando incluso la gran sorpresa de la misma, el giro final que desnuda al personaje a merced de su enfermedad y que nos explica por qué acaba matando a Pantoliano. E incluso empleando esa narrativa más tradicional y sin jugar con el engaño del espectador hubiese quedado una cinta de cine de género excelente, centrada en personajes torturados por su pasado, que en el caso del protagonista sabemos que se trata de un hombre que persigue sombras, puesto que olvida todo lo que sucede alrededor suyo. Hubiese sido (y si “ordenamos” la película lo sigue siendo) una historia poderosa y con mucha enjundia. Pero sin el efectismo de la revelación final, sin obligar al espectador a seguir el rastro de migas de pan y a jugar a este juego tan particular. Nolan no nos pretende como espectadores, sino como actores de la película, partícipes de ella. Al desordenar las piezas, Memento se convierte en un puzle que nosotros debemos resolver. Nos hace partícipes de la historia al querer resolver el misterio, que se plantea imposible pese a las pistas dispuestas ante nosotros. De hecho, el director y guionista nos presenta la resolución ante nuestros propios ojos, que es la mejor manera de esconderlo. Pero la narrativa juega ese papel imprescindible, invitándonos a jugar con ella. Proponiendo una idea, que el principio es el final (The beginning is the end, una frase que es incluso el nombre de uno de los extras de la película en alguna de sus ediciones extranjeras en formato doméstico). Nolan está muy seguro de que no resolveremos el puzle a tiempo y que el final será sorprendente para todos nosotros. Es una apuesta arriesgada, intentar ser más listo que el espectador y sorprenderle, pero en el riesgo de esa apuesta reside uno de los grandes aciertos de la película, que sabe combinar esa narrativa inversa con unos intrigantes insertos en blanco y negro que esconden gran parte de la personalidad del protagonista entre sus palabras.

Dichos insertos son parte de una conversación telefónica entre Pearce y un desconocido interlocutor al principio, y, como se revela al final de la historia, en realidad son el inicio real de la misma. La escena que da origen a la trama que entre ellas sucede. En dicha conversación el personaje nos cuenta su enfermedad, su obsesión, sus complejas formas de mantenerse atado a la realidad, de formar vínculos, lazos con la misma. Y también nos cuenta la historia de Sammy Jankis (Stephen Tobolowsky), el hombre que sufrió el mismo accidente que él y al que Pearce, cuando era investigador de seguros, no creyó, lo que llevó a la muerte de la esposa de Jankis. De una cruel forma. Su marido era el encargado de aplicarle la insulina que ella necesitaba por su diabetes. Cansada ya de todo (aunque la película juega a varias posibles situaciones por las que la mujer opta por esta decisión), ella (Harriet Samson Harris) decide decirle a su marido continuamente que es la hora de su inyección, tan pronto como este olvida que acaba de ponérsela. Así acaba sufriendo una sobredosis y muriendo. Claro que, como todo en la película, también se trata de otro engaño. Porque hasta el juego con el espectador, hasta el puzle presentado, en realidad no es más que una excusa del director para hablarnos de lo que realmente le interesa. ¿Qué es real? ¿Qué conforma la memoria? ¿Hasta dónde somos capaces de engañarnos a nosotros mismos? Nuestro héroe ha decidido olvidar la realidad, no solo los recuerdos que no puede formar, sino aquellos previos al accidente que sí puede. La historia de Sammy Jankis es en realidad la suya, algo que él no puede recordar. Pero lo que ha decidido olvidar es la diabetes de su esposa. Ella sobrevivió. Ella fue quien se quitó la vida. Y en realidad lo que persigue Pearce son sombras, fantasmas a los que nunca podrá alcanzar. Ha decidido obviar que su esposa sobrevivió al ataque en su casa. Ha decidido olvidar que ya acabó con la vida de los responsables. En lugar de tatuarse todo ello y vivir en paz, su motor es esa obsesión, encontrar a un culpable que no existe, vivir con una misión en la cabeza que le lleve a recorrer las calles persiguiendo lo imposible. Algo que él no sabe porque ha decidido no saberlo. Ha decidido eliminar esos datos. Quemar esas fotos a las que tanto aprecio tiene. Ha moldeado una realidad que se ajuste a su necesidad de venganza para sobrevivir. Poco importa quién sea el que sufra la misma.

La película obviamente, vive de su brillante montaje, donde Dody Dorn muestra siempre lo justo para que las escenas sigan teniendo sentido pese a ser contadas del revés, y para que permanezcamos enganchados a las mismas. Entiendan que en una película no se ruedan las escenas del modo en que las vemos luego en pantalla, por orden cronológico en el guion. El plan de producción incluye y tiene en cuenta los cambios de localizaciones, la disponibilidad del reparto (no todos los actores tienen que rodar todos los días), los cambios entre set y exteriores… A todo eso luego debe darle sentido el montaje y más en este caso. Hay una escena en particular que define el talento de la edición de la película, entre muchas otras. La discusión entre Pearce y Carrie-Anne Moss (una femme fatale magnífica en uno de sus mejores papeles sin duda), en el apartamento de ella. Haciéndose pasar por víctima, ella ha solicitado su ayuda y le ha ido manipulando, jugando con su enfermedad, para que acabe con un hombre por ella (Callum Keith Rennie). Cuando finalmente él se niega a matarlo, hay una discusión en la que ella fuerza las cartas para obtener lo que quiere. Ya sabemos que lo ha conseguido, ese personaje ya ha muerto, pero ¿cómo lo logra? En tres partes se divide esa secuencia que nos muestra primero como llegan ambos a la casa de ella (la escena viene del encuentro entre ambos en el bar) y cómo él relata lo que sucedió la noche del ataque. Lo que recuerda hasta que ella se marcha de nuevo. Luego sucede la argumentación, cuando ella muestra sus cartas y hace que él la golpee, le manipula sabiendo que no lo recordará, tras lo que sale de la casa al coche mientras él se vuelve loco buscando algo con lo que apuntar lo que ahora sabe… Tercero, ella haciendo creer que los golpes son del hombre al que quiere muerto, lo que lleva a nuestro protagonista a cumplir los deseos de ella… Ahora, yo les acabo de contar la secuencia en orden cronológico, mientras que en dirección y montaje nos la han mostrado al revés… Ahí reside una de las grandes bazas de la película para impresionar al espectador. Sabemos el final, pero no qué nos ha llevado a él…

Otra escena particularmente interesante es aquella, también dividida, en la que el personaje despierta para encontrar a una prostituta en el baño tras oír un ruido. Al componer la secuencia entera, descubrimos que lo que ha hecho es contratarla para tratar de repetir la secuencia de hechos de la noche que su mujer falleció, según cree. Buscando un recuerdo. Intentando atrapar luz en una botella. Tratando de ver algo que le permita encontrar al asesino, pero también recuperar el último recuerdo que tiene de su esposa antes de perderlo todo. Claves de cine negro, nuevamente. La apuesta de Nolan es arriesgada. Una vez resuelto el misterio, ¿qué puede llevar al espectador a repetir la experiencia? Si la gran sorpresa ha sido revelada, ¿por qué nos vamos a someter de nuevo al embrujo de la película? ¿Existe ese embrujo fuera de ese misterio? Pero la solidez de la historia y el reparto, los múltiples detalles que hemos perdido por el camino o incluso la búsqueda de alguna grieta en el casco nos hacen volver. Es más, es en ese momento cuando empezamos a disfrutar Memento como una película de cine negro puro, alejada de los artificios y de los giros, necesarios o no. Es cuando podemos entender mejor la tragedia del personaje, porque ya no buscamos resolver el misterio, sino comprender los motivos del mismo. Empatizar más con los personajes. Comprender. Así, un segundo visionado, y los posteriores, es más que obligatorio, porque si el juego nos ha atrapado, queremos pelar las capas de la cebolla para no dejar cabos sueltos. Ya no somos detectives o jugadores, somos espectadores que, sabiendo el desenlace, se deleitan en el camino. Si la resolución es la clave de la primera vez que vemos la película, el viaje que nos lleva a ella es lo importante las siguientes veces. E incluso a modo de opción extra, en algunas ediciones en formato doméstico, podemos repetir la película en orden cronológico, viendo que la historia funciona a la perfección de ambas formas, del derecho y del revés. Aunque al director aún le quedasen rasgos que pulir en lo formal (como el tema de la violencia y cómo plantearla, véase la persecución) nos encontramos ante la primera gran película de su director. Y con una clave musical que veríamos más adelante repetirse en Insomnio, El Truco Final o incluso Dunkerque, pese al cambio en la creación de la partitura.

Jesús Usero

Este texto ha sido extraído del libro CHRISTOPHER NOLAN DOS VISIONES. Que podéis adquirir en nuestra editorial o en Amazon.

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Modificado por última vez en Domingo, 20 Enero 2019 22:53
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Jesús Usero

Periodista cinematográfico experto en televisión

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